Sellado con azúcar (Amores dulces 4) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Los domingos, la familia Donnelly se reunía en casa de Cordelia, la madre de Lark, en una casa de dos plantas en Fremont con un jardín trasero que en verano se llenaba de tomates que nadie sabía cocinar y que en invierno se convertía en un barrizal que el perro de la familia, un labrador viejo llamado Butter, disfrutaba enormemente.

—Llegas tarde —anunció Marnie, la hermana mayor de Lark, abriendo la puerta con un niño de dos años agarrado a la pierna y otro de cinco correteando detrás gritando algo sobre dinosaurios.

—Llego puntual. Sois vosotros los que habéis adelantado la hora de la comida sin avisarme.

—Mamá quería probar una receta nueva antes de que se le hiciera tarde para el postre. Entra, que hace un frío horrible.

La cocina de Cordelia olía a romero y a pollo asado, y sobre la encimera había una tarta de manzana a medio glasear que la propia Cordelia intentaba salvar con una manga pastelera improvisada hecha con una bolsa de plástico.

—Ah, ya era hora —dijo su madre sin levantar la vista del glaseado—. Tu hermana dice que has estado desaparecida toda la semana.

—He estado trabajando, mamá. Es lo que suelo hacer entre semana.

—Trabajando o evitando venir a comer porque no quieres que te pregunte por Grant.

Lark suspiró y se sentó en uno de los taburetes altos de la isla de la cocina, aceptando la copa de vino blanco que su hermana le tendió sin preguntar.

—No he estado evitando nada. Y no, no he sabido nada de Grant, ni quiero saberlo.

—Bien, porque tu prima Beatrice me dijo que lo vio la semana pasada en un restaurante del centro con una mujer rubia que llevaba un anillo demasiado grande para ser de compromiso reciente.

—Mamá.

—Solo digo lo que me dijeron. No estoy juzgando a nadie.

—Estás juzgando muchísimo.

Marnie soltó una carcajada mientras separaba a su hijo pequeño de la puerta del horno, donde se había acercado peligrosamente atraído por el calor, y Cordelia, lejos de ofenderse, sonrió con esa expresión de inocencia fingida que Lark conocía de toda la vida.

—Bueno, cambiando de tema —dijo Marnie, sentándose con su copa—. Fin me contó que conociste a un panadero.

—Fin tiene la boca demasiado grande.

—Fin es tu mejor amiga y hace bien en contarme las cosas importantes cuando tú no lo haces. ¿Es guapo?

—Es un cliente.

—Eso no responde a mi pregunta.

Lark bebió un trago largo de vino, ganando tiempo, y notó cómo el calor le subía a las mejillas de una manera que no tenía nada que ver con la temperatura de la cocina.

—Tiene una panadería en Ballard. Le hice un contrato de arrendamiento. Es simpático, hace muy buenos macarons, y no, no hay nada más que contar.

—Cuéntame más de los macarons entonces —dijo Cordelia, sin dejar de mover la manga pastelera con una precisión que desmentía su tono despreocupado—. ¿Cómo se llama la panadería?

—Wilder's Proof.

—¿Wilder? —Cordelia se detuvo un segundo, pensativa—. Espera, ¿no es la nieta de Ruth Wilder la que llevaba esa pastelería antigua en la Veinticuatro? Ay, hacía unos pastelitos de limón que eran capaces de resucitar a un muerto.

—Es su nieto, mamá. Emory.

—Ah, el nieto. Ruth hablaba de él todo el tiempo, en la iglesia. Decía que era el único de la familia con manos para la repostería, que sus otros nietos no sabían ni hervir agua.

—¿Conocías a su abuela?

—De la parroquia de Santa Brígida, hace años. Era una mujer maravillosa, con un genio de mil demonios cuando alguien intentaba tocarle el azúcar antes de que estuviera lista la mezcla, pero maravillosa. Murió hace... ¿tres años, quizás? Fue triste, mucha gente del barrio la echó de menos.

Lark sintió algo cálido asentarse en el pecho al escuchar esto, una pequeña confirmación de que el cariño con que Emory hablaba de su abuela no era una exageración sentimental, sino el reflejo exacto de lo que aquella mujer había significado para todo un vecindario.

—Deberías invitarlo a comer un domingo —propuso Marnie, con ese tono despreocupado que en realidad escondía una intención muy calculada—. Así lo conocemos todos y dejamos de imaginar cosas.

—No voy a invitar a un cliente a comer con la familia después de conocerlo hace dos días, Marnie.

