Capítulo 10
Olalla me cuenta lo del expediente esa misma tarde, en su cocina, con la carpeta de fotos extendida sobre la mesa como si fuera la escena de un crimen, y por primera vez desde que empezó todo esto la veo asustada de verdad, no nerviosa ni estresada como otras veces, sino asustada, con ese tipo de miedo frío que da cuando algo se te escapa de las manos por completo.
—Van a pedir mis movimientos bancarios, Roque. Ahí está la transferencia de los cuatro mil euros. Con el concepto de préstamo, sí, pero está.
—¿Y eso es ilegal?
—No es ilegal. Es sospechoso. Y sospechoso, en un expediente de estos, puede ser suficiente para que decidan que el matrimonio no es de buena fe, lo cual no solo me saca del comité, Roque, puede tener consecuencias legales para los dos.
Me siento frente a ella, intentando procesar la magnitud de lo que me está contando, porque hasta ahora había vivido todo esto —el dinero, el contrato, hasta las fotos de Verónica— con una ligereza que de repente me parece completamente fuera de lugar.
—¿Qué podemos hacer?
—Iratxe dice que lo mejor es ser transparentes con la gestora externa.
Contar la verdad, pero contarla bien: que empezamos como un acuerdo económico y que, en algún momento del proceso, se convirtió en algo real.
Que el matrimonio, en la práctica, es legítimo ahora mismo, aunque no lo fuera al principio.
—¿Y eso va a colar?
—No lo sé. Depende de si la gestora cree que la evolución es sincera o solo una tapadera más elaborada.
Me quedo mirando las fotos, esas instantáneas robadas de nuestra vida de las últimas semanas, y hay algo profundamente perturbador en ver momentos que recuerdo con tanto cariño —el banco del parque, la puerta de su portal una mañana cualquiera— convertidos en pruebas de un delito que, en el fondo, sí cometimos, aunque ya no se parezca en nada al delito original.
—Voy a hablar con Verónica otra vez.
—Roque, no. Ya lo intentaste una vez y no sirvió de nada.
—Esta vez va a ser distinto. Esta vez no voy a preguntarle, voy a ofrecerle algo.
—¿Qué le vas a ofrecer?
—Todavía no lo sé. Pero algo se me ocurrirá.
Olalla se queda mirándome un momento, con una expresión que mezcla ternura y preocupación a partes iguales, y me coge la mano por encima de la mesa, entre las fotos esparcidas, con una firmeza que no esperaba dado lo agotada que se la ve.
—Roque, aprecio muchísimo que quieras arreglar esto, de verdad. Pero necesito que confíes en mí y en Iratxe para llevarlo por el cauce correcto. Si vas por tu cuenta y la cosa sale mal, podría empeorar todo el proceso, no solo para mí, para los dos.
—No pienso quedarme sentado sin hacer nada mientras alguien intenta arruinarte la vida, Olalla.
—No te pido que no hagas nada. Te pido que lo que hagas no ponga en riesgo lo que estamos intentando conseguir por la vía legal.
Tiene razón, y lo sé, aunque la impotencia de sentir que el problema es de ella y la solución también tiene que pasar necesariamente por sus canales, sus abogados, su empresa, me deja con una sensación de inutilidad que no me gusta nada, una sensación que reconozco de otras épocas de mi vida, de cuando era demasiado joven para hacer nada útil por mi madre cuando mi padre se marchó, y que pensaba que ya había dejado atrás del todo.
—Roque —dice Olalla, como si me hubiera leído el pensamiento—, sé que esto te recuerda a cosas de las que no hablas casi nunca.
Pero yo no soy tu madre, y esto no es aquello.
Dejarme llevar la parte legal no significa que no estés haciendo algo, significa que estamos haciendo cosas distintas al mismo tiempo, hacia el mismo objetivo.
Me sorprende que haya atado cabos tan rápido, y también me sorprende, un poco, lo mucho que me alivia que lo haya dicho en voz alta en vez de dejar que yo le diera vueltas solo.
—¿Tan evidente soy?
—Solo para alguien que te presta atención. Y yo te presto mucha atención, para que lo sepas.
Le doy un beso en la frente, despacio, y por un rato nos quedamos así, apoyados el uno en el otro entre las fotos y los papeles esparcidos, hasta que ella rompe el silencio con una pregunta que no esperaba.
—¿Le has contado a tu madre lo del dinero? Lo del contrato original, digo.
—No. Ni pienso hacerlo, la verdad. No quiero que piense que su hijo se vendió por seis mil euros.
—No te vendiste, Roque. Aceptaste un trato que después se convirtió en otra cosa. Hay una diferencia importante ahí.
—Ya. Dicho así suena mejor.
—Es que es así, no solo suena mejor.
Sonrío, a mi pesar, porque tiene ese don de convertir en aceptable cualquier cosa con solo reformularla un poco, y me pregunto si algún día seré capaz de hacer lo mismo con la parte de mí que todavía, en el fondo, sigue pensando que aquel primer trato dice algo feo sobre quién soy.
