Capítulo 19 #2
Roque, por su parte, se enfrenta a su propio reto particular: convencer a Peio de que un discurso de padrino no debe incluir, bajo ninguna circunstancia, ninguna de las anécdotas más vergonzosas de su adolescencia compartida, una negociación que se extiende durante semanas y que termina, según me cuenta Roque entre risas, con un acuerdo de mínimos que ninguno de los dos está completamente seguro de que Peio vaya a respetar el día de la boda.
En algún momento de todo este torbellino, entre pruebas de vestido y degustaciones de menú, me doy cuenta de que llevo semanas sin pensar ni una sola vez en Bilbao, en el comité, en Verónica, en nada de lo que hace apenas unos meses ocupaba cada rincón de mi cabeza, y esa ausencia, esa capacidad de por fin vivir el presente sin la sombra constante de una crisis a punto de estallar, es quizás el regalo más valioso de todo este proceso.
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El primer viernes de desplazamiento a Bilbao, dos semanas antes de la boda, llega con más ilusión que nervios, algo que no esperaba dado lo agotador que fue todo el proceso para llegar hasta aquí.
Cojo el tren de las siete de la mañana, con un café para llevar y el portátil ya abierto sobre las rodillas, y durante el trayecto de poco más de una hora repaso los puntos de la reunión de dirección regional con una tranquilidad que hace unos meses me habría parecido imposible.
La oficina de Bilbao es más grande que la de Vitoria, con vistas a la ría desde la sala de reuniones, y el equipo local me recibe con una mezcla de curiosidad profesional y cierta cautela comprensible, dado que soy la primera subdirectora que dirige el equipo sin estar físicamente presente la mayor parte de la semana.
—Así que usted es la del modelo híbrido —me dice uno de los comerciales, con un tono que no consigo descifrar del todo entre la broma y la evaluación.
—La misma. Espero demostrarles que funciona tan bien como funcionaría estando aquí todos los días.
—Ya veremos —contesta, aunque con una sonrisa que suaviza bastante la duda implícita en la frase.
Al final del día, antes de coger el tren de vuelta, la responsable de recursos humanos de la delegación de Bilbao se acerca a despedirse, con una calidez que no esperaba dado lo formal que ha sido todo el día.
—Si le sirve de algo saberlo, llevaba tiempo pensando que este departamento necesitaba una sacudida así, alguien dispuesto a hacer las cosas de otra manera. Bienvenida, de verdad.
—Muchas gracias. Espero estar a la altura.
De vuelta en el tren, con el paisaje verde de camino a Vitoria pasando cada vez más rápido según cae la tarde, pienso en lo mucho que ha cambiado mi relación con el trabajo desde que empezó todo esto: antes era una carrera solitaria hacia un objetivo que medía en ascensos y evaluaciones trimestrales; ahora es una parte más de una vida entera que incluye a Roque, a su familia, a la mía, al anillo de compromiso que llevo puesto en la mano y que aún no me acostumbro del todo a mirarme, y esa idea, la de que el trabajo ya no es el centro absoluto de mi existencia sino una pieza más de un conjunto mucho más grande, es quizás el cambio más profundo de todos los que ha traído consigo esta historia disparatada.
Al bajar del tren en Vitoria, con la mochila al hombro y el cansancio del día entero pesándome en las piernas, veo a Roque esperándome en el andén, algo que no me había dicho que iba a hacer, y el simple hecho de encontrármelo ahí, sonriendo, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, me quita de golpe todo el cansancio acumulado.
—¿Qué haces aquí? Podía haber cogido un taxi perfectamente.
—Ya lo sé. Pero me apetecía verte una hora antes de lo previsto.
Caminamos hacia el coche que ha aparcado cerca de la estación, cogidos de la mano, y durante todo el trayecto a casa me cuenta los detalles de su día, del curso de electricidad que avanza mejor de lo esperado, de una anécdota de Peio que me hace reír a carcajadas en mitad del semáforo, el mismo tipo de semáforo donde empezó, sin que ninguno de los dos lo supiera entonces, todo lo que ahora tenemos.
La reunión transcurre bien, mejor de lo que esperaba, y de vuelta en el tren, ya de noche, con la ciudad de Bilbao quedando atrás entre las luces del atardecer, le mando un mensaje a Roque contándole cómo ha ido el primer día, y su respuesta, breve y cariñosa, me hace sonreír todo el resto del trayecto de vuelta a casa, a la ciudad y a la vida que por fin he conseguido no tener que elegir entre sacrificar.
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La semana antes de la boda, Iratxe me llama para un último detalle legal que se me había pasado completamente por alto entre tanto ajetreo de flores y menús.
—Con el nuevo matrimonio «oficial y sentimental», como lo llamas tú, no cambia nada a nivel legal, porque seguís siendo la misma pareja casada desde el punto de vista del registro civil.
Pero si queréis hacer algún cambio en el régimen económico, por ejemplo pasar de separación de bienes a gananciales, este sería el momento de planteároslo.
—¿Tú qué recomendarías?
—Eso depende enteramente de vosotros, no es una decisión que deba tomar yo.
Pero si me preguntas mi opinión profesional, después de veros pelear juntos contra un detective privado, un comité de dirección general entero y media empresa de seguros de esta ciudad, diría que sois de los pocos matrimonios que conozco donde el papel, sea cual sea, apenas importa ya frente a lo que hay de verdad entre vosotros.
Se lo comento a Roque esa noche, y decidimos, sin darle demasiadas vueltas, dejarlo todo como está, separación de bienes incluida, no por desconfianza sino porque, después de todo lo que hemos pasado, ninguno de los dos necesita ya que un papel confirme lo que los dos sabemos de sobra.
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La víspera de la boda, Nekane organiza una despedida improvisada, mucho más modesta que las que se ven en las películas, consistente en una cena de chicas en su casa con Sagrario, Nayara, Iranzu y mi madre, que insiste en participar «porque a mi edad ya me he ganado el derecho a colarme en las despedidas de mis hijas».
—Ama, no soy tu hija todavía del todo, solo nuera.
—Detalles administrativos, Olalla. Para mí ya eres de la familia desde el día que te vi mirar a mi hijo como si fuera lo más interesante de la sala, aunque los dos os empeñarais en fingir que erais solo un acuerdo comercial.
Todas se ríen, y la noche transcurre entre anécdotas, algo de vino y una sesión de fotos improvisada con un photocall casero que Nayara ha traído sin que nadie se lo pidiera, con la palabra «Última noche de soltera (otra vez)» escrita a mano con rotulador, un detalle que resume perfectamente lo peculiar de toda esta historia.
Antes de irme a dormir a casa de mi madre, porque la tradición de no ver al novio la noche antes es una de las pocas convenciones que hemos decidido respetar, Sagrario me para en la puerta con una expresión más seria de lo que ha sido el resto de la noche.
—Olalla. En serio. Estoy muy orgullosa de ti. De todo lo que has conseguido este año, no solo lo de Roque, sino también lo del trabajo, lo de plantarle cara a un comité entero, lo de salir de esta con la cabeza bien alta.
—No lo habría conseguido sin vosotras, Sagrario. Sin ti, sin Nekane, sin nadie de los que me habéis aguantado estos meses.
—Para eso están las amigas, para aguantar y para celebrar. Mañana toca celebrar, así que duerme bien, que te espera un día muy largo.