Capítulo 9 #2
—Aquí fuera no. —Señaló alrededor del camino—. O sea, en general. Cuando te vi en el hospital, y en la cafetería. Parecías… no sé. No era exactamente triste, pero… simplemente no parecías feliz.
—Trabajo en urgencias —señaló Rachel—. Veo un montón de cosas malas, no soy feliz gran parte del tiempo.
—Mmm. —Andy asintió despacio con la cabeza—.
Eso lo sé. Y no lo digo por ser una capulla, solo quiero decir que te traje aquí por un motivo, pensé que quizá te ayudaría a despejar un poco la cabeza, y a llevar un poco mejor todo lo que ves en tu trabajo.
Sé que los médicos se queman rápido, los de urgencias aún más rápido, porque ves tantísima mierda una y otra vez, cuando no tienes una escapatoria…
—La voz de Andy se apagó, suspirando—. No se me dan bien estas conversaciones.
Esa es la especialidad de mi hermana. Pero lo que intento decir es que no tenemos que hablar mientras estamos aquí fuera.
Si solo quieres estar aquí, despejar la cabeza un rato y relajarte, entonces por mí bien.
Pero, si quieres hablar (de lo que sea, no tiene por qué ser cosas serias), entonces también bien.
Y, si quieres hablar del trabajo, entonces soy buena escuchando. Tú eliges.
El gesto de Andy pilló a Rachel por sorpresa y, por un momento, no supo qué decir aparte de «gracias».
Había estado tan lista para ponerse a la defensiva cuando Andy había dicho al principio que no parecía feliz.
De inmediato había decidido que la mujer mayor estaba sacándole defectos. Pero no era así. Menuda capulla soy.
Aunque resultaba un poco incómodo que caminaran así, codo con codo en silencio, Rachel sabía que en realidad no estaba con ánimo de hablar de todo lo que le pasaba, así que decidió que lo mejor era aceptar la primera sugerencia de Andy.
—Yo… me gustaría solo caminar un rato. Si a ti te parece bien, digo.
—Me parece del todo bien. —Andy sonrió—. Si no, no lo habría sacado. Venga.
Echó a andar por el camino serpenteante, y Rachel se puso a su paso.
Había pensado que resultaría un poco incómodo caminar así en silencio, pero se dio cuenta de que no lo era en absoluto.
De hecho, estaba bien no tener que llenar el silencio con charla trivial, ni intentar rebuscar un chiste o comentario que hacer.
Había un flujo constante de conciencia que le llenaba la mente a Rachel la mayor parte del tiempo.
Solía ser un parloteo nervioso, dándole demasiadas vueltas a cada detalle del mundo que la rodeaba pero, por primera vez en mucho tiempo, se dio cuenta de que ni siquiera estaba pensando, y mucho menos pensando de más.
Mientras caminaban juntas, alargando la mano para rozar el follaje cercano, Rachel se sintió empezar a relajarse.
Había silencio. No solo a su alrededor físicamente, sino también en su cabeza.
La mente le parecía en calma. Normalmente, cuando estaba a solas con sus pensamientos, la mente se le iba al trabajo.
Se ponía a pensar en aquella paciente que había llegado con una cadera fracturada, o en el hombre al que habían entrado en camilla drogado, que había amenazado con matarlos a todos antes de que lo sedaran.
Repasaba operaciones pasadas, o empezaba a hacer una lista mental de todas las cosas que sin duda la estarían esperando cuando volviera a entrar en el hospital.
Y, al principio, empezó a hacer eso. Cuando echaron a andar por el camino y se pusieron a caminar la una al lado de la otra, Rachel empezó a pensar en el último paciente que había atendido la noche anterior: el joven que se había cortado un dedo por accidente en su taller.
Había tenido un arreglo bastante fácil, pero él no había ayudado en nada cuando había empezado a decirles que no quería morir, y habían hecho falta dos enfermeras para convencerlo de que se iba a poner bien.
A partir de ahí, Rachel se preguntó si habría terminado de rellenar su papeleo antes de irse.
Si no, habría un montón de papeles esperándola el lunes por la mañana, así que probablemente tendría que entrar temprano a hacerlo, o quedarse hasta tarde.
O podría entrar el domingo para dejarlo hecho, pero entonces probablemente se enredaría haciendo otra cosa y… Anda, ¿eso qué es?
Rachel se detuvo y agarró la mano de Andy para pararla.
A unos metros del sendero, veía una pequeña forma moviéndose y, al escudriñar más de cerca, se dio cuenta de que era un animal.
Era una cosita marrón diminuta, pero tenía rayas de carreras blancas y negras por la espalda que destacaban.
Al unísono, las dos mujeres se agacharon en cuclillas para verlo mejor.
—Una ardilla listada —susurró Andy.
—Nunca había visto una en persona.
—¿Nunca?
Rachel negó con la cabeza.
—No. Pero es monísima.
Justo cuando dijo eso, la familia con la que se habían cruzado antes los alcanzó.
Uno de sus niños pequeños subió el camino a toda velocidad, blandiendo un gran palo que había cogido del suelo por el camino.
Las orejas de la ardilla listada se aplanaron al oír a un posible depredador, y luego desapareció en la maleza.
—Ah. —Rachel se enderezó, haciendo un puchero—. Adiós, entonces.
—No te preocupes. —Andy le dio con el hombro con una sonrisa—. Vas a ver muchas más de donde ha salido esa. Ardillas también, y son unas cabroncillas con muchas agallas. Si estás lo bastante callada y tienes comida, se te acercan directamente y te la roban.
—¿En serio?
Andy se rio, haciendo que se sonrojara, avergonzada por su arrebato de emoción.
—Sí. En serio.