Sellado con azúcar (Amores dulces 4) CAPÍTULO 14
88%

CAPÍTULO 14

El domingo, último día antes del plazo, la familia Donnelly al completo se presentó en Wilder's Proof sin previo aviso, con Cordelia al frente cargando una bandeja de galletas de mantequilla que, según ella, eran su contribución moral a la causa, y Marnie arrastrando a sus dos hijos, que se lanzaron de inmediato sobre la vitrina de dulces con una emoción que hizo reír a Cora por primera vez en días.

—Hemos venido a hacer bulto —anunció Cordelia, dejando la bandeja sobre el mostrador—. Y a comprar todo lo que podamos permitirnos, para que quede claro delante de cualquiera que pase por aquí que este negocio tiene el apoyo de todo el barrio.

Emory, sorprendido por la avalancha repentina de gente, salió de la cocina con las manos todavía cubiertas de harina y se encontró con Cordelia estrechándole la mano con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre su determinación.

—Encantada por fin, jovencito. Conocí a tu abuela hace muchos años, y déjame decirte que ella estaría muy orgullosa de ver lo que has hecho con este sitio.

—Gracias, señora Donnelly. Eso significa mucho para mí.

—Llámame Cordelia. Y ahora enséñame esos pastelitos de limón de los que tanto he oído hablar, porque si son la mitad de buenos de lo que dicen, pienso comprar una docena para llevar.

El resto de la tarde transcurrió en una especie de fiesta improvisada, con vecinos que iban pasando al enterarse de la situación por el boca a boca del barrio, comprando más de lo que necesitaban, dejando notas de ánimo escritas en servilletas que Cora fue pegando en la pared junto a la pizarra de tiza, hasta que quedó cubierta de mensajes garabateados: Wilder's Proof forma parte de este barrio desde antes de que yo naciera.

No dejéis que se lo lleven. Los mejores cruasanes de Seattle, y lo digo habiendo vivido en París.

Lark observó todo aquello desde una esquina, con una taza de sidra caliente entre las manos, sintiendo que el nudo de ansiedad que llevaba días instalado en su pecho se aflojaba ligeramente ante la evidencia de todo aquel cariño acumulado, aquella prueba tangible de que Emory y su abuela habían construido algo mucho más grande que un simple negocio.

—¿Crees que servirá de algo? —le preguntó Cora, acercándose con dos tazas propias—. Todo esto, quiero decir. ¿Le importará a Walter?

—Puede que no cambie nada legalmente. Pero creo que a Walter le importa mucho más de lo que cree Meridian.

El domingo por la noche, Walter Pruitt llamó a Lark directamente, con la voz cargada de una emoción que ella no le había escuchado antes en todas las conversaciones que habían mantenido durante aquellas semanas.

—He estado pensando todo el fin de semana —dijo—. Y he tomado una decisión. Voy a vender a Louisa Pemberton.

Lark sintió que el corazón le daba un vuelco, una mezcla de alivio y una alegría tan intensa que tuvo que sentarse en el sofá antes de que las piernas la traicionaran.

—¿Estás seguro, Walter?

—Más seguro que de casi nada en mi vida últimamente.

Mi mujer, que en paz descanse, siempre decía que el dinero que no te deja dormir tranquilo por las noches no vale la pena tenerlo.

Llevo semanas sin dormir bien pensando en la cara que pondría ese chico Wilder cuando le dijera que tenía que irse.

Con Louisa, al menos, sé que el sitio sigue siendo lo que siempre fue.

—Gracias, Walter. De verdad. No sabes lo que esto significa.

—Creo que sí lo sé, hija. He visto cómo has peleado por esto las últimas semanas. Firmaré los papeles el lunes a primera hora, en cuanto abra el despacho de mi abogado.

Lark llamó a Emory en cuanto colgó, con las manos temblando de una emoción que apenas podía contener, y él contestó al primer tono, como si hubiera estado esperando la llamada con el teléfono en la mano.

—Walter ha decidido vender a Louisa —dijo ella, sin ningún preámbulo—. Firma mañana a primera hora.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio cargado de tantas emociones distintas que Lark casi pudo sentirlas a través del teléfono, hasta que finalmente escuchó un sonido que reconoció, con el corazón encogido, como un sollozo contenido.

—¿Emory?

—Estoy aquí —dijo él, con la voz rota—. Perdona, es solo que... llevo semanas preparándome para perderlo todo, y ahora no sé cómo procesar que en realidad no va a pasar.

—Vas a conservar tu panadería, Emory. Vas a conservar el sitio donde tu abuela pasó los últimos veinte años de su vida.

—Gracias a ti. A Louisa, a mi familia, al barrio entero apareciendo hoy sin que nadie se lo pidiera. Pero sobre todo gracias a ti, Lark. Nada de esto habría pasado si tú no hubieras aparecido con tu maletín y tu sello equivocado hace un mes.

—Un mes exacto, casi —dijo ella, sonriendo a través de sus propias lágrimas—. Ha sido el mes más intenso de mi vida.

—El mío también. Y quiero pasar muchos más así contigo, aunque preferiblemente sin la parte de casi perder mi negocio.

—Eso puedo prometértelo.

El lunes por la mañana, Walter Pruitt firmó los documentos de venta en presencia de su propio abogado, con Louisa Pemberton al otro lado de la mesa vestida con un traje de chaqueta color esmeralda que, según ella misma comentó, se había puesto especialmente para la ocasión porque una firma tan importante merecía algo más elegante que su ropa de andar por casa.

Lark no pudo estar presente formalmente, dado el conflicto de intereses que había mantenido durante todo el proceso, pero esperó fuera del despacho del abogado, en la calle, junto a Emory, Cora y toda la familia Donnelly, con café y té chai comprados en un puesto cercano para calentar la espera de una mañana de diciembre especialmente fría.

Cuando Walter y Louisa salieron finalmente del edificio, ambos sonriendo, con los documentos firmados en una carpeta que Louisa sostenía como si fuera un trofeo, todo el grupo estalló en un aplauso espontáneo que hizo que varios transeúntes se giraran a mirar, confundidos, hacia aquella extraña celebración callejera.

—Está hecho —anunció Louisa, con una sonrisa que le iluminaba toda la cara arrugada—. Wilder's Proof sigue siendo Wilder's Proof, por al menos los próximos veinte años, y probablemente muchos más si a mí me da la gana renovarlo cuando llegue el momento.

Emory se acercó a ella y la abrazó con una fuerza que hizo que Louisa soltara una risa sorprendida, y después se giró hacia Lark, la levantó del suelo en un abrazo que le sacó a ella también una carcajada, y la besó sin importarle en absoluto que toda su familia y la mitad del vecindario estuvieran mirando.

—Lo hemos conseguido —murmuró contra sus labios.

—Lo has conseguido tú. Yo solo hice de notaria con un sello equivocado.

—Hiciste mucho más que eso, y los dos lo sabemos.