Capítulo 11
El detective se llama Asier Landa, tiene un despacho diminuto encima de una farmacia en la calle Postas, y cuando Iratxe y yo nos presentamos allí, con una excusa legal lo bastante sólida como para que no pueda echarnos sin más, se pone tan nervioso que tira un vaso de café sobre sus propios papeles antes de que hayamos terminado de sentarnos.
—No puedo revelar información de clientes. Es el código deontológico de la profesión.
—Señor Landa —dice Iratxe, con esa voz suya tan calmada que a mí me pondría más nerviosa todavía si estuviera en su lugar—, no le estamos pidiendo que rompa ningún código.
Le estamos informando de que el material que usted ha producido está siendo utilizado en un proceso interno de una empresa para perjudicar deliberadamente a una empleada, y que eso, dependiendo de cómo se hayan obtenido las fotografías, podría constituir una vulneración del derecho a la intimidad con consecuencias legales para usted también.
El hombre traga saliva, mirando el café derramado como si ahí dentro hubiera alguna vía de escape, y durante un rato larguísimo no dice nada, hasta que finalmente, con la voz de quien ha decidido que salvarse a sí mismo pesa más que cualquier código deontológico, empieza a hablar.
—Fue una clienta. Verónica Zubizarreta. Contrato normal, pago en efectivo, encargo de seguimiento a una pareja durante tres semanas, con instrucciones específicas de documentar cualquier comportamiento que pudiera sugerir que la relación no era, cito textualmente, «genuina».
—¿Y le entregó un informe?
—Le entregué varias tandas de fotografías, sí. Y un informe escrito con mis observaciones profesionales.
—¿Puede darnos una copia de ese contrato y ese informe?
Duda un momento, calculando probablemente cuántos problemas legales le va a ahorrar colaborar frente a los que le va a ahorrar seguir callado, y al final abre un cajón y saca una carpeta que nos entrega sin decir nada más, como quien se deshace de algo que lleva demasiado tiempo pesándole en la conciencia.
—Una cosa más —dice Iratxe, antes de que nos vayamos—. ¿Le mencionó la clienta en algún momento el motivo del seguimiento? ¿Alguna razón personal?
Asier Landa se queda pensativo un momento, como repasando mentalmente la conversación que tuvo con Verónica semanas atrás.
—Dijo algo sobre que llevaba dos años esperando un ascenso y que no pensaba dejar que se lo quitaran «con trucos». Sus palabras textuales, creo recordar.
La ironía de que Verónica nos acuse de hacer trucos mientras contrata a un detective para espiarnos no se me escapa, y debo de poner una cara bastante elocuente, porque Iratxe me pone una mano en el hombro antes de que diga nada de lo que pueda arrepentirme delante de un testigo.
—Ya tenemos suficiente, Olalla. Vámonos.
Al salir del despacho, con la carpeta ya guardada en el maletín de Iratxe, me quedo un momento parada en la acera de la calle Postas, con una sensación extraña de vértigo, como si acabara de tocar el fondo de algo que llevaba semanas pareciéndome demasiado grande para resolver.
—¿Estás bien? —pregunta Iratxe, ajustándose las gafas.
—Sí. Es solo que... no sé, esperaba sentirme mejor al tener por fin una prueba de verdad. Y me siento rara, casi triste, de que haya sido verdad. Que alguien haya estado dispuesto a llegar tan lejos solo para que yo no consiguiera un ascenso.
—La gente hace cosas muy feas cuando se siente amenazada, Olalla. No es sobre ti, en el fondo. Es sobre el miedo de Verónica a no ser suficiente sin hacer trampas ella también, a su manera.
Lo dice con una objetividad profesional que a mí me cuesta compartir del todo, porque por mucho que entienda la lógica, hay algo profundamente injusto en que dos años de trabajo honesto hayan estado a punto de írseme al garete por la inseguridad de otra persona, y ese pensamiento me acompaña todo el camino de vuelta a la oficina, donde todavía queda por librarse la última batalla de este asunto.
· · ·
Con el contrato y el informe de Asier Landa en la mano, Iratxe redacta en dos días una queja formal ante Recursos Humanos por acoso laboral y vulneración de la intimidad, con Verónica Zubizarreta como responsable directa, y la presentamos el mismo día en que se supone que debía celebrarse mi entrevista individual con la gestora externa del expediente.
Fermín nos recibe a las dos, a Verónica y a mí, en una sala de reuniones que normalmente se usa para entrevistas de trabajo, con una mesa larga que de repente parece un tribunal improvisado.
—Verónica, tenemos un contrato firmado por ti con un detective privado para vigilar a una compañera. Esto es gravísimo.
—Yo solo quería asegurarme de que el proceso fuera justo para todos —dice ella, con una entereza que casi me impresiona, dado que la tiene delante encima de la mesa la prueba irrefutable de lo que ha hecho—. Si su matrimonio era legítimo, no tenía nada que temer de una simple comprobación.
