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HOLDEN
Llevo meses observándola. Hoy voy a salvarle la vida.
La certeza me golpea con absoluta claridad mientras termino de estirar en la playa, la brisa salada salpicándome el rostro mientras el amanecer se alza sobre el Atlántico.
La Dra. Fallon McKay está a unos cien metros, costa abajo, recogiendo su equipo de campo y dirigiéndose hacia el pequeño muelle donde la espera su barco de investigación.
Su rutina habitual, cuatro o cinco mañanas a la semana.
Movimientos eficientes, esa intensidad concentrada que deja claro que tiene trabajo que hacer y ningún interés en distracciones.
He sido una de esas distracciones durante exactamente siete minutos esta mañana. Tiempo suficiente para asegurarme de que no corría peligro aquí sola. Lo justo para respetar los límites claros que mantiene con todos en la base.
Me parece bien. No busco complicaciones, y la Dra. McKay irradia complejidad. Hermosa, brillante y tan accesible como un erizo de mar. El tipo de mujer que exigiría tiempo, atención y una energía emocional que prefiero dedicar a mi equipo.
Pero no puedo dejar de observarla.
Llega al muelle y sube a su barco con la confianza natural de alguien que creció en el agua.
La embarcación de consola central de cinco metros se balancea suavemente bajo su peso mientras guarda el equipo.
Incluso desde esta distancia, distingo el patrón familiar.
Equipo de campo asegurado, comprobaciones previas a la salida, preparación metódica que denota un entrenamiento sólido.
Debería volver a la base. El briefing matutino es en cuarenta y cinco minutos, y necesito ducharme y revisar el programa de entrenamiento de la semana.
El Equipo SEAL Siete tiene ejercicios conjuntos con MARSOC a partir del lunes, lo que implica coordinar con Thatcher Kane y sus Marines. Siempre toda una aventura.
En lugar de eso, saco el móvil del brazalete donde lo llevo durante las carreras y miro la hora.
Las cero-seis-quince. Fallon navegará hasta su cuadrícula de estudio, recogerá muestras de agua y datos batimétricos, y volverá antes de que aumente el tráfico marítimo de media mañana.
Procedimiento estándar. Nada de qué preocuparse.
Entonces, ¿por qué mi instinto me dice lo contrario?
Un movimiento me llama la atención: una figura familiar trota por la playa hacia mi posición. Griff Holland corre como desactiva bombas, todo energía controlada y concentración absoluta hasta que decide soltarse. Ahora mismo viene sonriendo, lo que significa que está a punto de darme la lata.
—Buenos días, rayito de sol —dice Griff, frenando hasta pararse a mi lado, apenas sin aliento a pesar de los ocho kilómetros de carrera. El tío es una máquina—. ¿Has disfrutado de tu vigilancia diaria de la científica guapa?
Le lanzo una mirada que haría que hombres de menor temple reconsideraran sus decisiones vitales. Griff solo sonríe más. Somos amigos desde el entrenamiento BUD/S. Se ha ganado el derecho a ser un incordio.
—Vigilancia implica observación encubierta —digo—. Corro por la playa todas las mañanas. Ella hace sus estudios en el sitio de siempre. Eso se llama tener un horario, no acoso.
—Ajá —Griff estira los cuádriceps, sin dejar de sonreír—. Y el hecho de que sincronices tus carreras para que coincidan con sus estudios es pura coincidencia.
—Alguien tiene que vigilar a los contratistas civiles que trabajan en zonas aisladas. Protocolo de seguridad.
—Claro. Protocolo de seguridad —Griff se endereza y señala con la cabeza hacia el muelle, donde Fallon hace sus comprobaciones previas a la salida—. ¿Por eso te has memorizado su rutina? ¿Su horario? ¿Cómo se trenza el pelo antes del trabajo de campo?
—Eres un pesado.
—Soy observador. Hay una diferencia —me da una palmada en el hombro—. ¿Cuándo vas a hablar de verdad con ella? Ya sabes, algo más que la incómoda conversación del «¿estás bien aquí?» que hizo que te mirara como si fueras un asesino en serie.
He hablado con ella esta mañana. Durante unos noventa segundos, antes de que dejara claro que quería que me largara. No puedo culparla. Un desconocido se acerca a una mujer sola en una playa aislada al amanecer. No es precisamente el comienzo de una comedia romántica.
—No me interesa la Dra. McKay —digo—. Lo que me interesa es asegurarme de que el personal de la base y los contratistas estén a salvo. Ese es mi trabajo.
—Tu trabajo es liderar el Equipo SEAL Siete. La seguridad de la base es cosa de Hartwell —la sonrisa de Griff se desvanece un poco—. Mira, lo entiendo. Después de lo de Wade, has evitado comprometerte. Sin apegos, sin líos. Pero esa científica te tiene hecho un lío, lo admitas o no.
El nombre de Wade me atraviesa el pecho con ese dolor familiar.
