CAPÍTULO 4
El Ballard Night Market se instalaba el último viernes de cada mes en el aparcamiento reconvertido junto a la vía del tren, con puestos de comida iluminados con guirnaldas de luces, un grupo de música local tocando versiones de canciones de los ochenta, y suficiente gente como para que Lark, que no era especialmente amante de las multitudes, tuviera que respirar hondo antes de entrar.
—Vamos a tener puesto —le había dicho Emory por mensaje esa misma semana—. Cora y yo llevamos los pastelitos de limón de mi abuela. Ven, aunque sea a criticar mi montaje de mesa.
Llegó pasadas las siete, cuando el cielo de noviembre ya estaba completamente oscuro y el frío obligaba a todo el mundo a llevar las manos metidas en los bolsillos entre puesto y puesto.
Encontró el de Wilder's Proof al final de la fila, reconocible desde lejos por las luces cálidas que colgaban del toldo y por la cola de gente que ya se había formado frente al mostrador improvisado.
—¡Ahí está! —gritó Cora al verla, agitando la mano con tanto entusiasmo que casi tira una bandeja de pastelitos—. Emory, ha venido la notaria de la fresa.
—Se llama Lark, Cora.
—Ya lo sé, pero es más divertido llamarla así.
Emory salió de detrás del puesto, con un gorro de lana oscuro que le tapaba parte de la frente y una chaqueta gruesa que lo hacía parecer más ancho de hombros de lo que Lark recordaba del delantal blanco de la panadería.
—Has venido —dijo, y en su voz había una sorpresa genuina, como si no hubiera estado completamente seguro de que ella aceptaría.
—Dije que vendría.
—La gente dice muchas cosas.
—Yo no. Si digo que voy a hacer algo, lo hago.
Él sonrió, esa sonrisa torcida que ya empezaba a resultarle familiar, y le tendió un pastelito de limón envuelto en papel de cera.
—Pruébalo antes de que se acabe el turno. Cora dice que estoy exagerando cuando digo que son los mejores de la ciudad, pero Cora también dice que mis camisas de cuadros están pasadas de moda, así que no confío en su criterio.
El pastelito estaba tibio todavía, con una costra fina de azúcar glas que se deshacía al primer contacto y un relleno de limón que era ácido y dulce a la vez, con una intensidad que a Lark le hizo cerrar los ojos un segundo, exactamente igual que le había pasado con los macarons la primera vez.
—Vale —admitió, con la boca todavía llena—. Tu abuela sabía lo que hacía.
—Te lo dije.
Pasaron la siguiente hora entre clientes: Emory atendiendo el mostrador con Cora, cobrando, envolviendo pastelitos en cajas pequeñas, y Lark quedándose cerca, sin saber muy bien qué papel tenía en aquella escena pero sin querer marcharse tampoco.
En algún momento, sin que nadie se lo pidiera, empezó a ayudar a doblar las cajas de cartón que llegaban planas, con la misma precisión metódica con la que doblaba los documentos legales en su oficina, y Cora la miró con una ceja levantada.
—Trabaja rápido —le dijo a su hermano, sin bajar mucho la voz—. Contrátala.
—No necesito trabajo, gracias —respondió Lark, sin levantar la vista de la caja que estaba doblando—. Ya tengo uno que me gusta bastante.
—Pues entonces quédate por las buenas razones —dijo Cora, con una sonrisa cómplice que hizo que Emory le lanzara una mirada de advertencia que su hermana ignoró completamente.
Cuando el flujo de clientes bajó, sobre las nueve, Emory le pidió a Cora que se quedara al mando del puesto y arrastró a Lark hacia el resto del mercado, con dos vasos de sidra caliente comprados en el puesto de al lado.
—¿No tomas café pero sí sidra con especias? —preguntó él, entregándole el vaso.
—El café me acelera el corazón de una manera que no me gusta. La sidra solo me calienta las manos.
—Buena distinción.
Pasearon entre los puestos, deteniéndose en uno de cerámica hecha a mano donde Lark se quedó mirando durante un buen rato un juego de tazas pintadas con motivos de helechos, y en otro de plantas donde Emory compró un pequeño cactus en una maceta de terracota, porque según explicó con total seriedad, Cora decía que la panadería necesitaba algo verde que no fuera moho.
—¿Y tu familia? —preguntó Lark, mientras caminaban hacia el escenario donde la banda tocaba una versión bastante decente de una canción de Fleetwood Mac—. Aparte de Cora, quiero decir.
