Senderos del Corazón (City General Series 5) Capítulo 20
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Capítulo 20

CAPÍTULO VEINTE

Cuando Andy se despertó, oía la ducha del baño principal corriendo y, al pasar por delante de la puerta, Rachel cantaba.

Su voz era ligera y aireada, y apenas se oía por encima del sonido del agua corriendo pero, incluso de no haber podido oírla Andy, habría sabido que estaba ahí.

Formaba parte de la rutina matutina de Rachel: se despertaba, se estiraba un poco y mascullaba incoherencias para sí, antes de ir a la cocina a hacerse una cafetera.

Se tomaba un café, luego se hacía otro, y luego subía a ducharse.

Para cuando salía, el café se había enfriado lo suficiente para bebérselo.

Era curioso, las pequeñas cosas que Andy había ido pillando a lo largo de su intensa, si bien breve, relación.

Claro que se había fijado en la rutina de Rachel, sería difícil no hacerlo dado todo el tiempo que las dos habían pasado juntas, pero había notado mucho más que eso.

Había pequeñas cosas, pequeñas manías que tenía Rachel que le sacaban una sonrisa.

Probablemente ni siquiera fueran cosas de las que la otra mujer fuera consciente, pero a Andy le encantaban.

Le encantaba la forma en que Rachel intentaba recogerse la melenita oscura para apartársela de la cara, sobre todo cuando se concentraba en algo o se limpiaba la cara.

El pelo lo tenía demasiado corto para quedarse en la goma, y la mayor parte acababa cayéndosele, hasta que solo quedaba un poco de pelo en lo alto de la cabeza todavía sujeto en la goma elástica.

Cuando veían la tele juntas, había notado que Rachel siempre se ponía un cojín por delante y se lo abrazaba contra el estómago.

Al principio, Andy pensó que era cosa de comodidad pero, con el tiempo, se dio cuenta de que Rachel intentaba ocultar el pliegue del estómago que le asomaba por encima de la cinturilla de los pantalones de chándal.

—No se te ocurra —había dicho con severidad después de descubrirlo, rodeándole el estómago con los brazos a Rachel—. Tengo una política de tolerancia cero con quien hable mal de tu cuerpo. Sobre todo tú. ¿Entendido?

Andy fue derivando hacia la cocina, donde sabía que quedaría suficiente café en la cafetera para una taza más para ella. Mientras se servía una taza, oyó apagarse la ducha arriba, y no pudo evitar sonreír para sí. Las mañanas de Rachel funcionaban como un reloj, y era de todo menos impredecible.

Era todo lo contrario a como Andy había vivido siempre su vida y, durante muchísimo tiempo, siempre había pensado que la idea de la rutina la volvería loca.

Claro, había estado en las Fuerzas Aéreas, y el ejército no era exactamente famoso por fomentar un estilo de vida bohemio para las tropas pero, cuando tenía su libertad, a Andy le gustaba aprovecharla.

No era una de esas personas que podían planear su vida con años de antelación.

Le costaba hasta hacer planes con unos días de antelación así que, en realidad, nunca había sido de las que se dejaban caer en una rutina.

Era difícil inventarse una cuando siempre buscaba algo nuevo, algo emocionante.

Siempre andaba a la caza de la próxima aventura, y quizá eso también había influido en su vida amorosa a lo largo de los años.

No es que Rachel fuera su primera relación seria.

Había tenido relaciones serias antes, claro que sí.

Pero la mayoría de aquellas habían sido cuestión de conveniencia, en retrospectiva.

Una de sus novias de la universidad había vivido en la habitación de enfrente de la suya, así que, si iban a verse constantemente, tenía sentido acostarse juntas también.

Una mujer con la que había salido unos meses allá por 2005 había estado destinada en la misma base que ella y, aunque ninguna de las dos podía ser abierta sobre su relación por aquel entonces, eso no les había impedido llevarla adelante.

Había estado con las mismas mujeres durante largos periodos de tiempo, a veces en exclusiva, a veces no, pero aquellas relaciones siempre habían parecido más informales.

Andy las había mantenido en su vida pero, luego, con el tiempo, se habían quedado en el camino por una razón u otra, y había pasado a la siguiente mujer.

¿Pero Rachel? Rachel era distinta.

Con Rachel, no era solo cuestión de conveniencia.

No era el caso de que sencillamente le hubiera caído en el regazo.

La había perseguido, se había esforzado por conocerla y, una vez que habían empezado a verse, Andy había seguido persiguiéndola.

Y no le había importado cuando habían caído en una rutina juntas, pasando cada noche la una con la otra y despertándose de la misma forma cada mañana.

Nunca ni una sola vez había imaginado que disfrutaría de despertarse con el mismo sonido cada mañana, pero ahí estaba. No podía imaginar cómo serían las mañanas sin oír a Rachel cantar en la ducha. No quería imaginarlo.

—Buenos días.

Se giró al oír la voz de Rachel, para verla entrar en la cocina en albornoz, con una toalla enrollada alrededor de la cabeza.

Era un poco ridículo, toda aquella tela para sujetar una diminuta melenita a la altura de la barbilla e, incluso aunque solo llevaba unos minutos fuera de la ducha, Andy ya veía pequeños mechones del pelo de Rachel escapándosele por detrás.

