Capítulo 21
CAPÍTULO VEINTIUNO
La barbacoa familiar anual de Christine llegó como siempre a medida que julio tocaba a su fin.
Cuando Zack era pequeño, la barbacoa anual había sido su forma de despedirlo de vuelta al año escolar, con una última reunión para celebrar las vacaciones de verano.
Con el tiempo, Zack había dejado los estudios, pero la fecha se había mantenido igual, más por tradición que por otra cosa.
Ni Andy ni Rachel lo habían sacado a medida que se acercaba la fecha.
A las dos las habían invitado, por separado, pero las dos coincidieron en que querían ir juntas como pareja.
El único problema era que las cosas habían ido tan rápido entre ellas que en realidad no habían tenido una conversación formal de «estamos saliendo» con nadie.
Pero, cuando se presentaron en el mismo coche, caminando de la mano hasta la puerta de Christine, la única sorpresa fue la completa falta de sorpresa de todos los presentes.
—¡Ah, bien, ya estáis aquí! —Christine las hizo pasar con una sonrisa, dándoles un beso a las dos en las mejillas—. Nathan y Zack ya están en el jardín, solo esperamos a que aparezca alguna cabeza más antes de empezar.
Prácticamente las empujó a las dos hacia el jardín antes de volverse hacia la puerta a recibir a más invitados y, mientras cruzaban la casa, compartieron una mirada de desconcierto.
—¿Ella…? —empezó Rachel.
—¿Ya lo sabía?
—¿Cómo puede haberlo sabido? No se lo hemos dicho a nadie. Nadie nos ha dicho nada de haberse enterado, así que… —Mientras Rachel hablaba, vieron acercarse a Nathan y a Zack, ya con las bebidas en la mano.
—¡Genial, ya estáis aquí! Mi madre ya se está volviendo loca asegurándose de que todo esté perfecto, así que está bien tener una distracción.
—Zack las llamó con la mano hacia el rincón del jardín donde ya habían dispuesto un pequeño grupo de sillas.
Rachel y Andy se acomodaron en sus asientos, todavía lanzándose miradas de perplejidad.
Al cabo de unos momentos, Andy habló—: ¿No nos vais a hacer ninguna pregunta?
—¿Sobre qué? —preguntó Nathan, antes de bajar la vista hacia sus manos, que seguían enlazadas—. Ah, ¿te refieres a eso? No, no teníamos pensado. ¿Por qué?
—Porque estamos… estamos saliendo, Nathan. —Rachel hizo un gesto con la mano libre—. Estamos juntas.
—Ah. —Hizo una pausa, mirando de una a otra—. Sí, me lo imaginaba.
—¿Te lo imagi…? ¿Qué?
Se encogió de hombros, reclinándose en su propia silla.
—Bueno, sabía que las dos estabais pasando tiempo juntas haciendo senderismo, sabía que estabais en una salida de fin de semana juntas.
Además, os vi a las dos en la boda, y sabía que las dos estabais un poco coladas la una por la otra, pero obviamente tú, Rachel, estabas toda nerviosa y tímida…
Ah, y luego, después de volver de la acampada, me mandaste todos esos mensajes de lo bien que te lo habías pasado.
Puro trabajo detectivesco. Solo… até todas las pistas.
Zack miró a su marido con incredulidad, antes de volverse hacia Rachel.
—Tenías la ubicación activada, vimos que estabas en casa de Andy por Snapchat. Luego te vimos en casa de Andy un montón.
—Ay, madre. —Rachel gimió, hundiendo la cara en el hombro de Andy—. Ay, madre, no me puedo creer que así fue como se enteraron.
—Bueno, al menos no tenemos que decírselo a todo el mundo —señaló Andy, sonriendo—. Mira el lado bueno.
—Sí, supongo.
A medida que el resto de los invitados fueron entrando al jardín, la conversación enseguida se alejó de la nueva relación de Andy y Rachel. Se encendió la barbacoa, se repartieron cervezas y, al cabo de unas horas, todos se habían relajado en el calor normal y perezoso de la tarde de verano.
—Descanso para ir al baño. —Andy dejó su cerveza en la mesa y se puso de pie—. ¿Necesitas que te traiga algo de la cocina a la vuelta?
—¡Ah! —A Rachel se le iluminaron los ojos—. Si hay algo de esas cositas de queso y piña, ¿me puedes traer?
