Capítulo 12
Celebramos con Peio y Sagrario en el mismo bar de pintxos de la noche de la boda, como si el sitio se hubiera convertido, sin que nadie lo decidiera oficialmente, en el escenario fijo de todos los momentos importantes de esta historia rara que llevamos viviendo desde hace meses.
Llegamos los últimos, porque Olalla ha insistido en pasar antes por su piso a cambiarse, «no pienso celebrar esto con la ropa de oficina puesta ni un minuto más», y cuando entramos al bar, Peio ya lleva media hora aleccionando a Sagrario sobre la superioridad moral de haber sospechado de Verónica desde el principio, cosa que, según recuerdo, no es exactamente cierta.
—Yo lo dije desde el minuto uno —insiste Peio en cuanto nos sentamos—. Dije: esa tía del anillo tiene cara de mala.
—Dijiste que tenía cara de estresada, que no es lo mismo —le corrijo yo, sentándome a su lado.
—Es lo mismo, con matices.
Sagrario llega diez minutos después con una tarta pequeña, de esas de supermercado con la palabra «FELICIDADES» escrita en un tono de rosa que no existe en la naturaleza, y la deja en el centro de la mesa con solemnidad exagerada.
—No sabía si esto era para celebrar el archivo del expediente o directamente vuestra boda de verdad, así que he comprado la tarta más neutra que he encontrado.
—Es perfecta para las dos cosas —dice Olalla, riéndose, y le da un abrazo que dura más de lo esperado, uno de esos abrazos que solo se dan entre gente que ha pasado algo difícil junta y ha salido al otro lado.
Pedimos otra ronda, y otra más después, y la noche se llena de anécdotas sobre Verónica que probablemente exageramos un poco con cada repetición, y de brindis cada vez menos coherentes propuestos por Peio, que a estas alturas ya ha perdido la cuenta de cuántas veces ha alzado la copa esta noche.
—Por Verónica, que se joda —brinda Peio, alzando la copa con un entusiasmo que hace que la gente de la mesa de al lado se gire a mirarnos.
—Peio, un poco de compasión, la mujer se ha quedado sin trabajo probablemente.
—Se ha quedado sin trabajo por espiar a gente, Sagrario. No le tengo ninguna compasión.
Olalla se ríe, más relajada de lo que la he visto en semanas, con las mejillas encendidas por el vino y una tranquilidad nueva que le sienta bien, y durante un rato la noche transcurre fácil, sin ningún peso encima, hasta que Sagrario, ya con la lengua suelta por el segundo vino, suelta una pregunta que no veía venir.
—¿Y ahora qué? Quiero decir, con lo del contrato. ¿Vais a seguir casados de mentira o esto ya es oficialmente de verdad?
Se hace un silencio breve en la mesa, uno de esos silencios que todos notan aunque nadie lo mencione, y Olalla y yo cruzamos una mirada rápida, sin saber muy bien quién debería contestar primero.
—Es de verdad —digo yo al final, porque me sale antes de pensarlo—. Lleva siendo de verdad bastante tiempo, la verdad.
Sagrario sonríe, satisfecha, y Peio hace un ruido de aprobación con la boca llena, y la conversación sigue su curso hacia otros temas, pero algo de esa pregunta se me queda rondando el resto de la noche, porque «de verdad» trae consigo preguntas que hasta ahora no habíamos tenido que responder, como qué pasa con el dinero que todavía queda pendiente, los últimos dos mil euros del contrato original, que según lo firmado debían transferirse en cuanto el matrimonio quedara registrado oficialmente en la empresa, cosa que, con el archivo del expediente, ya ha ocurrido.
· · ·
Volvemos caminando al piso de Olalla, más tarde de lo prudente, con esa sensación ligera que da el vino bueno y las buenas noticias combinados, parándonos a mitad de camino frente al escaparate de una joyería que a estas horas ya está cerrada, con las luces del interior todavía encendidas.
—¿Sabes qué llevo pensando toda la noche? —dice Olalla, con la cabeza apoyada en mi hombro.
—¿Qué?
—Que deberíamos hacer una boda de verdad. Con tarta, con familia, con todo el paripé que nos saltamos la primera vez.
Me quedo mirando el escaparate, con los anillos brillando bajo las luces del interior, y por un segundo me imagino esa boda, con Uxue de dama de honor insistiendo en elegir la música, con mi madre llorando desde la primera fila, con Peio haciendo un brindis vergonzoso, y la imagen me gusta tanto que me sorprendo a mí mismo sonriendo como un idiota en mitad de la calle.
—Me gusta la idea.
—¿En serio?
—En serio. Aunque vamos a tener que decidir quién paga esta vez, porque no pienso dejar que me sobornes para casarme contigo dos veces.
Se ríe, dándome un golpe suave en el brazo, y seguimos caminando hacia su portal con esa ligereza que en un rato, sin que ninguno de los dos lo sospeche todavía, va a desaparecer por completo en cuanto entremos por la puerta y saquemos el tema del dinero.
· · ·
Olalla me lo menciona esa misma noche, ya en su piso, mientras se quita los pendientes frente al espejo del dormitorio con esa parsimonia suya de después de una noche larga.
