Senderos del Corazón (City General Series 5) Capítulo 7
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Capítulo 7

CAPÍTULO SIETE

Cuarenta y ocho horas después de que Andy viera a Rachel marcharse hacia su coche, tras su vuelo de acompañamiento, todavía había resistido el impulso de mirar cómo estaba.

Por supuesto, su única preocupación era que Rachel no se sintiera sola ni abrumada en su nueva ciudad…

no había ningún motivo oculto. Ninguno. Y eso era lo que se seguiría diciendo.

Pero un rápido repaso de los mensajes recientes sin contestar bastaba para confirmar que, en efecto, Andy estaba perdiendo su encanto.

El día con Rachel había sido un turno ajetreado y todo el equipo, Rachel incluida, había trabajado a la perfección en conjunto.

Rachel hasta había parecido entrar en confianza con ella a medida que avanzaba el día pero, por mucho interés que tuviera Andy, también sabía cuándo sus atenciones eran indeseadas, así que dejó a la joven en paz.

Si le interesa ponerse al día, te escribirá ella primero , se había recordado Andy, dejando el móvil.

Pero no era solo en Rachel en quien Andy seguía pensando.

Sus pensamientos seguían con Alice. No era raro que Andy volviera a casa pensando en un paciente, o incluso que pensara en ellos durante el siguiente turno que hacía.

A menudo sentía curiosidad por cómo les iba a algunos pacientes más graves, y cuáles se recuperaban del todo.

A veces se enteraban. Alguien que había pasado por el hospital preguntaba por un paciente de Med Flight, y las noticias iban llegando poco a poco.

De algunos podía hacer una conjetura fundada y nunca preguntaba porque en realidad no quería oír las malas noticias.

Había algunos pacientes que le rondaban la cabeza mucho tiempo después de haberlos trasladado al hospital.

Había algunos por los que se preguntaba semanas o meses después. Alice iba a ser uno de ellos.

Solían ser los niños los peores, y no solo para Andy. Eran los pacientes más difíciles de tratar, los más difíciles de mirar cuando sufrían. Eran en los que todos seguían pensando cuando el turno terminaba.

A la mañana siguiente, mientras se hacía el café, se había preguntado cómo estaría la niña, y si le habrían dado un pronóstico de su estado.

Siguió así, con Alice ocupando el pequeño espacio del fondo de su cabeza todo el día.

Cuando llegó el miércoles y Andy se descubrió todavía preocupada por la niña, decidió satisfacer su curiosidad al final del turno y condujo hasta el hospital.

Alice estaba en la planta de pediatría y, cuando Andy firmó con su nombre en el mostrador de entrada y pasó, no pudo evitar sentirse un poco intranquila.

La planta de pediatría siempre la ponía en tensión, por muchas veces que cruzara las puertas batientes, pero nunca había sido capaz de poner en palabras por qué.

Quizá fuera la decoración. Era todo tan luminoso y mono y divertido; era una buena forma de distraer a los niños y animarlos un poco.

Pero, cuando Andy entraba y miraba alrededor, tenía el efecto contrario en ella.

Solo le remachaba el recordatorio de que este sitio estaba lleno de niños enfermos.

La habitación de Alice estaba hacia el fondo de la planta, así que pasó con sigilo junto a hileras de habitaciones con las cortinas corridas, probablemente llenas de niños que necesitaban mucho descanso.

Cuando llamó a la puerta de Alice y asomó la cabeza dentro, la habitación estaba a oscuras.

Alguien había corrido las cortinas así que, aunque fuera brillaba el sol, era difícil distinguir nada en la habitación.

Veía una figura en la cama. Alice, probablemente, y alguien de pie a su lado con una tablilla con sujetapapeles en la mano, tomando notas.

—¿Hola? —llamó con suavidad, y la persona a los pies de la cama de Alice se giró a mirarla. En la oscuridad, no distinguía quién era, pero oyó un sorprendido «¡Ah!».

La figura volvió a dejar la tablilla a los pies de la cama y se acercó. Avanzó despacio por el suelo de baldosas, asegurándose de no despertar a Alice, que debía de seguir dormida en la cama y, a medida que se acercaba a la puerta, Andy se dio cuenta de quién era.

—¿Rachel?

Rachel se llevó un dedo a los labios e hizo un gesto con una mano para que Andy saliera al pasillo.

—Se acaba de dormir otra vez, hablamos ahí fuera.

Andy retrocedió al pasillo, y Rachel cerró la puerta tras ellas con un suave clic, antes de girarse para encararla.

—¿Qué haces aquí?

—He venido a verla. —Andy señaló hacia la puerta por la que acababan de salir—. Estaba… estaba preocupada por ella. Quería asegurarme de que todo iba bien. ¿Y tú? No sabía que trabajaras aquí.

—Soy su especialista en traumatología. Trabajo entre urgencias y las plantas —explicó Rachel, guardándose el bolígrafo en el bolsillo del pecho de la bata.

Su voz era cortante, fría, y sonaba tan completamente distinta que pilló a Andy por sorpresa.

Debió de notarlo, porque suspiró y negó con la cabeza—.

Perdona. Estoy… estoy cansada y tengo la cabeza en modo trabajo.

—¿Cómo está? —preguntó Andy.

—Más o menos igual. Se llevó un golpe tremendo en la cabeza ahí fuera.

—Rachel suspiró y se apoyó contra la pared—.

Tuvo convulsiones durante la noche, así que la tenemos con medicación para eso.

Hay algunos problemas cognitivos, pero bien podrían estar relacionados con la inflamación.

Nuestra esperanza es que quizá sean temporales.

—¿Qué tipo de problemas cognitivos?

