Seis mil razones para casarse Capítulo 13
61%

Capítulo 13

Braulia me llama justo antes de que suene el teléfono de la reunión con Fermín, con una pregunta tan fuera de lugar dado el momento que casi me hace reír a pesar de los nervios.

—Hija, ¿al final vais a hacer la boda de verdad o no? Porque llevo semanas esperando que me deis una fecha para reservar el salón de mi urbanización, que tiene unas vistas preciosas y en verano se llena rápido de reservas.

—Tía, de verdad, ahora mismo no puedo pensar en eso.

—Ya, ya, siempre es "ahora mismo no puedo", hija. A este paso os vais a jubilar sin boda de verdad.

—Tía, ahora mismo tengo la cabeza en otras cosas. El comité de la promoción es esta semana.

—Ya, ya, el comité. Pero la vida sigue, hija, y las bodas de verdad no se organizan solas.

Cuelgo con una sonrisa a pesar de todo, porque hay algo entrañable en la capacidad de mi tía para mantener sus prioridades completamente ajenas al caos que me rodea, y apenas dos minutos después, cuando ya me he sentado de nuevo a mi mesa, me llega el mensaje de Fermín confirmando la fecha que llevo temiendo toda la semana.

—El comité es el próximo viernes.

Se lo digo a Roque por teléfono, caminando por el pasillo de la oficina con la agenda todavía abierta en la mano, después de que Fermín me lo confirmara hace apenas cinco minutos con esa mezcla suya de solemnidad y nerviosismo que ya no sé si es genuina o simple costumbre profesional.

—¿Tan pronto?

—Tan pronto. Dice que, resuelto lo de Verónica, no tiene sentido seguir retrasándolo más.

·  ·  ·

Lo que nadie me había mencionado, hasta que Fermín lo suelta como quien no quiere la cosa en una reunión de pasillo el miércoles, es que el puesto de subdirectora regional implica trasladarse a la delegación de Bilbao, donde la empresa está centralizando toda la gestión de la zona norte.

—¿Bilbao? —repito, como si la palabra necesitara traducción—. Nadie me había dicho nada de Bilbao.

—Está en las bases del puesto desde el principio, Olalla, aunque entiendo que con todo el lío de estos meses se te haya podido pasar por alto. La delegación de Vitoria se queda como oficina secundaria, pero la subdirección regional opera desde Bilbao a partir de septiembre.

Me quedo con la sonrisa congelada, calculando mentalmente la distancia, los kilómetros, lo que significa mudarse de ciudad después de haber pasado los últimos meses construyendo, con mucho esfuerzo, una vida entera en Vitoria con Roque, con su familia, con Uxue y sus deberes de matemáticas y sus preguntas sobre bodas de verdad.

—¿Cuánta gente ha ocupado ya puestos similares con esta condición? —pregunto, intentando ganar tiempo mientras proceso la información.

—Tres delegaciones ya han centralizado sus subdirecciones en Bilbao este último año. Dos de las tres personas aceptaron el traslado sin problema. La tercera rechazó el puesto.

—¿Y qué pasó con ella?

—Sigue en su puesto anterior. Buena profesional, pero la empresa entendió que sus circunstancias personales no le permitían asumir el cambio en ese momento.

Me quedo pensando en esa tercera persona anónima, en las circunstancias personales que la llevaron a rechazar algo por lo que probablemente también llevaba años trabajando, preguntándome si voy a terminar siendo yo la próxima nota a pie de página en esta misma estadística incómoda.

—¿Puedo preguntar algo más? —digo, antes de que Fermín pase al siguiente punto de la reunión—. ¿Existe algún precedente de modelo de dirección remota o híbrida en la empresa, aunque sea en otro departamento?

Fermín consulta sus notas, algo sorprendido por la pregunta.

—No que yo sepa, al menos no de forma oficial. Algunos mandos intermedios trabajan en remoto parcialmente, pero nunca a nivel de subdirección regional.

—Entiendo. Gracias por la información.

—¿Es negociable lo de Bilbao? —insisto, antes de que dé la reunión por cerrada.

—No, me temo que no. La empresa considera la centralización un pilar estratégico.

Quien acepte la subdirección, acepta Bilbao.

—Fermín me mira, con una expresión que por primera vez parece genuinamente empática—.

Sé que esto complica las cosas, dada tu situación personal.

Tómate el fin de semana para pensarlo, si es necesario, aunque el comité necesita saber antes del viernes si sigues optando al puesto en estas condiciones.

Salgo de la reunión con la cabeza dándome vueltas, porque después de dos años luchando por este ascenso, ahora que por fin está al alcance de la mano, resulta que aceptarlo significa, probablemente, poner en riesgo lo único que me importa más que el trabajo en este momento de mi vida.

Vuelvo a mi mesa aturdida, incapaz de concentrarme en nada, y paso el resto de la mañana revisando el mismo informe de siniestros tres veces sin retener ni una sola cifra, hasta que Sagrario, que me conoce lo suficiente como para notar cuándo algo va mal sin que yo diga nada, se acerca con dos cafés y se sienta en el borde de mi mesa sin preguntar si quiero compañía.