· · ·
Peio, cuando le cuento por encima lo del detective y el plan de Iratxe, se toma la noticia con la seriedad de quien lleva toda la vida esperando poder decir la frase que suelta a continuación.
—Roque. Esto es digno de una serie de sobremesa. Detective privado, empresaria despechada, matrimonio de conveniencia que se vuelve real... si esto no lo compra una productora, no sé qué más necesitan.
—No es una serie, Peio, es mi vida.
—Tu vida últimamente tiene mejor guion que la mayoría de series que veo, para que lo sepas.
Me río, a pesar de todo, porque hay algo reconfortante en la manera en que Peio consigue quitarle dramatismo a cualquier cosa, por grave que sea, y esa noche, tumbados los dos en el sofá viendo un partido que a ninguno de los dos nos importa demasiado, con la tensión del día por fin bajando un poco, pienso que ojalá la vida real tuviera, de verdad, la sencillez de una serie de sobremesa, donde todos los problemas se resuelven en un episodio y nadie se queda con la sensación incómoda de no saber del todo cómo va a acabar todo esto.
Mi madre me llama justo cuando el partido va por el descanso, y en cuanto le cuento por encima que las cosas se están resolviendo, sin entrar en el detalle de detectives ni expedientes, porque a estas alturas ya he aprendido que hay información que a mi madre es mejor dársela filtrada y a posteriori, cuando ya no hay peligro real del que preocuparse.
—Me alegro muchísimo, hijo. Esa chica es buena para ti, se le nota en cómo te mira.
—¿Cómo me mira?
—Como si fueras lo más importante de la habitación, aunque haya más gente delante. Tu padre nunca me miró así, para que lo sepas, y eso que estuvimos quince años casados.
No sé qué contestar a eso, porque mi madre rara vez menciona a mi padre sin que se le note el peso de tantos años cargando sola con nosotros dos, y el hecho de que lo compare, aunque sea para bien, con lo que tengo con Olalla, me deja con una sensación extraña de responsabilidad, como si de alguna manera tuviera que estar a la altura de compensar, con esto, todo lo que ella no tuvo.
—Voy a cuidarla, ama.
—Ya lo sé, hijo. Se te nota en la cara, igual que se le nota a ella. Anda, disfruta del partido, que se te oye distraído.
· · ·
Lo que se me ocurre, dos días después, después de darle muchas vueltas con Peio en el piso, es rastrear el origen de las fotos de una manera menos directa que plantarme delante de Verónica a acusarla sin pruebas, así que decido empezar por el sitio más obvio: el fotógrafo mismo.
Las fotos, según Olalla, están hechas con teleobjetivo, desde cierta distancia, lo cual descarta que las haya tomado la propia Verónica con el móvil, porque para eso hace falta equipo y, sobre todo, paciencia de sobra para pasarse tardes enteras vigilando a dos personas sin llamar la atención.
—¿Y si ha contratado a alguien? —le pregunto a Peio, que está tumbado en el sofá con el portátil sobre el pecho, buscando algo que no me quiere decir todavía qué es.
—Es lo más lógico. Gente así existe, se llaman detectives privados, y cobran una pasta considerable por hacer justo este tipo de trabajo.
—¿Y cómo averiguo si ha contratado a uno?
—No lo averiguas tú. Lo averigua esto.
Gira el portátil hacia mí, mostrándome una web de un detective privado de la ciudad, con un formulario de contacto y una sección de opiniones de clientes anónimos, una de las cuales, fechada hace tres semanas, dice textualmente: «Trabajo rápido y discreto, muy satisfecho con el seguimiento de la pareja solicitado, entregó material fotográfico de calidad en tiempo récord».
—Eso no demuestra nada, Peio. Podría ser cualquiera.
—Podría ser. Pero mira la fecha y compárala con cuándo empezaron a aparecer las fotos vuestras. Coincide casi al día.
No es una prueba, ni siquiera se le acerca, pero es lo primero remotamente sólido que tenemos, y esa misma tarde llamo al número del detective, haciéndome pasar por un cliente potencial interesado en un «seguimiento de pareja», con la esperanza de sonsacarle algo, aunque sea mínimo, sobre quién lo contrató la última vez.
El detective, un hombre con voz cansada que suena como si llevara media vida fumando, me atiende con la profesionalidad justa para no darme ningún dato útil, hasta que, casi al final de la llamada, cuando ya me estoy despidiendo, deja caer algo sin que parezca darle importancia.
—Si busca discreción, sepa que trabajo con confidencialidad total. La última clienta con un encargo similar al suyo insistió mucho en eso, en la discreción, y en tener los informes antes de una fecha muy concreta. Un comité de trabajo, creo que dijo.
Cuelgo con el corazón acelerado, porque «un comité de trabajo» encaja de manera tan precisa con lo que necesitamos que casi me da miedo creérmelo del todo, y llamo a Olalla de inmediato, sin ni siquiera esperar a que Peio termine de preguntarme qué ha dicho el detective.
—¿Qué te ha dicho, qué te ha dicho? —insiste Peio, incorporándose en el sofá con el portátil resbalando por sus rodillas—. Roque, no me dejes con la intriga.
