Seis mil razones para casarse Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Ya lo sé, Peio. No pasa nada.

Me tumbo de todas formas, mirando el techo de mi antigua habitación, que ya no reconozco del todo como mía después de tantas semanas durmiendo en otro sitio, y escucho a Peio moverse por la cocina, sirviéndome sin preguntar un vaso de agua que deja sobre la mesilla antes de volver a su cuarto sin decir nada más, ese tipo de gesto silencioso que en él vale más que cualquier discurso de consuelo.

No consigo dormir. Me quedo repasando la discusión una y otra vez, buscando el momento exacto en que se torció todo, y cuanto más lo pienso, más claro tengo que el problema nunca fue el dinero, sino el miedo de fondo que el dinero destapó, un miedo que llevo arrastrando desde mucho antes de conocer a Olalla y que ella, sin comerlo ni beberlo, se ha llevado por delante esta noche sin merecerlo del todo.

Pienso en mi padre, cosa que evito hacer casi siempre porque nunca lleva a ningún sitio bueno, en cómo se marchó prometiendo que volvería en verano y en cómo ese verano se convirtió en el siguiente y en el siguiente, hasta que dejamos de contarlos del todo, y en cómo, desde entonces, cualquier cosa buena que me ha pasado en la vida ha venido acompañada de la sospecha automática de que en algún momento se la van a llevar, o de que hay que pagarla de alguna manera, con esfuerzo o con dinero o con lo que sea, porque nada bueno llega gratis, esa es la lección que aprendí a los doce años y que llevo aplicando desde entonces sin cuestionarla.

Y ahora resulta que Olalla me quiere sin que yo tenga que pagar nada por ello, sin condiciones, sin cheques de por medio, y en vez de sentirlo como el alivio que debería ser, lo he sentido como una amenaza, como si aceptarlo así, sin más, significara bajar la guardia de una manera que llevo dieciséis años sin permitirme.

Cuando por fin amanece, sin haber pegado ojo, decido que hay una sola cosa clara en medio de todo este lío: que huir a media noche a la habitación donde crecí no ha arreglado nada, y que la única manera de arreglar esto de verdad es volviendo a su piso y diciéndole, sin editar nada esta vez, exactamente lo que me ha costado tanto decir anoche.

·  ·  ·

Antes de irme, sin embargo, Peio me detiene en la puerta con una expresión más seria de lo habitual en él, la misma que reservó para cuando lo del detective se puso feo de verdad.

—Roque. Antes de que vayas corriendo a arreglarlo todo, una pregunta. ¿De verdad es por el dinero, o es por algo más gordo que llevas arrastrando desde mucho antes de conocerla?

Me quedo callado, porque la pregunta me pilla más desprevenido que cualquier discusión de anoche, y Peio, que me conoce desde hace años, no necesita que conteste para saber que ha dado en el clavo.

—Lo digo porque llevas toda la vida pensando que no mereces las cosas buenas sin currártelas hasta sangrar, tío.

Desde que se fue tu padre, desde que empezaste a currar con dieciséis años para ayudar en casa.

Y ahora te viene una mujer que te quiere sin condiciones y tu primer instinto es desconfiar, como si el cariño gratis fuera sospechoso.

—No es tan simple, Peio.

—Nunca es tan simple. Pero a veces sí lo es, y esta vez creo que lo es bastante.

No le contesto, porque no tengo una respuesta mejor que darle, y me voy hacia la puerta con las palabras de Peio resonándome en la cabeza durante todo el trayecto en autobús hacia el piso de Olalla, preguntándome si de verdad he pasado tantos años convencido de que el cariño, para ser real, tiene que doler o costar algo, y si esa convicción, más que el dinero en sí, es lo que de verdad tengo que arreglar antes de poder aceptar sin miedo lo que Olalla me ofrece.

