Señor del Fuego, Dama de Hielo Capítulo 6
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Capítulo 6

Capítulo

Seis

Había pasado una semana en una neblina devastadora desde la muerte del padre de Della.

Brant la había dejado a solas con su duelo, optando por dormir en su propia alcoba y dejándola a ella en la suya.

Le recordó un par de veces que dormía cerca, por si necesitaba algo.

Della tenía que admitir que agradecía la ayuda de su marido.

Él se había encargado de todos los preparativos del funeral, había atendido a los invitados de la boda, convertidos ahora en invitados al funeral, y le había dado el espacio que necesitaba para recuperarse de la conmoción.

Della no había ido al gran salón con demasiada frecuencia desde la tragedia. Asistió al funeral y a la solemne comida posterior, sentada e inmóvil ante las miradas indiscretas de los congregados. Aparte de la primera noche, cuando Brant la abrazó, no había vuelto a llorar.

En realidad, a Della le había sorprendido descubrir que había sido Brant quien la había abrazado y no Edwyn.

No había oído sus palabras, solo el sonido tranquilizador de su voz, que era un murmullo grave.

Por un momento, cuando sus sollozos amainaron, alzó la vista hacia su preocupada mirada azul y fue consciente de su cuerpo presionado con fuerza contra el de ella.

Aunque sus ojos eran amables, su rostro era el de un vikingo pagano y ella se apartó de él horrorizada.

Él no opuso resistencia cuando ella lo empujó.

Solo después de correr todo el camino de vuelta a su alcoba, y habiendo dejado a su marido a una distancia segura, se dio cuenta de que había reaccionado de forma exagerada.

Pero él no lo mencionó, así que ella tampoco.

Brant había sido lo bastante amable como para excusar su ausencia e incluso se acordó de que le enviaran comida a su alcoba.

Della sonrió con ironía cada vez que pensaba en ello.

Odiaba admitirlo, pero su amabilidad contribuyó mucho a ablandar su corazón hacia él.

No se estaba comportando como ella imaginaba que debería comportarse un bárbaro.

A la luz de la mortalidad de la vida, veía su matrimonio de una nueva manera.

Seguía sin gustarle su marido vikingo, ni el hecho de que la hubieran obligado a casarse con él.

Pero era una adulta y era hora de que dejara atrás los sueños infantiles de cómo quería que fueran las cosas.

Estaba casada y era el momento de sacar el mejor partido posible.

La pesadilla de la muerte de su madre no la abandonaría nunca, como tampoco lo haría el odio que sentía por la gente de su marido a causa de ello.

Así que se le ocurrió lo que consideraba un plan ingenioso.

Della decidió que financiaría los viajes de su marido.

Quizá incluso podría llevarse a una amante con él y volver solo si el señorío corría peligro y se le necesitaba.

Muchos nobles hacían campaña lejos de su hogar y su esposa.

Della sonrió con tristeza ante la idea. En realidad, nunca había querido estar casada, pero con este nuevo plan podría no estar tan mal.

Incluso podría ser como antes, cuando su padre estaba fuera en campaña y ella estaba al mando absoluto de la fortaleza.

Por supuesto, todavía tenía que lidiar con la consumación, y no estaría mal contar con la ayuda de Brant para detener las incursiones.

Era muy temprano y Della dudaba que hubiera movimiento en el castillo.

Siempre se despertaba antes de que el sol asomara por el horizonte.

Afortunadamente, el resto de sus invitados se habían marchado la víspera.

No le gustaban tantas visitas y no le habían presentado ni a la mitad de ellos, aunque en realidad no le importaba.

La interminable fila de nobles se había mezclado en su cabeza hasta que ya no podía distinguirlos en su imaginación.

Ya había decidido que no deseaba conocer a los amigos de Brant.

A su modo de ver, cuanto menos se entrelazaran sus vidas, mejor.

Della se tomó su tiempo para vestirse, deteniéndose para lavarse la cara en la jofaina de agua fresca que Ebba había dejado.

Había decidido perdonar a la muchacha por su papel en la comprobación.

A Della le costaba estar enfadada con ella.

Además, si no perdonaba a la doncella, Ebba se habría pasado el siglo siguiente de rodillas suplicándole.

Della se rio en voz alta al recordarlo. Ebba se había tumbado delante de la puerta de su alcoba, negándose a marcharse hasta que Della le hablara.

Totalmente vestida, Della se acercó a su cama y cogió su costura. El lino negro era el más fino del señorío. Había pasado su tiempo de reclusión cosiendo ropa para su marido, como agradecimiento por su ayuda. Dudaba que hubiera podido administrar la fortaleza la mitad de bien en su afligido estado.

Con unas cuantas puntadas diestras, terminó la costura y cortó el hilo con los dientes, completando los últimos retoques en los braccae y las túnicas interiores.

