Capítulo 3 #2
—Sí, y Rab. Aunque sea un expósito, no significa que su vida sea menos importante que la de un niño que tiene padres. —Suspiró con frustración, dándose cuenta de que se estaba agitando.
Gunther se limitó a sonreír y siguió caminando a su lado en silencio.
Le ofreció el brazo y ella lo aceptó cortésmente.
Saludando con la cabeza a algunas personas, preguntó por su salud y la de sus familias.
De repente, se detuvo y se giró hacia él.
—¿Por qué lord Blackwell se aclara el pelo? ¿Es una costumbre suya?
—¿Qué? —Intentó no reírse, pero no lo consiguió.
—Su pelo. ¿Por qué se aclara ese mechón rojo que tiene a un lado? —Se mordió el labio—. ¿Su pelo es rubio o rojo? ¿Y tarda mucho en teñírselo? Parece una pena perder mucho tiempo en ello, pues no hay nada que hacer por él.
Gunther se rio aún más fuerte. Dándole una palmadita en la mano que descansaba en su brazo, ignoró el ataque directo de ella al atractivo de Brant.
—Eso no es decolorante, sino cómo le crece el pelo.
Su madre le llamó Brant, que significa «el de fuego», por eso.
Dicen que salió del vientre de su madre envuelto en llamas y que desde entonces ha sido un fuego para muchas mujeres.
—Ya veo. —Apretó la mandíbula al entender a qué se refería. Horrorizada, pensó—. ¡Bárbaro lascivo y depravado!
Gunther se aclaró la garganta, evidentemente habiendo olvidado por un momento que estaba hablando con una dama.
Tuvo la decencia de parecer avergonzado y echó a andar de nuevo, obligándola a continuar.
—¿Tendría mi señora la amabilidad de mostrarme las obras que se están realizando en las murallas del patio de armas?
—Por supuesto —respondió Della con rigidez, con el buen humor empañado. Se preguntó por la sensación de ardor en el pecho al pensar en Brant con otras mujeres. Luego, con una decidida sacudida de cabeza, determinó que, sin duda, no podían ser celos.
Della pasó la mayor parte del día con Gunther.
Teniendo en cuenta que era un súbdito leal de lord Blackwell, era un compañero bastante agradable.
Se había sorprendido de su conocimiento de las fortificaciones.
Cuando le enseñó los planos adicionales que había diseñado para el castillo, pareció casi incapaz de aceptar que ella, y no lord Strathfeld, hubiera diseñado la mayor parte de la fortaleza.
¿Qué les pasa a los hombres? ¿Por qué creen que son los únicos con cerebro? Y la mayoría de ellos con cráneos tan gruesos que ni siquiera se podrían usar sus cabezas para acarrear agua.
Brant y lord Strathfeld se habían ido por la mañana.
Se alegraba de que estuvieran persiguiendo incursores.
Significaba que no tendría que enfrentarse a su prometido.
No creía poder controlarse todavía. Invariablemente, cuando pensaba en su voluntarioso abrazo, su cuerpo volvía a acalorarse y la atormentaban sensaciones desconocidas.
¡Maldita sea la maldición pagana!
A juzgar por la información que le había sacado a Rab, hubo un terrible incendio en una de las cabañas.
Una pareja de ancianos había muerto en las llamas.
A Della le entristeció la noticia. Conocía bien el lugar del incendio y podía deducir que su padre y su prometido regresarían en breve.
Como no deseaba estar presente cuando eso ocurriera, se escondió en su habitación.
Los fuertes golpes de Ebba resonaron de nuevo en la puerta.
Della los había estado ignorando con la esperanza de que la sirvienta pensara que dormía y la dejara en paz, pero los golpes eran persistentes.
Tratando de ocultar su ira por ser interrumpida, Della se levantó y se puso una túnica para ocultar su camisón.
Como todavía era temprano, aún no había intentado dormir.
Della casi nunca dormía por la noche, ni a ninguna hora, en realidad.
Había sido así desde la infancia. En ese momento había estado mirando la pequeña chimenea, lamentando su futuro con autocompasión.
Si por ella fuera, habría seguido haciéndolo sin ser molestada.
Ebba llamó de nuevo, más fuerte e insistente.
Con un profundo suspiro, desatrancó la puerta de su dormitorio.
Tenía el estómago hecho un nudo por los nervios.
Había cerrado la pesada puerta de roble para mantener a Brant fuera, no fuera que se le metiera en la cabeza cumplir su palabra e intentar hacerla suplicar sus favores antes de las nupcias.
Aunque, una vocecilla en su interior dudaba que una simple cerradura pudiera mantener fuera al bárbaro si este quería entrar.
—¿Sí, Ebba? —Della estaba irritada mientras abría la puerta y miraba al pasillo. Se quedó helada al ver el rostro pálido de la joven doncella—. Ebba, ¿qué ocurre? ¿Qué ha pasado? ¿Es mi padre?
—Mi señora, lo siento —dijo Ebba en voz baja.
Alarmada, Della miró detrás de la mujer.