El autobús va casi vacío a estas horas de la mañana, con la luz todavía gris de un día que empieza, y me quedo mirando por la ventanilla el paisaje conocido de siempre, las mismas calles de esta ciudad donde llevo viviendo toda la vida, pensando que quizás ha llegado el momento de dejar de medir el cariño en función de lo que cuesta, y empezar a aceptar que a veces las cosas buenas llegan sin factura, sin trampa, sin nada que devolver más que el mismo cariño de vuelta.

Bajo del autobús dos paradas antes de la mía, porque el resto del camino prefiero hacerlo andando, con la cabeza despejándose un poco más a cada paso, ensayando mentalmente, por primera vez en mi vida sin que me dé vergüenza reconocerlo, las palabras exactas que le voy a decir a Olalla en cuanto me abra la puerta.

El portal huele a café recién hecho cuando llego, ese olor que ya asocio sin remedio a las mañanas en casa de Olalla, y subo las escaleras de dos en dos una vez más, como aquella primera vez que subí corriendo al leer su mensaje de «ven ya», solo que esta vez no hay ninguna crisis externa esperándome arriba, solo una conversación pendiente que llevo demasiado tiempo posponiendo por orgullo.

Llamo a la puerta, y el tiempo que tarda en abrirse, apenas unos segundos, se me hace tan largo como toda la noche anterior junta, con el corazón latiéndome de una manera que ya no tiene nada que ver con el frío de la calle ni con la caminata de las últimas dos paradas.

La puerta se abre despacio, y ahí está Olalla, todavía en pijama, con el pelo revuelto y los ojos hinchados de una noche que, a juzgar por su cara, tampoco ha dormido demasiado bien, y durante un segundo entero los dos nos quedamos ahí, en el umbral, sin decir nada, midiendo la distancia que la discusión de anoche ha dejado entre los dos.

—Roque.

—He venido a decirte algo, y necesito que me dejes terminar antes de contestar nada, porque si no lo digo ahora, con la cabeza todavía clara de todo lo que he pensado esta noche, creo que no voy a ser capaz de decirlo nunca.

Ella se aparta de la puerta, despacio, dejándome espacio para entrar, con una expresión que no consigo del todo descifrar entre el cansancio de la noche y algo parecido a la esperanza contenida, y antes de que cierre la puerta detrás de mí, me mira fijamente, esperando.

—Te escucho, Roque.

Me quedo un segundo en el umbral, buscando por dónde empezar, y al final decido que la manera más honesta de decirlo es simplemente decirlo, sin adornos, sin la elocuencia que llevo ensayando todo el trayecto y que ahora, delante de ella de verdad, se me ha vuelto a esfumar por completo.

—Anoche no me fui por el dinero. Me fui porque llevo toda la vida pensando que las cosas buenas hay que ganárselas a pulso, que nada llega gratis, y cuando me ofreciste esos dos mil euros sin condiciones, en vez de sentirlo como un regalo, lo sentí como una prueba de que seguía siendo, para ti, alguien a quien había que pagar.

Y no es verdad, ya lo sé, pero llevo dieciséis años sin saber recibir cariño de otra manera que no sea currándomelo, y anoche eso pudo más que las ganas de quedarme y hablarlo contigo como una persona adulta.

Olalla no dice nada durante un momento, y cuando por fin habla, lo hace con una suavidad que no esperaba después de la noche que hemos tenido los dos.

—Gracias por contármelo. Y perdona si en algún momento te hice sentir que esto era una transacción, porque nunca fue mi intención, ni siquiera al principio, si te soy sincera.

Entro por fin, cerrando la puerta detrás de mí, y cuando ella me abraza, apretada contra mi pecho en mitad del recibidor, con el café todavía haciéndose en la cocina y la ciudad despertándose despacio al otro lado de la ventana, tengo la sensación clara de que esta discusión, la primera de verdad seria entre los dos, en vez de romper algo, ha terminado uniendo una grieta que llevaba mucho tiempo abierta sin que ninguno de los dos se atreviera a mirarla de frente.