Capítulo 16 #2
Peio se ha quedado dormido en el sofá con el móvil todavía en la mano, y antes de irme a mi habitación le quito las zapatillas y le echo una manta por encima, un gesto pequeño que nunca reconocería en voz alta pero que forma parte, a su manera silenciosa, de todo lo que hemos construido juntos estos años de piso compartido, mucho antes de que Olalla apareciera para complicarlo todo de la mejor manera posible.
Antes de acostarme, releo el mensaje de mi madre de esta tarde, el de «Ya nos las apañaremos con las visitas», y le contesto con un simple «Te quiero, ama» que llevaba tiempo sin decirle así, sin más, sin que mediara ninguna ocasión especial, solo porque me apetecía decirlo.
El viernes por la mañana, antes de que Olalla vaya a la reunión definitiva, le dejo una nota en la puerta de su piso, pegada con celo porque no tengo llave para dejarla dentro sin despertarla, con la letra apretada de siempre.
«Pase lo que pase hoy, ya has ganado. Te quiero, subdirectora o no. R.»
Me quedo un momento mirando la nota antes de irme, dudando si es demasiado cursi, si debería haber escrito algo más gracioso, más nuestro, pero al final decido dejarla tal cual, porque a veces las cosas importantes es mejor decirlas sin la coraza del humor, directas, sin adornos.
Bajo las escaleras pensando que, si al final todo esto sale bien, algún día tendré que enmarcar esa misma nota, o una parecida, para el día de la boda de verdad que la tía Braulia lleva meses reclamando, y la idea, en vez de darme el vértigo que me habría dado hace unos meses, me hace sonreír solo, en mitad del portal, como un idiota enamorado que ya no tiene ningún interés en disimularlo.
El autobús hacia la academia va lleno de gente empezando su día como si fuera uno cualquiera, ajenos por completo a que hoy, para mí, es el día que puede cambiarlo todo, y me quedo mirando por la ventanilla el paisaje de siempre, preguntándome cuántas de esas personas llevarán también, sin que se les note, su propio comité particular esperándolas en algún rincón del día.
Recibo un mensaje suyo dos horas después, con una foto de la nota y un simple «gracias por esto» que me acompaña todo el trayecto en autobús hacia la academia, donde tengo cita para formalizar la matrícula del curso que empieza en septiembre, en Vitoria o en Bilbao, todavía no lo sé con certeza, pero con la decisión tomada de terminarlo pase lo que pase con el resultado de hoy.
Amaia, la recepcionista, me reconoce en cuanto entro por la puerta y me saluda con una sonrisa cómplice, como si ya formara parte del mobiliario de la academia después de tantas visitas estas últimas semanas.
—Vaya cara traes hoy —dice, dejando el papeleo a un lado—. ¿Va todo bien?
—Va todo en el aire, más bien.
—¿Al final en qué ciudad vas a hacer el curso?
—Todavía no lo sé. Depende de una reunión que tiene mi pareja esta misma mañana, la verdad.
—Vaya, menuda responsabilidad para una reunión.
—Ya te digo.
—Bueno, sea lo que sea que decida, seguro que decide bien. Se le nota en cómo hablas de ella que es de las que no se equivocan en lo importante.
—Gracias, Amaia. Espero estar a la altura de esa fe que me tienes sin apenas conocerla.
—Llevas semanas viniendo por aquí con esa cara de estar enamorado hasta las trancas, Roque. No hace falta conocerla mucho para fiarme del criterio que tienes para elegir. Anda, siéntate, que te tiemblan hasta las manos.
—Eso espero, Amaia. Eso espero de verdad.
Rellena el papeleo conmigo, con una paciencia que agradezco dado lo disperso que estoy, incapaz de dejar de mirar el móvil por si Olalla me escribe con alguna noticia antes de tiempo, y cuando por fin salgo de la academia, con la matrícula formalizada y una plaza reservada tanto en Vitoria como, provisionalmente, en la sede de Bilbao, por si acaso, me siento en un banco de la calle a esperar la llamada que va a decidir, de una vez por todas, en qué ciudad voy a vivir a partir de septiembre.
El teléfono me vibra en el bolsillo justo cuando llevo veinte minutos sentado en ese banco, contando baldosas de la acera para distraerme, y en cuanto veo el nombre de Olalla en la pantalla, el corazón se me sube a la garganta de una manera que no sentía desde el día del semáforo.
Descuelgo, con la voz más entera de lo que en realidad me siento por dentro.
—¿Y bien?
Al otro lado de la línea, durante un segundo entero, solo hay silencio.
—¿Olalla? ¿Sigues ahí?
Cuando por fin habla, su voz suena rara, contenida, como si estuviera aguantando algo grande detrás de cada palabra.
—Sigo aquí.
—Me estás matando de los nervios, en serio.
—Perdona. Es que todavía no me lo creo del todo yo misma.
—¿El qué no te crees? ¿Que haya salido bien o que haya salido mal?
—Eso mismo. Todavía no sé cuál de las dos cosas es. Dame un segundo.
—Olalla, por favor, dime algo, lo que sea, antes de que me dé un infarto en mitad de la calle.
Se ríe, al fin, esa risa nerviosa de quien ha estado conteniendo demasiadas emociones a la vez, y cuando por fin habla, lo hace con una voz que empieza a temblar de la emoción contenida.
—Roque.
—Dime, por favor, que me estoy volviendo loco de la espera.
Se ríe, esa risa que ya conozco tan bien, y por fin, después de lo que se me ha hecho la espera más larga de mi vida, empieza a hablar de verdad.