Seis mil razones para casarse Capítulo 20
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Capítulo 20

—Como te muevas un centímetro más, te clavo un alfiler sin querer, y con lo nervioso que estás, no respondo de las consecuencias.

Amaia, que además de recepcionista de la academia ha resultado tener mano para la costura y se ha ofrecido a arreglarme el traje en el último momento, me sujeta la chaqueta con una hilera de alfileres en la boca que hacen que su amenaza suene bastante menos intimidante de lo que pretende.

—Es que me pica el cuello.

—Aguanta. Faltan cinco minutos.

Me miro al espejo mientras Amaia da los últimos retoques, y durante un segundo casi no me reconozco: el traje azul marino, el pelo peinado hacia atrás con más esmero del habitual, la cara de un hombre que hace un año no era capaz de imaginarse llegando hasta aquí, y sin embargo, ahí está, en el espejo, mirándome con una tranquilidad que no esperaba sentir un día como hoy.

—¿Ya has terminado de mirarte al espejo, guapo? —pregunta Peio, asomando la cabeza por la puerta—. Porque como sigas así otros cinco minutos, va a haber que buscar un espejo más grande solo para tu ego.

—Cállate, Peio.

—Es broma. Estás perfecto. Anda, vamos, que tu chica te espera.

Peio, ya vestido de padrino con un traje que le queda sorprendentemente bien para tratarse de él, se pasea por la sala pequeña de la ermita que la tía Braulia consiguió reservar en su urbanización, revisando su móvil cada dos segundos.

—¿Algún mensaje de las chicas? —le pregunto, intentando no moverme mientras Amaia termina con el último alfiler.

—Nekane dice que Olalla está lista. Y que está preciosa, y que si sigues así de nervioso te va a dar algo antes de llegar al altar.

—No estoy nervioso.

—Roque, te está temblando la pierna desde hace diez minutos.

Miro hacia abajo. Tiene razón. Respiro hondo, intentando calmarme, y en ese momento entra mi madre, ya vestida de gala, con Uxue de la mano enfundada en un vestido de dama de honor que ha elegido ella misma tras un proceso de selección que duró tres tiendas enteras y una crisis de nervios en el probador.

—Hijo. Estás guapísimo.

—Ama, no llores todavía, que quedan como quince minutos para que tenga sentido llorar.

—Voy a llorar cuando me dé la gana, que para eso soy la madre del novio.

Se me escapa una risa que rompe un poco la tensión acumulada, y Uxue, soltándose de la mano de mi madre, se acerca a comprobar el ramo que le toca llevar, un ramo de flores blancas parecido al de aquella boda de mentira en el juzgado, aunque esta vez comprado con toda la intención del mundo y ningún ánimo de disimular nada delante de nadie.

—¿Estás nervioso? —me pregunta, con esa seriedad de los doce años y medio que ya tiene, más alta que la última vez que la vi, hace apenas unos meses, con el frenillo todavía brillándole en los dientes cada vez que sonríe.

—Un poco. Pero de los nervios buenos.

—Yo también estoy nerviosa. Tengo que lanzar los pétalos en el momento justo y no antes, que lo he ensayado con ama toda la semana.

—Lo vas a hacer perfecto, ya lo verás.

Mi madre, que ha estado escuchando el intercambio con una sonrisa acuosa, se acerca a arreglarme el cuello de la camisa por tercera vez en diez minutos, un gesto que ya no tiene ninguna función práctica real pero que le sirve, sospecho, para tener las manos ocupadas y no venirse abajo del todo.

—Ama, el cuello ya está bien.

—Déjame, que para eso soy tu madre.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —le digo, dejándola seguir con el cuello—. Que hace seis meses, cuando te conté por primera vez lo del contrato con Olalla, pensé que ibas a matarme.

—Estuve a punto, para que lo sepas. Pero luego te vi la cara cuando hablabas de ella, y esa cara, hijo, no es la cara de alguien haciendo un trato de negocios. Lo supe desde el principio, aunque tardaras tú un poco más en admitirlo.

Se aparta por fin, satisfecha con el cuello, y me mira de arriba abajo con esa mezcla de orgullo y nostalgia que solo las madres consiguen transmitir sin decir una palabra más.

Amaia asoma la cabeza por la puerta, con el kit de costura todavía en la mano por si acaso, y nos mira a los dos con una sonrisa que sugiere que ha estado escuchando la conversación entera sin ningún pudor.

—Perdonad, no quería interrumpir un momento así de bonito. Pero Roque, de verdad, ya no puedo estirar más la chaqueta sin que se note el arreglo, así que vas a tener que dejar de crecer emocionalmente durante los próximos cinco minutos, que buena falta te hace estarte quieto.

Me río, a pesar de los nervios, y mi madre aprovecha la distracción para escaparse discretamente a secarse los ojos en el pasillo, dejándonos a Amaia y a mí terminando los últimos retoques del traje con una normalidad que contrasta, de un modo casi cómico, con la magnitud de lo que está a punto de pasar.

