Señor del Fuego, Dama de Hielo Capítulo 2
5%

Capítulo 2

Capítulo

Dos

—Gunther, me complace que hayas aceptado quedarte conmigo —dijo Brant en su lengua materna.

Era temprano y estaban solos en el salón principal.

Cogió una copa de madera de la mesa presidencial y bebió un largo trago de hidromiel.

Sonriendo para sus adentros, dejó que la imagen de Della subiendo las escaleras hecha una furia le levantara el ánimo.

Tenía un carácter gélido, incluso más de lo que se rumoreaba, pero también había un fuego oculto, a la espera de la yesca adecuada.

Recorrió con la mirada la silenciosa estancia, sabiendo que todo aquello sería suyo. Algún día, pronto, si había que creer a lord Strathfeld. El viejo ealdorman sentía que su hora se acercaba. Siempre era triste cuando un buen soldado y líder fallecía.

El salón de Strathfeld era de piedra y no de madera, como lo eran tantas otras casas señoriales.

Antaño había sido una fortaleza romana, saqueada y después refortificada por los anglosajones, y ahora se alzaba en tierras nórdicas.

Muchas de las paredes aún reflejaban la antigua ciudadela, lo que hacía de Strathfeld una extraña mezcla de lo antiguo y lo nuevo.

Se mirara por donde se mirara, era impresionante.

—Sí, ¿adónde más iba a ir? —respondió Gunther en el mismo idioma. También bebió un trago—. Si no es con mi rico y noble amigo.

Brant estudió el salón principal. La estancia exhibía la gran riqueza que iba a heredar junto con el título.

La mesa de los nobles se situaba en alto, presidiendo el resto del largo salón, con las demás mesas y bancos más abajo para los sirvientes, soldados y hombres libres de la fortaleza.

En el extremo opuesto, separados por cortinas, estaban los jergones de los soldados.

Fiel al estilo vikingo, se había construido una gran chimenea de piedra en el centro del salón, excelente para generar calor, pero que aportaba poca luz.

Para compensarlo, unas velas de sebo y cera de abeja estaban colocadas en púas a lo largo de los muros de piedra.

Junto al salón principal se encontraba la cocina, con su propia chimenea para cocinar.

Ya había explorado gran parte de la casa.

En el piso de arriba había una cámara separada para el señor y la señora de la fortaleza, con unas estrechas rendijas en el suelo para poder espiar a los invitados y asegurarse de que todo estaba en orden.

Lord Strathfeld le había informado de que dicha cámara no se había usado nunca y que allí era donde deseaba que se alojara Brant.

Había aposentos más pequeños: uno para lady Della, otro para el ealdorman y algunos para los invitados de honor.

Incluso había una pequeña sala de costura equipada con telares y mesas de corte.

Muchas casas no disponían de alojamientos tan refinados y, a menudo, el señor y la señora dormían en el salón con todos los demás.

Brant anhelaba el silencio de dormir alejado de los hombres.

Justo a la salida de la cocina se encontraban los jardines del castillo y un pequeño huerto de frutales, y más allá, los corrales para los animales que se sacrificarían en otoño.

La antigua fortaleza se erigía en lo alto de una mota de tierra y roca, elevándose unos buenos quince metros sobre el patio de armas.

Frente al castillo se encontraba dicho patio, que estaba rodeado por una gran muralla de piedra y madera, y a su vez estaba cercado por un gran foso y empalizadas de madera para reforzar la seguridad.

Siguiendo un ingenioso plan, las dependencias de los sirvientes se habían construido en la propia muralla del patio para aprovechar el espacio y vigilar mejor en tiempos de conflicto.

La única forma de salir de la fortaleza era a través de la puerta principal y por un camino de piedra rodeado de agua a ambos lados.

Dentro del patio interior se encontraban el campo de entrenamiento, una pequeña capilla, los establos, un par de graneros, algunos talleres y una pequeña cervecería.

Brant sabía por sus viajes que el castillo era uno de los más innovadores de la época, tanto en disciplina como en diseño.

Lord Strathfeld había puesto sumo cuidado en su planificación, utilizando muchas de las ideas de los reinos del sur.

Brant había quedado maravillado desde que divisó por primera vez sus magníficas murallas en la distancia.

Dejando la copa de nuevo sobre la mesa con un ruido sordo, Brant se limpió la boca con la manga de su sucia túnica.

Todavía estaba asombrado por la rapidez con la que se había producido aquel cambio en su vida.

Un día luchaba en una guerra y al siguiente heredaba tierras tan vastas que apenas podía imaginarlas.

Sabía que la razón por la que lord Strathfeld lo había buscado como pretendiente para su hija era porque su sangre vikinga era pura, tenía un valeroso historial de guerra y señoreaba una pequeña porción de tierra junto a Strathfeld.

—¡Te has ido a navegar, Brant, rema de vuelta a la orilla! —rio Gunther mientras le daba una fuerte palmada en la espalda.

Un dolor agudo le recorrió el cuerpo ante el gesto amistoso, devolviéndolo a la realidad.

