Seis mil razones para casarse Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Ha cambiado casi todo, la verdad.

Amaia sonríe, sin preguntar más, y me entrega el resto del papeleo con esa discreción de quien ha visto pasar por esa academia a suficiente gente con historias complicadas como para no sorprenderse ya de nada.

Antes de irme, echo un vistazo al tablón de anuncios de la entrada, lleno de ofertas de trabajo para electricistas recién titulados, y me detengo un momento en uno que menciona expresamente delegaciones en Bilbao y alrededores, como si el universo entero se empeñara estos días en empujarme hacia la misma dirección desde todos los ángulos posibles.

Hago una foto al anuncio con el móvil, por si acaso, y me lo guardo en una carpeta que he empezado a llamar, medio en broma medio en serio, «Plan Bilbao», junto a otros enlaces de pisos de alquiler y horarios de trenes que llevo consultando estos días sin decírselo a nadie, ni siquiera a Olalla.

·  ·  ·

Llamo a mi madre esa noche, ya tumbado en la cama, porque necesito contárselo a alguien que no sea Peio ni Nayara, alguien con la perspectiva que solo dan los años y los golpes ya encajados de antemano.

—¿Te irías a Bilbao? —repite ella, con esa voz suya que nunca juzga a la primera, solo pregunta hasta entender del todo—. ¿Por ella?

—Por ella, sí. Y por mí también, si te soy sincero. Llevo toda la vida sin moverme de aquí, ama, y no sé, empiezo a pensar que quizás me venga bien salir un poco del sitio donde siempre he estado.

—¿Y qué pasa conmigo? ¿Y con Uxue?

Se me encoge algo en el pecho al oír la pregunta, porque es exactamente el miedo que llevo arrastrando desde que se me ocurrió la idea, el miedo a que moverme signifique abandonarlas de alguna manera, igual que hizo mi padre, aunque las circunstancias no tengan absolutamente nada que ver.

—Bilbao está a una hora, ama. No me voy a Australia. Puedo venir todos los findes si hace falta, más incluso de lo que vengo ahora mismo, que curro casi todos los sábados.

Se hace un silencio en la línea, y cuando mi madre vuelve a hablar lo hace con una ternura que no siempre se le nota en el día a día, ocupada como está sacándonos adelante a los dos.

—Roque. Yo no crié a un hijo para que se quedara pegado a mis faldas toda la vida por miedo a repetir lo que hizo tu padre.

Crié a un hijo para que fuera feliz, y si eso significa Bilbao, pues Bilbao.

Ya nos las apañaremos con las visitas, que para eso están los trenes y los coches, y para eso estoy yo, que todavía tengo piernas para moverme si hace falta que sea yo la que vaya a veros a vosotros.

Cuelgo con los ojos húmedos, algo que no me pasa a menudo, y me quedo un rato mirando el techo de mi habitación, pensando en lo distinto que se siente este miedo al de otras veces, un miedo que por primera vez en mucho tiempo no me paraliza, solo me acompaña mientras decido, de todas formas, seguir adelante.

Al día siguiente, antes de que Peio vuelva de trabajar, le escribo un mensaje a Olalla sin ningún motivo concreto más que las ganas de decírselo sin razón aparente.

«Pensando en ti. Nada más. R.»

Su respuesta llega minutos después, con una fotografía de su escritorio lleno de papeles y un simple «yo también, entre tanto informe», que me hace sonreír solo, en mitad de mi habitación, como un idiota con el teléfono en la mano.

Peio me encuentra un rato después sentado en el sofá con el papel de matrícula todavía sin rellenar sobre la mesa, mirándolo como si fuera un examen que no sé si me atrevo a hacer.

—¿Y esa cara?

—Olalla puede que se vaya a Bilbao. Con el ascenso.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—No lo sé, Peio. Por primera vez en mi vida, no tengo ni idea de qué es lo correcto.

Se sienta a mi lado, cogiendo el papel de matrícula y leyéndolo por encima, y cuando habla lo hace con una seriedad que en él resulta casi solemne, dado lo poco habitual que es en su repertorio.

—Roque. Llevas dieciséis años sin moverte de esta ciudad, currando en lo primero que te salió para sacar adelante a tu familia. Quizás sea hora de que, por una vez, tomes una decisión pensando en lo que quieres tú, no en lo que es más cómodo o más seguro.

—¿Y qué es lo que quiero yo, según tú?

—Eso, colega, solo lo sabes tú. Pero te apuesto lo que quieras a que la respuesta tiene que ver más con seguir a esa mujer a donde sea que con quedarte aquí frente a una freidora esperando a ver qué pasa.

Se levanta, dándome una palmada en el hombro con esa contundencia suya que sirve tanto para las bromas como para los consejos serios, y se va hacia la cocina a prepararse algo de cenar, dejándome solo con el papel de matrícula todavía sin rellenar, aunque esta vez con una claridad nueva sobre qué es exactamente lo que voy a escribir en él.

·  ·  ·

Se lo cuento a Nayara al día siguiente, en el turno de tarde, mientras limpiamos la freidora grande, la que ninguno de los dos quiere limpiar nunca, y ella me escucha con esa atención suya que solo saca para los temas que de verdad le importan.

—O sea que le has ofrecido irte con ella a Bilbao.

—Más o menos, sí.

—¿Y dejarías esto? —Señala la freidora, la cocina entera, con un gesto que abarca los años que llevamos trabajando juntos aquí—. ¿Dejarías esto sin pensarlo dos veces?

—Nayara, llevo cuatro años en este curro porque necesitaba el dinero, no porque me apasione la fritura industrial. No es que vaya a echar de menos precisamente esto.

—Ya, pero me vas a echar de menos a mí, que soy la única que te aguanta los lunes de mal humor.

Me río, empujándola suavemente con el hombro, y ella me devuelve el golpe con más fuerza de la necesaria, como hace siempre que quiere disimular que algo le afecta más de lo que está dispuesta a admitir.

—Si me voy, vienes a visitarme a Bilbao. Y te enseño los pintxos de allí, que dicen que le dan sopas con ondas a los de aquí.

—Eso, sobre mi cadáver. Los mejores pintxos están aquí y lo sabes.

Seguimos discutiendo sobre pintxos el resto del turno, una discusión sin ningún riesgo real que, curiosamente, es exactamente lo que necesito esa tarde para no pensar demasiado en la decisión enorme que acabo de tomar sin consultarlo con nadie más que con mi propio instinto.