Seis mil razones para casarse Capítulo 14
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Capítulo 14

Olalla me cuenta lo de Bilbao esa noche, sentada en el borde de la cama con las piernas cruzadas y una expresión que reconozco enseguida, la misma que ponía al principio de todo esto cuando calculaba escenarios de contratos y plazos, solo que esta vez el cálculo le sale mal cuente como cuente.

Antes de que empiece a hablar, mientras se quita los pendientes con esa parsimonia que ya asocio a las noticias importantes, me fijo en que ha traído consigo una carpeta que no reconozco, gruesa, con pestañas de colores organizando lo que sea que haya dentro, y por un momento pienso que igual la noticia no es tan mala como su cara sugiere, dado el nivel de preparación que hay detrás de esa carpeta.

—¿Y si dices que no? —le pregunto, aunque sé, antes de que conteste, que la pregunta le duele solo de planteársela.

—Si digo que no, pierdo dos años de trabajo, y probablemente el ascenso vaya directo a la siguiente candidata, que da la casualidad de que es la sustituta de Verónica, recién llegada, sin ningún interés personal aquí en Vitoria que la ate a nada.

—¿Y si dices que sí?

—Si digo que sí, me mudo a Bilbao en septiembre.

Se hace un silencio pesado en la habitación, uno de esos silencios que ya no tienen nada que ver con las discusiones tontas por el mando de la tele, sino con algo mucho más grande que ninguno de los dos sabe todavía cómo resolver sin que alguien salga perdiendo.

—Bilbao no está tan lejos —digo, más para convencerme a mí mismo que a ella—.

Es una hora en coche. Menos en tren. Y ya de paso, si te soy sincero, siempre me ha apetecido conocer más Bilbao.

Peio dice que el pintxo-pote de los jueves allí no tiene nada que envidiarle al de aquí, y eso, viniendo de él, que defiende Vitoria como si le pagaran por ello, es casi una traición.

—Roque, no puedo hacer una hora de trayecto todos los días, con los horarios que maneja la subdirección. Tendría que mudarme de verdad, vivir allí.

—¿Y yo qué hago? ¿Me quedo aquí friendo patatas mientras tú te vas a ser subdirectora a otra ciudad?

En cuanto lo digo me arrepiento del tono, porque suena más a reproche de lo que pretendía, y Olalla se pone tensa, con esa mandíbula apretada que ya reconozco de las veces que se siente atacada sin merecerlo.

Me levanto de la cama, necesitando moverme para pensar con claridad, y camino hasta la ventana del dormitorio, mirando las luces de la calle sin verlas realmente, con la cabeza todavía dándole vueltas a la misma pregunta imposible de responder bien.

—Perdona. No debería haberlo dicho así.

—No pasa nada, Roque. Es una reacción normal. Yo también estaría reaccionando mal si la situación fuera al revés.

—¿Lo estarías?

—Probablemente peor, la verdad. Nunca se me ha dado bien compartir el control de las cosas importantes de mi vida con nadie, y esto, tú incluido, me está obligando a aprender a hacerlo sobre la marcha, sin manual de instrucciones.

—No te estoy pidiendo que hagas nada, Roque. Todavía ni siquiera he decidido si voy a aceptar el puesto.

—Ya lo sé. Perdona. Es que la idea de que te vayas me ha sentado como un golpe, y no sé todavía cómo procesarlo bien.

Se ablanda un poco, y se acerca a sentarse a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro con ese gesto que ya no necesita ensayo desde hace meses.

—Tampoco sé si quiero irme, la verdad. Llevo dos años queriendo este ascenso, pero ahora que lo tengo delante, con la condición de Bilbao, ya no lo siento tan claro como antes.

—¿Por qué no?

—Porque antes de conocerte, Roque, mi vida entera cabía en un currículum.

Ahora ya no. Ahora hay una Uxue que me enseña canciones que no conozco, y una tía Braulia insufrible pero entrañable, y un piso lleno de cuadros feos de delfines, y la idea de dejar todo eso por un despacho más grande en otra ciudad, no sé, me pesa de una manera que no esperaba.

Me quedo callado un momento, dándole vueltas a algo que llevo pensando desde que ha mencionado Bilbao por primera vez, algo que no sé si debería decir en voz alta o si va a sonar a más de lo que en realidad es.

—¿Y si me fuera contigo?

Olalla levanta la cabeza de golpe, mirándome como si acabara de proponerle algo completamente descabellado, cosa que, pensándolo bien, quizás sí sea.

—Roque, no puedes dejarlo todo así como así. Tu familia está aquí. Tu curro, aunque sea el de la hamburguesería, está aquí.

—Mi curro de la hamburguesería lo puedo tener en cualquier ciudad, Olalla, con perdón por la falta de glamour.

Y mi familia, aunque me duela decirlo, va a seguir siendo mi familia esté yo a media hora o a una hora de distancia.

No es lo mismo que para ti, que llevas dos años construyendo una carrera aquí.

—¿Y el curso de electricidad?

—También se puede terminar en Bilbao. Seguramente hasta con mejores academias que aquí.

Se queda mirándome, con una expresión que mezcla la sorpresa y algo parecido a la esperanza contenida, esa misma esperanza que le vi el día que le dije que la quería por primera vez.

