Seis mil razones para casarse Capítulo 16
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Capítulo 16

Uxue tiene cita para el frenillo el mismo jueves en que se cumple una semana exacta desde la propuesta de Olalla en el comité, y la acompaño yo porque mi madre no puede pedir turno libre en la residencia, y porque, después de meses hablando del tema, quiero ser yo quien esté ahí cuando por fin se resuelva.

La sala de espera del dentista tiene esa decoración infantil algo desfasada, con pósters de dibujos animados que ya nadie reconoce y una pecera con dos peces que llevan ahí, a juzgar por lo desgastada que está el agua, más tiempo del recomendable, y Uxue se entretiene pegada al cristal, contando los peces una y otra vez como si fueran a multiplicarse de un momento a otro.

—¿Duele? —pregunta Uxue, sentada en la sala de espera con las piernas colgando de la silla, sin llegar al suelo del todo.

—Un poco, dicen. Pero se pasa rápido, y luego tienes los dientes derechitos para siempre.

—¿Y esto lo pagas tú con el dinero de la boda falsa?

—Con el dinero de la boda de verdad, Uxue. Que ya no es falsa, hace tiempo que no lo es.

Mi madre me llamó anoche, después de colgar conmigo, para contarme que le había estado dando vueltas a lo que hablamos, y que había decidido, por su cuenta y sin que yo se lo pidiera, empezar a ahorrar un poco cada mes «por si algún día también me hace falta un billete de tren a Bilbao para ir a verte», una frase que se me quedó grabada durante toda la noche por la ternura torpe con la que solo ella sabe demostrar las cosas.

—¿En qué piensas? —me pregunta Uxue, dándome un codazo en la sala de espera, sacándome de mis pensamientos.

—En nada. En Bilbao.

—¿Vas a vivir en Bilbao?

—Puede. Si Olalla consigue el ascenso y decide mudarse, sí.

Uxue se queda pensativa un momento, con las piernas todavía colgando de la silla sin llegar al suelo.

—¿Y yo puedo ir a visitarte? Dice ama que Bilbao tiene un museo con una araña gigante de metal.

—El Guggenheim. Sí, claro que puedes venir, con la araña incluida.

—Vale. Entonces me parece bien que te vayas, si te vienen a visitar con arañas gigantes de por medio.

Me río, revolviéndole el pelo, y por un momento toda la angustia de las últimas semanas se aligera un poco, reducida a su medida justa por la simplicidad con la que mi hermana pequeña resuelve, una vez más, un problema que a los adultos nos cuesta tanto desenredar.

Sonríe, satisfecha con la corrección, y cuando la llaman para entrar en la consulta me aprieta la mano un segundo antes de soltarse, un gesto pequeño que se me queda instalado en el pecho el resto de la tarde, mientras espero fuera hojeando una revista que no leo de verdad, pensando en lo raro y lo bonito que es que aquel primer trato disparatado con Olalla haya terminado sirviendo, entre tantas otras cosas, para esto: para que mi hermana pequeña salga de esa consulta con una sonrisa que ya no le va a dar vergüenza enseñar en las fotos del colegio.

Cuando sale, con la boca todavía un poco dormida por la anestesia y hablando con esa voz rara de quien no controla del todo la lengua, me enseña el aparato nuevo con un orgullo desproporcionado para lo que en realidad es, un trozo de metal y plástico que le va a doler durante semanas.

—Me han dado también gomitas de sabores, para cuando me duela.

—Qué suerte.

—¿Se lo cuento a Olalla? Seguro que le hace ilusión saber que ya me lo han puesto.

—Claro que se lo cuentas. Le va a hacer muchísima ilusión, para que lo sepas.

Uxue saca su propio móvil, ese que mi madre le compró hace un año «solo para emergencias» y que usa para todo menos para emergencias, y le escribe un mensaje a Olalla con faltas de ortografía que la anestesia solo empeora, un mensaje que Olalla contesta en menos de un minuto con un audio lleno de exclamaciones de alegría que hace que mi hermana sonría, torpe y feliz, con el aparato nuevo brillándole entre los dientes.

De vuelta a casa, con Uxue todavía un poco atontada por la anestesia y apoyada contra mi brazo en el autobús, pienso en lo mucho que ha cambiado esta rutina desde aquel primer día en el semáforo: entonces era solo yo, con mis turnos de hamburguesería y mis cuentas ajustadas al céntimo, y ahora hay una red entera de gente —Olalla, Peio, mi madre, hasta la propia Uxue— sosteniéndonos mutuamente de maneras que antes ni siquiera sabía que necesitaba.

·  ·  ·

Esa misma noche, Olalla me llama con una voz que no consigo del todo descifrar entre la seriedad y la contención de una noticia importante.

—Fermín me acaba de escribir. El informe de viabilidad técnica está listo. El comité se reúne mañana a primera hora para la decisión definitiva.

—¿Y qué dice el informe?

—No lo sé. Fermín dice que prefiere que lo discutamos mañana en persona, con todo el comité delante, para que no haya lugar a malentendidos según él.

