CAPÍTULO 10
La casa de Louisa Pemberton resultó ser una construcción de madera pintada de azul marino, encaramada en una ladera con vistas al canal de Puget, con un jardín delantero tan cuidado que parecía sacado de una revista de decoración de los años setenta que nadie se hubiera molestado en actualizar.
Emory llevaba entre las manos una caja de pastelitos de limón, la receta original de su abuela, envuelta con el mismo cordel rojo que Lark recordaba de su primera visita a la panadería.
—¿Crees que esto es suficiente soborno? —preguntó él, subiendo los escalones del porche con cierta inquietud.
—Según mi madre, es exactamente el soborno correcto.
Llamaron al timbre y, tras casi un minuto de espera durante el cual Lark empezó a temer que nadie fuera a abrir, la puerta se abrió de golpe revelando a una mujer de unos ochenta años, delgada pero de espalda recta como una tabla, con el pelo blanco cortado en una media melena severa y unas gafas de pasta roja que le daban un aire de directora de colegio a punto de expulsar a alguien.
—¿Sí? —dijo, mirándolos de arriba abajo con una desconfianza que no se molestó en disimular.
—Señora Pemberton, me llamo Lark Donnelly, soy hija de Cordelia Donnelly, de la parroquia de Santa Brígida. Y este es Emory Wilder.
Al escuchar el apellido, la expresión de Louisa cambió por completo, como si alguien hubiera girado un interruptor. Se ajustó las gafas y miró a Emory con una atención renovada.
—¿Wilder? ¿El nieto de Ruth?
—Sí, señora.
—Dios santo. —Se llevó una mano al pecho, genuinamente conmovida—. Tienes sus mismos ojos, chico. Es como ver un fantasma amable. Pasad, pasad, no os quedéis ahí fuera con este frío.
El interior de la casa estaba decorado con una mezcla ecléctica de recuerdos de viaje, fotografías en blanco y negro, y una colección impresionante de utensilios de cocina antiguos colgados en la pared del pasillo, como si la propia casa fuera un museo dedicado a toda una vida de trabajar entre fogones.
—Sentaos, sentaos. Voy a poner la tetera. ¿Qué me habéis traído ahí?
—Pastelitos de limón —dijo Emory, tendiéndole la caja—. La receta de mi abuela.
Louisa abrió la caja con una lentitud casi ceremonial y, al ver el contenido, cerró los ojos un momento antes de llevarse uno a la boca.
—Ay, Ruth —murmuró, con la voz quebrada—. Han pasado tres años y sigo esperando que aparezca por la puerta de atrás del Faro Azul con una bandeja de estos, discutiendo conmigo sobre si el horno de mi cocina calentaba de manera pareja.
—Nunca calentó de manera pareja —dijo Emory, con una sonrisa suave—. Ella se quejaba de eso constantemente.
—¡Lo sé! Y tenía toda la razón, el maldito horno tenía un punto caliente en la esquina izquierda que nunca conseguí arreglar.
—Louisa se secó una lágrima con el dorso de la mano y los miró con una expresión distinta, más despierta, como si acabara de recordar que tenían un propósito para estar allí—.
Bueno, contadme. No habéis venido hasta Sunset Hill solo para traerme pastelitos, por muy buenos que estén.
Lark tomó la palabra, explicándole con la mayor claridad posible la situación del edificio de Ballard Avenue, la oferta de Meridian Property Group, el plazo del treinta de noviembre, y el riesgo real de que Wilder's Proof desapareciera del barrio en cuestión de semanas.
Louisa escuchó todo sin interrumpir, con las manos entrelazadas sobre el regazo y una expresión cada vez más seria.
—Meridian —repitió, cuando Lark terminó—.
Conozco a esa gente. Compraron el edificio donde estaba mi Faro Azul hace ocho años, cuando yo ya me había retirado, y lo convirtieron en uno de esos bloques de apartamentos con nombres ridículos.
The Anchorage, creo que lo llamaron, como si un edificio de cristal y acero pudiera tener algo que ver con un ancla de verdad.
—¿Compraron su restaurante también? —preguntó Emory.
—No, yo ya lo había vendido antes de retirarme, a un matrimonio joven que quería montar una cafetería.
Pero conozco el patrón. Compran, prometen respetar el carácter del barrio en las reuniones públicas, y después construyen exactamente lo mismo que construyen en cualquier otro barrio de la ciudad.
No tienen ninguna intención real de dejar nada del pasado en pie.
—Por eso estamos aquí —dijo Lark, con cuidado—.
Necesitamos una alternativa real para Walter Pruitt, el propietario.
Alguien dispuesto a comprar el edificio, o a asociarse con él de alguna manera, manteniendo los arrendamientos actuales.
Sé que es mucho pedir a alguien que apenas nos conoce, pero...
—¿Cuánto dinero necesitáis?
La pregunta directa cogió a Lark por sorpresa, y tardó un segundo en recomponerse.
—Meridian ofrece casi el triple del valor de mercado. No sé exactamente la cifra final, pero probablemente ronde los dos millones de dólares.
Louisa se quedó callada un momento, mirando por la ventana hacia el canal, donde un ferry cruzaba despacio bajo un cielo gris cargado de nubes.
—Tengo ese dinero —dijo finalmente, con una naturalidad que dejó a Emory boquiabierto—.
Vendí el Faro Azul por una cifra considerable, y desde entonces no he sabido qué hacer con la mayor parte, salvo dársela a mis sobrinos, que ya tienen suficiente sin necesidad de mi ayuda.
Pero no voy a comprar un edificio entero solo porque me habéis traído pastelitos de limón, por muy buenos que estén.
—Por supuesto que no —dijo Lark rápidamente—. No esperábamos eso.
—Quiero verlo con mis propios ojos primero.
El edificio, la panadería, el barrio. Quiero hablar con ese tal Walter Pruitt, y quiero ver los libros del negocio, Emory, porque si voy a invertir mi dinero en algo, necesito saber que no lo estoy tirando por una ventana solo porque el nieto de mi vieja amiga tiene los mismos ojos que ella.
—Por supuesto —dijo Emory, con la voz cargada de una esperanza que intentaba, sin mucho éxito, contener—. Cuando quiera.
—Mañana. A las diez. Y más vale que la contabilidad esté en orden, chico, porque yo llevé un restaurante durante cuarenta y dos años y sé distinguir un negocio bien gestionado de uno que se sostiene con esperanzas y buenas intenciones.
—Estará en orden.
Louisa asintió, satisfecha, y se levantó del sillón con una energía que desmentía por completo sus ochenta años.
—Bien. Ahora, antes de que os vayáis, quiero que me contéis cómo os conocisteis vosotros dos, porque tenéis esa cara de pareja que lleva más tiempo junta del que en realidad lleva, y a mi edad ya no me quedan suficientes años para esperar a que me lo contéis poco a poco.
Lark y Emory se miraron, sorprendidos por la perspicacia de aquella mujer que los conocía desde hacía apenas media hora, y entre risas compartidas le contaron la historia del sello equivocado, la fresa con corona estampada sobre un contrato de arrendamiento serio, mientras Louisa reía con ganas y les servía una segunda ronda de té, encantada, según dijo, de tener por fin una buena razón para sacar la porcelana buena de la vitrina.