Sellado con azúcar (Amores dulces 4) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Los últimos doce días transcurrieron con una velocidad extraña, esa mezcla de urgencia y lentitud que solo se experimenta cuando cada hora cuenta y, al mismo tiempo, parece que el tiempo se resiste a moverse lo bastante rápido como para llegar a ninguna resolución.

Louisa Pemberton, lejos de amilanarse ante la subida de oferta de Meridian, contraatacó con una determinación que sorprendió incluso a Lark, acostumbrada ya a la firmeza de aquella mujer.

—Igualaré la oferta —anunció por teléfono, cuando Lark la llamó para contarle la noticia de los doscientos mil dólares adicionales de Meridian—. Y añadiré cincuenta mil más, para que quede claro que no estoy jugando. Pero necesito una cosa a cambio.

—Lo que sea, señora Pemberton.

—Necesito que ese muchacho, Emory, entienda que esto no es caridad.

Va a trabajar para mí también, no solo pagarme un alquiler.

Quiero que forme, junto con Cora, a algún chico o chica del barrio en el oficio, alguien que de otra manera nunca tendría la oportunidad de aprender.

Ruth hizo eso conmigo, hace muchos años, cuando yo era una cocinera sin formación que no sabía ni hacer una bechamel decente, y me enseñó sin cobrarme nada más que la promesa de que algún día yo hiciera lo mismo por alguien más.

Cuando Lark le transmitió la condición a Emory esa misma tarde, él se quedó en silencio un momento antes de sonreír, una sonrisa amplia que le llegó hasta los ojos.

—Eso es exactamente lo que mi abuela habría pedido —dijo—. Dile que sí, sin dudarlo.

La oferta actualizada de Louisa se presentó formalmente a Walter Pruitt el martes siguiente, y por primera vez desde que había empezado toda aquella odisea, Lark sintió que las probabilidades se inclinaban de manera genuina a favor de Emory.

Pero la satisfacción duró poco: el jueves, Walter llamó de nuevo, esta vez con una voz que sonaba distinta, más tensa, casi asustada.

—Meridian ha amenazado con retirarse por completo si no cierro con ellos antes del lunes —dijo—. Y dicen que si me echo atrás ahora, después de haber negociado de buena fe durante semanas, van a considerar acciones legales por incumplimiento de las conversaciones preliminares.

—¿Pueden hacer eso? —preguntó Lark, aunque sospechaba ya, por su experiencia profesional, que aquello era mucho más una táctica de presión que una amenaza legal real.

—No lo sé, hija. Por eso te llamo. ¿Puedo meterme en problemas legales si le vendo a Louisa en vez de a ellos?

Lark repasó mentalmente todo lo que sabía sobre los documentos que habían circulado hasta ese momento: nada de lo firmado por Walter constituía un contrato vinculante, solo cartas de intención y ofertas preliminares, el tipo de documentos que no generaban ninguna obligación legal real de cerrar la operación con una parte en concreto.

—Walter, escúchame con atención. No has firmado ningún contrato vinculante con Meridian. Todo lo que existe hasta ahora son ofertas preliminares y cartas de intención, que no te obligan legalmente a nada. Es una táctica de presión, nada más. Tienes todo el derecho de vender a quien tú decidas.

—¿Estás segura?

—Segurísima. Pero como no puedo asesorarte formalmente por el conflicto de intereses que ya conoces, te recomiendo que hables con un abogado independiente antes de tomar la decisión final, solo para que tengas la confirmación por escrito y te sientas tranquilo.

Walter contrató, siguiendo el consejo de Lark, a uno de los tres abogados de la lista que ella había preparado semanas atrás, y la confirmación llegó el viernes: no existía ninguna obligación legal de vender a Meridian, y la amenaza de acciones legales era, tal y como Lark había sospechado, una fanfarronada sin ningún fundamento real.

El sábado por la mañana, sin embargo, llegó una llamada que ninguno de ellos esperaba. Grant.

—Necesito hablar contigo —dijo, cuando Lark contestó el teléfono, sentada en la cocina de su apartamento con Emory preparando el desayuno a su espalda—. En persona, si puede ser. Es sobre Meridian.

Se encontraron una hora después en una cafetería neutral, a medio camino entre sus dos despachos, y Grant llegó con una carpeta bajo el brazo y una expresión que Lark no supo identificar del todo, algo entre la incomodidad y una determinación silenciosa.

—Voy a decirte algo que probablemente no debería decirte —empezó, sin preámbulos, en cuanto se sentaron—.

Meridian me ha pedido que presione a Pruitt con la amenaza de acciones legales aunque sabemos perfectamente que no tenemos ninguna base real para ellas.

Es una táctica habitual en este tipo de negociaciones, y hasta ahora la había ejecutado sin cuestionarla demasiado, porque es mi trabajo.

—¿Y ahora la cuestionas?

—Ahora la cuestiono, sí. —Grant se pasó una mano por el pelo, un gesto de cansancio que Lark reconocía de sus años juntos—.

Llevo dos semanas viendo cómo peleas por este panadero con una intensidad que nunca te vi pelear por nada de lo nuestro, y al principio me molestó, si te soy sincero.

Pero después empecé a pensar en lo que estábamos haciendo con Pruitt, con ese tal Wilder, y me di cuenta de que no me gusta la persona que soy cuando hago este tipo de trabajo sin cuestionarlo.

—Grant...

—Déjame terminar. —Abrió la carpeta y sacó unos documentos que deslizó hacia ella sobre la mesa—.

Esto es la política interna de Meridian sobre negociaciones de este tipo.

Si Pruitt aguanta la presión sin ceder, y el treinta de noviembre llega sin que hayan cerrado el trato, tienen instrucciones de retirarse definitivamente y no volver a presentar oferta por esa propiedad en al menos dieciocho meses. No es un farol lo del plazo. Es real.

Lark repasó los documentos con una mezcla de sorpresa e incredulidad, consciente de que Grant estaba entregándole información confidencial de su propio cliente, algo que podría costarle mucho más que una simple reprimenda si alguien en su bufete lo descubría.

—¿Por qué me das esto?

Grant se quedó callado un momento, mirando la mesa entre ellos, antes de levantar los ojos hacia ella con una honestidad que Lark rara vez había visto en él durante los dos años que estuvieron juntos.

—Porque a pesar de todo, sigo queriendo que las cosas te salgan bien, Lark.

Y porque creo que, en algún lugar, todavía queda algo de la persona que quería ser antes de que este trabajo me convenciera de que ganar siempre era lo único que importaba.

Aguanta hasta el lunes. Si Pruitt no firma, se van.

Lark guardó los documentos con manos que le temblaban ligeramente, y por primera vez en meses sintió, hacia Grant, algo parecido a la gratitud genuina en vez de la cautela resentida que había cargado desde la ruptura.

—Gracias, Grant. De verdad.

—No me las des todavía. Espera al lunes.

Se despidieron en la puerta de la cafetería, con un abrazo breve y algo torpe, el tipo de abrazo que marca el final definitivo de algo que una vez fue importante y que ahora solo era un recuerdo con el que ambos, por fin, parecían haber hecho las paces.