Capítulo 17
—Aprobado.
Es lo único que consigo decir al principio, de pie en mitad de la sala de comités, con Fermín sonriendo de oreja a oreja y la mujer de dirección general recogiendo sus papeles como si acabara de cerrar un trámite más, aunque para mí acaba de cerrar los últimos cinco meses de mi vida entera.
—El informe de sistemas confirma que la infraestructura digital soporta el modelo sin problema —explica Fermín, todavía con la carpeta en la mano—.
Proyecto piloto por seis meses, revisión de resultados en enero.
Si funciona como creemos que va a funcionar, se plantea extenderlo a las otras dos delegaciones con resistencia similar.
—¿Y si no funciona?
—Entonces hablamos del traslado a Bilbao en esos términos, con seis meses de margen para organizarlo con calma, no de un día para otro como ahora. Pero Olalla, sinceramente, después de la defensa que hiciste, tengo mucha fe en que esto va a salir bien.
Salgo de la sala marcando el número de Roque antes incluso de haber cruzado la puerta del todo, con las manos temblando de una manera que no tiene nada que ver con los nervios de antes, sino con la pura descarga de la tensión acumulada durante semanas.
—¿Y bien?
Al otro lado de la línea, durante un segundo entero, solo hay silencio.
—¿Olalla? ¿Sigues ahí?
—Sigo aquí. —Se me escapa una risa que suena más a sollozo que a otra cosa—. Roque. Lo han aprobado. El modelo híbrido. Me quedo en Vitoria.
Se hace un silencio al otro lado, uno distinto a todos los que hemos compartido estas últimas semanas, y cuando por fin habla, su voz suena tan rota de alivio que casi no la reconozco.
—¿En serio?
—En serio. Proyecto piloto de seis meses. Un día a la semana en Bilbao, el resto desde aquí.
—Olalla. Joder. Olalla.
No dice nada más coherente durante un rato, solo repite mi nombre como si necesitara comprobar que sigo siendo real al otro lado del teléfono, y yo me quedo apoyada contra la pared del pasillo, con los ojos llenos de lágrimas que no me molesto en disimular delante de nadie, ni siquiera cuando Sagrario pasa por mi lado y, al verme la cara, suelta un grito de alegría que se oye en toda la planta antes de que yo haya podido confirmarle nada.
—¡Lo han aprobado! —grito, aunque ella todavía no sabe exactamente qué es lo que estoy confirmando, y su instinto de adivinar buenas noticias por mi cara resulta ser tan acertado como siempre.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que ibas a conseguirlo!
Me abraza con esa efusividad suya que ya conozco tan bien, y en cuestión de minutos toda la planta se entera de la noticia, con gente que apenas conozco acercándose a felicitarme como si mi pequeña victoria personal fuera también, de alguna manera, una victoria colectiva de toda la oficina contra la rigidez burocrática que casi me cuesta todo.
Fermín se acerca el último, ya sin la formalidad de comité que lo caracteriza en las reuniones, con una sonrisa que por primera vez en meses parece completamente relajada.
—Enhorabuena, Olalla. Y gracias, sinceramente, por enseñarnos que a veces las normas están para cuestionarlas.
—Gracias a usted por escuchar, Fermín. No todo el mundo lo hace.
—Bueno, quiero pensar que estoy aprendiendo a hacerlo cada vez mejor. Esta empresa lleva demasiado tiempo confundiendo rigidez con seriedad, y me alegra pensar que quizás, gracias a ti, eso empiece a cambiar un poco.
Se despide con un apretón de manos que se siente más sincero que cualquier interacción formal que hayamos tenido en los dos años que llevo trabajando aquí, y antes de irse añade, ya casi en la puerta, que va a proponer una revisión completa de la política de conciliación para que casos como el mío y el de Verónica no vuelvan a repetirse de la misma manera, una promesa que, viniendo de él, me sorprende más que cualquier otra cosa que haya pasado en toda la tarde, y me quedo un momento sola en mi mesa, con el ordenador todavía encendido y el informe de siniestros a medio revisar, dejando que la noticia termine de asentarse del todo antes de intentar concentrarme en nada más el resto de la tarde, cosa que sé, desde ya, que no va a ser posible.
Antes de irme a casa, paso por la mesa de Iranzu, que sigue todavía un poco perdida entre tanta gente nueva y tanta historia acumulada de la que solo conoce fragmentos.
