Seis mil razones para casarse Capítulo 9
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Capítulo 9

—Te quiero.

Lo digo así, sin adornos, sin el ensayo mental que llevo haciendo toda la noche mientras Roque me contaba lo de Verónica, porque cualquier otra manera de decirlo me parece de repente una pérdida de tiempo cuando lo que siento es tan sencillo como eso, dos palabras que llevaba semanas evitando por miedo a que sonaran ridículas dado cómo empezó todo esto.

Roque no dice nada durante un segundo entero, un segundo que se me hace eterno sentada en mi propio sofá con la cocina todavía oliendo al café que no llegamos a terminar, y por un momento pienso que me he equivocado, que he ido demasiado rápido, que acabo de estropear algo que todavía no estaba maduro para esto.

—Repítelo.

—¿Qué?

—Que lo repitas. Quiero asegurarme de que lo he oído bien antes de contestarte cualquier tontería que se me vaya a ocurrir en un segundo.

Me río, con los nervios todavía puestos, y se lo repito, más despacio esta vez, mirándolo a los ojos como me prometí a mí misma que haría cuando llegara el momento.

—Te quiero, Roque.

—Yo también te quiero. Desde hace bastante más tiempo del que estoy dispuesto a admitir, la verdad, porque suena patético decir que me enamoré de una desconocida que casi me atropella en un semáforo antes incluso de saber su apellido completo.

—Es Etxaniz. Por si te sirve para la próxima vez que cuentes la historia.

—Olalla Etxaniz. Menudo nombre para una loca que persigue a desconocidos por la calle.

Me acerco a besarlo, despacio, sin la urgencia de otras veces, y por un rato dejamos aparcado todo lo demás —Verónica, el comité, las fotos, Fermín Otazu y su nueva política de conciliación—, todo ese ruido que lleva semanas acompañándonos de fondo, para quedarnos solo con esto, que de repente me parece lo único importante de verdad.

·  ·  ·

El lunes, sin embargo, el ruido vuelve con fuerza. Fermín me convoca a su despacho a primera hora, con una expresión que no había visto en él hasta ahora, más seria, más incómoda, como si le tocara hacer algo que preferiría no hacer.

—Olalla, siéntate, por favor.

Me siento, con el estómago ya encogido de antemano, porque el «por favor» de Fermín nunca precede a nada bueno.

—Recursos Humanos ha decidido abrir un expediente informativo sobre tu matrimonio. No es una acusación formal, quiero que quede claro, es un procedimiento estándar cuando se reciben denuncias anónimas con cierto nivel de detalle.

—¿Qué tipo de detalle?

Desliza hacia mí, sobre la mesa, una carpeta con varias fotografías impresas: la del parque de la Florida, otra de la puerta de mi portal con Roque saliendo una mañana, otra de la cena en casa de su madre, tomada desde la calle, a través de la ventana del salón.

—Alguien lleva semanas siguiéndoos, Olalla. Y ese alguien afirma en su denuncia que el matrimonio se celebró a cambio de una compensación económica, con el único fin de beneficiarte en el proceso de promoción.

Se me hiela la sangre, porque es exactamente la verdad, dicha con una crudeza que no deja espacio para la ambigüedad, y durante un segundo entero no consigo articular ninguna palabra, calculando mentalmente todas las maneras en las que esto puede acabar mal.

—Eso es mentira —digo al fin, con una firmeza que no sé de dónde saco.

—Espero que lo sea, de verdad. Pero el procedimiento exige que aportes documentación adicional: movimientos bancarios de los últimos seis meses, declaración jurada de convivencia, y una entrevista individual con cada uno de los dos por separado, realizada por una gestora externa.

—¿Movimientos bancarios?

—Para descartar transferencias que puedan interpretarse como pago por el matrimonio. Sé que es invasivo, Olalla, y lo siento. Pero con Verónica presionando por otro lado, exigiendo que se te aparte del comité de julio hasta que esto se resuelva, no tengo mucho margen de maniobra.

Salgo del despacho de Fermín con la carpeta de fotos todavía en la mano, temblando, no de miedo exactamente sino de una rabia fría que no había sentido nunca con esta intensidad, porque de las seis mil euros originales solo he transferido cuatro mil, en dos pagos, con concepto de préstamo entre particulares, tal y como nos aconsejó Iratxe, pero un movimiento bancario, mirado con la lupa suficiente, siempre puede parecer lo que no es.

Llamo a Iratxe desde el coche, antes incluso de arrancar, porque necesito una voz que me diga que esto tiene solución antes de permitirme entrar en pánico del todo.

—Cuéntame despacio —dice ella, con esa calma profesional que ya empiezo a asociar directamente con sentirme mejor.