—Contratar a un detective para espiar a una compañera no es «una simple comprobación», Verónica, es acoso —dice Fermín, con una dureza que no le conocía—.
Y con esto, no solo quedas descartada del comité de promociones de este trimestre, sino que Recursos Humanos va a evaluar medidas disciplinarias que podrían incluir el despido.
Verónica me mira, un segundo, con una expresión que no consigo descifrar del todo, entre el rencor y algo parecido al reconocimiento de haber perdido de la peor manera posible, y se levanta sin decir nada más, saliendo de la sala con la espalda muy recta, como si con eso pudiera disimular lo que acaba de perder.
Antes de llegar a la puerta, sin embargo, se detiene un segundo y se gira hacia mí, con una expresión que por primera vez desde que la conozco no tiene nada de calculada.
—Espero que seas feliz con él. De verdad. Aunque no me lo creas.
No sé qué contestarle a eso, porque en su voz hay algo que suena más a derrota sincera que a sarcasmo, y por un instante casi siento pena por ella, por la desesperación que tiene que sentir alguien para llegar a hacer lo que ha hecho, hasta que recuerdo las semanas de miedo, las noches sin dormir bien, y decido que la pena, si es que la hay, puede esperar a otro momento que no sea este.
—Gracias, Verónica.
Se va sin decir nada más, y Fermín y yo nos quedamos un momento en silencio, con la mesa larga entre los dos llena de fotografías que ya no representan ninguna amenaza, solo el recuerdo incómodo de unas semanas que preferiría no haber vivido.
—¿Puedo hacerte una pregunta un poco personal, Olalla? —dice Fermín, mientras recoge las fotografías y las guarda de nuevo en la carpeta.
—Adelante.
—¿Es cierto lo que insinuaba la denuncia? Lo del acuerdo económico al principio.
Dudo un segundo, calculando las consecuencias de decir la verdad a estas alturas, cuando ya no hay ninguna necesidad legal de hacerlo, pero algo en el tono de Fermín, más curioso que acusador, me hace pensar que merece una respuesta honesta después de todo lo que ha gestionado estas últimas semanas.
—Es cierto. Empezó siendo un acuerdo. Ya no lo es.
Fermín asiente, sin ningún juicio visible en la cara, y cierra la carpeta con un gesto definitivo.
—Sabes que eso, técnicamente, también podría haber sido motivo de expediente.
—Lo sé.
—Pero también sé reconocer cuándo algo se ha convertido en otra cosa, Olalla.
Llevo veinte años en Recursos Humanos, y créeme si te digo que sé distinguir un matrimonio real de uno de conveniencia con solo veros entrar juntos por esa puerta.
Voy a cerrar el expediente. Y esto, lo del acuerdo inicial, no va a figurar en ningún informe.
Le doy las gracias, aliviada y sorprendida a partes iguales por esta muestra de humanidad que no esperaba de alguien a quien llevo meses viendo como poco más que un obstáculo burocrático, y salgo de la sala pensando que quizás las personas, incluso dentro de una empresa tan rígida como la nuestra, son siempre más complicadas de lo que las reducimos a ser en nuestra cabeza.
—¿Qué va a pasar con ella ahora? —le pregunto, cuando por fin salimos al pasillo.
—Recursos Humanos abrirá un expediente disciplinario propio.
Dado lo que ha hecho, no me sorprendería que terminara en despido procedente, aunque eso ya no es asunto tuyo, Olalla, y te recomiendo encarecidamente que no le des más vueltas de las necesarias.
Ya has ganado, en todos los sentidos que importan.
Tiene razón, aunque durante el resto del día, mientras recojo mis cosas y aviso a Roque de que todo se ha resuelto, no consigo del todo sacarme de la cabeza la cara de Verónica al salir de la sala, esa mezcla de derrota y algo parecido al alivio, como si en el fondo, después de meses sosteniendo una mentira propia—la de que merecía el puesto más que yo por casarse antes—, también ella se sintiera liberada de tener que seguir fingiendo.
Cuando nos quedamos solos, Fermín se frota la cara con las manos, visiblemente agotado por todo este asunto.
—Olalla, lamento profundamente cómo se ha gestionado esto. En cuanto a tu matrimonio, dado que la denuncia original venía de una fuente comprometida por conducta ilegal, el expediente informativo queda archivado sin más trámite. No hará falta la entrevista ni los movimientos bancarios.
Salgo de la sala con una sensación de alivio tan grande que casi se me doblan las piernas en el pasillo, y llamo a Roque antes incluso de llegar a mi mesa, con la voz todavía temblorosa por la tensión acumulada de las últimas semanas.
—Roque. Se acabó. Verónica queda fuera, el expediente se archiva, todo esto se ha terminado.
Al otro lado de la línea, su respiración se corta un segundo, y cuando habla de nuevo lo hace con un alivio tan parecido al mío que casi puedo sentirlo a través del teléfono.
