Senderos del Corazón (City General Series 5) Capítulo 26
90%

Capítulo 26

CAPÍTULO VEINTISÉIS

¿Cuarenta y tantos o cincuenta y tantos? ¿Cuarenta y tantos o cincuenta y tantos? De nuevo, la imagen de Andy sepultada en los restos ardientes de su helicóptero relampagueó ante los ojos de Rachel, pero la apartó rápidamente. No. Concéntrate.

—¿Estás bien? —preguntó Phelps. Su voz devolvió a Rachel, obligándola a concentrarse en él. Mirarlo significaba que su mente no podía divagar, y no podía detenerse en la imagen que su mente no paraba de relampaguearle ante los ojos—. No tienes muy buena pinta.

—Estoy bien —susurró—. Estaré bien.

—¿Segura? ¿Necesitas…?

—He dicho que estaré bien, Phelps.

La voz le salió más fría de lo que había pretendido, y era evidente por cómo se apartó que su tono era demasiado cortante, pero Rachel no tenía tiempo de preocuparse por eso, y él tampoco.

Antes de que pudiera disculparse con él y echarle la culpa al estrés de la crisis, oyeron a Tara llamarlos desde el otro extremo de las urgencias.

—¡Os necesito a los dos ya, los primeros pacientes están aquí!

Y, sin más, terminaron su conversación. Corrieron el uno al lado del otro, siguiendo a Tara hasta el tejado, donde oían acercarse el rotor del helicóptero que llegaba.

A medida que se acercaba, Rachel sintió una opresión en el pecho que no le pasaba desde que era residente.

Era la ansiedad de lo desconocido que se cernía ante ella y, a medida que la forma del helicóptero medicalizado se hacía más grande, esa presión aumentaba.

Para cuando quedó suspendido sobre el tejado del hospital, batiendo aire frío sobre su cara hasta que le escoció la piel, Rachel apenas lograba tomar aire.

Era como si dos manos heladas le apretaran los pulmones.

No quería recibir el helicóptero cuando tomara tierra en el tejado.

La idea de correr hasta allí y abrir la puerta para ver a Andy, magullada y ensangrentada y amoratada…

era demasiado. No quería ver eso, ni siquiera quería arriesgarse.

Pero, a pesar de eso, sus pies tropezaron hacia delante sin que ella siquiera se lo dijera conscientemente.

Quizá fuera su formación entrando en acción, empujándola hacia donde sabía que había gente herida a la que podía ayudar, o quizá solo necesitaba saberlo de una forma u otra.

Fuera lo que fuese, Rachel dio unos cuantos pasos temblorosos hacia delante, y luego unos cuantos más, y luego iba corriendo por el tejado mientras los médicos abrían las puertas de par en par.

Corrió a toda velocidad hacia el helicóptero, llegando antes que Tara.

El paciente más cercano a ella era el joven y, a juzgar por su atuendo, era uno de los miembros del equipo del helicóptero que se había estrellado.

Sangre escarlata le salpicaba las mejillas, y se le había secado en las pestañas.

Esa no era la peor parte. La peor parte eran las vendas que le cubrían el pecho, envolviéndole el torso.

Su uniforme —lo poco que Rachel alcanzaba a ver de él— estaba carbonizado y, cuando se acercó, casi le dieron arcadas por el olor a quemado.

La miembro de la tripulación que se agachaba a su lado parecía demacrada, y Rachel se dio cuenta de que sostenía la mano del joven entre las suyas.

Era una de sus compañeras.

No era Andy la que yacía ahí delante de ella, pero eso no la hizo sentir mucho mejor.

La paciente del otro lado, ¿era otra miembro del equipo?

¿Era Andy? Tara ya se había apresurado hasta ese lado del helicóptero a atender a la otra paciente, pero Rachel no le veía la cara.

No podía comprobar su expresión para ver si parecía horrorizada o aliviada, así que dejó a Phelps con el joven y corrió al otro lado.

—¿Qué tenemos? —gritó por encima del aire arremolinado de las palas del rotor, que todavía zumbaban por encima.

Mientras hablaba, la piloto por fin apagó el motor, y el sonido se fue apagando a su alrededor.

Tara estaba inclinada sobre la paciente, enfocándole una linterna de bolsillo a los ojos para comprobar si reaccionaba, así que Rachel no le veía la cara pero, mientras rodeaba para mirar a la paciente, alcanzó a ver lo que llevaba puesto.

Unos pantalones de vestir y una blusa.

Tuvo que agarrarse a la barandilla para sostenerse al darse cuenta de que la paciente no era Andy. Las rodillas se le doblaron, y la vista se le nubló mientras por fin, por fin, exhalaba como es debido, y aspiraba hondo. No era Andy.

Estas dos eran las pacientes más críticas, las que tenían más probabilidades de morir sin tratamiento.

