Señal oscura (Ataque sombra nº 1) 1 #2
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Me echo el equipo de campo al hombro y empiezo a abrirme paso entre las rocas hacia la playa.

El corredor ya se ha ido, solo otra figura a lo lejos que se dirige de vuelta a la base principal.

Probablemente un SEAL, a juzgar por el horario tan temprano y por cómo se movía.

Los SEAL están destinados en Tidewater para entrenamiento de operaciones conjuntas con los Marine Raiders y otras unidades de operaciones especiales.

El tipo de hombres que saltan de helicópteros, bucean en aguas peligrosas y hacen cosas que acaban tachadas en los informes oficiales.

El tipo de hombres que no tengo ningún interés en conocer.

Mis botas pisan la arena y cruzo la playa a buen paso hasta el muelle.

La mañana ha llegado del todo, y veo a otros miembros del personal de la base que empiezan su jornada.

Las luces están encendidas en los edificios al otro lado del agua, y me llega el sonido lejano de motores arrancando.

Tidewater está despertando, lo que significa que tengo que terminar mi prospección antes de que aumente el tráfico marítimo.

El bote se balancea ligeramente cuando subo a bordo, y guardo el equipo de campo en el compartimento estanco antes de dirigirme al timón.

Las comprobaciones previas a la salida ya me salen automáticas.

Sentina seca, luces de navegación en funcionamiento, radio cargada y sintonizada en el canal de emergencia.

Repaso la lista como me enseñó mi padre hace años en su pesquero, cuando las pozas de marea eran parques de juegos y el océano era simplemente algo maravilloso que explorar.

Todo en orden. Todo siempre está en orden hasta que deja de estarlo.

Giro la llave de contacto y el motor tose una vez antes de asentarse en su ronroneo habitual.

El indicador de combustible marca tres cuartos de depósito, más que suficiente para la ruta de prospección de hoy.

Voy a recorrer un patrón en cuadrícula a unas dos millas de la costa, tomando muestras de agua y datos batimétricos para analizar cómo el último temporal afectó la topografía del fondo marino.

Cosas apasionantes, si te interesa la geomorfología costera y la dinámica del transporte de sedimentos. Y a mí me interesa, profesionalmente hablando. Es una de las pocas cosas que todavía me permito que me importen.

Llevo la mano al acelerador, lista para alejarme del muelle, pero algo me hace detenerme. Un instinto que no tiene nada que ver con la biología marina y todo que ver con haber aprendido que las corazonadas existen por algo.

Me aparto del timón y voy hacia la carcasa del motor. La abro para dejar a la vista la maquinaria de debajo. Probablemente no sea nada. Probablemente solo un viejo condicionamiento que me susurra que ningún lugar es verdaderamente seguro y que todo el mundo es una amenaza potencial.

Pero Seattle me enseñó que a veces la paranoia no es más que reconocimiento de patrones disfrazado de otra cosa.

Me inclino sobre el motor y compruebo primero los componentes más evidentes.

Las líneas de combustible están intactas, sin fugas visibles ni señales de manipulación.

Las conexiones de la batería están bien firmes.

Las correas y mangueras tienen buen aspecto.

Todo parece exactamente como debería en un barco de prospección bien mantenido asignado a una contratista civil en una base militar con protocolos de seguridad decentes.

Cierro la carcasa del motor y me incorporo, molesta conmigo misma.

Este es el problema de reconstruir la confianza.

No puedes simplemente decidir volver a creer que el mundo es seguro.

Hay que recuperar esa creencia poco a poco, prospección a prospección, mañana tras mañana en que no pasa nada malo.

Recuperar eso ha sido más difícil que terminar el doctorado, más difícil que conseguir este contrato, más difícil que empezar de cero con otro nombre en un lugar donde nadie conoce mi historia.

El sol ya está en lo alto, tiñendo el agua de tonos dorados y azules. La pleamar es a las ocho y media, lo que me da un margen de tres horas para completar la cuadrícula de prospección y volver antes de que la corriente de marea sea demasiado fuerte para navegar con seguridad cerca de los bajíos.

Vuelvo al timón y suelto las amarras, dejo que el bote se aleje del muelle antes de meter el acelerador.

El motor responde con suavidad y empuja la proa hacia aguas abiertas mientras salgo del puerto deportivo.

La luz de la mañana centellea en las pequeñas olas, y unas gaviotas planean sobre mi cabeza, seguramente con la esperanza de que les lance sobras.

Lo siento, pájaros. Hoy no hay pescado.