—¿En serio? ¿Se acabó de verdad?
—Se acabó de verdad.
—Voy para allá.
· · ·
Sagrario me arrastra a la máquina de café antes de que pueda ni siquiera recoger el bolso, con una sonrisa de oreja a oreja que contagia a media planta según vamos pasando.
—Tenemos que celebrarlo. Esta noche. Todos.
—Sagrario, necesito irme a casa a asimilar esto con calma.
—Nada de calma. Esto se celebra con ruido, Olalla, que llevas dos meses sufriendo en silencio y ahora te toca disfrutar en voz alta.
Termino accediendo, más que nada porque discutir con Sagrario cuando se le mete algo en la cabeza es una batalla perdida de antemano, y quedamos en el mismo bar de pintxos de siempre, con Roque y Peio incluidos en el plan sin que a ninguno de los dos se le haya consultado siquiera, cosa que a Sagrario le trae completamente sin cuidado.
Fermín, curiosamente, se cruza conmigo en el ascensor antes de salir, y por primera vez desde que empezó todo esto me habla sin el peso de la política de conciliación pendiendo sobre cada palabra.
—Olalla. Siento de verdad cómo se ha gestionado este asunto. La política tenía buena intención, pero ha abierto una puerta a comportamientos que no deberían tener cabida en ningún proceso de promoción.
—Se lo agradezco, Fermín.
—El comité de julio sigue en pie, por cierto. Y con esto resuelto, tu candidatura vuelve a estar en igualdad de condiciones. Solo espero que decidas quedarte a competir por ella con la cabeza tranquila.
Salgo del ascensor con una sensación extraña, mezcla de victoria y cansancio, porque después de todo este lío, el comité de julio, que empezó siendo la razón de todo esto, se ha convertido casi en un detalle secundario comparado con lo que de verdad ha cambiado en mi vida en estos meses, aunque sé que en cuanto llegue julio de verdad, ese detalle secundario va a volver a importarme muchísimo.
· · ·
Esa noche, en el bar de pintxos, con Roque, Peio y Sagrario ya varias rondas por delante, me tomo un momento para salir a la calle y llamar a Nekane, que lleva todo el día esperando noticias con una impaciencia que roza lo cómico.
—¿Y bien?
—Se acabó, Neka. Verónica descubierta, expediente archivado, comité de julio en igualdad de condiciones otra vez.
Suelta un grito tan agudo que tengo que apartarme el teléfono de la oreja, y durante un minuto entero me cuenta, sin que yo pueda meter baza, lo orgullosa que está de mí, lo mucho que se alegra, y lo idiota que fue Verónica al pensar que podía salirse con la suya, todo entremezclado con preguntas sobre cómo lo está llevando Roque y si por fin voy a admitir delante de toda la familia que esto es amor de verdad y no «una cosa complicada de explicar», como llevo describiéndolo desde la boda.
—Es amor de verdad, Nekane. Se lo dije el otro día, y él me lo dijo a mí.
—¡Ya era hora! Llevo semanas diciéndotelo yo, que se te notaba en la cara desde que apareció la sudadera esa en tu sofá.
—Vale, vale, ya lo sé, tenías razón, siempre la tienes.
—Anda, disfruta la noche, cuñada gruñona. Y dale un abrazo a tu marido de mi parte.
Cuelgo con esa sensación cálida que solo da hablar con alguien que te conoce desde antes de que supieras hablar tú misma, y vuelvo a entrar al bar, donde Roque me busca con la mirada nada más cruzar la puerta, como si llevara todo ese rato echándome de menos aunque solo hayan sido cinco minutos, y me siento a su lado con la certeza tranquila de que, pase lo que pase con el comité, con la empresa, con cualquier otra cosa que la vida decida ponernos por delante, esto, lo que tenemos entre los dos, ya no depende de ningún papel firmado ni de ningún dinero transferido.
—¿Todo bien? —pregunta, pasándome un brazo por los hombros en cuanto me siento.
—Todo perfecto. Nekane manda abrazos y una advertencia de que como no la invite a la próxima celebración importante de nuestra vida, me deshereda como hermana.
—Suena a amenaza seria.
—Lo es. Nekane no bromea con esas cosas.
Sagrario propone un brindis más, el que hace perder la cuenta definitivamente a Peio, por «los matrimonios que empiezan mal y terminan bien», y todos alzamos las copas con un entusiasmo que ya roza el escándalo para las once de la noche en un bar de pintxos tranquilo, y por un rato, rodeada de la gente que más me ha sostenido en los últimos meses, se me olvida por completo que todavía queda, pendiente en algún rincón de mi cabeza, la conversación incómoda sobre el dinero que Roque y yo no hemos terminado de tener del todo, aunque esa noche, con la alegría todavía fresca de la victoria contra Verónica, ninguno de los dos parece tener ganas de sacar el tema.