Sellado con azúcar (Amores dulces 4) CAPÍTULO 9
56%

CAPÍTULO 9

Cora convocó lo que ella misma llamó, con su habitual falta de sutileza, una reunión de emergencia en la cocina de la panadería, a puerta cerrada, con un cartel improvisado de CERRADO POR INVENTARIO colgado en la puerta principal a pesar de que no había ningún inventario que hacer.

Se sentaron los tres alrededor de la mesa de trabajo de acero inoxidable: Emory con un cuaderno de notas donde ya había garabateado varias columnas tachadas, Cora con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre el pánico y la furia, y Lark con su propio cuaderno legal amarillo, el mismo que usaba en el despacho para tomar notas de clientes.

—Vale, repasemos lo que sabemos —dijo Lark, destapando el bolígrafo—. Walter tiene hasta el treinta de noviembre para aceptar la oferta de Meridian. Si no firma antes de esa fecha, la oferta se retira, al menos temporalmente.

—¿Y eso qué significa para nosotros? —preguntó Cora—. ¿Que si aguantamos diecinueve días sin hacer nada, se van y ya está?

—No exactamente. Significa que tenemos diecinueve días para ofrecerle a Walter una alternativa lo bastante buena como para que decida no vender, o para que venda pero con condiciones que os protejan a vosotros.

—¿Qué tipo de alternativa? —Emory levantó la vista del cuaderno—. Nosotros no tenemos el dinero para igualar la oferta de un fondo de inversión, Lark. Eso no es ni remotamente realista.

—No hace falta igualarla en dinero. Hace falta ofrecerle algo que el dinero de Meridian no le puede dar: seguridad de que el edificio seguirá en manos de alguien que lo cuide como él lo ha cuidado, y una salida digna sin tener que sentirse culpable por echar a la gente que confió en él durante años.

Cora resopló, nada convencida.

—Eso suena bonito en una tarjeta de felicitación, pero Walter tiene setenta y tantos años y las rodillas destrozadas. No creo que le importe mucho la parte sentimental si le están ofreciendo el triple de lo que vale el edificio.

—Le importa más de lo que crees —dijo Lark, recordando la expresión cansada de Walter en su salón, rodeado de fotos de nietos que vivían demasiado lejos—. Hablé con él la semana pasada y no parecía especialmente feliz con la decisión. Solo parecía sin opciones.

—Entonces démosle opciones —dijo Emory, con una determinación nueva asomando en la voz—. ¿Por dónde empezamos?

Lark abrió su cuaderno por una página que había preparado la noche anterior, con una lista de posibilidades ordenadas de más a menos probable.

—Primera opción: protección histórica. Si el edificio o el negocio califican para algún tipo de reconocimiento patrimonial del barrio, eso podría ralentizar cualquier venta o al menos complicarle la vida a Meridian para hacer las reformas que necesitan para construir lo que sea que quieran construir.

—El edificio tiene casi setenta años —dijo Emory—. Puede que cumpla los requisitos.

—Voy a investigarlo. Segunda opción: encontrar un comprador alternativo. Alguien dispuesto a comprar el edificio y mantener los arrendamientos actuales, o al menos ofrecerte a ti un contrato de larga duración en condiciones razonables.

—¿Y quién demonios tiene ese tipo de dinero y esas ganas de ayudar a una panadería de barrio? —preguntó Cora.

Lark dudó un segundo antes de responder, porque la idea que tenía en mente todavía era solo eso, una idea, sin ninguna garantía de que fuera a funcionar.

—Mi madre mencionó un nombre el otro día, cuando hablábamos de vuestra abuela.

Una mujer llamada Louisa Pemberton. Tenía un restaurante en Ballard hace años, El Faro Azul, creo que se llamaba, y según mi madre era íntima amiga de Ruth.

Se retiró hace una década y, por lo que tengo entendido, invierte en pequeños negocios del barrio desde entonces, sobre todo en los que tienen algún valor sentimental para ella.

Emory se quedó completamente quieto, con el bolígrafo suspendido sobre el papel.

—¿Louisa Pemberton? Espera. Mi abuela hablaba de ella. Decía que era la única persona del barrio capaz de discutir con ella sobre la temperatura correcta del horno sin que terminaran a gritos.

—Entonces puede que valga la pena llamarla.

—¿Tienes su número?