—¿Qué ha pasado?

—El puesto es en Bilbao. Traslado obligatorio.

Suelta un silbido bajo, de esos que solo se sueltan cuando una noticia es lo bastante gorda como para merecer sonido propio.

—Vaya faena.

—Vaya faena, sí.

—¿Y qué vas a hacer?

—Todavía no lo sé. Se lo tengo que contar a Roque esta noche, y ni siquiera sé cómo empezar la conversación.

·  ·  ·

Sagrario me busca de nuevo por la tarde, esta vez en el baño de la oficina, con los brazos cruzados y esa cara suya de estar dándole vueltas a algo desde hace rato.

—¿Y si le preguntas a la empresa si hay alguna alternativa? No sé, trabajo híbrido, algo que no implique mudarte del todo. Con la digitalización que hay ahora, no tiene sentido que todo se resuelva con un traslado obligatorio de toda la vida.

—Fermín ya me ha dicho que no es negociable.

—Fermín te dijo que las bases del puesto decían eso. No te dijo que fuera imposible plantear otra cosa. A veces las normas están para que alguien las cuestione con el argumento adecuado, Olalla, y si hay alguien capaz de encontrar ese argumento, esa eres tú.

—Roque tiene su vida aquí, Sagrario. Su hermana, su madre, el curro. No puedo pedirle que lo deje todo para seguirme a Bilbao, y tampoco quiero renunciar a esto por él, porque entonces en algún momento se lo echaría en cara, aunque fuera sin querer, y eso envenenaría todo lo demás.

—Por eso mismo, encuentra la tercera opción. Se te da bien, cuando te lo propones.

Sus palabras se me quedan rondando el resto de la tarde, mientras reviso informes sin prestarles demasiada atención, dándole vueltas a la idea de plantear algo que nadie ha planteado antes en esta empresa, algo que quizás sea exactamente lo que necesito hacer si de verdad quiero las dos cosas que me importan sin tener que sacrificar ninguna.

Esa noche, antes de contarle nada a Roque, me siento en mi cocina con el portátil abierto y empiezo a esbozar un borrador de propuesta, con cifras, con comparativas de costes de reubicación, con ejemplos de otras empresas del sector que ya operan con modelos híbridos de dirección regional, aplicando el mismo rigor que aplicaría a cualquier informe importante para un cliente, porque si algo he aprendido estos meses es que las ideas a medio cocinar no convencen a nadie, y esta necesito que convenza a un comité entero.

Trabajo hasta las dos de la madrugada, con varias tazas de café ya frío acumulándose sobre la mesa, y cuando por fin cierro el portátil, satisfecha con el resultado, tengo la sensación clara de que, gane o pierda, al menos voy a presentarme a esa reunión con algo sólido entre las manos, no solo con la esperanza de que alguien decida por mí.

·  ·  ·

Se lo cuento a Nekane al día siguiente, a la hora de comer, y deja el tenedor a medio camino de la boca al oír la noticia, con esa cara suya de estar calculando ya mil escenarios distintos.

—¿Y estás nerviosa?

—Aterrada.

—Vas a conseguirlo, Olalla. Llevas dos años currándotelo, y encima has sobrevivido a una compañera que contrató a un detective para hundirte. Si eso no demuestra que te mereces el puesto, no sé qué más tienen que pedirte.

—El puesto implica mudarme a Bilbao, Nekane.

Se queda callada un momento, procesando la información con esa rapidez suya que a veces me sorprende, y cuando habla de nuevo lo hace con una seriedad que no es habitual en ella durante la comida.

—¿Y qué dice Roque?

—Ya lo sabe. Le ofreció venirse conmigo, si hace falta. Y yo le pedí que me dejara intentar primero una alternativa, antes de aceptar que tenga que hacer un sacrificio así.

—Olalla. Sea lo que sea que decidas, decídelo por ti, no por miedo a perderlo a él ni por miedo a perder el ascenso. Las dos cosas dan miedo perderlas, eso es así, pero solo una de las dos decisiones es la tuya de verdad.

Tiene razón, como casi siempre, aunque no me hace sentir mejor saber que, decida lo que decida, hay una parte de esta decisión que se me escapa por completo de las manos.

·  ·  ·

Esa tarde, de vuelta en la oficina, me cruzo con la nueva compañera de Marketing que ha sustituido a Verónica, una chica joven llamada Iranzu que todavía no conoce del todo la historia completa de lo que pasó estos meses y que me mira con una mezcla de curiosidad y cautela, como quien ha oído rumores pero no se atreve a preguntar directamente.

—¿Tú eres la de la boda relámpago? —me pregunta al fin, en el ascensor, cuando ya no hay escapatoria posible de la conversación.

—La misma.

—Qué fuerte lo de la otra chica, la del detective. Menuda historia. Aquí la gente todavía habla de eso en los descansos.

