CAPÍTULO 7
El sábado siguiente, Emory la invitó a su apartamento por primera vez, un pequeño ático encima de una tienda de discos usados en Fremont, con las paredes llenas de estanterías improvisadas de madera reciclada y una cocina que, según le confesó nada más entrar, era prácticamente un laboratorio personal donde probaba recetas antes de llevarlas a la panadería.
—Es un desastre organizado —dijo, apartando una pila de libros de cocina de la silla para que ella pudiera sentarse—. Cora dice que algún día voy a incendiar el edificio entero probando alguna variante loca de crème brûlée.
—A mí me parece encantador.
—Espera a ver el cajón de los moldes. Ahí es donde pierdo toda credibilidad.
Lark se rió y paseó la mirada por el apartamento, deteniéndose en una estantería concreta, algo distinta de las demás, donde había una hilera de cuadernos de tapa dura, gastados por el uso, con manchas de lo que parecía chocolate y harina impregnadas en las cubiertas de tela.
—¿Son suyas? —preguntó, acercándose sin tocar—. Las recetas de tu abuela.
—Todas. Diecisiete cuadernos, empezando por uno de 1979 que apenas se puede leer de lo desgastada que está la tinta. Están ordenados por año, más o menos, aunque ella nunca fue muy disciplinada con las fechas.
—¿Puedo?
—Claro.
Lark sacó con cuidado el cuaderno más antiguo y lo abrió sobre la mesa de la cocina, encontrando páginas llenas de una letra apretada e inclinada, con anotaciones al margen en tinta de otro color, correcciones hechas años después de la receta original.
—Mira esto —dijo, señalando una nota escrita en el margen de una receta de pan de plátano—. Dice: «Menos azúcar la próxima vez, Emory se queja de que le duelen los dientes». ¿Cuántos años tenías?
—Ocho, creo. Fui un niño muy quejica con el azúcar, algo irónico teniendo en cuenta a qué me dedico ahora.
—Es precioso, Emory. Toda tu infancia está aquí, escondida entre las recetas.
Él se sentó frente a ella, observándola hojear los cuadernos con una atención que a Lark le pareció, en ese momento, casi sagrada, y algo en su expresión le dijo que muy poca gente había tenido el privilegio de ver aquello tan de cerca.
—Nunca le había enseñado esto a nadie —admitió él—. Ni siquiera a las pocas personas con las que he salido en serio desde que murió. Se sentía como... no sé, como abrir algo que todavía duele demasiado para compartirlo.
—¿Y por qué a mí sí?
—Porque desde que apareciste con tu maletín y tu sello equivocado, tengo la sensación de que entiendes las cosas que de verdad importan sin que yo tenga que explicártelas dos veces.
Lark cerró el cuaderno despacio y lo dejó sobre la mesa, extendiendo la mano para entrelazar los dedos con los de Emory, un gesto que ya empezaba a sentirse tan natural como respirar.
—Háblame de ella. De verdad, quiero decir, no la versión resumida que le cuentas a los clientes.
Emory se quedó en silencio un momento, jugando con los dedos de Lark entre los suyos, y cuando empezó a hablar lo hizo despacio, como quien desentierra algo con mucho cuidado para no dañarlo.
—Se llamaba Ruth. Era de un pueblo pequeño en Idaho, hija de granjeros, y llegó a Seattle a los diecinueve años con una maleta y las ganas de no volver jamás a ordeñar vacas.
Trabajó de camarera durante ocho años antes de conseguir el dinero suficiente para abrir su primer local, uno diminuto, con capacidad para seis mesas, en la Veinticuatro.
Cuando mis padres murieron, yo tenía nueve años y Cora siete, y ella tenía sesenta y tres.
La mayoría de la gente a esa edad ya está pensando en jubilarse, y ella tuvo que empezar de cero criando a dos niños destrozados mientras seguía llevando el negocio sola.
—Debió de ser agotador para ella.
—Lo fue. Recuerdo noches en que la oía llorar en la cocina, después de acostarnos, pensando que no la escuchábamos.
Pero por la mañana siempre estaba ahí, con el delantal puesto, haciendo pan como si el mundo no se hubiera acabado la noche anterior.
