Sellado con azúcar (Amores dulces 4) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

La reunión con Louisa Pemberton salió mejor de lo que ninguno de los dos había anticipado: pasó tres horas revisando los libros de cuentas de Wilder's Proof con la meticulosidad de alguien que había pasado cuatro décadas gestionando su propio negocio, hizo preguntas incómodas sobre márgenes de beneficio y costes de proveedores que Emory respondió con más soltura de la que Lark esperaba, y al final de la visita, mientras se ponía el abrigo para marcharse, anunció sin ningún preámbulo que estaba dispuesta a presentar una oferta formal a Walter Pruitt por el edificio completo.

—Con una condición —añadió, señalando a Emory con un dedo huesudo—.

Tú te quedas con un contrato de arrendamiento de veinte años, con revisiones de renta limitadas al índice de inflación, nada de subidas abusivas cada vez que a mí me apetezca reformar el baño.

Y a cambio, tú me traes pastelitos de limón cada domingo hasta que uno de los dos se muera.

—Trato hecho —dijo Emory, con una sonrisa que no le cabía en la cara.

Los días siguientes transcurrieron entre reuniones, llamadas de teléfono, y una tensión creciente que Lark reconocía perfectamente de sus años de práctica legal: la sensación de tener una solución casi al alcance de la mano, pero sujeta a demasiadas variables como para respirar tranquila del todo.

Louisa presentó su oferta formal a través de su propio abogado, uno mucho más antiguo y mucho menos elegante que Grant Ashford pero, según la propia Louisa, mucho más de fiar.

Walter Pruitt, al enterarse de que existía una alternativa que le permitía vender el edificio sin desalojar a sus inquilinos de toda la vida, se mostró aliviado de una manera que resultó casi conmovedora.

Pero Meridian Property Group no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente.

—Han subido la oferta —anunció Walter por teléfono el jueves siguiente, con la voz cargada de la misma fatiga que Lark había notado la primera vez que lo visitó—.

Doscientos mil dólares más que la oferta de la señora Pemberton.

Y dicen que pueden cerrar la operación en dos semanas, sin ninguna de las condiciones de la señora Pemberton sobre mantener los arrendamientos actuales.

Lark, que había recibido la llamada en su oficina con Emory sentado frente a ella para hablar de otro asunto completamente distinto, sintió que el estómago se le encogía al escuchar la noticia.

—Walter, ¿qué vas a hacer?

—No lo sé, hija. Doscientos mil dólares es mucho dinero, incluso para alguien que ya está recibiendo casi el triple del valor de mercado.

Cuando colgó el teléfono, Emory ya se había levantado de la silla y caminaba de un lado a otro del pequeño despacho, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta y una expresión que Lark no le había visto antes, algo entre la frustración y una especie de resignación amarga.

—Deberíamos dejarlo —dijo él, deteniéndose junto a la ventana—. Louisa ya ha hecho suficiente. No podemos pedirle que suba doscientos mil dólares más solo para competir con un fondo de inversión que tiene bolsillos infinitos.

—Emory, todavía no hemos perdido.

—¿No? Porque a mí me parece que sí. Meridian puede subir la oferta las veces que haga falta. Nosotros no. En algún momento Walter va a hacer números y va a firmar con quien le ofrezca más dinero, porque es lo razonable, y yo no puedo culparlo por eso.

—Louisa dijo que está dispuesta a igualar la oferta si hace falta.

—¡Ese es el problema, Lark! —La voz de Emory subió de tono, algo raro en él, y Lark se sorprendió por la intensidad repentina—.

Louisa ya está poniendo dos millones de dólares sobre la mesa por una panadería que ni siquiera conocía hace una semana, solo porque conoció a mi abuela hace treinta años.

¿Cuánto más se supone que tiene que sacrificar por mí?

—Nadie está sacrificando nada. Louisa quiere hacerlo, tiene el dinero, y le importa este barrio tanto como a ti.

—Y tú. —Emory se giró hacia ella, con una expresión que mezclaba gratitud y algo más difícil de nombrar—.

Tú has dedicado las últimas dos semanas a esto en vez de a tu propio trabajo.

Has hablado con Grant, has convencido a Louisa, has investigado protecciones históricas hasta la medianoche.

¿En qué momento dejo de ser el hombre al que ayudas y me convierto en un proyecto de caridad?

Las palabras cayeron entre ellos con más fuerza de la que Emory parecía haber calculado, y Lark sintió que algo se le tensaba en el pecho, una mezcla de dolor y una comprensión repentina de lo que realmente estaba pasando bajo la superficie de aquel arrebato.

—¿Es eso lo que crees que eres para mí? ¿Un proyecto de caridad?

—No lo sé, Lark. No sé qué pensar cuando llevo dos semanas dejando que la gente que me importa gaste tiempo y dinero en salvarme, mientras yo me quedo aquí sintiéndome inútil.

—No te estoy salvando, Emory. Estoy peleando contigo, que es distinto. Y si tu orgullo necesita que finja no hacer nada mientras veo cómo pierdes lo único que te queda de tu abuela, entonces lo siento, pero no pienso hacerlo.

Se quedaron en silencio, el aire cargado de una tensión que ninguno de los dos había esperado que apareciera, hasta que Emory se pasó las manos por la cara y soltó un suspiro largo, cargado de cansancio.

—Lo siento —dijo finalmente, con la voz más baja—.

No debería haberlo pagado contigo. Es solo que...

crecí viendo a mi abuela llevar todo el peso ella sola, sin pedir ayuda a nadie porque tenía demasiado orgullo para admitir que a veces necesitaba que alguien más cargara con parte del peso.

Y ahora que estoy en su misma situación, no sé cómo dejar que alguien lo haga sin sentir que estoy fallando de la misma manera que temía que ella hubiera fallado si hubiera pedido ayuda.

—Tu abuela no falló por no pedir ayuda, Emory. Sobrevivió porque era terca y fuerte, pero eso no significa que hubiera sido debilidad aceptar que alguien la echara una mano de vez en cuando. Y tú tampoco vas a fallar por dejar que la gente que te quiere luche a tu lado.

—¿La gente que me quiere?

Lark se dio cuenta, un segundo después de decirlo, de la palabra que se le había escapado sin planearlo, y sintió que las mejillas le ardían mientras Emory la miraba con una atención repentina, muy distinta de la frustración de hace un momento.

—Sí —dijo, decidiendo que no tenía ningún sentido retractarse de algo que era, sencillamente, verdad—. La gente que te quiere.

Emory cruzó el pequeño despacho en dos zancadas y la envolvió entre sus brazos, apoyando la barbilla en su pelo, y se quedaron así un momento, en silencio, mientras la tensión de los últimos minutos se disolvía poco a poco entre ellos.

—Yo también te quiero —dijo él, contra su pelo, con una voz que sonaba tanto a alivio como a certeza—. Llevo días queriendo decírtelo y no encontraba el momento, y ahora resulta que te lo digo después de haberme comportado como un idiota orgulloso.

—Ha sido un momento bastante raro para la declaración, sí.

—Bueno, tú también estampaste una fresa en mi primer contrato. Nuestra relación entera empezó con confusión, así que quizás esto sea simplemente nuestro estilo.

Lark se rió contra su pecho, sintiendo que la tensión de los últimos días se aflojaba por primera vez desde la llamada de Walter, y levantó la cara para besarlo, un beso corto pero cargado de todo lo que acababan de admitirse el uno al otro.

—Vamos a encontrar la manera de salvar tu panadería, Emory. Contigo, no por ti. Hay una diferencia, y voy a asegurarme de que la sientas cada día si hace falta.