—Enhorabuena, por cierto —me dice, cuando le cuento la noticia—. Aunque, si te soy sincera, sigo sin entender del todo bien toda la historia. ¿Al final os casasteis por amor o por lo del ascenso?
Me río, porque es la pregunta más honesta que me han hecho en semanas, y la respuesta, después de todo lo vivido, me sale sin ninguna duda.
—Por las dos cosas, en momentos distintos. Empezó siendo una, y terminó siendo la otra. A veces la vida funciona así de rara.
Iranzu se queda pensando un momento, con esa expresión de quien está archivando la respuesta para contarla ella misma en el futuro, quizás en su propia versión editada, y sonríe antes de despedirse.
—Me gusta esa respuesta. Le voy a robar el final para la próxima vez que alguien me pregunte por vosotros, si no te importa.
—Róbalo con toda confianza. Total, la historia ya se ha contado tantas veces que ya no es solo mía.
· · ·
La celebración de verdad llega esa misma noche, improvisada y caótica, con Roque presentándose en mi piso con una botella de cava que ha comprado con las propinas del turno y Peio, Nayara y Sagrario apareciendo poco después sin que nadie los invitara oficialmente, como si la noticia se hubiera propagado por Vitoria entera en cuestión de horas.
—A ver, silencio todos —dice Peio, subiéndose a una silla con el cava en la mano, algo que provoca que Olalla, perdón, que yo misma, tema seriamente por la integridad de mi salón—.
Quiero proponer un brindis como es debido.
Por Olalla, la mujer que casi atropelló a mi mejor amigo y en vez de disculparse le ofreció un contrato matrimonial, cosa que solo puede pasar en Vitoria un martes cualquiera.
—Peio, bájate de la silla.
—Por Roque, que aceptó el trato por dinero y ha terminado enamorado hasta las trancas, para vergüenza eterna de su reputación de tipo duro de la freidora.
—Peio.
—Y por el amor, que es una mierda impredecible que te atropella cuando menos te lo esperas, literal en este caso.
Todos brindamos, entre risas, y Nayara, ya con dos copas de más, insiste en hacer una recreación teatral de la primera discusión en el semáforo, exagerando tanto los insultos originales que Roque tiene que taparse la cara de vergüenza ajena mientras el resto nos partimos de risa en el sofá.
—Yo no dije eso —protesta él, cuando Nayara le imita gritando "métete el rollo esquela por donde te quepa" con una vehemencia digna de un escenario.
—Casi seguro que sí lo dijiste, y peor.
—Bueno, puede que algo parecido.
—Lo que no ha contado Nayara —interviene Peio, todavía subido a la silla— es la parte en la que Roque, nada más llegar a casa aquella noche, se pasó media hora mirando el tique de aparcamiento donde Olalla había apuntado su número, como si fuera un tesoro nacional.
—¡Peio!
—Es la verdad, y en las bodas se cuenta la verdad, son las normas.
—No existen esas normas.
—Las acabo de inventar yo, así que sí que existen.
Todos se ríen, y Roque, aunque colorado hasta las orejas, no puede evitar sonreír, y por su cara sé que está recordando esa noche exacta con el mismo cariño con el que yo recuerdo la mía, cuando volví a casa pensando que acababa de cometer la mayor locura de mi vida, sin sospechar todavía que iba a resultar ser, con diferencia, la mejor decisión que he tomado nunca.
La noche se alarga entre anécdotas cada vez más exageradas y una sensación de alivio compartido que se siente en el ambiente de un modo casi físico, y en algún momento, sentada en el suelo con la espalda apoyada contra las piernas de Roque mientras Sagrario y Nayara debaten acaloradamente sobre cuál de las dos tiene mejor gusto musical, pienso que esta imagen —este salón lleno de gente que hace unos meses ni siquiera conocía, celebrando algo tan improbable como mi propia vida actual— es exactamente la vida que llevaba años queriendo sin saber cómo pedirla.
Fermín se pasa un momento, ya tarde, con una botella de vino como regalo de última hora, algo que no esperaba en absoluto de él fuera del horario de oficina.
—No quería dejar pasar la ocasión sin brindar en persona —dice, algo cohibido en medio de un salón lleno de gente mucho más joven que él—.
Y quería disculparme, otra vez, por cómo se gestionó todo desde el principio con la política de conciliación.
Si hubiera sido más cuidadoso, quizás nada de esto habría hecho falta.
—Fermín, si no hubiera sido por su política mal diseñada, nunca habría tenido motivo para casi atropellar a Roque en un semáforo. Así que, en cierto modo, le debo agradecérselo.
