Senderos del Corazón (City General Series 5) Capítulo 27
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Capítulo 27

CAPÍTULO VEINTISIETE

El lugar del accidente era horrible.

Rachel supo que se acercaban antes siquiera de poder ver el edificio. El olor a humo llenaba el aire de alrededor, y le quemó la garganta y los pulmones al inhalar. A medida que se acercaban, le escocieron los ojos, y tuvo que parpadear entre lágrimas para distinguir el accidente.

Había gente por todas partes. Alcanzaba a distinguir las luces parpadeantes de una docena de vehículos de emergencia distintos: bomberos, ambulancias y policía trabajando todos juntos en las labores de rescate.

Alguien ya había montado grandes focos para iluminar el aparcamiento, que ahora parecía un puesto médico improvisado.

Cuando tomaron tierra, se arrancó el casco y el cinturón, y salió de un salto del helicóptero. Andy apagó el motor y la siguió, bajándose de un salto para ver qué podía hacer para ayudar.

Era raro pero, en medio de todo el caos, Rachel se sentía casi tranquila, de una forma que no había sentido en el hospital.

La gente gritaba tan fuerte que sus voces se oían por encima de las sirenas de emergencia, los sanitarios corrían de un lado a otro, y el humo tóxico llenaba el aire a su alrededor pero, a pesar de eso, no sentía el pánico nauseabundo que había sentido antes.

Quizá fuera porque sabía que Andy estaba bien. Quizá fuera otra cosa.

Rachel escudriñó a través de la niebla de humo que amenazaba con cegarla, intentando no atragantarse mientras se adentraba más en el aparcamiento, con Andy a su lado.

Más adelante, distinguió a una médica conocida que estaba arrodillada sobre un paciente en medio de una conversación apresurada con los sanitarios. Gabby.

Ella y Andy se acercaron, serpenteando entre agentes y bomberos frenéticos. Tras abrirse paso entre un grupo de hombres que hablaban del edificio, Rachel llamó a Gabby por su nombre, y esta alzó la cabeza de golpe. Cuando las miró, Rachel vio el alivio florecerle en la cara.

—Mierda, menos mal que estáis aquí.

Al principio, Rachel pensó que le hablaba a ella pero, en lugar de eso, se inclinó para hablar con Andy.

—Este tío tiene que llegar al hospital ahora mismo. Tiene un trozo de cristal del tamaño de un plato llano clavado en el estómago. No quiero moverlo demasiado por si perfora el intestino, así que la ambulancia queda descartada.

—Aterrizaje suave, entendido. —Asintió, dando un paso atrás para dejar que los sanitarios llevaran al joven, que por suerte estaba inconsciente, a su sitio en el helicóptero—. ¿Tienes otro paciente que traer?

—No tengo más que pacientes —le aseguró Gabby, poniéndose de pie. Miró hacia Rachel y consiguió esbozarle una sonrisa temblorosa—. ¿Te has decidido a unirte a la diversión aquí abajo?

—¿Esta es tu idea de diversión?

—Sangre, tripas, fuego. —Gabby se quitó los guantes de goma, los hizo una bola, y los tiró—. ¿Qué no va a gustar?

Hubo un grito de ayuda desde el otro lado del aparcamiento y, con eso, Gabby salió corriendo en dirección a la voz. Rachel fue a seguirla pero, antes de hacerlo, se detuvo un momento.

—Andy… —empezó, antes de titubear. ¿Qué se suponía que debía decir? Había tantísimo pasándole por la cabeza en ese momento que no estaba segura de qué soltar primero y, en lugar de eso, se quedó callada. De algún modo, sin embargo, Andy pareció entenderlo.

—Llámame cuando salgas del turno —dijo, alargando la mano para darle a Rachel un apretón suave en el hombro—. No importa qué hora sea, llámame cuando termines, y vendré a recogerte. Podemos hablar entonces.

Con eso le bastó a Rachel. En ese momento, era todo lo que necesitaba: saber que, al final de todo esto, esa conversación seguía sobre la mesa entre las dos. Al fin y al cabo, había tantísimo que quería decir, y todavía no había averiguado cómo decirlo.

—Vale. —Asintió, mirando hacia el helicóptero de Andy, donde ya estaban cargando a un segundo paciente para ella—. Vuela con cuidado.

—Lo haré. —La mano de Andy se le deslizó del hombro a la mano izquierda, solo un momento.

Sus dedos se cerraron alrededor de los de Rachel, apretando con fuerza, y luego desaparecieron demasiado pronto.

Luego Andy se giró y volvió corriendo a su helicóptero, y un grito de ayuda entre el gentío de heridos captó la atención de Rachel.

Cuando el rotor volvió a arrancar y Andy despegó, Rachel estaba tan absorta con el paciente que tenía delante que ni siquiera registró el sonido.

El lugar del accidente era tal confusión que Rachel no sabía cuánto tiempo había pasado desde que Andy la había dejado.

Tenía una vaga noción de que la multitud de víctimas heridas y voluntarios a su alrededor iba menguando, pero siempre había algo que requería su atención, así que en realidad no podía preocuparse por ello.

No tenía ni idea de a cuánta gente había tratado y, a medida que avanzaba la noche, las caras y las heridas de los pacientes se difuminaban todas en un revoltijo colosal.

¿Era la joven rubia la de la pierna rota?

