Capítulo 15
El comité se celebra en la sala grande, la misma donde Fermín anunció la política de conciliación que empezó todo esto hace ya casi cinco meses, y mientras espero mi turno en el pasillo, con la carpeta de méritos apretada contra el pecho, pienso en lo distinta que es esta espera de la de aquel primer lunes, cuando Verónica enseñaba su anillo como una medalla y yo salía a la calle con la cabeza llena de rabia y de cálculos.
Sagrario pasa por mi lado de camino a su mesa y me aprieta el hombro sin decir nada, un gesto pequeño que vale más que cualquier discurso de ánimo, y un poco más allá, apoyada en la máquina de café, veo a Iranzu, la nueva compañera de Marketing, observándome con una curiosidad que ya no me resulta incómoda, sino casi entrañable, como si de alguna manera mi historia se hubiera convertido en un pequeño referente para la gente nueva que llega a esta oficina.
Me llaman a las once en punto. Dentro, además de Fermín, hay dos personas de la dirección general que no había visto nunca, con caras neutras y carpetas idénticas a la mía sobre la mesa.
—Olalla Etxaniz —empieza el hombre de la dirección general, revisando sus notas—. Dos años en el puesto de coordinadora, evaluaciones excelentes en los tres últimos trimestres, y una situación personal reciente que, entendemos, ha quedado satisfactoriamente resuelta.
—Así es.
—Bien. Entonces la pregunta relevante es otra. ¿Está dispuesta a asumir el traslado a la delegación de Bilbao a partir de septiembre?
Es el momento exacto que llevo temiendo toda la semana, y durante un segundo entero me quedo callada, sopesando las dos respuestas posibles, con Roque, Uxue, la tía Braulia y el cuadro feo de los delfines pesándome en un platillo de la balanza, y dos años enteros de trabajo pesando en el otro.
Pienso en la conversación de anoche con Roque, en su oferta de venirse conmigo, en el «guárdate esa oferta como plan B» que le pedí, y en la determinación con la que me desperté esta mañana decidida a no necesitar ese plan B si podía evitarlo, y esa determinación, más que cualquier otra cosa, es lo que me hace hablar antes de que el silencio se alargue demasiado.
Pienso también en Verónica, en cómo la rigidez de esta misma empresa la empujó a hacer lo que hizo, y en que quizás la mejor manera de honrar todo lo que hemos pasado estos meses no es simplemente sobrevivir al sistema, sino cambiarlo un poco desde dentro, aunque sea con un caso concreto, aunque sea con una propuesta que a lo mejor rechazan sin más.
—Necesito plantear una alternativa, si me lo permiten.
Los tres se miran, sorprendidos, porque claramente no es la respuesta que esperaban.
—Adelante.
Respiro hondo, con la carpeta de méritos todavía apretada contra el pecho, y me lanzo con la propuesta que llevo días puliendo, palabra por palabra, hasta dejarla lo más sólida posible.
—Propongo un modelo híbrido: dirección de la delegación de la zona norte desde Vitoria, con desplazamientos semanales a Bilbao para las reuniones que lo requieran presencialmente.
Con las herramientas digitales que ya usamos para la coordinación entre delegaciones, gran parte de la gestión diaria puede hacerse en remoto sin pérdida de eficiencia, y me comprometo a demostrarlo con un plan de trabajo detallado en el primer trimestre.
El hombre de la dirección general levanta una ceja, intercambiando una mirada con su compañera que no consigo del todo interpretar.
—Eso no está contemplado en las bases del puesto, Olalla.
—Lo sé. Pero llevo dos años demostrando que sé adaptarme y encontrar soluciones cuando el camino establecido no funciona del todo bien, y creo sinceramente que este modelo puede funcionar mejor de lo que la centralización estricta permite, tanto para la empresa como para las personas que ocupamos estos puestos.
Se produce un silencio que se me hace eterno, con Fermín mirándome con una expresión que no sé si es de orgullo o de puro nerviosismo por mi atrevimiento, y el hombre de dirección general se remueve en su silla, incómodo, mirando a su compañera de reojo como buscando apoyo antes de contestar.
—Es una propuesta inusual, Olalla. El comité no está acostumbrado a recibir contrapropuestas en mitad de una entrevista de promoción.
—Lo entiendo. Pero también entiendo que la empresa acaba de aprender, del modo más incómodo posible, lo que pasa cuando se imponen políticas rígidas sin escuchar a las personas que las van a vivir en su día a día.
Mi situación con Verónica empezó, en parte, por una política de conciliación mal diseñada.
No me gustaría que el puesto que tanto he trabajado por conseguir empezara con el mismo error.
Fermín carraspea, y por primera vez en toda la reunión interviene sin que se lo pidan.
—Si me permiten, creo que la propuesta de Olalla merece, como mínimo, un estudio serio.
