Senderos del Corazón (City General Series 5) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Le temblaban las manos mientras empujaba las puertas batientes y se escabullía de las urgencias.

Nadie la detuvo al salir, probablemente porque todos estaban demasiado ocupados hasta para notarla marcharse.

Fue al baño más cercano y se metió dentro.

Irrumpiendo en un cubículo, vació el contenido de su estómago, jadeando por aire.

Pasaron unos momentos antes de que recuperara cierta apariencia de control sobre su cuerpo.

Contrólate.

La cerámica del lavabo estaba fría contra sus palmas mientras se apoyaba pesadamente en él, dejando caer casi todo su peso hacia delante. La cabeza le daba vueltas mientras cerraba los ojos de nuevo, meciéndose adelante y atrás sobre las puntas de los pies mientras intentaba respirar.

Inspira durante cuatro. Aguanta durante cuatro. Espira durante seis.

Era una técnica de respiración sencilla que un médico de Puerto Príncipe le había enseñado tras una operación especialmente horrible a una adolescente a la que habían disparado. Lo único que tenía que hacer era cerrar los ojos y apartar el resto del mundo, para poder concentrarse en su respiración.

Inspira durante cuatro. Aguanta durante cuatro. Espira durante seis.

Joder, siento que voy a vomitar, otra vez.

Inspira durante cuatro. Su respiración era entrecortada y afilada mientras inspiraba.

Aguanta durante cuatro. La imagen de Andy, sujeta con el cinturón en su asiento de piloto, relampagueó ante los ojos de Rachel. Se reía, con los ojos brillándole mientras contemplaba el horizonte.

Espira durante seis. Andy yacía en un montón desmadejado entre los restos del accidente, envuelta en llamas. La respiración de Rachel salió como un jadeo corto y afilado, y estampó la palma contra el espejo, tragándose las lágrimas. Concéntrate. Tenía que concentrarse.

Recomponte. Volvió a exigirse, obligándose a inspirar despacio. Había hecho esta técnica tantísimas veces antes, y sabía que funcionaría, con solo poder concentrarse de una puta vez.

Inspira durante cuatro. Aguanta durante cuatro. Espira durante seis.

Despacio, se le despejó la cabeza. El pecho lo sentía solo un poco más ligero, y la respiración se le estabilizó. Cuando por fin abrió los ojos y miró su propio reflejo en el espejo, tenía pinta de desastre, pero al menos seguía en pie.

—Vale —susurró, limpiándose las lágrimas que se le aferraban a las pestañas—. Puedes con esto.

Tras concederse otro minuto de paz en el baño, Rachel se arregló, se estiró la bata blanca, se recogió el pelo para apartárselo de la cara, y volvió a marchar hacia las urgencias. Fuera lo que fuese lo que la esperara cuando aterrizara el primer helicóptero, sabía que tenía un trabajo que hacer.

Las urgencias estaban igual de concurridas de lo que habían estado cuando se había ido, aunque a los pacientes ya los habían trasladado fuera para despejar las camas.

Las enfermeras sacaban equipo para que estuviera bien a mano, los médicos entraban a toda prisa, evidentemente recién salidos de su pausa para comer y, cuando se acercó a Phelps, lo oyó hablar por teléfono.

—Me da igual lo que haya programado. Si no corre peligro de muerte, aplázalo.

Necesitamos el quirófano listo para estos pacientes.

Los casos críticos van a estar aquí en menos de diez minutos.

Los estabilizaremos y os los bajaremos, así que me da igual si tenéis que despertar a cirujanos, ¡preparadlos!

Colgó con un suspiro tembloroso, viendo a Rachel por el rabillo del ojo.

—Hola.

—¿Cuántos quirófanos tenemos abiertos?

—Dos. El quirófano no es el problema, el problema es asegurarnos de que tenemos personal.

Phelps era uno de los miembros más capaces del equipo de urgencias, pero hasta él parecía descolocado ante la perspectiva de los pacientes que llegaban.

Normalmente era imperturbable, lo bastante seguro de su capacidad como médico como para imaginarse que nada saldría mal bajo su supervisión.

Ahora mismo, sin embargo, parecía preocupado.

Su pelo rubio arena se le levantaba en ángulos extraños de donde se había estado pasando una mano libre, los labios los tenía rojos de donde se los había estado mordiendo.

Normalmente Rachel le habría ofrecido algún tipo de apoyo.

Se le habría ocurrido alguna palabra sabia para él, quizá le habría dado un apretón comprensivo en el hombro, y luego habrían seguido adelante juntos.

Pero esta noche, no encontraba ninguna palabra de consuelo.

En lugar de eso, hizo lo único que podía.

Se abrió paso a través del miedo y la incertidumbre, y se centró en la tarea que tenía entre manos.

—¿Sabemos algo de los pacientes críticos? —preguntó. Aunque hizo todo lo posible por mantener la voz uniforme y firme, aun así le tembló, solo un poco—. ¿Los primeros en llegar?

—Poca cosa de las lesiones —admitió, girándose a mirar el resto de las urgencias—. Son dos pacientes en el primer helicóptero. Un varón, quizá de veintipocos, y luego una mujer de cuarenta y tantos o cincuenta y tantos.

—¿De cuánto? —preguntó Rachel. Seguro que le había oído mal…