—Ya me imagino.

—Oye, sin ánimo de cotillear, pero... ¿tú vas a ser la nueva subdirectora? Porque si es así, me interesa mucho saber qué tipo de jefa eres, ya que voy a tener que reportarte a partir de ahora, imagino.

Me quedo pensando la respuesta un segundo, porque la pregunta, aunque hecha con la mejor intención, me recuerda que todavía no sé si voy a poder contestarla con seguridad.

—Voy a ser una jefa que no juzga a la gente por si está casada o no, para empezar.

Iranzu sonríe, aliviada, y el ascensor se abre en su planta antes de que la conversación pueda profundizar más, dejándome con la sensación extraña de que, gane o pierda el pulso por el modelo híbrido, ya he empezado a cambiar, sin proponérmelo del todo, la manera en que esta empresa entiende lo que significa merecer un ascenso.

·  ·  ·

Esa noche, ya en mi piso, mi madre me llama para preguntarme cómo ha ido el día, y cuando le cuento lo del comité, con pelos y señales, se queda un momento en silencio antes de decir algo que no esperaba de ella.

—Hija, sea lo que sea que decidan, quiero que sepas que estoy orgullosa de cómo estás llevando todo esto. La boda rara, el lío de Verónica, ahora esto. Cualquier otra persona se habría rendido hace meses.

—Gracias, ama. Significa mucho oírtelo decir.

—Y otra cosa. Si al final tienes que mudarte, aunque sea a tiempo parcial, cuenta conmigo para lo que haga falta. Para cuidar de las plantas, para lo que sea. No quiero que pienses ni un segundo que esto te aleja de la familia, solo cambia un poco la logística.

Cuelgo con esa calidez que solo da sentir el apoyo incondicional de la propia madre, y me quedo dormida esa noche pensando en lo rápido que mi familia entera se ha adaptado a una idea que hace apenas una semana ni siquiera existía.

Antes de dormirme del todo, le escribo un mensaje a Roque, breve, sin necesidad de mucho más.

«Gracias por ofrecerte a venir conmigo. Pase lo que decida el comité, saber que esa opción existe me ha dado la tranquilidad que necesitaba para pelear por la otra.»

Su respuesta llega casi al instante, como si hubiera estado esperando el teléfono en la mano.

«Para eso estoy. Ahora duerme, que mañana hay que seguir peleando.»

Sonrío contra la almohada, dejando el teléfono en la mesilla, y por primera vez en toda esta semana de nervios, consigo dormirme sin dar demasiadas vueltas.

·  ·  ·

El sábado, tal y como habíamos quedado, celebramos en el bar de pintxos de siempre, aunque esta vez la celebración es más bien un brindis de incertidumbre compartida, porque todavía no hay nada oficial que festejar, solo la certeza de haber peleado como se debía.

—Por los comités que tardan una eternidad en decidir cualquier cosa —brinda Peio, alzando su copa con esa solemnidad exagerada que reserva para ocasiones así.

—Por eso mismo —dice Roque, chocando su copa con la mía.

Sagrario llega tarde, disculpándose por un problema con la niñera de su sobrina, y en cuanto se sienta nos bombardea a preguntas sobre cómo ha ido exactamente la reunión, con un nivel de detalle que solo alguien que lleva ocho años sentada a mi lado puede exigir sin que resulte invasivo.

—¿Y de verdad la mujer de dirección general pareció interesada?

—Pareció interesada, sí. Aunque eso no significa nada hasta que lo confirmen por escrito. Dicen que necesitan un informe técnico de viabilidad, y que no debería tardar más de una semana.

—Va a salir bien, Olalla. Lo presiento.

—Llevas presintiendo cosas equivocadas desde que te conozco, Sagrario, con todo el cariño del mundo.

—Ya, pero esta vez lo presiento con mucha fuerza, así que cuenta el doble.

Nos reímos, y la noche avanza con esa ligereza especial que solo se consigue cuando la incertidumbre, en vez de angustiar, se convierte en una especie de suspense compartido entre amigos, algo que sobrellevar juntos en vez de solos, y aunque el resultado del comité sigue sin saberse, me doy cuenta de que llevo toda la noche sonriendo sin ningún esfuerzo, algo que hace unos meses, en plena crisis con Verónica, me habría parecido completamente imposible.

—¿Estás preparada? —me pregunta Roque, ya de vuelta hacia casa, con las manos entrelazadas.

—Llevo dos años preparándome, Roque. La pregunta es si estoy preparada para lo que sea que decidan.

Cuelgo mentalmente la semana entera al llegar a mi portal, con esa sensación extraña de vértigo que llevo arrastrando toda la semana, porque después de meses centrada en sobrevivir al escándalo de Verónica, había casi olvidado que, al final de todo esto, sigue habiendo un puesto de subdirectora regional esperando a que alguien lo ocupe, y que ese alguien, con un poco de suerte, puede ser yo.