No se atrevería a decirle a Rachel que era una idea tonta, sin embargo; le gustaba su turbante de toalla.

—Buenos días. —Andy sonrió mientras Rachel cruzaba la cocina descalza hasta donde ella estaba apoyada contra la encimera, con los brazos abiertos para un abrazo. Encajó a la perfección, rodeando la cintura de Andy con los brazos mientras la besaba con suavidad—. ¿Estás bien?

—Mmm —murmuró Rachel, asintiendo—. ¿Y tú? Estabas como… mirando fijamente al jardín de atrás.

—Sí, es que estaba… —Andy dejó la frase en el aire un momento, antes de encogerse de hombros—. Pensando.

—¿En?

—En nosotras —admitió, dando un sorbo a su café.

—¿Qué pasa con nosotras? Uy, ¿era algo divertido? —Rachel arqueó una ceja y le lanzó una sonrisa cómplice, y Andy no pudo evitar reírse.

Negó despacio con la cabeza, mirando a Rachel hacia abajo con diversión.

Para alguien que había parecido tan aterrada de ella solo unos meses antes, desde luego había entrado en confianza con Andy, y tenía un apetito casi insaciable.

No es que a Andy le importara, claro. Se lo tomaba como un cumplido.

—Estaba pensando… esto no es lo que me imaginaba haciendo. Nunca.

—¿Eh? —Esa no era la respuesta que Rachel esperaba, ni era la que había estado esperando, a juzgar por cómo se le frunció el ceño.

—No en el mal sentido —se corrigió Andy rápidamente—.

Es solo que antes de conocerte, nunca fui, bueno, muy casera, supongo.

Viví en bases militares una buena parte de mi vida, siempre estaba lista para irme a algún sitio, o hacer algo.

Pero desde que te conocí… —hizo una pausa— supongo que me ha alegrado un poco más echar el freno un poco.

No me importa relajarme un poco más, tomármelo con calma.

—Te he vuelto vaga, ¿eso es lo que dices? —Rachel sonrió—. ¿Te estoy convirtiendo en uno de esos maridos de cena precocinada de los años 50, los que llegan a casa y ven la tele con una cerveza en la mano toda la noche?

—Preferiría, y esto no es una exageración, preferiría morir.

Rachel soltó una risita y se acurrucó contra su pecho.

—Nada de cenas precocinadas. Entendido.

Andy le pasó un brazo por la cintura, atrayéndola más cerca mientras apoyaba la cabeza con suavidad sobre lo alto del turbante de toalla de Rachel. Cuando cerró los ojos y aspiró, olía el último rastro persistente de gel de rosas y champú.

—Nunca me imaginé que tendría mañanas así. Siempre he ido a lo mío, supongo. Nunca he tenido una rutina matutina con otra persona. Siempre me imaginé que no me gustaría y, cada vez que sentía que una relación llegaba a esta fase, siempre salía por patas.

—¿Es este un discurso de ruptura? —preguntó Rachel, con la voz amortiguada contra el pecho de Andy—. Porque, si lo es, entonces tienes algunos problemas de tono en los que vas a tener que trabajar.

—No es un discurso de ruptura. —Se rio—. No me siento así ahora mismo. O sea, míranos, prácticamente somos ya como un viejo matrimonio, y me gusta.

—Bien.

—Tiene gracia, porque todo esto ha ido tan rápido, y no me está entrando ese impulso de salir corriendo. —Andy lo pensó un momento, y luego ladeó la cabeza—. Hablando de estereotipos.

Rachel soltó una risa y por fin alzó la cabeza.

—¿Prácticamente irnos a vivir juntas después de unos meses? Sí, supongo que eso es un poco el estereotipo lésbico, ¿no? O sea, básicamente te he domesticado del todo.

—Casi estoy adiestrada también —señaló Andy.

—Casi.

—Supongo que podríamos tener un gato. Eso se sumaría al estereotipo, nos redondearía del todo.

—Y algunas plantas. —Rachel miró alrededor de la cocina—. Hay una clara falta de plantas aquí, para alguien a quien le gusta tanto el aire libre como a ti.

—Ya, pero, si traigo las plantas aquí, entonces tengo que regarlas, alimentarlas, darles suficiente luz del sol pero no demasiada luz del sol. —Andy soltó un gemido—. Es básicamente como un trabajo a jornada completa, ¿no?

—Sí, tienes razón. —Rachel le quitó la taza de café a Andy directamente de la mano—. Es demasiada responsabilidad para ti.

—E imagínate que comprara una planta de interior y luego la matara. No me lo dejarías olvidar en la vida, ¿verdad?

—No. —Rachel la miró por encima de la taza de café—. No lo haría, tienes razón.

Andy miró alrededor de su cocina, y la mirada se le posó en el alféizar de la ventana donde había una foto de ella y Christine apoyada.

—Supongo que podría comprar una pequeñita, ponerla ahí.

—Mmm. —Rachel asintió—. Aunque creo que, si quisiéramos ir a por la experiencia lésbica estereotípica del todo, las dos tendríamos que dejar el trabajo.

—¿Sí?

—Nunca he oído el estereotipo de las médicas lesbianas.

—Bueno. —Andy le cogió la taza de café de las manos a Rachel con una sonrisa—. Está claro que estás viendo el tipo equivocado de porno, ¿eh?