¿Quién viene a una barbacoa y no come más que rodajas de piña? , se preguntó Andy pero, aun así, le dejó un beso en lo alto de la cabeza a Rachel y le prometió un plato de picoteo a la vuelta.
Mientras dejaba el grupo y volvía hacia la casa, Andy echó un vistazo por encima del hombro.
Zack ya se había arrimado a su asiento, inclinándose con ganas para hablar con Rachel.
Estaba demasiado lejos para distinguir de qué hablaban pero, fuera lo que fuese, oyó el inconfundible sonido de la risita de Rachel por encima del bullicio de la fiesta.
No pudo evitar sonreír ante la imagen de Rachel embutida entre Zack y Christine, moviendo las manos mientras hablaba con animación de una cosa u otra.
Encajaba de forma tan natural entre ellos, como si siempre hubiera formado parte de la familia.
Casi parecía raro pensar en el hecho de que la última vez que habían hecho una barbacoa familiar así, Andy ni siquiera la había conocido.
La cocina estaba mucho más fresca que el jardín, así que no fue ninguna sorpresa que hubiera bastante gente por ahí de pie charlando, tomándose un respiro del sol del mediodía. Nadie se fijó mucho en ella mientras se abría paso entre unos cuantos grupos de gente y subía al baño, sin embargo.
Andy volvía a bajar cuando oyó las dos voces amortiguadas de unas mujeres cotilleando. Tenían que estar apiñadas cerca pero, mientras bajaba por el hueco de la escalera, Andy no veía a ninguna de las dos.
—O sea, ya sabes, cada uno a lo suyo y todo eso, pero solo lo digo. No me gusta. Yo nunca podría estar en una relación así.
La voz pertenecía a una mujer, pero no una que reconociera.
Probablemente fuera una de las vecinas de Christine con la que Andy se había cruzado por la calle un puñado de veces.
No fue eso lo que la hizo detenerse, sin embargo.
Ni siquiera fue lo que dijo lo que la hizo pausar en las escaleras, quedándose ahí a escuchar.
Fue cómo lo estaba diciendo lo que hizo que Andy se quedara paralizada.
Había oído ese tono de asco apenas velado suficientes veces en su vida como para reconocerlo en cualquier parte.
Iba disfrazado de doctrina religiosa, o de discursos políticos redactados con creatividad, o hasta se escapaba de la boca de gente a la que en su día había considerado amigos.
Solía venir con un labio curvado o un ceño arrugado.
E, incluso aunque hacía mucho tiempo que no oía justo esa nota de desprecio en la voz de alguien, aun así escoció igual que siempre lo hacía.
Una segunda voz se unió a la primera. Esta, al menos, sonaba un poco decepcionada.
—¿Qué tiene de malo? Nunca has dicho nada de Zack, y lleva trayendo novios a casa desde que era adolescente.
—Madre mía —siseó la primera voz—. No tengo ningún problema con el hecho de que sea lesbiana. Por Dios, ¿quién te crees que soy?
—¿Entonces qué?
Andy sabía que no debería estar escuchando su conversación a escondidas.
Sabía que debería cortar la conversación ahí, antes de oír algo que le retorciera el estómago en nudos, pero no podía.
No era capaz de toser con suavidad, ni de bajar las escaleras e interrumpir su conversación con un amistoso «¡hola! ».
Una curiosidad morbosa la ancló en el sitio, en el cuarto escalón desde abajo. Sabía que, fuera lo que fuese lo que iba a venir a continuación, iba a doler, pero había una parte de ella que sencillamente quería saber.
—Es muchísimo más joven que ella.
Fuera lo que fuese lo que Andy había esperado, no era eso. ¿Su edad? ¿Ese era el problema?
—Las dos son adultas, sin embargo, ¿no?
La primera mujer resopló.
—Ya. Pero, si un hombre de cincuenta años se presentara con su novia de treinta, ¿qué pensarías? ¿Crisis de los cuarenta? ¿Una mantenida?
—Estoy bastante segura de que su novia es médica o algo así. Probablemente gana más dinero que Andy.
—Ya sabes a qué me refiero, sin embargo. Con una diferencia de edad así tienes…
La primera mujer dejó de hablar de golpe, y Andy contuvo la respiración. ¿Se había movido un poco demasiado fuerte y la habían oído las dos? ¿La había oído alguien más? ¿Las había oído Rachel hablar?