Si Andy no estaba con ellas, entonces eso significaba que o no estaba herida, o no estaba gravemente herida.

Quizá se había librado con algunas heridas leves, unos cuantos huesos rotos. Quizá estaba perfectamente bien.

Pero, mientras sacaban a la paciente del helicóptero y la estabilizaban en la camilla, otra posibilidad le golpeó a Rachel.

¿Y si…?

No. Negó con la cabeza mientras otra oleada de náuseas la recorría. No.

¿Y si ya estaba muerta cuando llegaron?

Sabía que tenían que ser implacables con el triaje cuando estaban sobre el terreno.

Los pacientes con heridas leves tendrían que esperar, e irían en ambulancia cuando hubiera médicos libres para atenderlos.

Cualquiera con heridas que pusieran en peligro su vida, como hemorragias o lesiones cerebrales, tendría billete prioritario al hospital.

Y luego estaba el tercer grupo. Los muertos y los moribundos.

A los que no tenían pulso se les echaría una sábana por encima por su dignidad, y a los que no llegarían al hospital se les dejaba allí.

Había hecho ese triaje antes, sabía lo difíciles que eran esas decisiones.

¿Y si Andy estaba en esa tercera categoría?

Dos de los residentes que se les habían unido en el tejado bajaron a la mujer de la camilla a las urgencias, y Phelps los siguió con el joven miembro de la tripulación de Med Flight.

Rachel solo los vio irse, incapaz de moverse.

No estaba segura de si era mejor o peor saber que Andy no era una paciente.

Y, cuando miró a Tara, que estaba pálida y demacrada, supo que no era la única que seguía preocupada por Andy.

Podría volver a llamarla. Quizá conteste al teléfono ahora.

No estaba segura de cuál era la lógica detrás de ese pensamiento, pero Rachel estaba desesperada ahora. Solo necesitaba algo, cualquier cosa, que le diera algo de esperanza de que Andy estuviera bien.

—Tía, las dos tenéis una pinta horrible.

Esa voz.

Rachel alzó la cabeza de golpe tan rápido que fue un milagro que no se diera un latigazo cervical. ¿Era ella? ¿Era la voz de Andy? Se giró en el sitio y, en efecto, ahí delante de ella estaba Andy, vestida con su equipo de piloto.

—¡Andy!

Rachel corrió hacia delante y se lanzó a los brazos de Andy, pillando por sorpresa a la mujer mayor.

En ese momento, se olvidó de todo lo demás.

Se olvidó de las semanas de silencio incómodo; olvidados quedaron los nervios por la cena, y se olvidó por completo de los miembros de la tripulación de Andy que estaban en el tejado con ellas.

Por un breve momento, hasta se olvidó del accidente.

—Hola. —Andy sonrió con tristeza—. Menuda bienvenida más cálida.

—Pensaba que estabas… No contestabas a las llamadas, el móvil pasaba directo al buzón de voz. Me enteré del accidente, intenté llamar y pensé… pensé… ¡¿Por qué no contestabas al teléfono?!

Había sido un manojo de nervios desde que se había enterado del accidente y, aunque en realidad nada de eso era culpa de Andy, todo salió en un revoltijo atropellado mientras Rachel se hundía en sus brazos.

Su voz amortiguada divagó contra la parte delantera del uniforme de Andy pero, cuando alzó la vista y captó la expresión de Andy, Rachel supo que había pillado la idea general.

—Lo siento —dijo Andy en voz baja, apretando a Rachel con fuerza.

Cuando se había enterado del accidente y había salido volando, en realidad no había pensado en llamar para hacerle saber qué pasaba.

Se había imaginado más o menos que Rachel estaría demasiado ocupada con la avalancha repentina de pacientes como para preocuparse por ella o por sus planes para la cena—. Siento no haber llamado.

—¡Estaba preocupada! Cuando nos dijeron que era uno de vuestros helicópteros y no contestabas y la paciente era… —Rachel hizo un gesto desesperado en la dirección hacia la que se habían ido los demás médicos, pero no pudo terminar la frase.

Entonces vio la comprensión en la cara de Andy.

Como si se hubiera encendido una bombilla, la expresión de Andy cambió al entender por fin que Rachel no se agobiaba por sus planes para la cena ni por que no contestara al teléfono.

Rachel había estado preocupadísima de que Andy estuviera herida, o algo peor.

—Lo siento muchísimo —titubeó Andy. Parecía insegura de si sus palabras bastaban. Rachel vio cómo se le abría la boca como si tuviera más que decir, pero no salió ningún sonido de la boca de Andy. Rachel solo asintió. No era el momento ni el lugar—. ¿Luego?

De nuevo Rachel asintió. Mientras Andy se apartaba de su abrazo, señaló con la cabeza hacia Tara.

