CAPÍTULO 6
Emory no dijo nada durante casi un minuto entero después de que Lark terminara de explicarle la situación.
Ella podía oír, de fondo, el ruido metálico de una bandeja siendo colocada sobre una superficie, el zumbido bajo del extractor de la cocina, y se lo imaginó de pie en medio de su panadería vacía, ya cerrada por la noche, con el teléfono pegado a la oreja y la vida entera cambiándole de forma sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.
—¿Sesenta días? —dijo finalmente—. Si venden el edificio, ¿tengo sesenta días para irme?
—Sesenta días desde el cierre de la operación, sí. Pero Walter todavía no ha firmado nada, Emory. Tiene hasta final de mes para decidir.
—Eso son tres semanas.
—Lo sé.
—Tres semanas para encontrar la manera de salvar el único negocio que queda de mi abuela, o para empezar a buscar un local nuevo con el dinero que no tengo, en un barrio donde los alquileres han subido un cuarenta por ciento en los últimos cinco años.
Lark no tenía respuesta para eso, ninguna que sonara honesta sin sonar también inútil, así que simplemente dejó que el silencio se extendiera entre ellos un momento antes de hablar de nuevo.
—¿Puedo ir? Ahora mismo, quiero decir. No quiero que estés solo con esto esta noche.
Hubo otra pausa, más corta esta vez.
—Sí. Por favor.
Lark cogió el abrigo y bajó a la calle sin pensarlo dos veces, y caminó las siete manzanas hasta Ballard Avenue con paso rápido, sintiendo el frío de noviembre colarse por el cuello del abrigo cada vez que el viento soplaba desde el canal.
Cuando llegó, la panadería estaba a oscuras excepto por una luz encendida en la cocina, y llamó a la puerta de cristal hasta que Emory apareció, todavía con la camiseta manchada de harina del último turno del día.
—Gracias por venir —dijo, apartándose para dejarla pasar.
Dentro, el local a oscuras tenía algo de solemne, las vitrinas vacías reflejando la luz de la calle, las mesas altas donde por la mañana se sentaban los clientes ahora silenciosas y desiertas.
Emory la llevó hasta la cocina, donde había una tetera humeante sobre la mesa de trabajo de acero inoxidable y dos tazas ya servidas.
—Té chai —dijo, empujando una taza hacia ella—. Sé que no es lo mismo sin la ceremonia del mostrador, pero es lo que hay.
—Está perfecto.
Se sentaron en dos taburetes altos, frente a frente, con la tetera entre ambos como un pequeño fuego improvisado, y durante un rato ninguno de los dos dijo nada, escuchando el zumbido lejano de la nevera industrial y el goteo de la lluvia que había empezado a caer otra vez fuera.
—Mi abuela solía decir que un buen pan necesita tiempo —dijo Emory finalmente, mirando el interior de la taza como si buscara respuestas ahí dentro—.
Que no hay manera de acelerar la fermentación sin que se note en el sabor.
Y ahora resulta que treinta y nueve años de un negocio, de recetas, de un vecindario entero que confiaba en este sitio, se pueden borrar en sesenta días porque a un fondo de inversión le interesa el terreno más que lo que hay construido sobre él.
—No va a pasar sin que luchemos primero.
—¿Luchemos?
Lark levantó la vista, sorprendida por su propia palabra, por la naturalidad con que se había incluido en aquella batalla que hasta hacía tres horas ni siquiera sabía que existía.
—Sí. Luchemos. No puedo llevar el caso legal, Emory, porque hay un conflicto de intereses evidente, pero puedo ayudarte a entender exactamente qué opciones tienes, y puedo hablar con Walter siempre que haga falta, y puedo buscarte el nombre de un abogado especializado en derecho comercial que no tenga nada que ver con Ashford & Cole.
—¿Por qué harías todo eso?
La pregunta quedó suspendida entre ellos, cargada de un peso que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía del todo, y Lark sintió que la respuesta honesta le subía por la garganta antes de que pudiera filtrarla con la prudencia habitual.
—Porque me importas. Más de lo que debería importarme alguien que conozco desde hace apenas dos semanas. Y porque este sitio no es solo un negocio, es la memoria de tu abuela hecha de ladrillo y horno, y no pienso quedarme sentada viendo cómo alguien te la arrebata sin al menos intentar algo.
Emory dejó la taza sobre la mesa con un cuidado excesivo, como si necesitara las manos ocupadas en algo pequeño antes de poder mirarla del todo, y cuando finalmente levantó los ojos hacia ella había en su expresión una mezcla de gratitud y algo más profundo que le aceleró el pulso a Lark de una manera que no tenía nada que ver con el té.
—Nadie ha estado de mi parte así en mucho tiempo —dijo él, con la voz un poco ronca—. Desde mi abuela, quizás. Cora está conmigo, claro, pero Cora también está asustada, y yo llevo tres semanas fingiendo delante de ella que todo va a salir bien porque alguien tiene que ser el fuerte de los dos.
—Puedes dejar de fingir delante de mí, si quieres.
—¿Y si lo que hay debajo del fingir no es tan bonito?
—Entonces lo veremos juntos, y seguirá sin ser bonito, pero al menos no estarás solo mirándolo.
Emory se levantó del taburete y, sin decir nada más, cruzó el pequeño espacio que los separaba y le tomó la cara entre las manos, todavía ásperas del trabajo, con un gesto tan cuidadoso que a Lark le pareció que la estaba tratando como algo que podía romperse.
Se quedaron así un momento, sus alientos mezclándose en el aire frío de la cocina, hasta que él inclinó la cabeza despacio y ella no hizo nada por evitarlo.
El beso empezó suave, casi una pregunta, y Lark respondió acercándose más, cerrando la distancia que quedaba entre los dos taburetes, con una mano apoyada en el pecho de él, notando el latido rápido bajo la tela de la camiseta manchada de harina.
Emory sabía a canela y a algo dulce que debía de ser de las especias del té, y cuando ella entreabrió los labios, el beso se volvió más profundo, más lento, como si ambos hubieran decidido, sin palabras, que no había ninguna prisa en el mundo capaz de apurar aquel momento.
Cuando finalmente se separaron, Emory apoyó la frente contra la de ella, con los ojos todavía cerrados y una sonrisa que Lark sintió más que vio.
—Llevo pensando en hacer eso desde que estampaste una fresa en mi contrato de arrendamiento —murmuró.
—Podrías haberlo dicho antes.
—No quería asustarte. Además, quería asegurarme de que no eras así de amable con todos tus clientes.
—No lo soy. Solo contigo.
Volvió a besarla, esta vez con menos duda, con una certeza que le recorrió a Lark todo el cuerpo como si por fin, después de meses de mantenerse cuidadosamente en guardia, hubiera decidido que valía la pena bajar la muralla por alguien que la miraba como si fuera exactamente suficiente tal y como era, sin nada que recortar ni ajustar.
Fuera, la lluvia seguía cayendo contra el escaparate de Wilder's Proof, y dentro, entre el olor a mantequilla y canela, dos personas que hasta hacía tres semanas ni siquiera se conocían empezaron a construir, sin planearlo del todo, algo que ninguna venta inmobiliaria iba a poder derribar tan fácilmente.