—¿Por qué no? Grant vino a comer aquí la segunda semana que salisteis.

—Y mira cómo terminó eso.

El comentario cayó como una piedra en la conversación, y por un momento nadie dijo nada, hasta que Cordelia, con la delicadeza que solo una madre puede tener, cambió de tema hacia la tarta que aún necesitaba diez minutos más en el horno.

Comieron en el porche trasero, a pesar del frío, porque Cordelia insistía en que la casa necesitaba que alguien abriera las ventanas de vez en cuando aunque fuera invierno, y el niño mayor, Theo, pasó media comida explicándole a Lark con todo lujo de detalle la diferencia entre un tiranosaurio y un alosaurio, un tema sobre el que ella no tenía ninguna opinión formada pero que escuchó con genuina atención porque adoraba a su sobrino más de lo que jamás admitiría en voz alta.

—Tía Lark, ¿tú tienes novio? —preguntó de pronto Theo, con esa falta absoluta de filtro que solo tienen los niños de cinco años.

—No, cariño. No tengo novio.

—Mamá dice que casi te casas con un señor malo.

—¡Theo! —exclamó Marnie, horrorizada, mientras Lark soltaba una carcajada que le salió del pecho, genuina, la primera de todo el día.

—No pasa nada. —Lark le revolvió el pelo al niño—. Tu mamá tiene razón. Casi me caso con un señor que no era muy bueno para mí. Pero ahora estoy bien.

—¿Y vas a casarte con el señor de los pasteles?

Esta vez fue Cordelia quien se atragantó con el vino, y Marnie tuvo que darle golpecitos en la espalda mientras Lark, con las mejillas ardiendo, intentaba explicarle a un niño de cinco años los matices entre conocer a alguien y planear una boda, una explicación que resultó bastante más difícil de lo que había anticipado.

—Las cosas no funcionan así, Theo. Primero hay que conocer a la persona.

—Pues ya la conoces. Le hiciste un contrato.

—Eso no cuenta como conocerla de verdad.

—¿Y qué cuenta?

Lark abrió la boca para responder y se dio cuenta de que no tenía una respuesta clara, porque en algún momento entre firmar un contrato con un sello equivocado y tomar té chai un martes por la tarde, la línea entre conocer a un cliente y conocer a una persona se había vuelto sospechosamente borrosa.

—Cuenta el tiempo —dijo finalmente, sin mucha convicción—. Y las conversaciones de verdad.

—Pues entonces habla más con él —sentenció Theo, con la seguridad absoluta de quien no tiene ni idea de lo complicado que puede llegar a ser algo tan simple, y volvió a su plato de pollo sin darle más importancia al asunto.

Cuando Lark se marchó esa tarde, con un táper de tarta de manzana bajo el brazo que su madre había insistido en darle, caminó las siete manzanas hasta su apartamento pensando en la simplicidad brutal con la que su sobrino había resumido en dos frases lo que a ella le costaba entender desde hacía días.

Habla más con él. Y las conversaciones de verdad.

Sacó el teléfono, buscó entre sus contactos el número que Emory le había apuntado en el reverso de la tarjeta de la panadería mientras le explicaba las horas en que podía pasar a firmar el resto de los papeles, y durante casi un minuto entero se quedó mirando la pantalla sin escribir nada, hasta que finalmente tecleó un mensaje corto y lo envió antes de que la parte razonable de su cerebro pudiera convencerla de borrarlo.

Mi madre conocía a tu abuela. De la parroquia de Santa Brígida. Dice que hacía los mejores pastelitos de limón del barrio.

La respuesta llegó menos de tres minutos después, tan rápida que Lark sospechó que él había estado mirando el teléfono con la misma atención tonta con la que ella lo había mirado.

Eso es porque eran los mejores pastelitos de limón del barrio. Y probablemente del estado entero, aunque nunca se lo dije para no darle más ego del que ya tenía. ¿Tu madre va mucho por Ballard?

Vive en Fremont, pero cruza el puente por cualquier excusa si hay comida de por medio.

Entonces dile que venga cuando quiera. Invito yo. Y tú también puedes venir, claro, aunque eso ya lo doy por hecho.

Lark sonrió a la pantalla del teléfono, sola en la acera, con el táper de tarta de manzana calentándole las manos a través de la tela del abrigo, y por primera vez en ocho meses sintió que el futuro no era un territorio que había que planificar con cautela, sino un lugar al que podía, quizás, simplemente dejarse llevar.