Pero luego, tras unos segundos de pies arrastrándose, la conversación volvió a empezar, si bien mucho más bajo ahora. Andy dio el siguiente paso despacio, aguzando el oído para oír el resto de la conversación mientras las dos mujeres empezaban a susurrar.
—Tienes que pensar en el futuro un poco más —continuó la primera mujer—. Digamos que su novia quiere hijos algún día, ¿no? Si tienen un bebé dentro de cinco años, Andy tendrá casi sesenta. Para cuando el bebé vaya a la universidad, tendrá ¿qué… setenta y cinco? ¿Casi ochenta?
La otra mujer probablemente dijo algo más en respuesta pero, fuera lo que fuese, Andy no lo oyó. Le daba igual, fuera lo que fuese.
Setenta y cinco.
Madre mía, eso parecía mayor. Su abuela solo había tenido setenta y nueve cuando había muerto. Cierto que había sido fumadora de toda la vida y bebedora empedernida por si fuera poco, pero aun así…
La habían juzgado por sus relaciones antes.
Allá en la universidad, un viejo le había escupido mientras ella y su novia de entonces iban en el autobús de vuelta del campus, solo porque Andy se había atrevido a pasarle un brazo por el hombro a su novia.
Durante años, cuando estaba en las Fuerzas Aéreas, la política de «No preguntes, no lo cuentes» había pendido sobre ella como la espada de Damocles, y había visto cómo compañeros militares se burlaban de un joven recluta al que habían dado de baja por culpa de la política.
Pero nunca había esperado, después de todo este tiempo, oír ese mismo juicio en una barbacoa familiar.
Cuando por fin volvió a salir a la barbacoa, fue con una sonrisa forzada pegada en la cara. Ya no le apetecía celebrar nada.
—¡Se te han olvidado! —Rachel le dio con suavidad en el hombro mientras ella se acomodaba de nuevo en la silla de jardín.
—¿Mmm?
—¡Mis palitos de piña y queso! —Sonrió radiante, saltando de su silla—. ¡Se te han olvidado!
—Ah… — Mierda , le había prometido traérselos a Rachel, ¿verdad?—. Perdona, yo…
—No pasa nada. —Rachel desestimó la disculpa. Ni siquiera pareció notar que algo iba mal con Andy mientras se alejaba dando brincos hacia la casa en busca de picoteo.
Bien , pensó Andy, pellizcando la etiqueta de su botella de cerveza mientras veía a Rachel irse.
Le daba tiempo a serenarse, si podía. Pero, por mucho que lo intentó, Andy en realidad no podía fingir que todo iba bien.
No podía dejar de repetirse la conversación que había oído por casualidad una y otra y otra vez en la cabeza, hasta que ya ni siquiera prestaba atención a la conversación de su alrededor.
Lo que lo empeoraba era que ni siquiera sabía quiénes eran aquellas dos mujeres.
Cuando miraba alrededor a los demás invitados, bebiendo y charlando y riéndose sin una sola preocupación en el mundo, no podía evitar preguntarse si todos estarían pensando lo mismo.
¿Había tenido todo el mundo en la fiesta el mismo pensamiento cuando ella y Rachel habían entrado antes?
¿La miraban todos y pensaban «crisis de los cuarenta», o miraban a Rachel y pensaban «mantenida»?
¿La estaba juzgando Zack por la relación?
¿Christine? ¿Seguían con esto solo porque eran demasiado educados para decirles a Rachel y a Andy lo que de verdad pensaban?
¿Estaba Nathan cabreado con ella por salir con su amiga de la infancia?
Para cuando el sol se hundió en el horizonte y los invitados empezaron a marcharse, Andy estaba más que lista para irse a casa.
Normalmente era el alma de la fiesta, suplicando a la gente que se quedara solo un poquito más con una cerveza en una mano y un micrófono de karaoke en la otra.
Sería la última persona bailando la música más espantosa que pusieran en los altavoces, la que contaba los mejores chistes y se reía más fuerte.
Hoy no, sin embargo. Hoy no podía salir de la casa lo bastante rápido.
A medida que había avanzado la tarde, Rachel había notado que algo iba mal.
Christine también se había dado cuenta, y las dos le habían preguntado si todo iba bien con ella.
Se había inventado alguna excusa sobre sus largas horas en el trabajo (lo cual no era una mentira del todo) y luego se había quedado ahí sentada en silencio dejando que la conversación le pasara por encima.
Al final (y no lo bastante rápido), se fueron.