Le explico todo: el expediente, las fotos, la exigencia de movimientos bancarios, la entrevista individual, y ella me escucha sin interrumpir, tomando notas, a juzgar por el sonido de fondo de un bolígrafo contra papel.

—Vale. Primero, tranquilízate, porque un préstamo entre particulares documentado no es ilegal ni sospechoso por definición, así que no hay nada ahí que puedan usar en tu contra de manera directa.

Segundo, y esto es más importante: si alguien os ha fotografiado sin vuestro consentimiento durante semanas, eso es mucho más grave que cualquier cosa que puedan encontrar en vuestros movimientos bancarios, y podría darle la vuelta completamente a la situación a vuestro favor.

—¿Cómo lo averiguamos?

—Vamos a intentar identificar el origen de las fotos. Si conseguimos demostrar quién las ha hecho y con qué intención, la denuncia anónima deja de ser anónima y empieza a ser acoso documentado, que es un problema legal mucho mayor para quien lo haya orquestado que para vosotros.

Cuelgo con un plan, por primera vez en todo el día, y aunque el miedo no desaparece del todo, se transforma en algo más manejable, algo parecido a la determinación, y de camino a casa decido que la mejor manera de sobrellevar esta tarde es contárselo todo a Roque en persona, sin filtros, sin protegerlo de la parte fea, porque si algo he aprendido de estos meses es que las cosas que intentamos ocultar para «no preocupar al otro» siempre terminan siendo peores cuando salen a la luz de todas formas.

·  ·  ·

Sagrario insiste en acompañarme hasta el coche, cargando ella misma la carpeta de fotos como si el simple hecho de sujetarla la hiciera parte del problema, y antes de despedirse se queda un momento apoyada en la puerta del conductor, con esa cara suya de estar a punto de decir algo importante.

—Olalla. Sea lo que sea que decidas contarle a Roque esta noche, cuéntaselo todo. No le des la versión suavizada.

—¿Por qué lo dices así?

—Porque llevo ocho años viéndote suavizar las cosas para que los demás no se preocupen, y al final la que termina cargando con todo el peso siempre eres tú, sola, en tu casa, dándole vueltas a las tres de la mañana. No repitas el patrón con él. No con esto.

Tiene razón, como casi siempre, y aunque no se lo digo en voz alta, subo al coche con la determinación clara de que esta vez, por una vez, no voy a protegerlo de nada, ni a él ni a mí misma, porque protegerlo de la verdad, a estas alturas, ya no es protección, es simplemente otra forma de mentira.

·  ·  ·

Roque llega a mi piso antes de que le dé tiempo a cambiarse siquiera el uniforme del turno de mañana, con Nayara cubriéndole la salida antes de hora porque, según le ha dicho por teléfono, «esto suena a emergencia de las de verdad», y en cuanto entra por la puerta, todavía con el delantal a medio quitar, deja las llaves sobre la mesa y se sienta a mi lado sin decir nada, esperando a que sea yo quien empiece.

·  ·  ·

Roque me escucha esa noche sin interrumpir ni una sola vez, sentado a mi lado en el sofá con la carpeta de fotos entre los dos, y cuando termino de contárselo todo, absolutamente todo, incluida la parte de los cuatro mil euros ya transferidos, se queda callado un momento antes de hablar.

—¿Y si les cuentas la verdad? Toda, sin editar. Que empezamos por dinero y que ahora es real.

—Fermín lo sabrá, tarde o temprano, si insisten en investigar a fondo. Pero contarlo yo misma, antes de que lo descubran, cambia completamente cómo se interpreta.

—¿No te da miedo? Contarlo así, en frío, delante de un comité entero.

—Me da terror, la verdad. Pero me da más miedo todavía que decidan que soy una mentirosa antes de darme la oportunidad de explicar que dejé de mentir hace tiempo.

Roque me abraza entonces, sin decir nada más, y nos quedamos así un buen rato, con la carpeta de fotos todavía sobre la mesa, dos personas que empezaron esta historia por las razones equivocadas y que ahora, enredadas en un problema mucho más grande de lo que ninguno de los dos imaginó, solo tienen claro que quieren enfrentarlo juntos, pase lo que pase con el resultado.

·  ·  ·

Sagrario me encuentra en el baño de la oficina, diez minutos después, con la cara todavía descompuesta, echándome agua fría en la cara frente al espejo como si eso fuera a solucionar algo.

—¿Qué te ha dicho Fermín?

Se lo cuento todo, entre susurros, porque las paredes de este edificio son de papel y lo último que necesito es que alguien más se entere del expediente antes de que yo misma haya decidido qué hacer, y Sagrario me escucha con esa cara de indignación creciente que solo ella sabe poner.

—Esto es acoso laboral en toda regla, Olalla. Contratar a alguien para espiarte es ilegal, da igual lo que ponga la denuncia.