Se ríe, aliviado de que me lo tome con humor, y se queda un rato más de lo esperado, charlando con Peio sobre fútbol con una camaradería que jamás hubiera imaginado posible entre mi jefe y el compañero de piso de mi ahora futuro segundo marido, si es que esa expresión tiene algún sentido en nuestra situación tan particular.
· · ·
Mi madre llama al día siguiente, ya con la noticia confirmada de boca de Nekane, que a su vez se enteró por un audio de treinta segundos que le mandé anoche entre risas y cava.
—Así que te quedas en Vitoria.
—Me quedo en Vitoria, ama. Con un viaje semanal a Bilbao, pero me quedo.
—Menos mal. No es que Bilbao esté mal, pero ya tenía yo mis dudas sobre si aprender a hacer la marmitako con acento vasco a estas alturas de mi vida.
—Tú ya haces marmitako, ama.
—Ya, pero el de allí dicen que es distinto. Bueno, hija, lo importante es que estés contenta. ¿Y ahora qué? ¿Cuándo nos vais a dar la boda de verdad, que la tía Braulia lleva meses insufrible con el tema del salón?
Me río, porque después de todo lo que hemos pasado, la pregunta de mi madre suena casi anticlimática comparada con detectives privados y comités de dirección general, pero también me doy cuenta de que, por primera vez, la idea de una boda de verdad, con vestido y familia y baile, ya no me provoca ningún tipo de pánico, sino más bien unas ganas que no sabía que tenía.
—Pronto, ama. Te lo prometo.
· · ·
Nekane viene a verme esa misma tarde, sin avisar, con una botella de vino que abre sin preguntar en cuanto entra por la puerta.
—Venía a celebrar contigo, ya que la comitiva de anoche estaba más centrada en el cava que en dejarnos hablar tranquilamente.
—Anoche fue un caos precioso, la verdad.
—Un caos precioso, sí, esa es una buena descripción de tu vida entera estos últimos meses. —Sirve dos copas y se sienta a mi lado en el sofá, con esa familiaridad de hermana pequeña que ya no me sorprende ni un poco—. ¿Sabes qué es lo que más me alegra de todo esto?
—¿Qué?
—Que te has arriesgado. Toda la vida te he visto planear cada paso con seis meses de antelación, medir cada riesgo antes de darlo, y de repente, en cuestión de meses, te has casado con un desconocido, has plantado cara a un comité entero de dirección general, y has ganado. Las dos cosas, además.
—No sé si lo llamaría exactamente ganar en las dos cosas. Ha sido más bien sobrevivir con dignidad a un caos que yo misma provoqué.
—Es lo mismo, hermana. A veces ganar es exactamente eso.
Brindamos, y por el resto de la tarde, con el vino calentándonos un poco la conversación, hablamos de todo lo que ha pasado estos meses con la distancia suficiente para que hasta los momentos más terroríficos —el detective, las fotos, el expediente— empiecen a sonar más a anécdota divertida que a la crisis real que fueron en su momento, y pienso que esta capacidad de convertir el miedo pasado en risa compartida es, quizás, uno de los regalos más valiosos que da el tiempo cuando las cosas, al final, salen bien.
—Por cierto —dice Nekane, ya con la segunda copa medio vacía—, ¿sabes que la niña pregunta por ti todos los días? Dice que quiere ser "como la tía Olalla" de mayor, que planta cara a los jefes malos.
—Espero que aprenda también a no meterse en líos como el mío para conseguirlo.
—Demasiado tarde para eso, hermana. Ya le he contado la versión completa, con detective incluido. Le ha parecido lo más emocionante que ha oído en su vida.
Me río, imaginándome a mi sobrina de seis años narrando la historia de la boda por dinero y el detective privado a sus compañeros de guardería con el entusiasmo desmedido que solo tienen los niños para las buenas historias, y pienso que quizás, dentro de unos años, esta historia disparatada se convierta en la anécdota familiar que se cuenta en todas las cenas, cada vez más exagerada, hasta que ya nadie recuerde bien cuál fue la versión real de los hechos.
—Por cierto —añade Nekane, ya de camino a la puerta cuando la noche está a punto de terminar—, ama quiere organizaros una comida el domingo. Con Roque incluido, para celebrarlo como Dios manda.
—Dile que allí estaremos.
—Se lo diré. Aunque prepárate, porque en cuanto la tía Braulia se entere de lo del ascenso, no va a haber quien la pare con lo de la boda de verdad otra vez.