—Mis padres murieron cuando yo tenía nueve años. Accidente de coche, en la carretera 90, volviendo de las montañas. Cora tenía siete. Nos crió mi abuela desde entonces.
Lo dijo con una naturalidad que solo se consigue después de haber contado la misma historia muchas veces, de haberla convertido en un hecho manejable en vez de una herida abierta, pero Lark reconoció, bajo esa naturalidad, un fondo de dolor que nunca terminaba de desaparecer del todo.
—Lo siento mucho.
—Fue hace mucho tiempo. Mi abuela hizo un trabajo increíble, la verdad. Nunca nos hizo sentir que fuéramos una carga, ni siquiera cuando estoy segura de que algunas noches se preguntaba cómo demonios iba a sacar adelante a dos críos con la pensión de mi abuelo y lo que ganaba en la pastelería.
—¿Y tu abuelo?
—Murió antes de que yo naciera. Nunca lo conocí. Pero según mi abuela era un hombre encantador que no sabía hacer nada en la cocina salvo quemar el agua, así que probablemente sea mejor que no se dedicara a esto.
Lark rió, y el sonido se mezcló con la música y el murmullo de la multitud de una manera que le pareció, por un instante, casi perfecta.
—Mi historia es mucho más aburrida —dijo ella, cuando él le devolvió la pregunta con la mirada—.
Padres divorciados cuando yo tenía doce años, pero sin drama, los dos siguen viviendo cerca y se llevan bien en las reuniones familiares.
Una hermana mayor, dos sobrinos que me adoran más de lo que debería estar permitido. Nada trágico.
—No hace falta que sea trágico para ser interesante.
—¿Qué es lo más interesante que puedo contarte entonces?
Emory se detuvo, la miró con una atención que la hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, verdaderamente vista, no analizada ni evaluada como solía sentirse bajo la mirada de Grant, sino simplemente vista.
—Cuéntame por qué dejaste el bufete grande para montar tu propia consultoría. La versión larga, no la que le diste a Cora la primera vez que viniste a la panadería.
Lark tardó un momento en responder, dando un sorbo largo a la sidra mientras ordenaba las palabras en su cabeza.
—Estuve prometida —dijo finalmente—. Con un abogado del bufete donde trabajaba.
Grant. Todo el mundo pensaba que éramos la pareja perfecta, ¿sabes?
Los dos con carreras brillantes, los dos ambiciosos, encajábamos en las fotos como si nos hubieran diseñado a juego.
Pero después de un tiempo me di cuenta de que él tenía una idea muy clara de cómo debía ser mi vida, y esa idea no dejaba mucho espacio para lo que yo realmente quería.
—¿Como qué?
—Como tener mi propio despacho en vez de ser la segunda de a bordo en el suyo.
Como elegir yo misma los clientes en vez de que él decidiera cuáles eran lo bastante importantes como para que yo les dedicara tiempo.
Como no tener que pedir permiso para cambiar el color de las cortinas del salón porque a él no le gustaba el verde.
—Suena agotador.
—Lo fue. Durante mucho tiempo no me di cuenta de lo agotador que era, porque estaba tan acostumbrada a ajustarme que perdí de vista dónde terminaba él y dónde empezaba yo. Hasta que un día no pude más, y rompí el compromiso seis semanas antes de la boda.
—Eso requiere valor.
—Requirió terapia, sobre todo. Y una hermana que me repitió durante meses que no era ninguna fracasada por no querer casarme con un hombre que me hacía sentir pequeña.
Emory se quedó callado un momento, con el vaso de sidra entre las manos, y cuando volvió a hablar lo hizo con una suavidad que Lark no esperaba.
—Me alegra que lo dejaras. No te conozco desde hace mucho, pero lo poco que he visto me dice que eres de las personas que necesitan espacio para ser exactamente como son, sin que nadie les recorte los bordes.
—Eso es lo más bonito que me ha dicho alguien en mucho tiempo.
—Pues entonces voy a tener que decirte cosas bonitas más a menudo, porque el listón parece estar sorprendentemente bajo.
Volvieron caminando hacia el puesto de Wilder's Proof cuando la banda terminó su última canción y la gente empezó a dispersarse hacia el aparcamiento, y en algún momento del trayecto, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, sus manos se rozaron y quedaron entrelazadas el resto del camino, un gesto tan sencillo y tan cargado a la vez que Lark sintió que el corazón le latía con una fuerza que no tenía nada que ver con la sidra especiada.
Cora los vio llegar así, de la mano, y no dijo absolutamente nada, cosa que en ella era un milagro tan grande como cualquiera de los que su abuela solía atribuir a Santa Brígida.