Seis mil razones para casarse Capítulo 18
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Capítulo 18

La palabra «pronto» se me queda rondando por la cabeza toda la semana siguiente, porque después de oír a Olalla decírsela a su madre por teléfono, con esa naturalidad que no tenía hace unos meses cuando hablar de boda de verdad la ponía tensa de inmediato, empiezo a darle vueltas a algo que llevo tiempo pensando y que todavía no me he atrevido a decir en voz alta.

Se lo comento a Peio una tarde, mientras vemos un partido que ninguno de los dos sigue de verdad.

—Quiero pedirle matrimonio. De verdad, con anillo y todo.

Peio baja el volumen de la tele, cosa que no hace ni por incendios, y se gira a mirarme con una expresión que mezcla la sorpresa y algo parecido al orgullo mal disimulado.

—Roque. Ya estáis casados.

—Ya lo sé, pero eso fue... otra cosa. Un trámite. Quiero pedírselo de verdad, sin seis mil euros de por medio, sin comité de empresa esperando, solo porque quiero pasar el resto de mi vida con ella y quiero que lo sepa de la manera que se merece.

—Vale, esto sí que es nuevo. ¿Y cómo se lo vas a pedir? Porque el semáforo donde os conocisteis queda un poco descartado por razones obvias.

—Había pensado en eso, la verdad, aunque solo fuera de broma. Pero no, algo un poco más romántico que un cruce de peatones.

—Menos mal. Imagínate el careto del cura, o lo que sea que se use ahora, si le cuentas que la propuesta fue plantada en mitad de un semáforo.

—Todavía no lo tengo pensado del todo. Pero se me ocurrirá algo.

—Últimamente se te ocurren muchas cosas, colega. Cuidado, que un día de estos te va a salir bien una del todo.

Me río, dándole un cojín en la cabeza, y esa noche, tumbado en mi cama hundida por el centro, empiezo a hacer una lista mental de posibles maneras de pedírselo, descartando una tras otra por parecerme demasiado cursis, demasiado predecibles, o demasiado poco «nosotros», hasta que se me ocurre una idea que, cuanto más le doy vueltas, más me convence.

·  ·  ·

Necesito ayuda para lo que tengo en mente, así que recurro a la única persona que conozco con acceso a información privilegiada sobre los gustos de Olalla: su hermana.

—¿Vais a hacer la boda en Rioja Alavesa, en Vitoria, o dónde? —me pregunta Nekane, sentada frente a mí en la misma cafetería donde Olalla me hizo la propuesta original hace ya casi seis meses, un detalle que no le menciono porque prefiero guardarme esa ironía para mí solo.

—Todavía no hemos hablado de la boda en sí. Antes necesito pedírselo bien, de verdad, con anillo.

Nekane se queda con la taza a medio camino de la boca, procesando la información con una cara que pasa de la sorpresa a la emoción en cuestión de segundos.

—Roque. Eso es... eso es precioso, la verdad. ¿Y qué necesitas de mí?

—Necesito saber qué tipo de anillo le gustaría, sin que ella sospeche nada. Y necesito un sitio, uno que signifique algo para ella, donde pueda hacerlo bien.

Nekane se lo piensa un momento, con esa concentración suya que ya reconozco de familia, y cuando habla lo hace con una seguridad que me hace confiar plenamente en su criterio.

—Nada ostentoso, eso seguro, que a Olalla los brillantes enormes le parecen de mal gusto, palabras suyas. Algo sencillo, con una piedra pequeña, quizá un diseño con algo de historia detrás. Y en cuanto al sitio... —Se queda pensando un momento más—. ¿Sabes lo del banco del parque de la Florida?

—¿El banco donde hablamos de lo del empadronamiento?

—El mismo. Me contó una vez que ese banco, sin que se lo esperara, se convirtió en el sitio donde sintió por primera vez que esto iba en serio de verdad, contigo. Nunca me dijo por qué exactamente, pero se le puso una cara al contármelo que no le había visto nunca antes.

Se me hace un nudo en la garganta al oírlo, porque yo recuerdo esa tarde en el banco con la misma nitidez, aunque nunca se lo haya confesado del todo, y en ese momento decido que ya tengo tanto el sitio como la certeza de que esto va a salir exactamente como tiene que salir.

·  ·  ·

Antes de comprar el anillo, decido pasarme por casa de mi madre, porque necesito su bendición aunque sea de manera simbólica, y porque llevo toda la vida viéndola guardar, en el fondo de un cajón, el anillo de compromiso de su propia madre, algo de lo que nunca hemos hablado del todo pero que siempre he sabido que significa mucho para ella.

—Ama, quiero pedirle matrimonio a Olalla. De verdad.

Se queda un momento paralizada, con las manos todavía metidas en la masa del pan que estaba amasando, y cuando reacciona lo hace secándose las manos en el delantal con una urgencia que me hace sonreír.

—¿Cuándo? ¿Cómo? Cuéntamelo todo.

—Todavía no lo sé del todo. Pero necesito preguntarte algo antes.

Le explico lo del anillo de la abuela, con cierto pudor porque nunca hemos hablado abiertamente de ese cajón concreto, y mi madre se queda callada un momento, con los ojos brillantes de una emoción que no le había visto desde hace años.

—Roque. Sería un honor que llevaras ese anillo a la joyería, para que le hagan un ajuste si hace falta. Tu abuela hubiera estado encantada de que se usara de nuevo, en vez de acumular polvo en un cajón toda la vida.

Saca la cajita pequeña y desgastada de un cajón de su habitación, con un anillo antiguo, sencillo, con una piedra pequeña engastada en una banda de oro que ha perdido el brillo con los años, y algo en la sencillez de esa pieza me convence de inmediato de que es exactamente lo que necesito, más que cualquier anillo nuevo que pudiera encontrar en cualquier joyería de la ciudad.