Nunca nos dejó ver ese peso hasta que fuimos lo bastante mayores para entenderlo.
—¿Cómo era contigo? En el día a día, quiero decir.
—Estricta con la masa, blanda con todo lo demás.
—Emory sonrió, con los ojos algo brillantes—.
Podía perdonarme que rompiera un plato o que llegara tarde a cenar, pero si tocaba el pan antes de que hubiera terminado de fermentar, me echaba de la cocina sin contemplaciones.
Decía que la paciencia era la única receta que de verdad importaba, que todo lo demás eran solo ingredientes.
—Me habría encantado conocerla.
—A ella le habrías encantado tú. —Emory le apretó la mano—. Le gustaba la gente que sabía lo que quería sin necesidad de gritarlo, y tú tienes eso, ¿sabes? Esa manera de saber exactamente dónde estás parada sin necesitar que nadie te lo confirme.
Lark sintió que se le formaba un nudo en la garganta, no de tristeza sino de algo parecido a la gratitud, y se inclinó para besarlo despacio, un beso que empezó tierno y se fue haciendo más profundo a medida que las manos de Emory se deslizaban desde su cara hasta su cintura, atrayéndola más cerca.
—¿Te quedas esta noche? —preguntó él, con la frente apoyada contra la de ella, la voz baja, casi un susurro entre ambos.
—Sí —respondió Lark, sin ninguna duda en la voz.
Se levantaron de la mesa sin soltarse las manos, dejando los cuadernos de recetas cuidadosamente cerrados sobre la superficie de madera, y Emory la guio hacia el dormitorio con una lentitud deliberada, deteniéndose para besarla de nuevo en el pasillo, contra la pared, con una intensidad que le arrancó a Lark un suspiro que no supo contener.
La habitación estaba iluminada apenas por la luz de la calle que se colaba entre las cortinas medio abiertas, y Emory encendió una pequeña lámpara de mesa antes de volver hacia ella, quitándole el abrigo de los hombros con manos que, a pesar de su firmeza habitual en la cocina, ahora se movían con un cuidado casi reverente, como si estuviera descubriendo algo que merecía toda su atención.
—Dime si algo no te gusta —murmuró contra su cuello, y Lark respondió acercándolo más, dejando que las palabras se disolvieran en el resto de la noche.
Se desnudaron despacio, entre risas suaves cuando un botón se resistió más de la cuenta y entre silencios cargados de anticipación cuando las manos de ambos empezaron a explorar sin prisa, aprendiendo el cuerpo del otro con la misma paciencia con la que Ruth Wilder había enseñado a su nieto a esperar a que una masa terminara de fermentar.
Emory la besó despacio por el cuello, por los hombros, susurrándole entre beso y beso lo hermosa que le parecía, no con las frases hechas que Lark había escuchado tantas veces de Grant, sino con palabras concretas, específicas, sobre la manera en que se le curvaban los labios cuando intentaba no sonreír o el modo en que fruncía el ceño cuando se concentraba en algo, y ese detalle, esa atención genuina a lo particular de ella y no a un ideal abstracto, la deshizo por completo.
Hicieron el amor despacio, con la lluvia repiqueteando contra la ventana y la lámpara de mesa proyectando sombras cálidas sobre las paredes, y cuando todo terminó se quedaron enredados entre las sábanas, con las piernas entrelazadas y la respiración todavía agitada, mientras Emory le trazaba círculos distraídos sobre el hombro con la punta de los dedos.
—¿En qué piensas? —preguntó él, después de un rato de silencio cómodo.
—En que hace ocho meses no me imaginaba que podría volver a sentirme así de segura con alguien.
—¿Y ahora?
—Ahora me pregunto por qué tardé tanto en dejarme sentirlo.
Emory la besó en la frente y la atrajo más contra su pecho, y Lark cerró los ojos escuchando el latido constante de su corazón, pensando que, pasara lo que pasara con el edificio de Ballard Avenue, con Meridian Property Group, con el plazo que se acortaba día a día, aquello, aquella certeza tranquila que sentía entre los brazos de un hombre que guardaba diecisiete cuadernos de recetas como si fueran reliquias sagradas, era algo que ya no estaba dispuesta a dejar escapar sin luchar.