—Tu padre se perdió esto —dice, de repente, con una voz distinta—. Se perdió verte convertido en el hombre que eres. Pero yo estoy aquí, y pienso disfrutar este día por los dos.

No sé qué contestarle a eso, así que me limito a abrazarla, con cuidado de no arrugarle el vestido, y nos quedamos así un momento, en silencio, hasta que llaman a la puerta. Es Iratxe, que ha venido no como abogada sino como invitada, sonriendo con esa media sonrisa suya tan característica.

—Cinco minutos, Roque. ¿Preparado?

—Preparado.

Uxue nos alcanza en el pasillo, con el cesto de pétalos ya preparado, tan nerviosa por su papel en la ceremonia que casi tropieza con el bajo de su propio vestido antes de llegar hasta nosotros.

—¿Ya, ya? ¿Es ahora?

—Es ahora, enana. Vamos.

Salimos hacia la ermita, un edificio pequeño de piedra en la urbanización de la tía Braulia, con vistas que efectivamente son tan bonitas como ella siempre presumía, y me coloco donde me indica el oficiante, un amigo de la familia de Olalla que se ha sacado el título online expresamente para poder casarnos él mismo, con Peio a mi lado dándome palmaditas de ánimo cada pocos segundos.

Los invitados no son muchos —apenas cincuenta personas entre familia y amigos cercanos—, pero entre ellos están todos los que de verdad importan: mi madre, ya llorando sin ningún pudor en primera fila; Nayara, que ha cerrado la hamburguesería por primera vez en su historia reciente para poder venir; Sagrario e Iranzu, sentadas juntas y ya visiblemente emocionadas; Fermín, invitado por sorpresa de Olalla, que insistió en que sin su torpe intervención en el comité las cosas podrían haber salido muy distintas; y la tía Braulia, radiante de satisfacción por haber conseguido, por fin, la boda de verdad que llevaba meses reclamando.

Nayara ha venido acompañada, para sorpresa de todos, de un chico bastante más joven que ella al que presenta simplemente como «un amigo» con una sonrisa que sugiere que es bastante más que eso, y Amaia, la recepcionista de la academia convertida en costurera de emergencia, se sienta al lado de mi madre, con quien ha entablado una conversación animada sobre patrones de costura antes incluso de que empezara la ceremonia.

Iratxe llega de las últimas, disculpándose por un juicio que se le ha alargado más de la cuenta, y se sienta junto a Sagrario e Iranzu con la familiaridad de quien, sin haberlo buscado, ha terminado formando parte del grupo de gente que ha acompañado a Olalla y a mí durante los momentos más difíciles de este último año.

Empieza a sonar la música, una canción que Olalla y yo elegimos juntos una noche cualquiera, sin solemnidad, discutiendo entre risas qué canción pegaba mejor con una historia que empezó con un insulto en un semáforo, y todo el mundo se gira hacia la puerta de la ermita.

Y ahí está, en el umbral, con el grupo de música manteniendo los últimos acordes con una lentitud casi teatral, como si supieran que este es el momento que todo el mundo ha venido a ver.

Olalla entra del brazo de Nekane, porque decidió que no quería que nadie «la entregara» como si fuera un objeto, sino que prefería que la acompañara la persona que más la había sostenido toda la vida, y lleva un vestido sencillo, sin demasiados adornos, exactamente como la conozco, con el pelo suelto y una sonrisa que no intenta disimular ni un poco los nervios que se le notan en cada paso.

Se me hace un nudo en la garganta que no consigo deshacer del todo, y cuando por fin llega a mi lado, con Uxue lanzando los pétalos con una puntería mejorable pero un entusiasmo intachable, me susurra algo antes de que empiece la ceremonia oficial.

—Hola, marido.

—Hola, mujer. Otra vez.

—Esta vez va en serio del todo.

—Esta vez va en serio del todo, sí.

La ceremonia es breve, sin discursos largos ni formalidades excesivas, porque ninguno de los dos quería una boda de las que se olvidan de la gente por centrarse en el espectáculo, y cuando llega el momento de los votos, decidimos, sin habernos puesto de acuerdo del todo, saltarnos el guion que nos había preparado el oficiante y hablar sin papel, cada uno por su cuenta.

—Yo no sabía nada de bodas de verdad cuando empezó esto —digo, con la voz más ronca de lo que esperaba—.

Pensaba que el amor tenía que costar algo, que había que ganárselo currando duro, sin descanso, sin permitirse recibir nada gratis.

Olalla me enseñó que no, que a veces las cosas buenas llegan sin factura, y que lo único que hay que hacer es tener el valor de aceptarlas sin sospechar trampa.

Prometo seguir aprendiendo eso cada día, contigo, el resto de mi vida.

Uxue, sentada en primera fila junto a mi madre, se seca los ojos con la manga del vestido de dama de honor con una discreción que no engaña a nadie, y ese pequeño gesto, más que cualquier otra cosa, me confirma que estoy diciendo exactamente lo que tenía que decir.

A Olalla se le escapan un par de lágrimas que no se molesta en secarse, y cuando le toca a ella, habla con esa voz firme que ya conozco de las salas de comité, aunque temblándole un poco al final de cada frase.