—No, pero mi madre sí. Voy a llamarla esta noche.

Cora, que había estado escuchando con los brazos todavía cruzados, se relajó un poco por primera vez desde que había empezado la reunión, aunque su expresión seguía guardando una cautela que Lark entendía perfectamente: la cautela de alguien que ha aprendido, por experiencia, a no ilusionarse demasiado pronto con soluciones que todavía no existían más que en el papel.

—Tercera opción —continuó Lark—, y esta es la que menos me gusta pero la que deberíamos tener preparada por si las otras dos fallan: negociar directamente con Meridian una cláusula de protección para los arrendatarios actuales, con un plazo de transición más largo que los sesenta días estándar, o incluso una opción de compra preferente para ti si en algún momento decidieran vender de nuevo.

—¿Negociar con la gente que quiere echarnos? —Cora arqueó una ceja—. Suena a pedirle al lobo que sea vegetariano solo por esta vez.

—A veces el lobo acepta, si el trato le sigue conviniendo lo suficiente. Meridian quiere el terreno, no necesariamente una guerra de relaciones públicas con la prensa local si deciden echar a un negocio familiar de cuarenta años justo antes de Navidad. Podríamos usar eso.

Emory cerró el cuaderno, apoyó los codos sobre la mesa y se pasó las manos por la cara, un gesto de puro cansancio que a Lark le encogió el pecho de una manera que no tenía nada que ver con la estrategia legal.

—Gracias —dijo él, levantando la vista—. De verdad. Sé que no tienes por qué hacer nada de esto.

—Sí que tengo por qué. —Lark le tomó la mano por encima de la mesa, sin importarle que Cora estuviera mirando—.

Esto es lo mío, Emory. No la parte legal exactamente, porque ahí tengo las manos atadas, pero esto, encontrar el hueco por donde colarse cuando todo parece cerrado, es exactamente lo que sé hacer.

—Sigo pensando que deberíais casaros —murmuró Cora, levantándose de la mesa con la excusa de poner a hervir agua para el té, y ninguno de los dos dos la contradijo, aunque los dos se sonrojaron ligeramente al mismo tiempo.

Esa noche, Lark llamó a su madre desde su apartamento, con un cuaderno abierto sobre las rodillas y un vaso de vino tinto enfriándose sin que le prestara atención.

—¿Louisa Pemberton? —repitió Cordelia, con un tono que dejaba claro que aquel nombre le traía muchos recuerdos a la vez—.

Ay, hacía años que no pensaba en ella. Era todo un personaje, hija.

Discutía con el párroco sobre teología en las cenas de la parroquia como si estuviera discutiendo el precio del pescado en el mercado. ¿Por qué la necesitas?

—Es una historia larga, mamá. ¿Tienes su número?

—Tengo algo mejor, tengo su dirección. Sigue viviendo en la misma casa de Sunset Hill que tenía hace veinte años, con vistas al canal.

Puedo escribirte la dirección, pero te aviso, esa mujer no atiende bien las llamadas de desconocidos.

Si quieres que te escuche, vas a tener que presentarte en persona, y llevar algo de comer, porque según recuerdo tenía una opinión muy firme sobre la gente que se presenta con las manos vacías.

Lark anotó la dirección con una letra apresurada, sintiendo que por primera vez desde que había empezado aquella carrera contra el tiempo, tenía delante algo parecido a un plan de verdad, algo más sólido que la esperanza abstracta con la que había salido de casa de Walter Pruitt.

—Gracias, mamá.

—Espera, antes de que cuelgues. ¿Esto tiene que ver con el panadero?

—Tiene que ver con salvar su panadería, sí.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, y cuando Cordelia volvió a hablar, su voz tenía una suavidad que Lark no esperaba.

—Me alegro de verte así, hija. Peleando por algo con esa cara que tienes ahora, en vez de la cara que tenías cuando peleabas por mantener a flote lo que tenías con Grant. Se nota la diferencia, ¿sabes? Se nota mucho.

Lark colgó el teléfono con los ojos algo húmedos y una sonrisa que no pudo contener, y esa noche, antes de dormir, le escribió a Emory un mensaje corto con la única información que de verdad importaba en ese momento: Mañana visitamos a Louisa Pemberton.

Lleva algo dulce. Al parecer, es la única manera de que nos escuche.