Dos años desde la inmersión de entrenamiento que lo mató, dos años desde que pasé cuarenta y siete minutos buscando a mi compañero de buceo en las frías aguas de California.
Me absolvieron de toda culpa —fallo del equipo, no error del operador—, pero perder a Wade me volvió más precavido.
Más centrado en mantener a mi equipo a salvo.
Menos dispuesto a invertir energía en ninguna otra cosa.
Y aun así, no puedo dejar de observar a Fallon McKay.
—Estoy bien —le digo a Griff—. Y voy a llegar tarde al briefing si no te callas.
—Vale —Griff empieza a alejarse por la playa hacia el camino que lleva a la base principal—. Pero que conste: la vida es corta, hermano. Wade te diría lo mismo.
Tiene razón. Wade me diría sin dudar que dejara de ser idiota y que invitara a la científica guapa a tomar un café. Wade creía en vivir a tope, amar aún más a tope, y en no dejar que los errores del pasado te robaran el futuro.
Pero Wade también murió haciendo lo que amaba, y desde entonces me he dedicado a asegurarme de que nadie más de mi equipo corra la misma suerte.
Veo a Griff desaparecer por el camino antes de volver la vista al agua.
El barco de Fallon sigue atracado, con el motor en marcha mientras completa las comprobaciones finales.
Con la luz del amanecer, apenas distingo su perfil.
El pelo cobrizo recogido en esa trenza práctica, el chaleco salvavidas naranja brillante sobre su camiseta de tirantes oscura.
Curvas que ni la ropa holgada consigue ocultar, y una intensidad concentrada que me hace querer saber qué está pensando.
Tres meses observándola desde la distancia, y todavía no tengo una buena razón para este tirón. Química, quizá. Atracción, sin duda. Pero es más que eso. La forma en que se mueve por el mundo con feroz independencia y sin pedir perdón a nadie me hace querer conocer su historia.
Aunque no parece dispuesta a compartirla.
Fallon suelta las amarras y aleja el barco del muelle sin esfuerzo. El motor suena suave, los movimientos son precisos. Todo normal. Todo exactamente como debería ser en un estudio de investigación rutinario en una mañana tranquila.
Entonces, ¿por qué no consigo quitarme esta sensación de encima?
Vuelvo a sacar el móvil y consulto el informe de coordinación marítima del día.
No hay ejercicios navales programados. No hay zonas restringidas activas.
Acceso libre a las cuadrículas de investigación civil.
Fallon debería tener una mañana tranquila recogiendo sus datos y volviendo antes de que se levante el viento.
Debería.
El barco está ya a unos doscientos metros de la costa, dirigiéndose hacia el límite donde la bahía de Chesapeake se abre al Atlántico.
Esa es la zona de estudio preferida de Fallon.
Patrones de corriente complejos, dinámica de sedimentos interesante, todo lo que vuelve locos a los biólogos marinos cuando se trata de rocas y agua.
Sigo observando cuando algo cambia.
No sabría decir qué exactamente. Quizá un movimiento distinto del barco. Una vacilación en el sonido del motor que llega desde el agua. Tan sutil que la mayoría no lo notaría. Pero estoy entrenado para detectar esos cambios sutiles que anuncian peligro.
Mi mano va hacia los pequeños prismáticos que guardo en la mochila de correr. Instinto de mil simulacros. A los SEAL nos entrenan para observar, evaluar y actuar. Ahora mismo, la observación me dice que la amenaza que no logro articular es real.
Levanto los prismáticos y enfoco la embarcación de investigación. A través de las lentes veo a Fallon en el timón, con el acelerador al ralentí. Mira hacia abajo, al panel de instrumentos, o escucha el motor.
Mujer inteligente. Conoce su barco. Si hay algún problema, dará la vuelta y lo comunicará al mantenimiento de la base.
Pero no da la vuelta.
Acelera de nuevo, sigue adelante a pesar de lo que haya captado su atención. El barco gana velocidad, alejándose de la costa hacia sus coordenadas de muestreo.
Todos mis instintos empiezan a gritar.
No sé por qué. No logro articular la amenaza. Solo sé con absoluta certeza que Fallon McKay está en peligro y estoy demasiado lejos para hacer nada.
Lleva navegando quizá diez minutos cuando sucede.
Un destello de luz. Brillante y cortante contra el agua de la mañana. Luego el sonido, que rueda en la distancia como un trueno. La popa del barco estalla en llamas y escombros; la explosión desgarra el compartimento del motor con fuerza suficiente para levantar la proa del agua.
El tiempo se ralentiza. El condicionamiento se activa.
Ya estoy en movimiento antes de que la mente consciente reaccione, corriendo por la playa hacia el punto más cercano al barco de Fallon, que se hunde. Tengo el teléfono en la mano. La llamada de emergencia a seguridad de la base se conecta mientras mis pies golpean la arena.
—Aquí el teniente comandante Lange. Explosión en embarcación de investigación civil, aproximadamente a media milla de la costa desde el punto de muestreo delta. Una sola tripulante en el agua. Envíen rescate de inmediato.