—Es perfecto, ama. Gracias.

—Cuídalo bien. Y cuídala a ella todavía mejor.

·  ·  ·

Se lo cuento a Peio esa misma noche, enseñándole el anillo con el orgullo de quien acaba de resolver la parte más difícil de un plan complicado, y él lo examina con una atención que no esperaba de alguien que normalmente confunde una llave inglesa con un destornillador.

—Es precioso, tío. En serio.

—¿Verdad que sí?

—Y con la historia de tu abuela detrás, va a ser imposible que Olalla no llore como una magdalena en cuanto se lo cuentes.

—Esa es la idea, la verdad.

—Eres un cabrón calculador, Roque. Me encanta.

Nos reímos, y Peio insiste en abrir una cerveza para brindar por la ocasión, aunque todavía falten días para la pedida real, «porque las cosas importantes hay que celebrarlas cuantas más veces mejor, no solo el día oficial», una filosofía suya que, para ser sincero, no me parece nada mal.

·  ·  ·

El día antes de la pedida, sin embargo, me entra el pánico de última hora, esa duda tonta que aparece siempre justo antes de los momentos importantes, y llamo a mi madre casi sin darme cuenta de que lo estoy haciendo.

—Ama. ¿Y si dice que no?

—Roque, esa mujer lleva meses actuando como si ya estuvierais casados de verdad, cariño, más allá del papel. No va a decir que no.

—Ya, pero ¿y si me equivoco con las palabras? ¿Y si se me olvida todo lo que tenía pensado decir?

—Entonces improvisas, hijo. El amor no necesita un guion perfecto, necesita que hables desde donde de verdad te sale, torpe o no. Créeme, después de treinta años de matrimonio con tu padre, sé un par de cosas sobre discursos improvisados que salen mejor que los ensayados.

Cuelgo un poco más tranquilo, aunque los nervios no desaparecen del todo, y esa noche apenas duermo, repasando mentalmente una y otra vez las palabras que quiero decirle a Olalla, hasta que finalmente decido, ya de madrugada, dejar de ensayar y confiar, como me ha dicho mi madre, en que las palabras correctas van a salir solas cuando de verdad importen.

·  ·  ·

El día de la pedida amanece con un sol tímido que no es habitual en Vitoria a estas alturas del otoño, y me lo tomo como una buena señal, aunque sepa perfectamente que el tiempo no tiene ninguna relación real con lo que está a punto de pasar en un banco de un parque cualquiera de esta ciudad.

Nekane me manda un mensaje a media mañana, con una foto de Olalla trabajando en su portátil, completamente ajena a lo que se le viene encima, y un simple «operación en marcha, no sospecha nada» que me hace sonreír durante todo el trayecto hacia su piso, con la cajita del anillo pesándome en el bolsillo de un modo que ya empieza a resultarme familiar.

·  ·  ·

Llevo el anillo de mi abuela a la misma joyería pequeña de la calle Dato donde había pensado comprar uno nuevo, y la dependienta, tras examinarlo con una lupa durante un buen rato, me confirma que la pieza está en un estado excelente para su edad y que solo necesita un ajuste mínimo de tamaño, calculado a ojo a partir de una sortija vieja de Olalla que le pedí prestada a Nekane sin que ella se enterara del motivo real.

—Es una pieza preciosa —dice la dependienta, devolviéndomela con cuidado—. De las que no pasan de moda nunca, porque no siguieron ninguna moda concreta cuando se hicieron.

—¿Cuánto tiempo cree que tiene la pieza? —le pregunto, con curiosidad genuina.

—A ojo, unos cincuenta años, quizás más. Tiene ese tipo de engaste que ya casi no se ve en las piezas nuevas. Quien la hizo, sabía lo que hacía.

Pienso en mi abuela, a la que apenas recuerdo porque murió cuando yo era muy pequeño, y en la posibilidad de que este mismo anillo, con más de medio siglo de historia encima, esté a punto de empezar una historia completamente nueva en la mano de Olalla, y esa idea, la de una pieza tan antigua sirviendo de puente entre generaciones que ni siquiera llegaron a conocerse, me parece de las cosas más bonitas que me han pasado en todo este proceso.

Pago el ajuste con parte de los dos mil euros que finalmente acepté, y hay algo profundamente satisfactorio en usar ese dinero exactamente para esto, cerrando el círculo entero de una manera que nunca hubiera imaginado el día que Olalla me lo ofreció a cambio de un contrato.

Salgo de la joyería con la cajita en el bolsillo interior de la chaqueta, tocándola cada dos minutos para comprobar que sigue ahí, como un adolescente nervioso en su primera cita, y de camino a casa le mando un mensaje a Uxue, porque necesito que al menos una persona de mi familia lo sepa antes de que pase.

«Le voy a pedir matrimonio a Olalla. De verdad, con anillo.»

Su respuesta llega en cuestión de segundos, llena de emojis que no consigo ni identificar del todo.

«!!!!! Al final SÍ va a haber boda de verdad con tarta!! Puedo ir de dama de honor??»

«Claro que sí, enana. Serás la mejor dama de honor de la historia.»

Guardo el móvil y me quedo un momento en el sofá, pensando en lo distinta que se siente esta espera de la de hace unas semanas, cuando esperar noticias significaba temer lo peor, y ahora significa simplemente contar los días hasta poder compartir algo bueno.

Guardo el móvil sonriendo, con la cajita todavía pesándome en el bolsillo de un modo que no tiene nada que ver con su tamaño real, y todo el camino a casa lo hago pensando en la cara que va a poner Olalla, sin sospechar absolutamente nada, cuando la lleve al banco del parque de la Florida dentro de dos días.