No es descabellada, y el precedente que sentaría, bien gestionado, podría beneficiar a toda la delegación norte, no solo a este caso concreto.
Llevo veinte años en esta empresa, y sé reconocer el talento cuando lo tengo delante.
—Fermín, esto no estaba previsto —dice el hombre de dirección general, con un tono que suena más a advertencia que a pregunta.
—Lo sé. Pero creo firmemente que merece la pena estudiarlo antes de descartarlo por pura rigidez administrativa.
—Con todo respeto, Fermín —interviene entonces la mujer de dirección general—, valoremos la propuesta por sus propios méritos.
—Se dirige a mí, quitándose las gafas de leer con un gesto que parece anunciar algo importante—.
Lo que quiero entender mejor son los detalles operativos: ¿cómo gestionaría las reuniones presenciales imprescindibles, las de comité de dirección, por ejemplo?
—Un día fijo a la semana en Bilbao, los martes, coincidiendo con el comité de dirección regional. El resto de la semana, gestión remota con las mismas herramientas que ya usamos para coordinar con las demás delegaciones, más alguna visita adicional si surge una necesidad puntual.
—¿Y el equipo de Bilbao? ¿Cómo se sentiría dirigido por alguien que no está presente la mayor parte del tiempo?
—Con reuniones semanales fijas, canales de comunicación claros y una política de puertas abiertas digital, no veo por qué tendría que suponer un problema mayor que el que ya existe en cualquier equipo con miembros distribuidos en distintas oficinas, que es exactamente el caso de la mayoría de departamentos de esta empresa a día de hoy.
Contesto cada pregunta con la seguridad que solo da haber repasado el argumento decenas de veces la noche anterior, y poco a poco noto cómo el escepticismo inicial del hombre de dirección general se va transformando, pregunta tras pregunta, en algo parecido al interés genuino.
—Una última pregunta —dice la mujer, antes de que su compañero pueda cerrar la reunión—. ¿Qué pasaría si dentro de seis meses el modelo no está funcionando como usted espera? ¿Aceptaría entonces el traslado completo?
Es la pregunta más difícil de todas, porque me obliga a comprometerme con algo que todavía no sé si voy a poder cumplir del todo, pero también sé que la duda, en este punto, jugaría en mi contra más que cualquier respuesta honesta.
—Sí. Si el modelo demuestra no funcionar, con datos objetivos sobre la mesa, aceptaría el traslado completo sin ningún reproche hacia la empresa. Pero pido la oportunidad de demostrar primero que puede funcionar, antes de asumir que no.
—Me gusta la propuesta —dice al fin la mujer, guardando las gafas en su funda—.
Nos ahorraría además los costes de reubicación de varios puestos similares en otras delegaciones que están planteando resistencia parecida.
Fermín, ¿podrías estudiar la viabilidad técnica con el departamento de sistemas y traernos un informe la semana que viene?
—Por supuesto.
—No le prometemos nada todavía, Olalla —añade el hombre, cerrando su carpeta—, esto sigue siendo un quizás, no un sí definitivo. Pero un quizás bien fundamentado, hay que reconocerlo.
La mujer de dirección general, antes de salir, se acerca a estrecharme la mano.
—Buena defensa. No es fácil mantener la calma exponiendo algo así de nuevo delante de gente que no conoces de nada. Se nota que te lo has currado, y eso, en mi experiencia, casi siempre acaba compensando a la larga.
—Muchas gracias. Espero que el informe de sistemas lo confirme.
—Yo también lo espero. Sería una pena desperdiciar tanto trabajo bien hecho por un tecnicismo.
Salgo de la sala con las piernas todavía temblorosas por la tensión acumulada, pero con una sensación de victoria parcial que, viniendo de donde venía hace apenas una hora, ya me parece un triunfo enorme.
Fermín me alcanza en el pasillo, ya sin la formalidad del comité, con una sonrisa que por primera vez en meses parece completamente sincera.
—Buen trabajo ahí dentro, Olalla. En serio.
—Gracias, Fermín. Y gracias por defenderme antes, aunque se te fuera un poco de tono el argumento.
—Ya, bueno, a veces la verdad suena mejor dicha con torpeza que callada del todo. Te aviso en cuanto tengamos el informe de sistemas, no debería tardar más de una semana.
· · ·
Vuelvo a mi mesa flotando, todavía sin poder creerme del todo lo que acaba de pasar, y Sagrario, que lleva toda la mañana esperando noticias con una impaciencia similar a la de un familiar en la sala de espera de un hospital, me intercepta antes de que llegue a sentarme.
—¿Y bien? ¿Qué ha pasado?
—Les he propuesto un modelo híbrido. Dirección desde Vitoria, con desplazamientos semanales.
—¿Y qué han dicho?
