Senderos del Corazón (City General Series 5) Capítulo 9
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Capítulo 9

CAPÍTULO NUEVE

Era sábado por la mañana, y Rachel estaba de pie en la acera delante de su edificio, balanceándose adelante y atrás sobre las puntas de los pies.

Aunque había estado segura de que aún tenía algo de ropa adecuada guardada en alguna parte de una de las cajas de cartón que ocupaban el fondo de su armario, no había sido capaz de encontrar nada.

En su desesperación, decidió ponerse una camiseta vieja que la mayor parte del tiempo hacía las veces de pijama, y unos pantalones cortos que estaban prácticamente destrozados, y que solo salían cuando necesitaba pintar.

No tenía botas de senderismo, así que unas zapatillas viejas tendrían que servir en su lugar.

No tenía una pinta especialmente glamurosa pero, como se recordó a sí misma en el espejo antes de salir esa mañana, tendría mucha peor cuando estuviera colorada y sudando.

¿He engordado, o estos han encogido en la lavadora?

Rachel tiró de la cinturilla de los pantalones, haciendo una mueca.

Hacía mucho tiempo que no se ponía ni los pantalones ni la camiseta y, cuanto más rato estaba ahí de pie, más consciente se hacía de cómo se le clavaban en los muslos.

Andy había accedido a recogerla a las nueve.

Costaría cerca de una hora llegar a donde planeaba que hicieran la excursión, así que, como le aseguró a Rachel, tendrían tiempo de sobra para relajarse y tomárselo con calma.

Se preguntó si Nathan habría mencionado algo de su charla a Zack, y le habría llegado a Andy que estaba nerviosa por la salida.

Una camioneta roja tomó la esquina de la manzana y le llamó la atención a Rachel por el rabillo del ojo.

Parecía un modelo antiguo y, a medida que se acercaba, Rachel distinguió los indicios de la edad en el parachoques delantero, donde pequeñas abolladuras marcaban la pintura.

El lateral de la camioneta estaba salpicado de barro, señal inequívoca de que normalmente no se conducía por la ciudad.

Bueno, desde luego es lo que esperaría que condujera Andy , pensó Rachel, escudriñando el lado del conductor a medida que el vehículo se acercaba. En efecto, giró para detenerse junto al bordillo y, cuando la ventanilla bajó, Andy se inclinó para saludarla.

—¡Buenos días! —llamó, saludando con la mano—. ¿Lista para irnos?

—¡Lista! —dijo Rachel con toda la valentía que pudo reunir. Al subirse a la camioneta, vio a Andy echarle un rápido vistazo, asimilando su conjunto desparejado, y se encogió un poco.

Madre mía, ¿qué pinta tengo?

—Perdona —murmuró, apartando la vista mientras se abrochaba el cinturón—. No tengo, eh… no tengo nada de equipo de senderismo, así que cogí lo que pude. Espero que valga.

—No te preocupes —le aseguró Andy con una sonrisa amable—. Servirá. Vamos a coger un camino fácil, así que no tienes que preocuparte demasiado por eso. Pero, si esto te gusta y alguna vez quieres repetir, te recomendaría un par de zapatos bien resistentes.

—Gracias. —Rachel bajó la vista hacia los pies y movió los dedos. No tenía ni idea de cuántos años tenían sus zapatillas, pero estaban muy gastadas, y nadie las describiría jamás como resistentes—. Bueno, ¿adónde vamos?

—A Upton Farms. Está un poco al norte de aquí, y es una ruta fácil y agradable.

Tiene caminos que se hicieron para carruajes, pero los senderos por el bosque también están bien.

—Andy echó un vistazo al otro lado del coche y le sonrió—.

Pensé que sería una buena forma de irte metiendo en esto.

No quería lanzarte a la parte honda de golpe.

—Gracias. —Rachel compartió su sonrisa y, aunque aquella náusea seguía dándole vueltas en la boca del estómago, se sintió un poco más a gusto. No estaría dando manotazos desesperados y mostrando lo inútil que era en esta excursión, y eso era algo por lo que alegrarse.

El trayecto en coche fuera de la ciudad no fue ni de lejos tan incómodo como Rachel había temido al principio.

Andy se pasó la mayor parte del viaje hablando del parque estatal, dándole una breve explicación de qué podían esperar una vez que estuvieran allí.

Rachel escuchaba con atención, asintiendo como si tuviera la menor idea de qué hablaba y, mientras conducían, se preguntó si estaría cometiendo un error.

¿Y si me caigo de culo ahí fuera y ella lo ve? Sería vergonzoso. Aunque Rachel era reacia a admitirlo, sabía en el fondo que todas las reservas que había tenido con esta salida y con Andy eran por su propia ansiedad. Era mucho más fácil ver defectos en otra persona que mirarte a ti misma.

A medida que se alejaban de la ciudad y salían de la autopista, Rachel vio cómo el paisaje alrededor de la camioneta cambiaba.

Los almacenes y las plantas de mercancías repartidos por las afueras del pueblo se hicieron cada vez menos frecuentes hasta que Rachel dejó de verlos por completo.

Se le nubló la vista por los espesos árboles que flanqueaban cada lado de la carretera, y el suelo bajo la camioneta se convirtió en una estrecha pista de tierra.