—Dificultad para concentrarse. Ese es el principal.

Estaban teniendo una conversación con ella y con su madre esta mañana, y no paraba de…

desconectar, según el personal de enfermería.

Ha dormido la mayor parte del día pero, cuando está despierta, se queja de dolores de cabeza, y ha estado vomitando constantemente, así que la tenemos con medicación para eso.

Ha estado llorando de forma intermitente todo el día, por lo visto, aunque eso quizá sea porque es una niña y está asustada, más que otra cosa.

Rachel dejó la frase en el aire con un suspiro pesado, cerrando los ojos un momento. Había soltado los síntomas de Alice con una eficiencia robótica, como si los tuviera grabados en el cerebro pero, en cuanto dejó de hablar y se relajó, Andy se dio cuenta de lo agotada que parecía.

Ya desde la primera vez que se habían conocido, Andy había notado lo pálida que era Rachel.

En la boda, sin embargo, su piel había parecido cremosa y hermosa, pero ahora parecía…

enfermiza. Quizá fuera solo la luz dura de las lámparas del hospital de arriba, pero Andy no pudo evitar notar que su piel parecía casi gris.

Cuando Rachel volvió a abrir los ojos, tenía manchas oscuras debajo, probablemente una mezcla de falta de sueño y rímel. Al menos el rímel se podía limpiar.

—¿Estás… estás bien? —preguntó Andy—. Se te ve un poco estresada.

Rachel soltó una risa sin gracia que se convirtió en otro suspiro. Todavía apoyada contra la pared, abrió los ojos despacio y miró a Andy.

—¿Tan obvio es?

—¿Día duro?

—Semana dura —admitió Rachel. Desde luego parecía que lo había pasado fatal en el trabajo.

Tenía el pelo revuelto, la ropa arrugada, y podía quedarse dormida de pie en cualquier momento.

Andy conocía esa pinta; la había visto muchas veces en el espejo en su época en las Fuerzas Aéreas.

La chica necesitaba una comida decente y una buena noche de sueño.

Andy cruzó el pasillo y se colocó al lado de Rachel, antes de apoyarse en la pared con un hombro para hablar con ella.

—¿De verdad me estás diciendo que trabajar en un hospital podría llegar a ser abrumador? No me lo creo ni por un segundo.

La comisura de la boca de Rachel se movió, y Andy vio el atisbo de una sonrisa en sus ojos antes de que volviera a cerrarlos.

—Bueno, pues te lo digo: créetelo. Porque esta ha sido la semana del infierno. Y solo es miércoles. Puf, ¿cómo va a ser solo miércoles?

—¿Quieres hablar de ello?

Se enderezó rápidamente, y miró a Andy como si estuviera segura de haberla oído mal.

—¿Eh?

—A veces es bueno hablar de ello. Ayuda compartirlo con otra persona, ¿sabes?

—Creo que solo te amargaría, la verdad.

Eso sonaba bastante acertado. Andy tenía la misma costumbre con su propio trabajo.

Muchos de sus amigos le decían que las penas compartidas saben a menos, y a veces eso era cierto.

Otras veces, sin embargo, sentía que contarle a la gente todo lo de las personas que habían muerto en sus brazos solo duplicaría el problema, no lo reduciría.

—Bueno, sabes que tengo algo de experiencia en esta área.

—Señaló alrededor del hospital un momento, antes de sonreírle a Rachel—.

Y… no pretendo seguir insistiéndote con esto, pero ese ofrecimiento de una excursión sigue en pie, ¿sabes?

He oído que va estupendamente para aliviar el estrés. Justo lo que ha recetado el médico.

En realidad no lo había dicho en serio al sugerírselo a Rachel. Todos sus demás ofrecimientos habían caído en saco roto así que, cuando volvió a tenderle la invitación, esperaba otro rechazo incómodo. Quizá algo de sonrojo, una risa nerviosa, y luego se disculparía y se echaría atrás.

Pero, para su sorpresa, Rachel no la rechazó. En lugar de reírse con incomodidad y negar con la cabeza, frunció los labios un momento, ladeando la cabeza.

—¿Sabes qué? La verdad es que me gustaría.

—¿En serio? —Andy se rio—. Debes de estar estresada.

El móvil de Rachel vibró, y metió la mano en el bolsillo para sacarlo.

—¿Qué quieres que te diga? Ha sido una semana dura aquí.

—Debe de serlo.

Rachel bajó la vista al móvil para mirar quién llamaba, y soltó un suspiro de exasperación.

—Voy a tener que cogerlo.

—No pasa nada —le aseguró Andy, todavía sorprendida de que hubiera accedido a la excursión. ¿De verdad tenía tanta falta de sueño que deliraba? ¿Sabía a qué había accedido en realidad?

—Yo… —Rachel hizo una pausa antes de contestar el teléfono y miró a Andy una vez más—. ¿Cuándo quieres ir? Estoy libre este fin de semana.

—¿Este fin de semana? Eso… O sea, estoy libre. Puedo ir a recogerte si me mandas tu dirección por mensaje.

—Suena genial. —Rachel le dedicó una sonrisa de disculpa—. De verdad que tengo que cogerlo, perdona.

—No, no. No pasa nada. Adelante. —Andy le hizo un gesto para que siguiera—. Te escribo por lo del fin de semana.

Rachel le levantó el pulgar, pero no tuvo tiempo para nada más. Contestó el teléfono y, antes siquiera de empezar a hablar, iba trotando por el pasillo. Andy vio cómo desaparecía de la vista, muda de asombro unos momentos.

¿Cómo de mala ha tenido que ser esta semana para que por fin haya decidido pasar tiempo conmigo voluntariamente?