—Que lo van a estudiar. La mujer de dirección general parecía interesada de verdad, no solo educadamente interesada.
Sagrario suelta un grito que hace que media planta se gire a mirarnos, y me abraza con esa efusividad suya que a veces me abochorna un poco en público, aunque hoy, sinceramente, me da exactamente igual quién nos esté mirando.
—Sabía que ibas a hacer algo así. Llevas dos años dejándote la piel por esta empresa, era hora de que la empresa se adaptara un poco a ti, para variar.
—Todavía no está confirmado, Sagrario. Podrían decir que no perfectamente.
—Podrían, pero no lo van a hacer. Nadie con dos dedos de frente rechaza ahorrarse el coste de una mudanza si la alternativa funciona igual de bien, y tú ya has demostrado de sobra que sabes hacer que las cosas funcionen igual de bien, o mejor, cuando te lo propones.
Me río, contagiada por su entusiasmo, y por el resto de la tarde, mientras espero la resolución oficial que Fermín me ha prometido para la semana que viene, dejo que esa confianza ajena me sostenga a mí también, en los momentos en que la propia me falla.
Iranzu se acerca también, más tímida que Sagrario pero igual de sincera, con un post-it pegado en un vaso de café que me deja sobre la mesa sin decir gran cosa.
—Solo quería decirte que, sea cual sea el resultado, ha sido un puntazo verte defenderte así. Igual algún día me toca a mí pelear algo parecido, y ahora sé que se puede.
Me quedo mirando el post-it, con un simple «¡suerte!» escrito con rotulador de color, y pienso que hay victorias que no se miden solo en ascensos ni en traslados, sino en la gente a la que, sin proponértelo, terminas dándole ejemplo de que las cosas se pueden pelear cuando de verdad importan.
· · ·
Roque me espera esa tarde en el portal, algo que no hace normalmente porque a esas horas suele estar en el turno, y en cuanto lo veo ahí plantado, con el uniforme de la hamburguesería todavía puesto, sé que ha pedido permiso especial para estar aquí cuando yo saliera.
—¿Cómo ha ido?
—He propuesto una alternativa. Dirección híbrida, sin mudanza obligatoria. Todavía tienen que estudiarlo.
—¿Y crees que va a colar?
—No lo sé. Pero por primera vez en meses, siento que he peleado por lo que quiero de verdad, en vez de elegir entre dos cosas que no quería tener que elegir.
Me abraza ahí mismo, en mitad de la calle, con la gente pasando a nuestro alrededor sin prestarnos ninguna atención, y por un momento, con la cabeza apoyada en su pecho y el olor a fritanga de su uniforme mezclándose con todo lo demás, pienso que da igual lo que decida el comité la semana que viene, porque esto, lo que tengo aquí mismo, ya lo he ganado sin necesidad de ningún despacho más grande.
—Por cierto —digo, cuando por fin nos separamos—, si al final tienes que irte a Bilbao, la oferta de acompañarte sigue en pie. Se lo he contado a Nayara, a Peio, hasta a mi madre. Ya no hay vuelta atrás, oficialmente lo sabe todo el mundo.
—¿Se lo has contado a tu madre?
—Se lo he contado a mi madre.
—¿Y qué ha dicho?
—Que ya era hora de que hiciera algo por mí mismo y no solo por los demás, y que si eso implica seguir a la mujer que quiero a otra ciudad, más vale que empiece a practicar mi txapela bilbaína.
—¿Sabe hacer chistes malos sobre Bilbao tu madre? Me cae cada vez mejor.
—Le vas a caer todavía mejor cuando te la lleves de tapas por el Casco Viejo el día que vayamos a verla, que tiene debilidad por las bodegas de allí desde que fue de viaje de novios con mi padre, hace mil años.
—¿Tu madre estuvo en Bilbao de luna de miel?
—Tres días, en un hostal cutre cerca de la ría. Todavía cuenta la anécdota de que se les inundó la habitación con la marea, así que espero que a nosotros nos vaya mejor si al final nos toca vivir allí de verdad.
Olalla se ríe, esa risa que ya no le cuesta nada sacar, y seguimos caminando hacia su piso con las manos entrelazadas, sin prisa, disfrutando de esta tregua breve antes de que la semana que viene traiga, por fin, la respuesta que llevamos meses esperando de una manera o de otra.
Al llegar al portal, antes de subir, me paro un momento a mirar el edificio entero, las ventanas iluminadas de los vecinos, la mía propia en el tercero con la luz que dejé encendida sin darme cuenta esta mañana, y pienso que da igual lo que decida el comité, da igual Bilbao, da igual todo lo demás, porque este edificio, este portal, esta ciudad entera, se han convertido en mi casa de una manera que nunca antes había sentido tan claramente, y esa certeza, más que cualquier ascenso, es la que de verdad me sostiene estos días.