Sellado con azúcar (Amores dulces 4) CAPÍTULO 1
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Sellado con azúcar (Amores dulces 4)

Sellado con azúcar (Amores dulces 4)

Por Kella Foster

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CAPÍTULO 1

La lluvia de Seattle no avisaba nunca. Caía de golpe, como si el cielo hubiera decidido de pronto que ya estaba harto de contenerse, y Lark Donnelly llevaba veintinueve años aprendiendo a no fiarse de un cielo despejado a las ocho de la mañana.

Por eso, cuando salió del edificio de Ballard Avenue con su maletín de cuero marrón y el paraguas plegable metido en el bolsillo lateral, no se sorprendió al ver las primeras gotas salpicando el parabrisas de los coches aparcados.

Consultó el reloj. Las nueve y cuarto. Tenía una cita a domicilio a las nueve y media, la primera de la semana que no era en una notaría ni en un despacho de abogados, sino en una dirección que había tenido que buscar dos veces en el mapa porque el nombre del local le sonaba raro: Wilder's Proof.

—Panadería —murmuró para sí misma, releyendo la nota que le había dejado su ayudante, Delphine, pegada con un pósit amarillo al expediente—. Firma de contrato de arrendamiento comercial y poder notarial para gestión de proveedores. Cliente: Emory Wilder.

Metió los papeles en el maletín, se subió el cuello del abrigo y echó a andar.

Vivía a siete manzanas de la mayoría de sus citas, algo que agradecía cada vez que veía a sus colegas notarios quejarse del tráfico en el puente.

Ella caminaba, calculaba los minutos con la precisión de quien lleva media vida cronometrando reuniones, y llegaba siempre con margen.

La campanilla de la puerta de Wilder's Proof sonó con un tintineo alegre cuando entró, y el calor del horno la golpeó como una bofetada amable después del frío de la calle.

El local no era grande, pero estaba lleno de vida: vitrinas con cruasanes de pistacho, una torre de donuts glaseados de color lavanda, y un mostrador de madera oscura donde una mujer joven con el pelo rapado a un lado discutía por teléfono sobre un pedido de harina que no había llegado.

—No, no puede ser mañana, necesitamos la harina de centeno hoy o cancelamos el pedido del sábado —decía la mujer, y al ver a Lark levantó un dedo, pidiéndole paciencia, antes de seguir hablando.

Lark aprovechó para observar el lugar. Las paredes eran de ladrillo visto, con estanterías flotantes llenas de tarros de mermelada casera y una pizarra donde alguien había escrito con tiza blanca, en letra desordenada: hoy no hay excusas, solo mantequilla.

—Perdona la espera —dijo la mujer del mostrador, colgando por fin—. Soy Cora. ¿Vienes por lo del contrato?

—Lark Donnelly, notaria pública. Tengo cita con Emory Wilder a las nueve y media.

—Está en la cocina, luchando contra una masa que no quiere colaborar. Dame un segundo.

Cora desapareció tras una puerta batiente y, un momento después, se oyó un ruido sordo, algo parecido a una bandeja metálica cayendo al suelo, seguido de una palabrota ahogada.

Lark levantó las cejas. La puerta se abrió con más fuerza de la necesaria y por ella salió un hombre alto, con el delantal blanco cubierto de harina desde el pecho hasta las rodillas, y una mancha de chocolate en la mandíbula que no parecía saber que tenía.

—Disculpa el caos —dijo él, tendiéndole una mano que retiró de inmediato al darse cuenta de que estaba cubierta de masa—. Mejor no. Soy Emory Wilder.

—Lark Donnelly. Vengo a formalizar el contrato de arrendamiento y el poder notarial.

Él la miró un segundo de más, como si intentara colocarla en algún recuerdo, y después sonrió, una sonrisa torcida que le marcó un hoyuelo solo en el lado izquierdo de la cara.

—¿Te importa si primero salvo unos macarons? Llevan cuatro minutos en el horno y como se pasen un segundo se vuelven piedras con forma de nube.

—Adelante. Yo controlo el tiempo mejor que nadie que conozcas.

Él enarcó una ceja, divertido, y desapareció de nuevo en la cocina.

Lark se sentó en una de las mesas altas junto a la ventana, sacó los documentos y los ordenó sobre la superficie de mármol falso, alineando las esquinas con un gesto automático.

Le gustaba el orden. Le gustaba que cada papel supiera su sitio, que cada firma llegara en el momento exacto en que debía llegar, sin sorpresas, sin cambios de última hora.

Había pasado los últimos ocho meses reconstruyendo su vida precisamente alrededor de esa certeza, y no pensaba renunciar a ella por nada ni por nadie.

Cuando Emory volvió, ya sin el delantal manchado de chocolate mayor y con las manos limpias, se sentó frente a ella y estudió los papeles con una atención que a Lark le pareció, sinceramente, poco habitual en sus clientes.

—¿Sueles leerlo todo antes de firmar? —preguntó ella, genuinamente sorprendida—. La mayoría de la gente se salta las cláusulas y firma donde le digo.

—Mi abuela decía que quien no lee lo que firma se merece lo que le pase después. Y ella tenía razón en casi todo, así que le hago caso incluso ahora que ya no está para comprobarlo.

Algo en la manera en que lo dijo, sin dramatismo, con una media sonrisa que no llegaba a los ojos, hizo que Lark levantara la vista de los documentos.

