Capítulo 19
—¿Un paseo? ¿Ahora, con el frío que hace?
—Un paseo corto. Al parque de la Florida.
Roque lleva toda la tarde raro, con una energía nerviosa que le hace tamborilear los dedos contra cualquier superficie disponible y contestar a medias a las preguntas que le hago, y cuando me propone el paseo con esa insistencia poco habitual en él, mi primer instinto es sospechar que algo va mal, no que algo vaya especialmente bien.
—¿Estás bien? Llevas rara toda la tarde... digo, raro.
—Estoy perfectamente. Solo me apetece que demos un paseo. ¿Tanto delito es eso?
Me pongo el abrigo, todavía con la sospecha rondándome, y salimos hacia el parque en un silencio que Roque llena de comentarios sobre el tiempo tan poco naturales que casi me da la risa, porque el hombre que conozco, el que casi me insultó en un semáforo hace medio año, no es precisamente de los que hablan del tiempo por hablar.
—¿Seguro que no prefieres que cojamos el coche? Hace bastante frío para ir andando.
—El paseo es parte del plan, Olalla. Confía en mí.
—Eso es exactamente lo que dice la gente justo antes de que algo salga mal.
—O justo antes de que algo salga perfecto. Depende del punto de vista.
El parque de la Florida está prácticamente vacío a esta hora, con las hojas de los árboles ya cayendo en esa transición del verano hacia el otoño que en Vitoria siempre llega con más viento del necesario, y cuando llegamos al banco donde tuvimos aquella conversación sobre el empadronamiento, hace ya tantos meses que casi parece otra vida, Roque se para en seco, mirándolo con una expresión rara.
—¿Te acuerdas de este banco?
—Claro que me acuerdo. Aquí fue donde me confesaste que ibas a tener que mudarte un poco a mi casa de mentira.
—Aquí fue donde dejé de sentir que esto era mentira, en realidad. Aunque tardé un poco más en decírtelo.
Me quedo mirándolo, sin entender del todo a dónde quiere llegar con esto, hasta que se agacha, ahí mismo, en mitad del parque, con las hojas cayendo a nuestro alrededor como si el otoño entero se hubiera puesto de acuerdo para hacer de esto una escena de película, y se saca del bolsillo una cajita pequeña que no había visto en su vida.
Se me para el corazón un segundo entero.
—Roque.
—Déjame decirlo antes de que digas nada, porque llevo ensayando esto tanto rato que si no lo suelto ahora, no sé si me va a salir después.
—Respira hondo, con la caja todavía cerrada en la mano y una sonrisa nerviosa que le tiembla un poco en las comisuras—.
Hace seis meses casi me atropellas en un semáforo y me ofreciste dinero por casarte conmigo.
Te dije que estabas loca, y en parte tenía razón, porque hacía falta estar un poco loca para hacer algo así.
Pero resulta que esa locura tuya me trajo hasta aquí, hasta este banco, hasta esta vida que ni en mis mejores sueños hubiera imaginado hace medio año.
Ya estamos casados, técnicamente, pero quiero pedírtelo de verdad, sin contrato, sin comité de empresa esperando, solo porque te quiero y quiero pasar contigo el resto de mi vida, con boda de verdad, con tarta, con Uxue de dama de honor exigiendo elegir la música, con toda la parafernalia que nos saltamos la primera vez.
Olalla Etxaniz, ¿quieres casarte conmigo? Otra vez. De verdad esta vez.
Abre la caja, y dentro hay un anillo sencillo, precioso, exactamente el tipo de anillo que yo misma habría elegido si alguna vez me hubiera permitido soñar con este momento, y me doy cuenta de que estoy llorando antes incluso de haber podido articular ninguna respuesta.
—Sí. Sí, joder, claro que sí.
Me pone el anillo con las manos temblándole tanto que tarda el doble de lo necesario, y cuando por fin lo consigue, me abraza con una fuerza que me levanta un poco del suelo, ahí mismo, en mitad del parque, con las hojas cayendo y un par de vecinos paseando perros que se giran a mirarnos con esa sonrisa cómplice que se dedica a los desconocidos felices en público.
—Esto sí que no estaba en el contrato original —le digo, contra su cuello, entre risas y lágrimas mezcladas.
—No. Esto es mejor que cualquier contrato que hayamos firmado nunca.
Nos quedamos un rato más en el banco, con el frío empezando a notarse de verdad ahora que la emoción inicial va bajando un poco, y Roque me cuenta lo del anillo, lo de su abuela, lo de la conversación con su madre, y algo en la manera en que me lo explica, con ese pudor suyo tan poco habitual, me hace llorar todavía más que la propia pedida.
—¿Sabes qué es lo que más me ha gustado de todo?
—le digo, secándome las lágrimas con la manga del abrigo—.
Que no me lo hayas pedido en un sitio nuevo, elegido solo para impresionar.
Lo has hecho aquí, en un banco de parque cualquiera, en el sitio donde de verdad empezó todo esto, aunque ninguno de los dos lo supiera en su momento.
—Quería que fuera un sitio nuestro, no un sitio bonito sin más.
