CAPÍTULO 5
El lunes siguiente al mercado nocturno, Lark llegó a la oficina con la sensación todavía instalada en el pecho de la mano de Emory entrelazada con la suya, una sensación que se esfumó por completo en cuanto Delphine le tendió, con expresión seria, un sobre grande de color manila que acababa de llegar por mensajero.
—Esto acaba de traerlo un mensajero de Ashford & Cole —dijo, y el nombre del bufete cayó entre ellas como una piedra en un estanque tranquilo.
Lark sintió que se le tensaba la mandíbula.
Ashford & Cole era el bufete donde Grant era socio junior, especializado en derecho inmobiliario comercial, y aunque su despacho colaboraba de vez en cuando con firmas grandes de la ciudad, hacía meses que evitaba de manera deliberada cualquier expediente que pudiera cruzarse con él.
—¿Qué quieren?
—No lo sé, no lo he abierto. Pero pone tu nombre, así que supongo que tendrás que hacerlo tú.
Lark abrió el sobre con más cuidado del necesario, como si el papel pudiera morderla, y sacó un fajo de documentos grapados con el membrete del bufete en la parte superior.
Los ojeó por encima, buscando primero el remitente, después el asunto, y cuando llegó a las líneas de la dirección del inmueble en cuestión, el estómago le dio un vuelco que no tuvo nada que ver con el desayuno.
1420 Ballard Avenue Northwest.
La dirección de Wilder's Proof.
—¿Qué pasa? —preguntó Delphine, alarmada por el cambio en la expresión de Lark—. Te has puesto blanca.
—Es el edificio de Emory. —Lark siguió leyendo, con el pulso acelerado—.
Ashford & Cole representa a un grupo de inversión, Meridian Property Group, que está negociando la compra del edificio completo con el propietario actual, un tal Walter Pruitt.
Quieren que nuestro despacho gestione la parte notarial de la operación porque el señor Pruitt, según parece, ya trabaja con nosotros para otros asuntos.
—¿El señor Pruitt de los apartamentos de Phinney Ridge? Sí, es cliente nuestro desde hace años.
—El mismo.
Lark se sentó, con los documentos extendidos sobre el escritorio, y leyó con más atención las páginas siguientes: un contrato de compraventa preliminar, una cláusula de resolución de arrendamientos existentes con un plazo de sesenta días tras el cierre de la operación, y al final, en la lista de firmantes previstos por parte del bufete comprador, el nombre de Grant Ashford como abogado supervisor de la transacción.
—No puedo llevar este caso —dijo, casi para sí misma.
—¿Por lo de Grant?
—Por lo de Grant, y porque si esta venta sigue adelante, el nuevo propietario tiene sesenta días para resolver todos los arrendamientos existentes, lo que significa que Emory podría perder el local en menos de dos meses.
Delphine se acercó y leyó por encima del hombro de Lark, con el ceño fruncido.
—¿Meridian Property Group es la empresa que está comprando medio Ballard últimamente? He oído hablar de ellos. Compran edificios antiguos, echan a los negocios de toda la vida y construyen apartamentos de lujo con nombres como The Ridgemont o The Foundry.
—Esa misma.
—Joder, Lark.
—Ya lo sé.
Se quedaron un momento en silencio, mientras el peso de la situación se asentaba entre ellas.
Lark sabía, con la certeza fría de quien lleva años en el oficio, que el señor Pruitt tenía todo el derecho legal a vender su propiedad a quien quisiera, y que el papel de un notario no era juzgar la moralidad de una transacción sino garantizar que se hiciera conforme a la ley.
También sabía que si rechazaba el caso sin una razón profesional válida, el señor Pruitt simplemente buscaría otro notario, y la operación seguiría su curso exactamente igual, solo que ella se quedaría fuera de cualquier posibilidad de saber qué estaba pasando o de ayudar a Emory a prepararse.
—Voy a tener que hablar con el señor Pruitt —dijo finalmente—. Y voy a tener que decirle a Emory lo que sé.
—¿No es eso un conflicto de intereses? Si vas a llevar el caso...
