Senderos del Corazón (City General Series 5) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

La pendiente se hizo más pronunciada a medida que salían del bosque, y a Rachel le costaba más mantener el equilibrio.

Sus viejas zapatillas raídas desde luego no eran el calzado adecuado para una excursión por el bosque y, un paso sí y otro también, notaba el mantillo de hojas muertas y barro ceder bajo sus pies.

Por suerte, había suficientes ramas colgantes alrededor como para poder agarrarse a ellas para apoyarse mientras subían.

Si alguna vez vuelvo a hacer esto, desde luego necesito unos zapatos como es debido.

Sencillamente no había suficiente agarre en las suelas de sus zapatos para afianzarla y, mientras empujaba su peso hacia arriba para dar otro paso, se sintió caer hacia delante.

Fue como si alguien le hubiera arrancado la tierra de debajo, y se precipitó hacia delante con un grito, agarrando desesperadamente hacia otra rama de árbol.

Dio contra el suelo, pero ni de lejos tan fuerte como había esperado.

La rodilla izquierda se le hundió en la tierra blanda, pero algo amortiguó su caída.

No vio qué era, claro, porque tenía los ojos fuertemente cerrados.

—Tranquila, te tengo. —Andy se rio entre dientes.

Rachel abrió los ojos despacio, para encontrarse cara a cara con Andy, con solo unos centímetros entre ellas.

Había estado tan por delante la última vez que Rachel había mirado que no sabía cómo la otra mujer podía haber llegado hasta ella tan rápido, pero ahí estaba delante de ella, agarrando a Rachel de ambos brazos para evitar que diera contra el suelo demasiado fuerte.

Sus ojos eran de un azul tan intenso, más profundo que casi ningún otro que hubiera visto antes.

Estaban a la sombra de los árboles ahora pero, aun así, Rachel dudaba que viera algo distinto de haber estado a la luz del sol.

Los ojos de Andy tenían la profundidad de un lago de montaña y pequeños hilos de cálido caramelo los recorrían como el destello del sol sobre una superficie serena; eran solo pozos infinitos de calma en los que podía perderse.

—¿Estás bien?

Por segunda vez ese día, Rachel oyó la voz de Andy tirando de ella de vuelta a la realidad, y se dio cuenta de que estaba mirándola fijamente, otra vez. Esta vez, se recompuso un poco más rápido, y asintió.

—Sí. Gracias.

—Podrías haberte hecho bastante daño, ¿sabes? —Las cejas de Andy se juntaron de preocupación mientras se inclinaba para mirar bien a Rachel—. ¿Te has hecho daño?

—No, no. —Se incorporó despacio, con cuidado de no volver a perder el equilibrio. Tenía la ropa hecha un asco, y la rodilla un poco roja por donde había dado contra el suelo, pero no había cortes por ninguna parte—. Estoy bien, gracias a ti.

—Cuando quieras. —Andy le guiñó un ojo y se puso de pie también—. ¿Estás bien para seguir?

—Sin duda. —Rachel se sacudió las manos con una mueca, tomando la mano que Andy le tendía sin pensarlo dos veces. De ninguna manera iba a caerse así otra vez—. ¿Cuánto más falta?

—Nada, muy poco. —Se rio entre dientes, señalando hacia delante, donde los árboles se acababan—. ¿Ves esa cresta? Cuando la coronemos, estamos en la cima.

—Bien. —Rachel soltó una risa pero, mientras se ponían de nuevo en marcha (más despacio y con más cuidado esta vez), tuvo que admitir que en realidad no se alegraba tanto de que la cima estuviera tan cerca.

Claro que se alegraría de la oportunidad de tener un descanso como es debido y sentarse pero, mientras subía con cuidado por el sendero con Andy, atenta a dónde ponía los pies, se dio cuenta de que en realidad se lo estaba pasando bien.

Era como un rompecabezas, averiguar dónde poner los pies. Cuando habían estado caminando por la pendiente suave, en realidad no se había fijado ni le había importado, pero con Andy a su lado entendía qué había estado haciendo mal.

—Haces que parezca tan fácil. —Rachel se rio, secándose el sudor de la frente—. ¿Eres como medio cabra montesa o algo así?

—No. —Andy sonrió, señalando un pedazo de suelo seco que podía pisar—. Pie izquierdo ahí. ¿Ves dónde lo ha secado el sol? Tus zapatillas no resbalarán en el barro.

Rachel saltó hacia delante con una sonrisa. Era un poco como jugar a la rayuela de niña, solo que en un ángulo muy pronunciado.

—¿Y las tuyas?

—¿Has visto los tacos de estas botas? —Andy se rio entre dientes—. No pretendo presumir ni nada, pero estas preciosidades son unas botas de montaña de primera.

—Ya, estas son solo unas zapatillas viejas y cutres que saqué del armario —dijo Rachel mientras llegaban al claro en la línea de árboles—. Creo que si alguna vez… ah.

Mientras salían a la cima de la colina, a los ojos les costó un momento adaptarse a la luz brillante del sol, tras haber caminado bajo el espeso dosel de los árboles durante tanto rato.

Cuando lo hicieron, sin embargo, Rachel por fin entendió por qué merecía tanto la pena la caminata.

Cuando contempló el paisaje y la distancia, las piernas le dejaron de doler y los pulmones le dejaron de quejarse, solo por un momento.

Era impresionante. El cielo sobre ellas estaba despejado como el cristal, sin una nube a la vista, y el cielo turquesa se extendía lejos hacia el horizonte, hacia la ciudad.

Rachel alcanzaba a distinguir el vago contorno del perfil de la ciudad a lo lejos, difuminado por la calima de un caluroso día de verano.

Entre la cima y la ciudad, sin embargo, veía ondulantes campos verdes, ricos bosques que probablemente presumían de excursiones aún más duras, y la autopista, que parecía un trozo de cordel en la distancia.

—Vaya… —Exhaló, levantando una mano para protegerse los ojos y poder ver mejor—. Esto es… una locura. No sabía que se pudieran tener vistas así tan cerca de la ciudad.

—Se ponen aún mejores cuando estás más lejos. —Andy le dio con el hombro y la llevó hacia el borde de la cima, donde todavía había unos cuantos árboles dispersos para dar sombra—. Esto no es nada comparado con algunos sitios hacia el oeste.

—¿En serio? —Rachel se dejó caer sobre la hierba y soltó un gemido grave al notar las frescas briznas hacerle cosquillas en la piel—. Ay… Qué bien.