Se hace un silencio en la línea, uno de esos silencios que ya reconozco perfectamente, cargado de todo lo que no decimos por miedo a gafarlo, y cuando Olalla vuelve a hablar lo hace más bajo, casi como si tuviera miedo de que alguien más la oyera decirlo.

—Roque, sea lo que sea lo que decidan mañana, quiero que sepas que estoy en paz con el resultado, sea cual sea. He peleado por las dos cosas que me importan, y eso ya es más de lo que hace unos meses pensaba que era capaz de conseguir.

—Vas a conseguirlo, Olalla. Los dos lo sabemos.

—Ojalá tengas razón.

Colgamos poco después, y me quedo tumbado en mi cama hundida por el centro —porque esta noche, sin que ninguno de los dos lo hablara explícitamente, hemos decidido dormir cada uno en su piso, como si necesitáramos ese pequeño espacio propio antes de la decisión de mañana—, mirando el techo y pensando en la matrícula del curso de electricidad que ya he rellenado y pagado con los dos mil euros que finalmente sí acepté, no como pago por casarme con ella, sino como lo que Olalla insistió en que era desde el principio, un empujón de alguien que te quiere para que puedas construir la vida que quieres construir.

Mañana, pase lo que pase con el comité, con Bilbao, con el modelo híbrido que Olalla se ha inventado a base de pura determinación, una cosa tengo clara: llevo meses aprendiendo, poco a poco, a dejarme querer sin sospechar que hay trampa en ello, y eso, más que cualquier ascenso o cualquier curso terminado, es lo que de verdad ha cambiado en mí desde aquel día que casi me atropella un coche gris en un semáforo cualquiera de esta ciudad.

·  ·  ·

No consigo dormir esa noche, dándole vueltas a mil escenarios distintos para el día siguiente, así que a las tres de la madrugada, sin poder aguantar más el silencio de mi propia habitación, le mando un mensaje a Peio, que sorprendentemente sigue despierto viendo highlights de un partido de hace tres años.

«¿Estás despierto?»

«Siempre. ¿Qué pasa?»

«Nada. Nervios por lo de mañana.»

«Va a salir bien, Roque. Y si no sale bien, os vais los dos a Bilbao y montáis vuestra vida allí, que tampoco es el fin del mundo. Bilbao tiene playa, aquí ni eso tenemos.»

Sonrío en la oscuridad de mi habitación, con el teléfono iluminándome la cara, y por primera vez en toda la noche consigo relajarme lo suficiente como para cerrar los ojos, pensando que, tenga razón Peio o no con lo de la playa, hay algo reconfortante en saber que, decida lo que decida el comité mañana, ya no voy a enfrentarlo solo, ni yo ni Olalla, cada uno por su lado como hubiéramos hecho hace unos meses, sino juntos, sea cual sea el resultado.

·  ·  ·

Un par de días antes, cuando Olalla me contó lo de su propuesta en el comité, volví al piso ya de madrugada y me encontré a Peio despierto todavía, tumbado en el sofá con el móvil en la mano, y en cuanto le conté cómo había ido la tarde, con la propuesta de Olalla y el plan B que le había ofrecido guardar, soltó una carcajada que resonó por todo el piso.

—Menuda parejita os habéis convertido. Ella negociando con dirección general, tú ofreciéndote a mudarte de ciudad por amor. Si me lo llegan a contar hace seis meses, cuando me hablabas de una loca que te perseguía por la calle ofreciéndote dinero, no me lo hubiera creído ni loco.

—Yo tampoco me lo hubiera creído, la verdad.

—¿Y qué pasa con nosotros, con el piso, si te vas?

Era una pregunta que no me había planteado todavía, entre tanto lío con Bilbao y el comité, y me quedé pensándola un momento antes de contestar.

—Todavía no lo sé, Peio. Si al final me voy, tendrás que buscarte otro compañero de piso, imagino.

—Vaya rollo. Ya me había acostumbrado a que dejaras la leche siempre vacía en la nevera, es casi parte de mi identidad ya quejarme de eso.

Me reí, dándole una palmada en el hombro al pasar hacia mi habitación, y aunque la conversación fue en broma, de fondo se quedó flotando la misma certeza que sigo teniendo esta noche, tumbado en mi cama esperando el resultado de mañana: que mi vida entera está a punto de cambiar de una manera que hace apenas medio año me habría parecido completamente impensable.

Repaso mentalmente, una vez más, todo lo que ha pasado desde aquel semáforo: el contrato disparatado, las semanas de fingir, el descubrimiento lento de que ya no fingíamos nada, la crisis de Verónica, el detective, las noches de miedo, y ahora esto, Bilbao, el comité, la posibilidad real de una vida entera reconstruida en otra ciudad si hace falta, y pienso que si alguien me hubiera dicho hace medio año que iba a estar dispuesto a dejarlo todo por una mujer que casi me atropella con su coche, me habría reído en su cara sin ningún tipo de duda.

Fuera, la ciudad sigue su ritmo de siempre, ajena por completo a que mañana, en una sala de reuniones cualquiera, se va a decidir buena parte de nuestro futuro, y hay algo casi reconfortante en esa indiferencia del mundo, como si me recordara que, pase lo que pase, la vida sigue adelante de todas formas, y que lo único que de verdad importa es con quién decides recorrerla.