CAPÍTULO 8
El lunes por la mañana, Lark llegó a la oficina con una lista de tres abogados especializados en derecho comercial e inmobiliario que había recopilado durante el fin de semana, ninguno de ellos con vínculos con Ashford & Cole, y con la determinación de acompañar a Emory a la primera consulta que pudieran conseguir esa misma semana.
—Buenos días —dijo Delphine, apareciendo por la puerta con dos vasos de cartón, uno de café para ella y otro de té chai que había empezado a comprar por costumbre desde que sabía que Lark ya no bebía café—. ¿Cómo va la operación rescate de la panadería?
—Tengo tres nombres. Voy a llamarlos esta mañana para ver quién puede recibirnos antes.
—¿Nos? Qué bonito, ya hablas en plural.
—Cállate y dame mi té.
Apenas había empezado a marcar el primer número cuando la puerta principal del despacho se abrió con la campanilla anunciando una visita, y Lark levantó la vista esperando ver a algún cliente habitual.
En cambio, se encontró con Grant Ashford, vestido con un traje azul marino perfectamente planchado, sosteniendo un maletín de cuero que ella reconoció porque se lo había regalado ella misma en su segundo aniversario juntos.
—Lark —dijo él, con esa sonrisa profesional que usaba siempre, la misma que había usado en cientos de reuniones de negocios y que ella, en su momento, había confundido con calidez—. Cuánto tiempo.
—Grant. —Su voz salió más plana de lo que pretendía, controlada, un logro que le costó cada gramo de disciplina que tenía—. ¿Qué haces aquí?
—Vengo por el asunto de Ballard Avenue. Walter Pruitt mencionó que había hablado contigo de manera informal sobre la venta, y como el bufete va a necesitar coordinación con vuestro despacho para la parte notarial en algún momento, pensé que sería más fácil discutirlo en persona.
—No voy a llevar ese caso, Grant. Ya se lo comuniqué a mi ayudante el mismo día que llegó el sobre.
Algo cambió en la expresión de Grant, un pequeño destello de sorpresa que desapareció casi tan rápido como había aparecido, sustituido de inmediato por la máscara profesional que siempre llevaba puesta.
—¿Por conflicto de intereses? Entiendo que nuestra historia complica las cosas, pero somos ambos profesionales, Lark. No hace falta que...
—No es por ti —lo interrumpió ella, y notó con cierta satisfacción cómo su interrupción lo desestabilizaba, algo que jamás se había atrevido a hacer durante los dos años que estuvieron juntos—.
Es por el inquilino del local. Es alguien importante para mí, y no puedo notarizar una operación que va a dejarlo sin negocio en sesenta días.
Grant se quedó callado un momento, procesando la información, y Lark casi pudo ver los engranajes de su cerebro trabajando, reconstruyendo la situación desde el ángulo profesional que siempre había sido su terreno más cómodo.
—El panadero —dijo finalmente, con un tono que Lark no supo identificar del todo, entre la incredulidad y algo más afilado—. Walter mencionó algo de un panadero.
—Se llama Emory. Y sí, es la persona a la que tu cliente quiere echar del local que su abuela llevó durante décadas.
—Lark, esto es negocios. Meridian está ofreciendo un precio justo, muy por encima del valor de mercado incluso. No estamos haciendo nada ilegal.
—No he dicho que sea ilegal. He dicho que no voy a formar parte de ello.
—¿Y qué vas a hacer entonces? ¿Jugar a la abogada defensora del pequeño comercio? Sabes tan bien como yo que en cuanto Meridian pone el ojo en una propiedad, encuentra la manera de conseguirla. Si no es con Pruitt, será con la siguiente oferta, y la siguiente, hasta que alguien acepte.
—Entonces al menos me aseguraré de que Emory tenga todas las opciones sobre la mesa antes de que eso pase, en vez de dejarlo indefenso mientras vosotros cerráis la operación con la mayor discreción posible.
Grant apretó la mandíbula, un gesto que Lark conocía bien de las discusiones que solían tener cuando algo no salía exactamente como él había planeado, pero en vez de insistir, respiró hondo y ajustó el nudo de la corbata con un gesto automático, recuperando la compostura.