Le habían golpeado en la parte baja de la espalda hacía un mes durante una pequeña escaramuza y la herida aún le dolía un poco si la importunaban.

—Sí, es un buen lugar. Las tierras de Strathfeld serán una buena adición a Blackwell Manor.

Quizá por fin podamos reconstruir Blackwell y devolverlo a lo que era antes de los tiempos de mi padre.

—Sí —sonrió Gunther, guiñando un ojo a una sirvienta que pasaba.

La muchacha se sonrojó antes de apresurarse a cruzar el salón vacío hacia la cocina—.

Es un buen lugar, este Strathfeld. ¿Acaso recuerdas tantas jóvenes agradables en un solo sitio?

Si tu nueva esposa no te acepta, tendrás mucho donde elegir para compartir lecho.

Brant rio apreciando el comentario. Sabía bien que podía tener tantas amantes en la fortaleza como quisiera y su nueva esposa no podría protestar.

Pero también sabía lo que las infidelidades de su padre le habían hecho a su madre.

Ella se había quitado la vida cuando él tenía solo diez años.

Brant no tenía ningún deseo de hacer alarde de sus indiscreciones.

En secreto, deseaba poder encontrar algún tipo de felicidad en el matrimonio; aunque no fuera el legendario amor de su pueblo, el inn makti murr , la pasión poderosa.

Brant se sacudió de sus profundos pensamientos y se volvió hacia un divertido Gunther. —Veo que hay mucho que hacer con las fortificaciones si este lugar ha de seguir siendo inexpugnable.

—Me pareció ver que algunos muros del límite este eran de madera.

Podrían fortificarse con piedra. Hay suficientes rocas por los alrededores para hacerlo fácilmente —continuó Gunther usando la lengua de sus antepasados.

Una sirvienta se acercó a rellenarles las copas.

Su pelo rojo se arremolinaba en un desorden de agradables rizos y tenía grandes ojos verdes.

Cuando Gunther habló, ella se detuvo, mirándolos confundida—.

No veo por qué esa sección no está hecha todavía.

Aunque se dice que lord Strathfeld ha pasado poco tiempo aquí en los últimos años y que su hija ha administrado la fortaleza en su ausencia.

—Lady Della poco sabrá sobre mantener una fortaleza —Brant se cruzó de brazos y estiró las piernas ante sí.

La sirvienta no se movió y se dio cuenta de que no los entendía.

Le hizo un gesto para que se adelantara.

Sin pensarlo mucho, cambió con facilidad a la lengua sajona—. Aunque mantiene la fortaleza limpia.

—No, mi señor. Es por el espíritu —la sirvienta lo miró—. Sale si la casa señorial está sucia. ¿No lo ha oído?

Brant sonrió ante su superstición. —¿No? Dígame. ¿Quién es?

—El espíritu de la dama romana que vivió aquí cuando se construyó la casa.

—¿Y qué hace? —preguntó él.

—Limpia, mi señor —respondió la sirvienta con total seriedad.

Brant y Gunther se echaron a reír.

—No, encanto, no es de ti de quien nos reímos —Gunther también cambió con facilidad al sajón mientras se inclinaba hacia adelante. Tocó a la joven sirvienta suavemente bajo la barbilla—. Me parece que simplemente le dejaríais el trabajo al espíritu de la limpieza.

La criada sonrió ante los encantos de Gunther y se balanceó sobre sus pies con timidez infantil. —No. Se intentó. Después de una semana, destrozó la casa hecha una furia y no volvimos a intentarlo por miedo a que la tomara con nosotros la próxima vez.

Brant rio aún más fuerte mientras Gunther asentía con seriedad.

—Es algo grave lo que nos revelas, encanto. ¿Quizás puedas contarme más luego? —Gunther bajó la voz de forma sugerente—. ¿Tal vez esta noche?

—Sí, mi señor —hizo una reverencia antes de darse la vuelta para marcharse. Gunther soltó un eructo y se golpeó el pecho. La sirvienta miró hacia atrás con un respingo, riendo tontamente mientras se escabullía.

—Ha habido poca necesidad de cuidar las murallas del castillo. Los combates han estado lejos de aquí —Gunther reanudó la conversación donde se había interrumpido.

—Sí, pero no siempre será así —Brant se frotó el puente de la nariz. Los espíritus eran un asunto serio. No porque Brant creyera en ellos, sino porque la gente que le servía sí lo hacía—. Quizá nuestro espíritu arregle la muralla. Parece que tiene poco que hacer dentro.

—Sí, y quizá se enfade por nuestra pereza y la derribe.

Brant soltó una carcajada y golpeó a su amigo con fuerza en el hombro. —Sí, quizá.

—Parece que mi señora no recibe mucho crédito por su trabajo —Gunther estiró los brazos. Al ver una acumulación de polvo en su manga, la sacudió con una fuerte palmada. Las partículas se elevaron en el aire y flotaron en los estrechos rayos de sol.

—Quizás sí lo recibe —reflexionó Brant, observando cómo se asentaba el polvo.