—¿Lo dices en serio?

—Lo digo completamente en serio. No sé todavía si es la mejor idea del mundo, pero sé que la peor idea de todas sería dejar que decidieras esto sola, sin contar conmigo como una opción real.

Se queda callada un momento, y cuando habla de nuevo lo hace más despacio, como si estuviera sopesando cada palabra con cuidado.

—Guárdate esa oferta, ¿vale? Como plan B. Porque mañana voy a intentar algo antes de aceptar que tengamos que elegir entre tu vida aquí y la mía en Bilbao. Si no funciona, hablamos en serio de lo que acabas de proponer. Pero primero quiero intentar no tener que pedirte ese sacrificio.

—Trato hecho. Aunque, para que conste, no lo sentiría como un sacrificio.

—Ya lo sé. Por eso mismo quiero intentar que no tengas que hacerlo.

Abre por fin la carpeta que ha traído, extendiendo sobre la cama varios documentos impresos, gráficos de costes, capturas de otras empresas del sector con modelos de dirección remota, y me doy cuenta, viendo el nivel de detalle, de que lleva más tiempo del que pensaba dándole vueltas a esto.

—¿Cuándo has preparado todo esto?

—Estas últimas noches, a ratos, entre informe e informe. No podía quedarme quieta sin hacer nada mientras decidía qué hacer.

—Olalla, esto es un trabajo de varias horas.

—Varias noches, más bien. Pero mereció la pena, porque ahora, en vez de presentarme al comité con una idea vaga, voy a presentarme con un plan entero, con números, con precedentes, con todo lo que necesito para que no puedan descartarlo solo por parecer una ocurrencia de última hora.

Me quedo mirando los papeles, impresionado por la cantidad de trabajo invertido en tan poco tiempo, y por la determinación con la que Olalla ataca cualquier problema que se le ponga por delante, una determinación que a estas alturas ya no me sorprende pero que sigue impresionándome cada vez que la veo en acción.

—¿Puedo ayudar en algo? —le pregunto, sintiéndome un poco inútil rodeado de tanto papel técnico que no termino de entender del todo.

—Puedes ayudarme a practicar la presentación. Necesito decirlo en voz alta unas cuantas veces antes de que me salga natural delante del comité.

Pasamos la siguiente hora así, con ella exponiéndome el plan una y otra vez mientras yo hago de comité imaginario, poniendo pegas cada vez más rebuscadas para que se prepare para cualquier pregunta posible, y cuando por fin se queda satisfecha con su propia actuación, ya ha amanecido casi del todo al otro lado de la ventana.

—Vas a arrasar mañana —le digo, cuando por fin nos metemos en la cama, agotados los dos.

—Eso espero. Porque como no funcione esto, no sé qué otro plan nos queda.

—Por cierto —añade, ya más relajada, cambiando el tono por uno mucho más ligero—, ¿al final vas a aceptar los dos mil euros que quedaban del contrato? Porque si te vienes a Bilbao conmigo, ya no hay excusa posible, los vas a necesitar para instalarte allí también, aunque sea a medias.

Me río, porque tiene razón, y porque la discusión que tuvimos por ese dinero hace unas semanas ahora, vista con la distancia de los días, me parece casi ridícula, una tontería más entre las muchas tonterías que hemos discutido desde que empezó todo esto.

—Vale. Los acepto. Pero como inversión en nuestro futuro, no como pago por nada.

—Trato hecho.

Sella el acuerdo con un beso rápido, y esa misma noche, antes de irme a mi piso, transfiere el dinero sin que yo se lo vuelva a pedir, con un concepto en la transferencia que me hace reír en voz alta al leerlo: «Inversión en un electricista con futuro. Sin intereses, sin condiciones, sin trampa.»

·  ·  ·

Al día siguiente, sin decírselo a Olalla porque todavía no tengo ni idea de si va a servir de algo, voy a la academia donde hice el curso de electricidad a medias, con la idea, todavía difusa, de que si de verdad esto va a cambiar de ciudad, quizás yo también tenga que empezar a plantearme cosas que llevo meses posponiendo por comodidad.

—¿Terminar el curso? —dice la recepcionista, una mujer mayor con gafas de pasta que reconozco de mis clases de enero—. Claro, puedes matricularte en el módulo que te falta, empieza en septiembre, coincide bien con el calendario.

Septiembre. La misma fecha en la que, si Olalla acepta el puesto, se mudaría a Bilbao, y por un momento me quedo con el papel de matrícula en la mano, pensando en la ironía de que ambos, sin habérnoslo propuesto, tengamos planes que apuntan al mismo mes desde direcciones completamente opuestas.

Antes de irme de la academia, la recepcionista, que se llama Amaia y que me recuerda vagamente de las clases de enero por lo mucho que se reía cada vez que se me caía algo, me pregunta por qué dejé el curso a medias la primera vez.

—Dinero, sobre todo. Y turnos que no me cuadraban con los horarios de clase.

—¿Y ahora qué ha cambiado?

Pienso en Olalla, en los dos mil euros que todavía no he decidido si aceptar del todo, en Bilbao, en Uxue y su frenillo ya casi pagado, en toda esta maraña de cosas que, sin que me diera cuenta, han ido cambiando poco a poco desde aquel semáforo.