—¿La abuela de las recetas? He visto el cartel de fuera. Wilder's Proof, desde 1987, dice.

—Ella empezó el negocio en un local mucho más pequeño, a dos calles de aquí. Yo lo reabrí hace tres años, después de que ella muriera, con casi todas sus recetas y ninguna de sus manos, que eran las que de verdad sabían hacer las cosas bien.

—Pues por lo que he visto entrando, a la gente no le importa la diferencia.

—Eso espero, porque si no, me voy a arruinar rodeado de harina.

Lark no pudo evitar sonreír. Le señaló las páginas marcadas con pósits de colores: la cláusula de renovación, la cláusula de responsabilidad ante daños del local, el poder notarial limitado que le permitiría a Cora firmar pedidos en su ausencia.

—Aquí, aquí y aquí —dijo, señalando cada firma—. Y en la última página necesito tu documento de identidad para comprobar que la firma coincide.

Emory sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón y, al abrirla, un pequeño rectángulo de papel cayó revoloteando hasta el suelo.

Se agachó a la vez que Lark, y sus manos casi se rozaron sobre la fotografía: una mujer mayor con el pelo blanco recogido en un moño, sonriendo frente a un horno industrial, con las mejillas sonrojadas por el calor.

—Mi abuela —dijo él, guardándola de nuevo con cuidado, como si fuera de cristal—. La llevo siempre encima. Dice Cora que es una tontería sentimental, pero a mí me gusta pensar que sigue vigilando que no se me queme el pan.

—No es ninguna tontería.

Lo dijo con más firmeza de la que pretendía, y Emory la miró de una forma distinta, como si acabara de descubrir que la mujer seria y ordenada que tenía delante escondía algo más debajo de la superficie pulida.

Firmaron los documentos en silencio, un silencio que no era incómodo sino más bien expectante, roto solo por el sonido del sello de Lark presionando el papel oficial, uno tras otro.

Cuando llegó a la última página, buscó el sello en el bolsillo interior del maletín y, al presionarlo contra el papel, se dio cuenta de inmediato de que algo iba mal.

La marca no era la suya. En vez del águila y las palabras Estado de Washington, Notario Público, había quedado impreso un pequeño dibujo de una fresa con una corona, el sello de fantasía que su sobrina de seis años le había regalado por su cumpleaños y que ella, entre risas, había guardado en el mismo bolsillo del maletín sin pensar que algún día podría confundirlos.

—Vaya —dijo, mirando la mancha morada en forma de fresa estampada justo al lado de la firma de Emory—. Esto no debería estar aquí.

Él se inclinó para mirar, y una carcajada franca, sin ninguna contención, le cambió toda la cara.

—¿Acabas de sellar mi contrato de arrendamiento con una fresa con corona?

—Mi sobrina me lo regaló. No pensé que fuera a confundirlo con el oficial.

—Yo creo que deberíamos dejarlo así. Le da un toque de distinción al documento. Dentro de treinta años, cuando algún abogado se pregunte qué es esa fresa, nadie va a tener una explicación mejor que la verdad.

—Voy a tener que repetir la página —dijo Lark, ya buscando el sello correcto entre los bolsillos, con las mejillas ligeramente encendidas por la vergüenza de haber cometido, por primera vez en cinco años de profesión, un error tan tonto.

—Repítela si quieres, pero yo me quedo con una copia de esta antes. Es la prueba de que hasta la notaria más seria de Seattle tiene un lado ridículo.

—No soy ridícula.

—No he dicho ridícula. He dicho que tienes un lado ridículo. Todo el mundo lo tiene, solo que no todos lo enseñan tan pronto.

Lark firmó la página nueva, esta vez con el sello correcto, y guardó los documentos duplicados en carpetas separadas, una para el archivo del cliente y otra para su propio registro.

Cuando terminó de recoger, Emory ya había desaparecido otra vez tras la puerta batiente, y regresó con una caja pequeña, de cartón blanco, atada con un cordel rojo.

—Para el camino —dijo, tendiéndosela—. Son los macarons que salvé. Considéralo mi manera de compensar el susto de la fresa.

—No hacía falta.

—Ya lo sé. Por eso lo hago.

Ella dudó un segundo antes de aceptar la caja, consciente de que aceptar regalos de clientes no era exactamente el protocolo que seguía siempre, pero había algo en la sonrisa torcida de Emory Wilder que hacía que las normas parecieran, de repente, menos urgentes de lo habitual.

—Gracias —dijo finalmente—. Y enhorabuena por el contrato. Espero que el local siga siendo tuyo muchos años más.

—Con la fresa vigilando, seguro que sí.

Salió a la calle con la caja de macarons bajo el brazo y el maletín en la otra mano, y la lluvia, que había amainado mientras estaba dentro, volvió a arreciar justo cuando llegó a la esquina.

Abrió el paraguas con un gesto automático y caminó de vuelta a la oficina pensando, sin querer admitirlo del todo, en el hoyuelo que solo aparecía en el lado izquierdo de la cara de un hombre que guardaba la foto de su abuela en la cartera y que reía como si nada en el mundo pudiera hacerle daño.

No sabía todavía que se equivocaba en esa última parte. Pero lo descubriría pronto, y ella estaría allí para verlo.