Sellado con azúcar (Amores dulces 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Aquella noche, después de que Cora cerrara la panadería y se marchara a casa de su novio con la promesa de volver temprano al día siguiente para revisar las cifras una vez más, Emory le pidió a Lark que se quedara un rato más, con la excusa de que necesitaba compañía mientras terminaba de preparar la masa madre para el pan del día siguiente, un proceso que, según le explicó, no admitía ninguna prisa por mucho que el mundo entero pareciera estar corriendo a su alrededor.

—Siéntate ahí —dijo, señalando un taburete alto junto a la mesa de trabajo, mientras él se lavaba las manos y sacaba de la nevera un recipiente de cristal con una masa espesa y burbujeante que olía a algo ácido y vivo—. Y no te rías si me pongo raro hablándole a la masa.

—¿Le hablas a la masa?

—Mi abuela le hablaba. Decía que la levadura sabe cuándo está siendo cuidada con cariño y cuándo no. Yo no sé si me lo creo del todo, pero tampoco quiero arriesgarme a comprobarlo.

Lark lo observó trabajar durante un rato, mezclando harina y agua con movimientos precisos, amasando con una fuerza controlada que le tensaba los músculos del antebrazo de una manera que ella siguió con una atención que probablemente no era del todo apropiada para alguien concentrado en una tarea culinaria seria.

—¿En qué piensas? —preguntó él, sin dejar de amasar, notando la mirada.

—En que nunca había visto a nadie hacer algo con tanto cuidado. En el despacho, todo el mundo tiene prisa. Firma aquí, sella allí, siguiente cliente. Tú llevas diez minutos con la misma bola de masa como si el mundo pudiera esperar.

—El mundo puede esperar. La masa, no tanto. —Emory levantó la vista, con una sonrisa suave—. Ven aquí.

—¿Para qué?

—Para que aprendas. No puedes pasarte la vida viéndome amasar sin ensuciarte las manos ni una vez.

Lark se bajó del taburete con cierta reticencia, consciente de que no tenía ninguna experiencia en absoluto en materia de repostería, pero Emory ya le estaba tendiendo un delantal y colocándose detrás de ella, con las manos guiando las suyas sobre la masa fría y elástica.

—Empuja con la base de la palma, así, y después dobla hacia dentro. No la fuerces, solo acompáñala.

El calor de su cuerpo detrás de ella, sus manos guiando cada movimiento con una paciencia que contrastaba con la urgencia que ambos sentían por el resto de sus vidas en aquellas semanas, creó una intimidad distinta a cualquier otra que hubieran compartido hasta entonces, algo tranquilo y doméstico que a Lark le pareció, sorprendentemente, tan cargado de deseo como cualquier beso.

—Se me va a pegar toda a los dedos —protestó ella, cuando la masa empezó a adherirse entre sus dedos de una manera que le pareció completamente antinatural.

—Es parte del proceso. Tienes que confiar en que en algún momento deja de pegarse y se vuelve manejable.

—Suena a metáfora barata.

—Todo en la cocina es una metáfora barata si lo piensas el tiempo suficiente. Mi abuela solía decir que amasar pan enseña más sobre la paciencia que cualquier terapeuta, y que si el mundo tuviera más gente que supiera esperar a que las cosas fermentaran a su ritmo, habría muchos menos divorcios.

—Tu abuela tenía una filosofía para todo.

—Tenía una filosofía para todo relacionado con harina, agua y tiempo. El resto de la vida la improvisaba sobre la marcha, como todo el mundo.

Lark se giró entre sus brazos, todavía con las manos cubiertas de restos de masa, y lo miró con una expresión que debió de delatar exactamente lo que estaba sintiendo, porque Emory dejó de sonreír y la observó con una intensidad distinta, más quieta, más profunda.

—¿Qué? —preguntó él, en voz baja.

—Nada. Solo pensaba en que hace dos semanas ni siquiera sabía que existías, y ahora no me imagino un martes por la noche sin estar aquí, aprendiendo a amasar pan mal.

—No lo haces tan mal.

—Lo hago fatal y los dos lo sabemos.

