Capítulo 25 #2
Todos asintieron y murmuraron palabras de acuerdo.
Tara repartió unas cuantas instrucciones más: Gabby iba a llevar a un par de médicos más al lugar del accidente, Angela iba a reunir a enfermeras de otros servicios, y Phelps iba a asegurarse de despejar las urgencias.
Las puertas de las urgencias del City General estaban ahora cerradas para todos salvo para los del incidente mayor.
Todos los demás casos se desviarían. Con sus tareas repartidas, los demás se dispersaron a prepararse para la noche que tenían por delante, pero Rachel no podía moverse.
Sabía que este era el momento en que debería entrar en acción.
Vamos, era la mujer que había trabajado en un centro de traumatología especializado en medio de una crisis reconocida internacionalmente.
De todo el personal médico, se suponía que era la que sabía lo que hacía. Y, sin embargo, no podía moverse.
Sentía las piernas como encajadas en hormigón. El corazón le latía en el pecho tan rápido que dolía, y ninguna cantidad de respiración lenta ayudaba a calmarle los nervios como es debido. Tara le tendió la mano al ver el terror que se le había grabado en la cara.
—¿Estás bien?
—Tengo miedo —susurró—. Andy… ella…
—Hoy no trabajaba —le aseguró Tara con una sonrisa amable—. Me mandó su horario el fin de semana pasado para que quedáramos a tomar algo, y lo comprobé dos veces en cuanto me enteré de la noticia. No tenemos nada de qué preocuparnos.
Tara no lo sabía, se dio cuenta Rachel. No sabía que Andy había cambiado turnos para trabajar hoy.
—Tara, está cubriendo a alguien. Me llamó para decírmelo hace unas horas, estaba de turno hasta las siete.
La sonrisa se le congeló a Tara en la cara y luego negó despacio con la cabeza, como si no lo entendiera.
—Yo… no. Trabaja mañana por la noche. Me dijo…
—Prueba a llamarla —susurró Rachel. Quería estar equivocada en esto, quería que Tara llamara a Andy y la localizara, y entonces todas se relajarían y bromearían, y ella podría concentrarse—. Llámala y verás. Yo lo he intentado, y no la localizo.
A Tara no hizo falta decírselo otra vez.
Volvió a rodear su escritorio y agarró el móvil para llamar a Andy, tamborileando con los dedos contra la superficie del escritorio.
Desde el otro lado de la sala, Rachel oyó la voz tenue del contestador —el mismo que había oído ella— diciéndoles que volvieran a llamar más tarde, o dejaran un mensaje.
Con mano temblorosa, Tara volvió a dejar el móvil en el escritorio. Rachel no estaba equivocada, por mucho que lo hubiera querido. Ninguna de las dos la localizaba.
—Eso no significa que fuera ella la piloto —dijo Tara al fin, rompiendo el pesado silencio.
—Lo sé.
—Podría estar sencillamente en el aire. No tendría cobertura si está volando.
—Lo sé.
—O se le podría haber muerto el móvil. Es malísima manteniéndolo cargado.
Rachel no se molestó en responder a eso.
Las dos sabían que era mentira: Andy era meticulosa a la hora de asegurarse de llevar un cargador encima en todo momento, y hasta tenía un cargador portátil que la acompañaba a todas partes, solo para que pudieran localizarla si alguna vez había una emergencia de trabajo.
Tara solo se agarraba a un clavo ardiendo, desesperada por protegerse del pensamiento de que su amiga estuviera en peligro.
—Debería ir… a ayudar a Phelps —dijo Rachel al fin, aspirando hondo otra vez—. Sacaremos a los pacientes que no corran peligro de muerte… ya sabes.
Rachel sabía lo que tenía que hacer. Tenía que llamar a algunos de los hospitales y clínicas más pequeños de la zona, redirigiéndoles pacientes a ellos en lugar de a las urgencias del City General.
Pero, por mucho que lo intentó, Rachel sencillamente no encontraba las palabras.
Era como si su cerebro no acabara de conectar con su cuerpo como debía.
—Rachel —dijo Tara su nombre con suavidad—. Mírame.
Rachel no quería. No quería ver la lástima en los ojos de Tara. De algún modo, sabía que eso la haría sentir aún peor.
—Rachel —repitió Tara, con un poco más de fuerza esta vez—.
Mírame. Mira. Necesito que estés aquí conmigo cuando llegue ese helicóptero, ¿vale?
Haz lo que sea que tengas que hacer para prepararte.
Métete en el baño y grita. Llora. Tira algo.
Me da igual lo que sea, pero, cuando aterricen esos pacientes, necesito saber que estarás lista.
—Sí, jefa —susurró.
—Venga. Haz lo que sea que necesites hacer.
Por fin, las piernas se le movieron. Salió del despacho de Tara y fue hacia las urgencias, que estaban más concurridas de lo que habían estado desde que había llegado al City General.
Sacaban a pacientes de la sala para dejar sitio a las víctimas que llegaban.
Phelps estaba al teléfono en el puesto de enfermería, exigiendo manos de sobra de cualquier servicio que pudiera permitirse cederlas.
Todos hacían algo, aunque solo fuera comprobar el equipo.
Pero ella no podía.