En total, había seis conjuntos que iban en colores desde el marrón al negro, además de una túnica interior blanca.

Della se había esmerado mucho más al decidir los colores de sus túnicas exteriores.

Quería los que mejor le sentaran como señor del feudo y nuevo ealdorman de Strathfeld.

El negro era por su oscura naturaleza pagana.

El marrón porque era un color útil que combinaba con todo.

El azul oscuro porque complementaría el azul claro de sus ojos de verano.

El rojo parduzco era por su fogoso carácter.

Y dos blancas porque todo noble necesitaba una buena túnica blanca.

Lo único que le quedaba era aplicar la seda bordada en los bordes de las túnicas exteriores.

Una vez terminadas, parecería realmente un noble digno del título que su padre le había legado.

Della esbozó una triste sonrisa mientras examinaba las grandes prendas.

Solía coser cosas así para su padre. Estar despierta veinte horas al día dejaba a una persona con mucho tiempo libre.

Sabiendo que no tenía los materiales necesarios para terminarlas, decidió buscar a Quinn.

Era el único en quien confiaba para supervisar la costura.

El hombre manejaba la aguja y el telar como un caballero la espada y el escudo.

No sería la primera vez que despertaba a uno de los sirvientes antes del amanecer para que la ayudara.

Della perfeccionó muchas habilidades durante las horas nocturnas.

Había diseñado el castillo, aprendido a jugar al hnefa-tafl , perfeccionado su lectura y caligrafía, e incluso había aprendido a bailar sola.

Cualquier lección era mejor que quedarse mirando a la chimenea en la oscuridad esperando el amanecer, aunque también había hecho bastante de eso.

Suspirando, recogió las túnicas exteriores en sus brazos y las llevó a la puerta. Antes de salir al pasillo, vaciló. Sus ojos se desviaron hacia la puerta cerrada de Brant. Se preguntó si dormiría allí y si estaría solo. Luego, sacudiendo la cabeza, frunció el ceño.

—Espero que encuentre a alguien que llene sus noches.

—Abrazando la tela con más fuerza, no volvió a mirar su puerta mientras pasaba de largo a toda prisa.

Sus pies se movían silenciosamente sobre la piedra en busca de Quinn.

No quería admitir que le entusiasmaba ver a su señor esposo bien vestido.

Murmurando con irritación mientras caminaba, dijo—: Solo coso para él para no avergonzarme de su aspecto.

No me importa qué apariencia tenga. Ni si le gustan los regalos.

Incluso mientras pronunciaba las palabras, oyó su propia risa burlándose de ella en el fondo de su mente.

—¡Oh, sí, esto es verdaderamente maravilloso!

Brant se detuvo, sin estar seguro de si podía creer lo que oía.

Inclinó la cabeza y escuchó de nuevo. Silencio.

Rascándose la barba recién recortada, sacudió la cabeza con una risa breve y cansada.

Se dirigía al campo de entrenamiento cuando juraría que había oído la voz excitada de su esposa proveniente de una de las alcobas vacías.

Volviendo la vista por el pasillo hacia donde la puerta de la alcoba de ella estaba cerrada, estudió la dura madera por un momento.

Luego, al no oír nada más, se dirigió de nuevo hacia las escaleras. Sin duda, su esposa seguía en la cama.

Apenas había visto a Della desde la noche de la muerte de su padre, pero pronto se dio cuenta de que el afecto que ella le demostró había sido solo una actuación para complacer a un moribundo. Por un momento, su actuación había sido convincente.

Brant todavía podía sentir el esbelto cuerpo de ella en sus brazos, aferrada a él, mientras lloraba sobre su pecho.

Le había acariciado el largo y suave cabello, sus dedos enredándose en los mechones.

Y, cuando finalmente se apartó para mirarla a la cara, ella lo había mirado con estupefacta sorpresa.

Deteniéndose cerca de la escalera, cerró los ojos.

Todavía podía ver sus hermosos labios temblar interrogantes y el oscuro abanico de sus pestañas húmedas mientras lo miraba.

Y sabía bien el instante exacto en que ella reconoció quién la sostenía.

Tenía los ojos hinchados y enrojecidos por el ardor de su pena, pero su profundidad ambarina le lanzó su hielo acusador.

Se arrancó de su abrazo y se estremeció visiblemente, repelida por su contacto.

La mirada que le dedicó ardía eternamente en su mente.

Sus palabras de satisfacción habían sido una mentira, pero una parte de él se aferraba a aquella tierna muestra de afecto.

Le dolía físicamente el corazón cuando pensaba en ello, recordando la suave caricia de la mano de ella, la forma inocente en que acurrucó la cabeza en su pecho.

Tan pronto como el señorío comenzara a calmarse, iba a averiguar qué había hecho, o qué no había hecho, para provocar la aversión de su esposa hacia él y su gente.