—No he venido a pelear contigo, Lark. He venido porque pensé que, dada nuestra historia, preferirías saberlo por mí antes que por un mensajero anónimo.
—Ya lo sabía. El sobre llegó el jueves pasado.
—Entonces ya has tenido tiempo de pensarlo bien.
—Hizo una pausa, y algo en su expresión se suavizó, aunque Lark ya no confiaba lo suficiente en él como para saber si era genuino—.
Para lo que valga, me alegra ver que has seguido adelante.
Que has montado tu propio despacho, que pareces... —titubeó, buscando la palabra— feliz.
—Gracias, Grant. De verdad, espero que a ti también te vaya bien.
—Me va bien.
Se quedaron un momento en un silencio extraño, cargado de todo lo que habían compartido y de todo lo que finalmente había demostrado no ser suficiente, hasta que Grant recogió el maletín y se dirigió hacia la puerta.
—Una última cosa —dijo, deteniéndose con la mano en el picaporte—.
Meridian tiene hasta el treinta de noviembre para cerrar la oferta con Pruitt en las condiciones actuales.
Si para entonces no ha firmado, la oferta se retira y probablemente busquen otra propiedad, al menos por un tiempo.
No sé si eso te sirve de algo, pero pensé que debías saberlo.
—¿Por qué me lo cuentas? Eso podría considerarse una filtración de información confidencial de tu cliente.
—Porque es información pública, en realidad, está en los plazos del contrato preliminar que ya tiene Pruitt. Y porque, a pesar de todo lo que pasó entre nosotros, no te deseo ningún mal, Lark. Ni a ti ni a la gente que te importa.
Salió sin esperar respuesta, y Lark se quedó de pie en medio de la recepción, con el corazón latiéndole con una mezcla extraña de alivio y desconcierto, mientras Delphine, que había estado escuchando toda la conversación fingiendo ordenar carpetas cerca de la entrada, se acercó con expresión preocupada.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. —Y para su propia sorpresa, era verdad—. Hace ocho meses, esa conversación me habría destrozado el resto del día. Ahora solo... siento que ya no me afecta como antes.
—Eso es una victoria enorme, Lark.
—Lo sé. —Sonrió, un poco temblorosa todavía, pero real—. Y además nos ha dado una fecha límite exacta. Treinta de noviembre. Eso son diecinueve días.
—Diecinueve días para salvar una panadería.
—Diecinueve días para intentarlo, al menos.
Cogió el teléfono y marcó el número de Emory sin dudarlo, con la lista de abogados todavía abierta sobre el escritorio y una determinación nueva instalándose en el pecho, la misma determinación con la que había reconstruido su propia vida ocho meses atrás, solo que esta vez no luchaba únicamente por sí misma.
—Hola —contestó él, con ese tono cálido que ya reconocía como propio de las mañanas tranquilas en la panadería—. ¿Ya tienes los nombres de los abogados?
—Tengo algo mejor. Tengo una fecha límite exacta, y tengo diecinueve días para ayudarte a encontrar la manera de que Wilder's Proof siga siendo tuyo.
—¿Diecinueve días?
—Treinta de noviembre. Después de esa fecha, si Meridian no ha cerrado el trato con Walter en las condiciones actuales, es probable que se retiren, al menos por un tiempo.
—¿Cómo has conseguido esa información?
Lark dudó un segundo, sopesando cuánto contarle, y decidió que después de todo lo que habían compartido en los últimos días, Emory merecía la verdad completa.
—Me la ha dado Grant. Ha venido esta mañana al despacho.
El silencio al otro lado de la línea se extendió un poco más de lo cómodo, y Lark pudo casi escuchar los pensamientos de Emory reorganizándose ante aquella información.
—¿Estás bien? —preguntó él finalmente, con una preocupación genuina que a Lark le pareció, en ese momento, la prueba más clara de que las cosas entre ellos eran exactamente tan reales como sentía que eran.
—Estoy bien, Emory. Mejor que bien, en realidad. Y ahora, con tu permiso, vamos a usar estos diecinueve días para pelear por tu panadería con todo lo que tenemos.