Emory se rió, un sonido cálido que le llenó el pecho a Lark de una ternura que todavía le resultaba nueva, extraña en el mejor de los sentidos, y se inclinó para besarla, un beso lento que empezó con delicadeza y fue ganando profundidad a medida que las manos de ambos, todavía cubiertas de restos de harina, se olvidaban por completo de la masa a medio amasar sobre la mesa.

—Deberíamos terminar el pan —murmuró Lark contra sus labios, sin ninguna convicción real detrás de las palabras.

—El pan puede esperar un poco más.

La levantó sin esfuerzo, sentándola sobre el borde de la mesa de trabajo limpia, y Lark rodeó su cintura con las piernas, atrayéndolo más cerca mientras el beso se volvía más urgente, más cargado de todo lo que habían admitido esa misma tarde en el despacho.

Emory le quitó el delantal con una lentitud que contradecía la urgencia de sus manos, y ella hizo lo mismo con el suyo, dejándolo caer al suelo de la cocina junto al de ella, entre risas suaves que se disolvían cada vez más en el silencio cargado de deseo.

—Aquí no —dijo él, apartándose apenas lo suficiente para hablar, con la voz ronca—. Cora tiene llave y jura que va a volver temprano.

—¿Entonces?

—Arriba. Tengo un apartamento pequeño encima de la panadería que casi nunca uso, pero tiene una cama, que es lo único que necesitamos ahora mismo.

Subieron por una escalera estrecha que Lark ni siquiera sabía que existía, entre risas ahogadas y besos robados en cada rellano, hasta un pequeño estudio con las paredes desnudas y una cama sin hacer que Emory usaba, según le explicó entre beso y beso, las noches en que se quedaba trabajando hasta demasiado tarde para volver a Fremont.

Esta vez no hubo la lentitud reverente de la primera noche, sino una urgencia distinta, alimentada por semanas de tensión, de miedo compartido, de una declaración de amor que había llegado en medio de una discusión y que ahora necesitaba encontrar otra manera de expresarse, con las manos, con la piel, con la certeza de que fuera lo que fuera lo que pasara con la panadería, aquello, lo que había entre ellos dos, ya era real y no dependía de ningún contrato ni de ninguna oferta de Meridian Property Group.

Después, tumbados entre las sábanas revueltas, con la respiración todavía irregular y las piernas entrelazadas, Emory le trazó la línea de la clavícula con la punta de los dedos, en silencio, hasta que Lark rompió el silencio con una pregunta que llevaba días queriendo hacer.

—¿Qué vas a hacer si perdemos? Si Meridian sube la oferta otra vez y Louisa no puede seguir el ritmo.

Emory se quedó pensando un momento antes de responder, con la mirada fija en el techo desnudo del pequeño estudio.

—Entonces buscaré otro local. Cora y yo ya hablamos de eso como plan B, antes de que aparecieras tú con tu maletín y le dieras la vuelta a todo.

Quizás no en Ballard, quizás en otro barrio donde los alquileres todavía sean razonables.

Va a doler, muchísimo, porque este edificio guarda cada recuerdo que tengo de mi abuela trabajando.

Pero las recetas están en los cuadernos, no en las paredes.

Eso me lo enseñó ella, sin querer, la última vez que hablamos de verdad, antes de que se pusiera enferma.

—¿Qué te dijo?

—Que un buen panadero puede hacer pan en cualquier cocina del mundo, siempre que lleve las manos y la memoria intactas. El local es solo el sitio donde pasa. No es lo que hace que valga la pena.

Lark se apoyó en el codo para mirarlo mejor, con el corazón apretado por la mezcla de tristeza y admiración que sentía cada vez que Emory hablaba de su abuela con aquella claridad serena.

—Vamos a ganar esta batalla, Emory. Pero me alegra saber que, si no lo conseguimos, tienes claro que lo que importa de verdad no se puede perder en una venta inmobiliaria.

—Contigo al lado, tengo mucho más claro casi todo.

Se quedaron dormidos poco después, enredados entre sábanas que olían tenuemente a levadura y canela, con el ruido lejano de un tren de mercancías cruzando la ciudad a las once y cuarto de la noche, puntual como siempre, ajeno por completo a la batalla que se libraba a diecinueve, ahora doce, días de distancia.