Sellado con azúcar (Amores dulces 4) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La oficina de Donnelly & Asociados ocupaba la segunda planta de un edificio de ladrillo en la esquina de la Quinta con Pike, compartida con un despacho de arquitectos y una consulta de terapia de pareja cuyo ruido de fondo —risas, a veces llantos— se colaba por las tuberías del calefactor de un modo que Lark había aprendido a ignorar.

—¿Y bien? —preguntó Delphine Okafor en cuanto la vio entrar, girando la silla de su escritorio con el mismo gesto teatral de siempre—. ¿Cómo ha ido la cita del panadero?

—Es un cliente, Fin, no una cita.

—Ya, ya. ¿Y por qué traes esa cara de haber comido algo delicioso sin compartirlo?

Lark dejó la caja de macarons sobre el mostrador de recepción sin decir nada, y Delphine se abalanzó sobre ella con un chillido que hizo que el arquitecto del despacho de al lado asomara la cabeza por la puerta para comprobar que no pasaba nada grave.

—Está bien, tenías razón, era una cita encubierta de macarons.

—El contrato estaba en regla. Firmó todo sin rechistar, leyó cada cláusula, y cuando cometí un error con el sello se lo tomó con humor en vez de montarme una escena. Eso es todo.

—Eso es todo —repitió Delphine, con una sonrisa que decía claramente que no se creía ni una palabra—. Llevas ocho meses sin salir con nadie desde lo de Grant, y la primera vez que un hombre te regala dulces vuelves con esa cara de querer que nadie te pregunte nada.

Al oír el nombre de Grant, algo en Lark se tensó de manera casi imperceptible, un gesto que Delphine conocía bien y que la hizo bajar el tono de inmediato.

—Perdona. No quería sacarlo.

—No pasa nada. —Lark se sentó en su escritorio y encendió el ordenador—. Ya no me afecta como antes.

No era del todo mentira, pero tampoco era del todo verdad.

Grant Ashford había sido su prometido durante dos años, un abogado corporativo brillante, ambicioso, con una sonrisa perfecta para las fotografías de las revistas de negocios y una necesidad casi patológica de controlar hasta el color de las servilletas en las cenas de trabajo.

Había roto el compromiso ella, no él, ocho meses atrás, cuando por fin comprendió que la vida que él había diseñado para los dos no tenía ni un solo hueco pensado para lo que ella quería.

Desde entonces se había dedicado a reconstruir su despacho, su rutina, su nombre, ladrillo a ladrillo, sin dejar que nadie más volviera a decidir por ella dónde iba cada cosa.

Abrió la caja de macarons y probó uno de color verde pálido, pistacho, imaginó, con un centro de algo ácido, quizás frambuesa, que le hizo cerrar los ojos un segundo de puro placer.

—Está buenísimo —admitió.

—¿Ves? Ya está. Confiesa que el panadero te gustó.

—Se llama Emory. Y no, Fin, no todo en la vida gira en torno a si me gusta alguien o no. A veces un cliente es simplemente un cliente amable con buena repostería.

—Con hoyuelos, apuesto.

Lark no contestó, pero el silencio duró un segundo más de lo necesario, y Delphine soltó una carcajada triunfal antes de volver a su propio escritorio, satisfecha con la evidencia obtenida.

La mañana siguió con normalidad: dos escrituras de compraventa, un poder general para una mujer que se mudaba a Portland y necesitaba que su hermana gestionara sus cuentas, y una llamada de un cliente habitual, el señor Petrakis, que quería saber si podía notarizar un testamento sin que su hijo se enterara.

Lark le explicó, con la paciencia que llevaba años cultivando, que sí podía hacerlo, siempre que él estuviera en pleno uso de sus facultades y firmara de manera voluntaria, y quedaron para el jueves.

A las dos de la tarde, cuando salió a comer, decidió, sin admitir del todo por qué, dar un rodeo que la llevaba frente a Wilder's Proof.

No entró. Simplemente pasó por la acera de enfrente, con la excusa de que necesitaba comprar sobres en la papelería de la esquina, y vio a través del escaparate a Emory de pie tras el mostrador, riendo con un cliente mientras le entregaba una bolsa de papel marrón.

Llevaba el pelo, castaño oscuro y algo largo por delante, apartado hacia atrás con un movimiento de cabeza casi inconsciente, y por un instante, antes de que él pudiera verla, Lark se permitió mirar sin más excusa que las ganas de hacerlo.

Entonces él levantó la vista.