Unas cuantas antorchas iluminaban el oscuro pasillo para revelar una pequeña reunión de gente.
En medio de la multitud estaba su padre.
Suspiró aliviada al verlo. Pero entonces sus ojos se posaron en los semblantes sombríos de lord Blackwell y los pocos sirvientes que estaban detrás de él, y finalmente distinguió a la partera, Serilda.
La mujer le sonrió. A Della no le caía bien y se tomó la sonrisa como un mal presagio.
—Fuera, Ebba —siseó Della. Cuando la doncella se escabulló de su vista, se puso las manos en las caderas y dirigió su fría y orgullosa mirada a su padre—. ¿Qué significa este engaño? ¿Por qué enviar a Ebba para sacarme de mis aposentos? Habría respondido a tu llamada tan pronto como a la suya.
Lord Strathfeld frunció el ceño mientras entraba a la fuerza en el dormitorio de ella.
No respondió a su arrebato. Brant siguió al ealdorman al interior.
Della echó humo, mirándolos con incredulidad.
Se quedó boquiabierta mientras su padre registraba el dormitorio a medias, como si buscara a alguien.
—¿Qué significa este engaño? —Su virtud nunca había estado en entredicho en lo que a su padre concernía. Ni siquiera después de que él pasara meses fuera de la fortaleza, dejándola sola al cargo de la casa.
—Della —dijo lord Strathfeld con voz tensa. Se negó a mirarla a los ojos—. Se rumorea que estás encinta.
¡Santos benditos! Blackwell cree que llevo en mi vientre al bastardo de Stuart. ¿Acaso es tan necio como para no reconocer una treta cuando la oye?
—Yo… —Las palabras se le murieron en los labios. Lanzó una mirada acusadora a lord Blackwell, que estaba de brazos cruzados, bloqueando la puerta. Sin apartar los ojos de él, respondió—: No lo estoy.
Así que ha pensado en llenarle la cabeza a mi padre de sandeces hoy mientras estaban fuera. Della apretó los dientes. Debería haber insistido en ir con ellos.
—Di la verdad ahora y te librarás de lo peor de mi ira; miénteme y serás castigada. —Lord Strathfeld temblaba y ella supo que estaba conteniendo la rabia—. Es un asunto muy grave, Della, así que te lo preguntaré de nuevo. ¿Estás encinta?
Sus palabras la envolvieron hasta formar unas frías tenazas alrededor de su corazón.
—¡No! —Ignoró a Brant y se volvió hacia su padre para cogerlo del brazo—. No, padre. Sabes que no miento. No estoy encinta.
—Sé a ciencia cierta que vuestra honestidad está indudablemente en tela de juicio —dijo Brant a su espalda.
—Padre, admito haber dicho una falsedad.
Le dije a lord Blackwell que esperaba un hijo de Stuart.
—Oyó la airada respiración de Brant e imaginó sus ojos clavándose como dagas en su nuca.
Él cerró la puerta, impidiendo que sus palabras llegaran a los sirvientes que cotilleaban.
A Della no le importaba quién la oyera. Estaba desesperada—.
Fue una estupidez por mi parte, pero tienes que creerme: hice lo que creí que debía hacer por mi futura felicidad.
No, por mi futura cordura. Desearía que reconsideraras tu elección de marido para mí.
¿Por qué no dejar que me case con Stuart?
Es de nuestra sangre. Es el legítimo heredero de tu título.
El rey Guthrum no tiene motivos para dudar de nuestra lealtad.
Tras exponer su argumento, soltó el brazo de su padre.
No necesitaba darse la vuelta para sentir la feroz punzada de la presencia de Brant, que la consumía con su ira mientras ella seguía ignorándolo deliberadamente.
El rey vikingo sí tenía razones para dudar de la lealtad de ella hacia su raza, pero no de la del pueblo de Strathfeld, ni de la de su padre, ni de la de Stuart, ya puestos.
—Es algo muy grave lo que has dicho, hija mía —declaró el ealdorman cuando la pareja se negó a dirigirse la palabra. Miró a Brant y luego a su hija antes de negar con la cabeza con tristeza. Se acercó a la cama y se sentó.
Por primera vez, Della se dio cuenta de lo cansado que parecía su padre.
Se le veía viejo y curtido por la batalla.
Su piel, antes tersa, estaba contraída y gris en un rostro que había sido viril.
Era como si llevara tiempo enfermo y ella acabara de percatarse.
Mordiéndose el labio inferior, contuvo el repentino ataque de lágrimas al darse cuenta de lo frágil que se había vuelto su padre.
Había estado demasiado absorta en sus propios problemas con lord Blackwell para notarlo.
Lord Strathfeld se aclaró la garganta, incómodo bajo el escrutinio de su hija.
—Y grave es también ir en contra de los deseos de tu padre, pero pronto ya no tendrás que rendirme cuentas a mí.
Le rendirás cuentas a tu marido, y con gusto le cederé el control a él, pues eres una niña testaruda, Della. Siempre lo has sido.
—Padre, por favor...