¿O era la que tenía quemaduras en las manos de donde había intentado sacar a gente del lugar del accidente?

Habían clasificado los casos para salvar a tanta gente como fuera posible, así que al cabo de un rato Rachel dejó de tratar a gente que corría peligro inmediato de morir, y empezó a atender heridas que dolían, pero que era poco probable que mataran a nadie.

El ritmo a su alrededor se ralentizó y, al final, se sintió relajarse.

El jefe de bomberos, que estaba al mando de la operación de rescate, había localizado a todo el mundo, ya fuera entre los que iban camino del hospital, o los que estaban bajo sábanas blancas.

Cuatro personas habían muerto tras el accidente, incluido el piloto del helicóptero de Med Flight y, cuando Rachel oyó eso, se le revolvió el estómago.

Andy no iba en ese helicóptero, pero, si hubiera ido, habría sido una tarde muy distinta.

Gabby dejó el lugar del accidente antes que Rachel, volviendo al hospital con los médicos jóvenes que se había llevado a ayudar en las labores de rescate.

Le ofrecieron a Rachel unirse a ellos en la parte de atrás del todoterreno de Gabby, pero Rachel echó un vistazo al coche abarrotado y los rechazó.

—Volveré con él —le aseguró, señalando con el pulgar al último paciente que iba a ser trasladado al hospital.

Era el conserje, al parecer, y se había quedado a limpiar el auditorio después del evento, lo que le había valido una muñeca rota.

Marcus había querido enviarlo al hospital antes, pero él había despachado a los sanitarios con la mano, diciéndoles que no le importaba esperar.

—¿Segura? —preguntó Gabby—. Todavía queda un asiento libre.

El único asiento libre era el del medio de la fila de atrás, y Rachel en realidad no quería pasarse el viaje de vuelta al hospital apretujada entre dos médicos jóvenes que todavía iban acelerados de adrenalina. Incluso desde donde estaba, a unos metros del coche, los veía hablar con animación.

—Nah, voy con él y te veo allí.

—Tú decides. —Gabby se encogió de hombros, antes de volver a mirar los restos del colegio.

El accidente había prácticamente arrasado la sección norte del colegio y, ahora que el fuego estaba apagado, el alcance total de la destrucción empezaba a quedar claro para todos los implicados.

Rachel ni siquiera quería pensar en cuánto tardarían en reconstruirlo.

—¿Has hablado con el jefe de bomberos? —preguntó—. Solo hemos perdido a cuatro.

—Dos del helicóptero, dos del colegio. —Gabby hizo una mueca—. Sí, lo sé.

Rachel la miró, frunciendo el ceño. Gabby era una médica con talento, pero ver algo así descolocaría hasta a los médicos más experimentados. Era muy distinto de trabajar en el hospital.

—¿Cómo lo llevas?

—¿Sinceramente? —Apartó la mirada del edificio para mirarla—. No lo sé.

—Ya. —No podía exactamente reprochárselo a Gabby—. Oye, si quieres hablar, estoy aquí, ¿vale?

—Gracias —dijo en voz baja, antes de alargar la mano y apoyársela en el hombro—. Lo hemos hecho bien esta noche, ¿verdad?

—Así es. —Rachel asintió. De verdad que sí pero, por mucha diferencia que marcaran, nunca acababa de parecer suficiente.

Se quedaron ahí un momento en silencio, armándose de valor. Por mucho que las dos quisieran que lo fuera, la noche aún no había terminado; tenían que volver al hospital, donde el caos continuaba, antes de poder por fin irse a casa.

—Me voy ya —dijo Gabby por fin, dejando caer la mano de nuevo al costado—. Te veo en el hospital.

—Nos vemos allí.

Rachel vio cómo se subía al todoterreno, metía la marcha, y arrancaba hacia el hospital, antes de volverse hacia el último paciente. Los sanitarios que quedaban lo estaban subiendo a la parte de atrás de la ambulancia, y parecía perfectamente contento de charlar con ellos mientras trabajaban.

—¿Os importa si vuelvo con vosotros? —preguntó Rachel, antes de subirse de un salto a la parte de atrás de la ambulancia con Carl, el conserje.

—¿Me tocan sanitarios y una médica? —Carl los miró—. Tengo suerte, ¿eh?

Rachel sonrió y miró hacia el joven sanitario que se había subido detrás con ellos.

—¿Qué le habéis dado?

—Entonox para el dolor. Estaba bastante insistente en que nos lleváramos a todos los demás pacientes primero, por lo visto. Queríamos asegurarnos de que esté cómodo.

Mientras el motor cobraba vida rugiendo debajo de ella, Rachel apoyó la cabeza contra el lateral de la ambulancia y cerró los ojos.

—¿Cómo te encuentras, Carl?

—Todo lo bien que puedo.

—Mmm. Ya somos dos.

Carl y el joven sanitario siguieron hablando mientras se dirigían al hospital, pero Rachel no fue capaz de unirse a la conversación. Era como si toda la energía que le quedaba se le escapara con cada minuto que pasaba. Estaba cansada, aunque Carl no lo pareciera.

No pasó mucho antes de que viera las luces del hospital a través del parabrisas y, cuando estiró la cabeza para mirar fuera del vehículo, los vio entrar en la zona de urgencias.

—Vale, Carl, vamos a meterte dentro.