—Mañana te hago la transferencia de los dos mil que quedan. Ya está todo resuelto con la empresa, así que técnicamente se cumplen las condiciones del contrato.
Algo se me tensa por dentro, de una manera que no esperaba, y tardo un segundo en identificar qué es exactamente lo que me molesta de una frase que, en teoría, debería darme igual, incluso alegrarme, porque son dos mil euros que me vendrían muy bien para el curso de electricidad que llevo meses queriendo terminar.
—No hace falta.
—¿Cómo que no hace falta? Es lo acordado, Roque. Un trato es un trato.
—Ya lo sé que es lo acordado.
—Entonces no entiendo el problema. Llevas semanas queriendo terminar el curso de electricidad, me lo has dicho tú mismo mil veces. Con esos dos mil euros podrías matricularte ya, sin esperar a ahorrar poco a poco con los turnos de la hamburguesería.
—Ya lo sé, Olalla. No es por el curso. Bueno, sí es por el curso, pero no solo por eso.
—Ya lo sé que es lo acordado. Pero las cosas han cambiado bastante desde que lo acordamos, ¿no te parece?
Se gira hacia mí, con un pendiente todavía en la mano, y por su cara veo que no entiende del todo por dónde voy, lo cual me frustra más de lo que debería, porque yo tampoco lo tengo del todo claro, solo sé que la idea de coger ese dinero ahora, después de todo lo que ha pasado entre nosotros, me sienta raro de una manera que no sabría explicar bien.
—Roque, es tu dinero. Te lo has ganado.
—¿Me lo he ganado por qué? ¿Por casarme contigo? ¿Por quererte? Eso no se cobra, Olalla, o al menos no debería cobrarse, y ahora mismo, si acepto esos dos mil euros, siento que estoy poniéndole precio a algo que para mí ha dejado de tenerlo hace mucho tiempo.
—No es lo mismo. El contrato es una cosa, lo nuestro es otra. Son cosas separadas.
—Para ti a lo mejor son cosas separadas. Para mí ahora mismo no lo son tanto, y no sé si eso es un problema tuyo o un problema mío, pero es lo que siento.
Se queda callada, con el pendiente todavía en la mano, y por primera vez en semanas vuelvo a sentir esa distancia incómoda entre los dos que creía que habíamos dejado atrás del todo, esa distancia que empieza, como casi todo entre nosotros, por un malentendido que ninguno de los dos sabe todavía cómo resolver sin hacerle daño al otro.
—Vale —dice al fin, dejando el pendiente sobre la mesilla con un golpe seco que suena más a punto final que a otra cosa—.
No te hago la transferencia. Pero entonces vamos a tener que hablar de qué es esto exactamente, Roque, porque llevo meses sin saber si soy tu mujer o tu jefa, y ahora mismo, sinceramente, no tengo ni idea de cuál de las dos cosas te está molestando más.
No le contesto enseguida, porque la pregunta, formulada así, tan directa, me deja sin ninguna respuesta cómoda que dar, y mientras busco las palabras adecuadas, algo que no tengo del todo claro después de todo lo que ha pasado hoy, ella apaga la luz de la mesilla y se mete en la cama dándome la espalda, dejando la conversación suspendida en un silencio que se me antoja mucho más difícil de resolver que cualquier detective privado o cualquier comité de julio.
Me quedo sentado en el borde de la cama un buen rato, en la oscuridad, escuchando su respiración cada vez más lenta al otro lado, y cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que lo que me ha molestado del dinero no es el dinero en sí, sino el miedo de fondo que lleva agazapado ahí desde el principio: que en algún momento, cuando la vida vuelva a la normalidad, cuando ya no haya comités ni detectives ni crisis que resolver juntos, Olalla se dé cuenta de que sigo siendo el mismo chaval de la comida rápida que era el día que casi me atropelló, y que yo, en el fondo, sin saber muy bien cómo evitarlo, llevo semanas convencido de que no soy suficiente para ella sin el dinero de por medio, y que aceptarlo ahora sería como darle la razón a esa idea de una vez por todas.
Me visto en silencio, sin encender la luz, y cojo las llaves de mi piso, que llevan semanas cogiendo polvo en el bolsillo de una chaqueta que casi no uso ya.
—¿A dónde vas? —pregunta ella, con la voz espesa de sueño, sin darse la vuelta del todo.
—A mi piso. Necesito pensar con la cabeza despejada, y aquí no consigo.
—Roque.
—Mañana hablamos, Olalla. Con calma.
Salgo del piso antes de que ella pueda decir nada más, bajando las escaleras despacio, con la sensación incómoda de estar repitiendo, sin quererlo, el mismo gesto de marcharme en mitad de una discusión que tanto le reproché en su día, y mientras camino hacia la parada del autobús de madrugada, con la ciudad completamente vacía y el frío calándome la chaqueta fina que no pensé en cambiar antes de salir, no dejo de preguntarme si acabo de cometer el primer error de verdad grave de toda esta historia.
Peio me abre la puerta en calzoncillos y con cara de sueño, y en cuanto me ve plantado en el rellano a las tantas de la madrugada, con la chaqueta fina y la expresión de quien acaba de discutir con alguien, no hace ninguna pregunta, simplemente se aparta para dejarme pasar.
—Tu cama sigue hundida por el centro, para que lo sepas.