—Ha mencionado un comité de trabajo. Como excusa para el encargo de la última clienta.
—Eso es. Eso es exactamente eso, tío. ¿Quién más tiene un comité de trabajo relevante ahora mismo aparte de vosotros?
—Podría ser cualquier empresa, Peio, no es tan concreto.
—Ya, pero súmale la fecha, súmale que la clienta insistía en la discreción, súmale que las fotos que os han hecho tienen toda la pinta de encargo profesional y no de cotilleo de vecina. Yo diría que tenemos a nuestra sospechosa.
Peio se levanta de un salto, con esa energía suya que solo saca cuando algo le parece de verdad emocionante, y empieza a caminar por el salón como si estuviera resolviendo un caso policial en directo, gesticulando con las manos de una manera que normalmente me haría gracia si no estuviera tan nervioso por lo que esto puede significar para Olalla.
—Necesitamos que Olalla y su abogada vayan a ese detective con algo más sólido que una sospecha. Una web con una opinión anónima no sirve de nada ante un comité de empresa.
—Ya lo sé. Pero es un principio.
—Es un principio flojo, colega, pero es lo que hay.
Me da una palmada en el hombro, con esa mezcla suya de sorna y cariño genuino que últimamente he aprendido a valorar más de lo que le reconozco en voz alta, y vuelve a sentarse en el sofá, dejándome con el teléfono todavía caliente en la mano y la sensación extraña de estar, por primera vez desde que empezó todo esto, haciendo algo útil en vez de simplemente reaccionar a lo que le pasa a Olalla.
Le mando un mensaje a Nayara antes de llamar a Olalla, porque necesito contárselo a alguien más antes de que se me escape la calma que llevo reuniendo toda la tarde, y su respuesta llega en segundos, tan directa como ella misma.
«Vas a resolver esto, Roque. Y luego me invitas a la boda de verdad que seguro que hacéis después de todo este lío, que menuda historia para contar en el convite.»
Sonrío, guardando el móvil, y por fin marco el número de Olalla, con el corazón acelerado de una manera que no tiene nada que ver con el nerviosismo de otras llamadas.
· · ·
Nayara se apunta a la investigación sin que nadie se lo pida, apareciendo al día siguiente en el turno con una libreta —«me la ha inspirado tu mujer, que tiene una para todo», dice, sin ningún atisbo de ironía— y un plan que a mí me parece a partes iguales brillante y descabellado.
—Deberíamos seguirla nosotros. A Verónica. Un día, para ver si se reúne con el detective otra vez.
—Nayara, eso es ilegal. Es lo mismo que ha hecho ella con nosotros.
—No es lo mismo si lo hacemos para desenmascarar a la mala, Roque, así funcionan todas las películas de investigación.
—Esto no es una película.
—Ya, bueno, pues entonces qué sugieres tú, listillo.
No tengo una alternativa mejor en ese momento, así que durante un rato dejamos que la conversación derive hacia ideas cada vez más disparatadas —micrófonos ocultos, perfiles falsos en redes sociales para tantear a Verónica, hasta la sugerencia de Nayara de que yo mismo me haga pasar por un nuevo cliente del detective para sonsacarle información en persona, idea que descarto de inmediato por parecerme demasiado arriesgada—, hasta que al final, entre risas y patatas fritas, terminamos simplemente esperando a que Olalla e Iratxe hagan su trabajo de la manera legal y aburrida, que resulta ser, para sorpresa de nadie salvo Nayara, mucho más efectiva que cualquiera de nuestros planes de aficionados.
Uxue está haciendo los deberes en la mesa de la cocina cuando llego a casa esa tarde, con mi madre todavía en el trabajo, y en cuanto le cuento por encima lo que está pasando —sin entrar en detalles que una niña de doce años no necesita saber— se lo toma con una seriedad que me sorprende.
—O sea, que esa tal Verónica es la mala de la película.
—Algo así, sí.
—¿Y vosotros sois los buenos?
—Eso espero, Uxue.
—Pues los buenos siempre ganan al final. Es así en todas las películas que he visto.
Le revuelvo el pelo, sonriendo a pesar de todo, porque hay algo reconfortante en la simplicidad con la que los doce años resuelven los problemas del mundo adulto, y aunque sé que la vida real no siempre funciona como en las películas de Uxue, por una vez me permito creerle un poco, solo para sentirme mejor durante el rato que tardo en volver a llamar al detective.
—Oye, Roque.
—Dime.
—Si al final ganáis, ¿puedo ir a la boda de verdad? Porque la del juzgado no contó, según dice ama, que las bodas de verdad llevan tarta.
Me río, a pesar del nudo que llevo todo el día en el estómago, y le prometo que si algún día hay una boda de verdad, con tarta y todo, ella va a estar en primera fila, una promesa que hago sin pensar demasiado en las implicaciones de estar prometiendo, en voz alta, una boda de verdad con la mujer con la que técnicamente ya estoy casado.
· · ·
—Olalla. Creo que tengo algo. No es una prueba definitiva, pero es un hilo del que tirar.