No había manera de fingir que pasaba por casualidad después de que sus ojos se cruzaran a través del cristal, así que Lark hizo lo único razonable: cruzó la calle y entró.

—Vaya, la notaria de las fresas —dijo Emory, apoyándose en el mostrador—. ¿Vienes a comprobar que no he falsificado ningún documento desde ayer?

—Vengo a por sobres. La papelería está al lado.

—Ya. —Él sonrió, sin creérselo del todo—. ¿Y los sobres llevan glaseado?

—No sabía que aquí también vendíais sobres.

—No vendemos. Pero si quieres, te vendo un café con leche y un cruasán mientras decides si de verdad ibas a la papelería o si en realidad querías otro macaron.

Lark dudó. Miró el reloj, calculó los minutos que le quedaban de descanso, y decidió, contra su costumbre, que por una vez podía llegar cinco minutos tarde.

—No tomo café —dijo—. Me altera el pulso y ya tengo suficiente con la cafeína del estrés diario.

—Interesante. Tenemos té chai casero, con especias que hace Cora, y una limonada de jengibre que os va a sorprender a los dos.

—El té chai suena bien.

Se sentó en la misma mesa alta junto a la ventana donde había firmado el contrato el día anterior, y Emory le llevó una taza humeante y un pequeño plato con un trozo de bizcocho de zanahoria sin que ella lo hubiera pedido.

—No lo he pedido —dijo, señalando el bizcocho.

—Lo sé. Es cortesía de la casa, para la clienta que descubrió que teníamos un sello de fresa escondido en la mochila.

—En el maletín.

—Detalles.

Se sentó frente a ella, con dos minutos libres antes de que llegara la hora punta de la tarde, y hablaron sin ningún propósito concreto, sobre nada en particular: sobre el barrio, sobre cómo había cambiado Ballard en los últimos diez años, sobre el ruido constante del tren de mercancías que pasaba tres calles más allá cada noche a las once y cuarto, puntual como un reloj.

—¿Llevas mucho en el edificio de la Quinta? —preguntó él.

—Cinco años. Antes trabajaba en un bufete grande, en el centro, pero decidí montar mi propia consultoría de notaría hace un tiempo. Necesitaba... —se detuvo, sin saber muy bien cómo terminar la frase sin sonar demasiado personal con un cliente al que conocía desde hacía apenas veinticuatro horas.

—¿Necesitabas?

—Necesitaba hacer algo que fuera solo mío. Sin nadie más decidiendo cómo debía verse el resultado.

Emory no preguntó más, algo que ella agradeció en silencio, porque había en su manera de no insistir un respeto que Grant jamás había tenido, siempre convencido de que cualquier silencio de Lark era una puerta que él tenía derecho a forzar.

—Yo dejé un puesto de segundo pastelero en un hotel del centro para abrir esto —dijo él, en cambio, ofreciéndole a cambio su propia pieza de información, como si entendiera el intercambio implícito—.

Ganaba mejor allí. Pero hacía tartas para bodas de gente que ni siquiera probaba su propio pastel, ocupados en la foto perfecta, y un día until me di cuenta de que llevaba tres años sin hacer nada que llevara el nombre de mi abuela. Así que lo dejé.

—¿Y no lo echas de menos? La estabilidad, quiero decir.

—Algunos días. Los días en que Cora me llama a las cinco de la mañana porque el horno grande se ha averiado otra vez y tenemos doscientos cruasanes a medio hornear.

Pero después llega alguien, se come algo que hice yo, con mis manos, con la receta de mi abuela, y pone la misma cara que ponía ella cuando probaba algo que le había salido bien.

Y entonces no lo echo de menos en absoluto.

Lark bebió un sorbo de té y sintió, por primera vez en mucho tiempo, que una conversación no tenía ninguna trampa escondida, ningún objetivo oculto, ninguna prueba que superar.

Solo dos personas hablando mientras la lluvia golpeaba el escaparate y el olor a mantequilla derretida flotaba entre ellos como una tercera presencia amable.

—Debería volver a la oficina —dijo finalmente, mirando el reloj con genuino pesar.

—Vuelve. Pero llévate el resto del bizcocho, que si no Cora se lo come antes de que llegue la hora de cerrar.

Salió de Wilder's Proof con una bolsa de papel en la mano y una sensación extraña en el pecho, algo parecido a la ligereza, que no había sentido en muchos meses.

Cruzó la calle sin mirar demasiado hacia atrás, aunque sabía, sin necesidad de comprobarlo, que Emory la observaba desde el escaparate con esa sonrisa torcida que le marcaba el hoyuelo solo en el lado izquierdo de la cara.