Cuando por fin se detuvieron en el aparcamiento improvisado, que era poco más que un pedazo de terreno nivelado con algo de grava, estaban del todo fuera de la ciudad. Rodeada de un frondoso bosque, Rachel estaba maravillada. Era precioso.

Al salir del coche, Rachel aspiró hondo el aire de la montaña, libre de contaminación.

El dulce olor le llenó los pulmones y entonces cayó en la cuenta: no oía nada; un silencio en calma llenaba el aire.

Por esto quería Andy traerme aquí. No era un intento lascivo de dar un paso.

Rachel no pudo evitar sentirse un poco culpable.

De pie completamente quieta, Rachel se permitió sumergirse en su entorno.

Había sonidos. Oía a los pájaros piando en los árboles, oía la risa de una familia que acababa de empezar a caminar por uno de los senderos, y oía las hojas susurrando en la suave brisa.

Pero no oía ninguno de los sonidos a los que estaba acostumbrada, los sonidos que se habían convertido en un ruido de fondo omnipresente para ella.

Se había ido el sonido del tráfico, el bocinazo lejano de conductores enfadados e impacientes.

No había sirenas aullando en la distancia, ni el estruendo de obras que inevitablemente estarían teniendo lugar cerca.

Las vibraciones bajas y sordas de una ciudad ajetreada se habían ido. Aquí fuera, solo había… silencio.

En cualquier otro escenario, el silencio habría resultado inquietante. Quizá, de haber venido aquí de noche, se habría acojonado un poco por la falta de ese ruido blanco que su cerebro solía filtrar pero, bajo el sol radiante, era exactamente lo que necesitaba.

Cuando Rachel por fin dejó de mirar a lo lejos, y se giró a mirar de nuevo a Andy, pilló a la otra mujer mirándola desde el otro lado de la camioneta con una sonrisa en la cara. El calor le subió a las mejillas a Rachel al darse cuenta de que se había quedado empanada en cuanto habían aparcado.

—Perdona. ¿Has dicho algo?

—No. —Andy sonrió, cerrando su propia puerta de un golpe antes de echar la llave—. No te disculpes. Todos ponen la misma cara cuando vienen aquí por primera vez.

—¿Sí?

—La gente me llama loca por lo mucho que vengo a sitios como este. —Se encogió de hombros, ajustándose las correas de la mochila—. Aunque no lo hacen tanto una vez que vienen aquí conmigo. ¿Lista para salir?

—Del todo. —Rachel le sonrió—. Tú primera.

—Venga. Podemos empezar por el camino, pero hay un sitio buenísimo fuera del sendero que me gusta.

—Andy le hizo una seña para que la siguiera, antes de guiarla por el pequeño camino de tierra que subía desde el aparcamiento hasta el bosque.

Con una recién descubierta sensación de emoción, Rachel salió tras ella dando saltos.

Para su sorpresa, Andy no se puso a hablar de inmediato. Pasaron junto a una familia joven que charlaba animadamente entre sí, y luego junto a una pareja joven que caminaba de la mano, y Andy seguía sin decir palabra. Llevaban varios minutos caminando cuando por fin habló.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó, girándose a mirar a Rachel. La pregunta la pilló por sorpresa, y solo entonces recordó por qué había acabado ahí.

—Yo… estoy bien. —Era una respuesta bastante neutra, pero no era exactamente mentira. Las cosas no estaban exactamente bien, pero no estaban tan mal como podrían haber estado. Aunque Rachel suponía que probablemente tenía un baremo mental muy distinto para lo que consideraba que era malo.

—«Bien», ¿eh? —Andy cogió un palo del camino, y empezó a hacerlo girar entre los dedos—. Muy concreto.

—Yo… —Rachel empezó a intentar explicarse, pero luego se detuvo al darse cuenta de que en realidad no tenía una respuesta mejor para Andy—. No lo sé. Las cosas han estado difíciles en el trabajo, pero me imagino que, si le preguntas eso a cualquiera, te daría la misma respuesta.

—A mí no.

—¿Ah, sí? ¿Qué dirías tú?

—Te diría que estoy bastante genial. —Andy la miró a los ojos, y Rachel vio un brillo en ellos al sonreír de nuevo—.

Estoy haciendo lo que más me gusta del mundo y conociendo a alguien nuevo.

Cada día que estoy en el trabajo, salvo vidas, y esta mañana he conocido al nuevo cachorro de mi vecino por primera vez.

—Vaya, qué optimista eres. —dijo Rachel con una risita.

—¿No quieres saber cómo se llama el perro?

Ya lo creo que sí.

—Sí.

—Mochi. Es un labradoodle.

Rachel sonrió ante aquello, negando con la cabeza.

Conocer a un cachorro sonaba a un buen comienzo del día, pero su edificio tenía una política estricta de «no se admiten mascotas» que hacía imposible que ella compartiera esa experiencia.

Andy se quedó callada unos momentos más.

Frunció los labios en una fina línea, y arrugó el ceño como si intentara resolver algo en su cabeza. Luego volvió a hablar, despacio.

—No… no pareces feliz.

—¿Perdona?