—No voy a llevar el caso, Fin. No puedo, con Grant de por medio y con Emory siendo...
—se detuvo, buscando la palabra correcta— alguien importante para mí.
Pero sí puedo, como notaria y como persona que conoce al señor Pruitt desde hace años, hablar con él de manera informal antes de que nadie firme nada, y asegurarme de que Emory tiene toda la información necesaria para defenderse si decide luchar por quedarse.
Llamó al señor Pruitt esa misma tarde, un hombre de setenta y tantos años, viudo, con una voz que siempre sonaba como si estuviera a punto de contar un chiste malo, y que la recibió en su casa de Phinney Ridge con té y galletas de mantequilla compradas en el supermercado, un detalle que a Lark le pareció casi conmovedor después de haber probado los pastelitos de limón de Ruth Wilder.
—Walter, necesito preguntarte algo sobre el edificio de Ballard Avenue —dijo, sentándose frente a él en el salón lleno de fotografías de nietos y un televisor encendido con el volumen demasiado alto que él bajó de mala gana.
—Ah, ya sabía que alguien iba a venir a hacerme esa pregunta tarde o temprano. ¿Es por los inquilinos?
—Es por uno de los inquilinos en concreto. Emory Wilder, el de la panadería.
Walter suspiró, y por primera vez desde que Lark lo conocía, pareció verdaderamente cansado.
—Mira, hija, yo no quiero vender ese edificio.
Lo compré con mi mujer hace treinta y cinco años, cuando el barrio no era más que almacenes y talleres mecánicos.
Pero mis rodillas ya no aguantan las escaleras para hacer las reparaciones, mis hijos viven en California y no quieren saber nada de gestionar propiedades, y estos de Meridian me ofrecen casi el triple de lo que vale en el mercado según la última tasación que me hicieron hace dos años.
—Entiendo que necesites vender, Walter. No estoy aquí para juzgarte por eso. Solo necesito saber si la decisión ya está tomada, o si todavía hay margen para negociar condiciones que protejan a los inquilinos actuales.
—Todavía no he firmado nada, si es lo que me preguntas.
Tengo hasta final de mes para decidir si acepto la oferta.
—Se quedó callado un momento, mirando el té sin beberlo—.
La verdad es que me gustaría que hubiera otra manera.
Ese chico Wilder, y su abuela antes que él, siempre pagaron a tiempo, siempre cuidaron el local como si fuera suyo.
No es fácil pensar en firmar algo que los va a dejar en la calle.
—¿Y si te ofrecieran una alternativa? ¿Alguien dispuesto a igualar la oferta, o alguna manera de vender que incluyera condiciones de protección para los arrendatarios actuales?
—Si alguien me ofrece algo así, hija, lo escucharía con mucho gusto. Pero dudo que exista esa opción. La gente con ese tipo de dinero no suele preocuparse por una panadería de barrio.
Lark salió de casa de Walter Pruitt con más preguntas que respuestas, pero con algo parecido a la esperanza asentándose en el estómago: un plazo, final de mes, y un hombre que, a pesar de todo, no parecía completamente decidido. Tenía tiempo. No mucho, pero tenía tiempo.
Aquella noche, sentada en su apartamento con una copa de vino tinto que apenas había tocado, marcó el número de Emory con el pulso acelerado, sin saber muy bien cómo iba a explicarle lo que había descubierto sin que sonara a que estaba a punto de destrozarle la vida.
—Hola, notaria de las fresas —contestó él, con esa voz cálida que siempre conseguía relajarle los hombros un poco—. ¿Todo bien?
—Necesito contarte algo. Y no es una buena noticia, pero tampoco es el fin del mundo todavía.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el silencio de alguien que ha aprendido, por experiencia, a temerse lo peor cuando alguien empieza una frase así.
—Cuéntame.
Y Lark, respirando hondo, empezó a contarle todo lo que sabía sobre Meridian Property Group, sobre el señor Pruitt, sobre el plazo de final de mes, y sobre el nombre que había aparecido en la lista de abogados de la parte compradora, un nombre que iba a complicar las cosas de una manera que ella todavía no sabía calcular del todo.