—Ya lo sé, pero demostrar que ha sido Verónica es otra historia.

—¿Y si hablamos con Iratxe otra vez? Ya os ayudó con el contrato, seguro que sabe cómo plantear esto.

—Voy a llamarla esta tarde.

Sagrario me aprieta el hombro, un gesto pequeño que en este momento vale más que cualquier discurso, y antes de salir del baño se para en la puerta, con esa media sonrisa suya que últimamente saca cada vez que menciono a Roque.

—Oye. Pase lo que pase con el expediente, con el comité, con todo esto... lo vuestro es real, ¿verdad? Porque si lo es, eso no te lo puede quitar nadie, ni Fermín ni Verónica ni ningún expediente del mundo.

—Es real, Sagrario. Más real que cualquier otra cosa que me haya pasado en mucho tiempo.

—Pues entonces agárrate a eso. Lo demás, con paciencia, se soluciona.

·  ·  ·

Mi madre me llama esa misma tarde, con una casualidad tan mala que durante un segundo sospecho que tiene algún tipo de radar interno para detectar cuándo estoy pasando por algo difícil, y cuando le cuento, sin entrar en demasiados detalles, que hay «un lío en el trabajo relacionado con la boda», se queda callada más tiempo del habitual.

—Olalla. ¿Hay algo de esa boda que no me has contado?

Podría mentirle, seguir con la versión oficial que llevo meses sosteniendo delante de todo el mundo, pero algo en su tono, más preocupado que curioso, me hace pensar que quizás ha llegado el momento de contarle, al menos a ella, una parte de la verdad.

—Ama. Al principio, Roque y yo... no nos casamos exactamente por amor. Fue un acuerdo, por lo de la promoción en el trabajo.

Espero el golpe, la decepción, el «te lo dije» que llevo temiendo desde el día de la boda, pero en vez de eso, mi madre suelta un suspiro que suena casi a alivio.

—Ay, hija. Ya me parecía a mí que había algo raro con tanta prisa. ¿Y ahora?

—Ahora es real, ama. Muy real.

—Eso ya lo veía yo, no hacía falta que me lo confirmaras. Se te nota en la cara desde la cena con su familia. Lo que no entendía era el principio, pero el final, hija, el final se veía venir desde lejos.

Cuelgo con una sensación de alivio que no esperaba, porque contarle la verdad a mi madre, después de meses de mentira acumulada, pesa mucho menos de lo que había imaginado, y me hace pensar que quizás la parte más difícil de todo esto, contrario a lo que llevo meses creyendo, no era el matrimonio en sí, sino el silencio alrededor de él.

·  ·  ·

La tía Braulia se entera por mi madre, claro, y me llama esa misma noche con una curiosidad que roza el interrogatorio policial, preguntando detalles sobre el «acuerdo» con una avidez que me hace sospechar que en el fondo está más entusiasmada con el cotilleo que preocupada por mi bienestar.

—¿Y es verdad que os casasteis en el juzgado sin decirle a nadie de la familia, ni siquiera a mí, que soy la hermana de tu madre?

—Tía, fue una boda pequeña, ya te lo he explicado.

—Ya, ya. Pequeña. —Se ríe, con esa risa suya cargada de dobles intenciones—. Bueno, hija, lo que importa es que ahora se sepa toda la verdad, aunque sea tarde. Porque las mentiras a medias, en esta familia, tienen la costumbre de salir siempre a la luz en la peor cena posible.

—O sea que fue todo mentira desde el principio.

—No fue mentira, tía. Fue un acuerdo que se convirtió en otra cosa.

—Ya, ya. Bueno, el caso es que ahora es de verdad, que es lo que importa. Aunque tengo que decir que la boda en el juzgado, con lo que ahora sé, me parece todavía más triste. Si llega a ser de verdad desde el principio, al menos habríamos podido hacer algo decente, con banquete y todo.

—Tía, íbamos con prisa por el tema del trabajo.

—Ya, el tema del trabajo. —Se ríe, con esa risa suya que siempre suena a que sabe más de lo que dice—. Bueno, hija, lo importante es que seas feliz. Y dile a ese chico que la próxima cena familiar la hacemos en mi casa, que quiero conocerlo bien, sin las prisas de la primera vez.

Cuelgo con una sonrisa cansada, pensando en la cantidad de gente a la que, poco a poco, le voy a tener que ir contando una versión editada de esta historia, cada uno con el nivel de detalle que le corresponda, y en la rareza de tener que gestionar tantas versiones distintas de la misma verdad encuentro, para mi sorpresa, más diversión que agobio.

Total, si algo he aprendido estas últimas semanas, es que la verdad, contada a tiempo y con la gente adecuada al lado, pesa muchísimo menos de lo que el miedo a contarla siempre hace parecer.