Las coordenadas de mi primera estación de muestreo ya están programadas en el GPS, y fijo un rumbo que me llevará más allá del límite norte de la zona de entrenamiento restringida de la base.

No hay ejercicios navales programados para hoy, según el informe de coordinación marítima que revisé anoche, así que debería tener vía libre a mi cuadrícula de prospección.

Debería. Los horarios militares cambian, y se espera que los contratistas civiles nos adaptemos.

Estoy a unos cuatrocientos metros del muelle cuando el sonido del motor cambia.

Solo ligeramente, un cambio sutil en el ritmo que probablemente pasaría desapercibido si no llevara tres meses manejando este bote varias veces por semana.

Llevo la mano al acelerador y lo echo hacia atrás hasta dejarlo en ralentí mientras escucho.

Ahí está. Algo que no va bien en el latido mecánico bajo mis pies.

Probablemente solo sean restos atrapados en la toma de agua. Pasa a veces en aguas costeras, sobre todo después de que los temporales remueven el fondo y mandan todo tipo de material a la deriva por los canales de navegación.

Pongo el motor en punto muerto y voy a popa. Me inclino para revisar la unidad inferior. El flujo de agua del sistema de refrigeración parece normal. No hay obstrucciones visibles alrededor de la hélice. Pero ese ritmo irregular sigue ahí, más tenue ahora en ralentí, pero sin duda presente.

Debería volver. Dar la vuelta, regresar al muelle e informar del problema al servicio de mantenimiento de la base. Sacarán el bote del agua, lo inspeccionarán como es debido y lo tendrán operativo en unos días como mucho.

Pero ya voy retrasada, y el pronóstico del tiempo anuncia otro temporal para el miércoles. Si no recojo estos datos hoy, podrían pasar dos semanas antes de que pueda volver aquí. Dos semanas de retrasarme aún más en un calendario de investigación que ya va justo.

El comandante de la base ha dejado claro que la renovación de mi contrato depende de que demuestre avances. La justificación del presupuesto requiere resultados, y los resultados requieren datos. Buenos datos, recogidos sistemáticamente y analizados con rigor.

Vuelvo al timón y acelero un poco, atenta a la respuesta del motor. El ritmo irregular apenas se oye ahora, y todo lo demás suena normal. Quizá fue algo pasajero. Quizá los restos atravesaron el sistema y me estoy preocupando por nada.

La costa va quedando atrás, y me aproximo al límite donde las aguas relativamente tranquilas de la bahía de Chesapeake dan paso al oleaje más intenso del Atlántico.

Esta es mi parte favorita de la ruta de prospección, donde las dos masas de agua se encuentran y crean patrones de corriente complejos que afectan a todo, desde el transporte de sedimentos hasta la distribución de organismos marinos.

Aquí es donde el océano muestra su verdadera naturaleza. Poderoso, dinámico, y brutalmente sincero consigo mismo.

El motor se estremece, y esta vez no es nada sutil. Un chirrido claro acompañado de una vibración que noto a través de la cubierta y que me sube por las piernas.

Retiro el acelerador de inmediato, con el corazón desbocado mientras repaso el panel de instrumentos. La presión del aceite es normal. La temperatura es normal. Pero está claro que algo va mal.

Debería volver. Cada parte racional de mi cerebro me grita que dé media vuelta y ponga rumbo al muelle ahora mismo.

Pero la marea está subiendo, ya voy retrasada, y el comandante de la base necesita estos datos para el informe trimestral del que depende que me renueven el contrato otro año.

Empujo el acelerador con cuidado, solo lo justo para mantener el avance. El motor responde, chirridos y todo, impulsándome hacia las coordenadas de muestreo.

La primera estación de muestreo está ya a menos de una milla. Podría llegar, recoger los datos rápido y volver directo. Treinta minutos, como mucho. Después informo del problema del motor y que lo resuelva mantenimiento.

Treinta minutos. Puedo aguantar treinta minutos.

Mantengo el rumbo hacia las coordenadas de muestreo, una mano en el acelerador y la otra cerca de la radio. La vibración recorre la cubierta como un segundo pulso, un latido que está mal y que empeora con cada revolución de la hélice. El instinto me dice que vuelva. El contrato me dice que siga.

Aprieto el timón con más fuerza y mantengo el rumbo, aunque el chirrido bajo mis pies se hace más fuerte.

El océano no miente sobre lo que es: poderoso, indiferente, brutalmente honesto.

Ese sonido es igual de honesto. Algo va muy mal en este motor.

La pregunta es si es mala suerte o malas intenciones.

Si es un fallo mecánico o sabotaje. Si tres mil millas bastaron, o si al final me ha encontrado.