—Menos mal que no estás muerta —le dijo Tara—. Porque, cuando esto termine, te voy a matar, joder.

—Justo. —Andy se encogió de hombros.

—Gilipollas —masculló Tara—. Apagar el puto móvil cuando hay un accidente. ¡Claro que pensábamos que estabas muerta!

—¡He dicho que lo siento! —Andy alzó las manos en señal de rendición—. De verdad pensaba que estaríais demasiado ocupadas como para preocuparos por mí.

—Un grano en el culo —recalcó Tara—. Eso es lo que eres. Un grano en el puto culo.

—Ya te lo compensaré luego —casi susurró Andy mientras su mirada se encontraba con la de Rachel, luego sacudió la cabeza como si se estuviera devolviendo al momento—. ¿Le has visto bien a Jacob? ¿Va a salir de esta?

—No, no lo he visto todavía. —La expresión de Tara se suavizó. Evidentemente se dio cuenta de que el chaval era un miembro de la tripulación de Med Flight—. ¿Y tú, Rachel?

—No he visto mucho. Solo… Phelps parecía preocupado y tu compañera también. —Escudriñó las caras que todavía quedaban—. No la veo.

—Probablemente bajó con él. Ella y Jacob se formaron juntos. —Andy no podía ocultar su angustia.

—Phelps es un médico capaz —le aseguró Tara—. Lo cuidará bien.

—Sí. —Andy le dedicó una sonrisa apretada—. Tengo que volver al lugar del accidente.

—Sí. —Tara asintió, antes de dirigir su atención a Rachel—. Yo vuelvo a las urgencias. Parecía que Phelps había agarrado a medio hospital. Así que creo que iremos bien. A Gabby probablemente le vendría bien tu ayuda en el lugar del accidente, si te parece bien ir allí.

—Iré. —Rachel ni siquiera lo pensó antes de hablar—. Veré qué puedo hacer allí abajo.

—Bien. —Tara miró de una a otra, y la comisura de la boca se le alzó en una pequeña sonrisa. Luego, la mirada se le posó de nuevo en Andy, y la sonrisa desapareció.

—Un grano en el culo —masculló, negando con la cabeza una vez más antes de escabullirse por el lateral del helicóptero.

Mientras Tara desaparecía de vuelta hacia el ascensor, Rachel se giró a mirar a Andy de nuevo. Después de la montaña rusa de emociones por la que había pasado en la última hora, había tantísimo que quería decir pero, cuando abrió la boca, no salieron palabras.

—Andy… —empezó, pero no pudo continuar—. Andy, yo…

—Tenemos que irnos —dijo Andy con suavidad, antes de pasarle uno de los cascos de repuesto—. No pasa nada, vamos.

Rachel sabía que no era el momento para el reencuentro emotivo que había esperado y, por mucho que quisiera tirar el casco a un lado y decirle a Andy todo lo que había querido decir durante la última semana, sabía que no podía.

Las dos tenían trabajo que hacer. Había vidas en juego.

Así que, en lugar de eso, Rachel se puso el casco, se abrochó bien la correa de la barbilla, y se subió al asiento del pasajero junto a Andy.

Se abrochó el cinturón mientras Andy empezaba a comprobar todos los ajustes del panel delantero del helicóptero, observándola mientras se preparaba para el vuelo.

Le hizo una señal con la mano al sanitario que iba detrás de que estaban a punto de despegar y él levantó el pulgar. Estaba abrochado y listo para salir.

A pesar de todo lo que pasaba a su alrededor, Rachel no pudo evitar hacer una pausa, solo un momento, para apreciar la forma en que trabajaba.

Debía de estar estresada, debía de estar sintiendo la misma presión que todos los demás, pero no se le notaba en la cara.

Cada movimiento era fácil y elegante, como si actuara por instinto.

Este era su elemento, aquí era donde estaba a gusto.

—¿Lista para salir? —preguntó Andy, con la voz crepitándole por la radio.

Mientras hablaba, se giró hacia Rachel y, solo por un momento, la fachada profesional se desvaneció.

Andy la piloto desapareció y, por un segundo, Rachel miraba a la mujer de la que se había enamorado.

Vio sus ojos amables, su sonrisa tierna e, incluso aunque la adrenalina todavía le corría por las venas, Rachel se sintió solo un poco más tranquila.

Con todo lo que pasaba, al menos sabía que todavía tendría a Andy a su lado cuando esto terminara.

—Estoy lista.

Antes de despegar, Andy alargó la mano por la cabina y deslizó la suya dentro de la de Rachel. Sus dedos se entrelazaron, y Andy le dio a la mano un apretón corto y reconfortante. No era mucho pero, ahí y en ese momento, era todo lo que podía hacer. Y era todo lo que Rachel necesitaba.

—Entonces vamos.