—Lo has conseguido. De sobra.
—¿Por qué no me habías contado nunca lo del anillo de tu abuela?
—Porque nunca había surgido el momento. Y porque quería que este fuera el momento, si al final llegaba.
—Ha llegado, Roque. Ha llegado clarísimamente.
Me abraza otra vez, más despacio esta vez, sin la urgencia inicial de la pedida, y nos quedamos así un buen rato, con el parque vaciándose poco a poco a nuestro alrededor mientras anochece, hasta que el frío nos obliga finalmente a levantarnos del banco que, sin que ninguno de los dos lo planeara al principio, se ha convertido en el escenario silencioso de dos de los momentos más importantes de nuestra historia entera.
De camino a casa, todavía con el anillo brillándome en la mano de una manera que no consigo dejar de mirar cada dos minutos, le mando un mensaje a Sagrario, la única persona a la que no le habíamos contado el plan por adelantado.
«Está hecho. Roque me lo ha pedido. He dicho que sí, obviamente.»
Su respuesta llega en menos de diez segundos, con tantos signos de exclamación que el mensaje tarda un momento en cargar del todo, seguida casi de inmediato por una llamada que contesto entre risas, todavía con el frío del parque metido en los huesos y la felicidad instalada en el pecho de una manera que no sé si algún día voy a dejar de sentir tan intensamente como la siento ahora mismo.
· · ·
Se lo contamos a todo el mundo esa misma noche, empezando por Nekane, que ya lo sabía por supuesto, gracias a la ayuda que le prestó a Roque sin decírmelo, y siguiendo por mi madre, que suelta un grito tan fuerte al otro lado del teléfono que tengo que apartarme el aparato de la oreja durante un buen rato.
—¡Al fin! ¡Ya era hora! Ahora sí que voy a poder llamar a la tía Braulia con noticias de verdad.
—Ama, cálmate un poco.
—No pienso calmarme. Llevo meses esperando esta llamada. ¿Cuándo es la boda? ¿Dónde? ¿Qué tipo de vestido estás pensando? ¿Puedo empezar a mirar catering ya o es muy pronto?
Me río, dejando que mi madre se emocione a su ritmo, y mientras la escucho hacer planes a una velocidad que no me da tiempo de seguir del todo, miro a Roque, sentado a mi lado con esa sonrisa tonta que no se le ha borrado de la cara desde el parque, y pienso que después de todo lo que hemos pasado —el contrato, la mentira convertida en verdad, Verónica, el detective, Bilbao, el comité entero—, esto, este momento sencillo de una madre emocionada planeando una boda por teléfono, es exactamente la clase de normalidad que nunca supe que estaba buscando hasta que la encontré, de la manera más rara posible, en un semáforo cualquiera de esta ciudad.
· · ·
Los tres meses siguientes se convierten en un torbellino de preparativos que ninguno de los dos había planeado gestionar en tan poco tiempo, con la tía Braulia asumiendo un papel de coordinadora general que nadie le pidió pero que ejerce con una autoridad incuestionable desde el primer día.
—La ermita de mi urbanización, sin discusión posible —anuncia, la primera vez que nos sentamos a hablar de detalles, con una carpeta de fotos del lugar que ha preparado con más antelación de la que resulta cómodo preguntar—.
Tiene capacidad para cincuenta personas, un jardín precioso para el banquete, y conozco al administrador de toda la vida, así que el precio del alquiler va a ser prácticamente simbólico.
—Tía, todavía no hemos hablado de fecha ni de nada.
—La fecha la vais a decidir vosotros, faltaría más. Pero el sitio, hija, el sitio ya está decidido, que llevo meses reservándomelo mentalmente por si acaso.
Decidimos la fecha para dentro de tres meses, un sábado de finales de octubre, con el otoño todavía suave en Vitoria antes de que llegue el frío de verdad, y a partir de ahí todo se acelera a una velocidad que no había previsto: pruebas de vestido con mi madre y Nekane opinando sobre cada detalle con vehemencias contradictorias, degustaciones de menú con Roque poniendo cara de estar sufriendo horrores cada vez que le sirven algo con verdura, reuniones con floristas, con músicos, con un fotógrafo que resulta ser primo lejano de Sagrario y que nos hace un precio especial por «formar parte ya de la familia extendida de la oficina».
Uxue se toma su papel de dama de honor con una seriedad que roza lo profesional, presentándose un domingo cualquiera con una lista escrita a mano de «cosas importantes que hay que decidir ya», que incluye, entre puntos razonables sobre la decoración, una insistencia especial en que se sirva tarta de chocolate «porque es la mejor, no hay discusión posible en esto».
—Vale, Uxue. Tarta de chocolate.
—Y quiero elegir yo una canción para el baile. Solo una.
—Trato hecho.
Mi madre se une a los preparativos con un entusiasmo que no esperaba, insistiendo en encargarse personalmente de los arreglos florales «porque para eso tengo mano, hija, que no es por presumir», y aunque al principio dudo un poco de sus dotes de floristería improvisada, el resultado final, cuando llegan las primeras muestras, resulta ser mucho mejor de lo que había imaginado.