Capítulo 8
Me despierto antes de que suene ninguna alarma, con Olalla dormida contra mi pecho y la luz de la mañana colándose por una rendija de la persiana que ninguno de los dos cerró bien anoche, demasiado ocupados en otras cosas como para acordarnos de detalles domésticos.
Me quedo quieto un rato, sin querer moverme, memorizando la sensación de su respiración lenta contra mi piel, hasta que ella se despierta despacio, parpadeando confundida durante un segundo antes de recordar dónde está y con quién.
—Hola —dice, con la voz todavía rota de sueño.
—Hola.
—¿Qué hora es?
—No lo sé. Pronto, todavía.
Se acurruca un poco más contra mí, y por un momento, antes de que el mundo real vuelva a entrar por la puerta con su lista de pendientes e inspectores de Recursos Humanos, todo es sencillo, todo cabe en esta cama y en esta luz de rendija y en el peso tranquilo de su brazo cruzado sobre mi estómago.
Dura poco. El teléfono de Olalla empieza a sonar sobre la mesilla, con un nombre en la pantalla que ella mira con una mueca antes de contestar.
—Es Sagrario —me dice, tapando el micrófono con la mano—. Dame un segundo.
Me levanto para dejarle intimidad, y voy a la cocina a poner café, todavía con la camiseta de anoche puesta del revés, cuando la oigo levantar la voz desde el dormitorio, algo que no es propio de ella.
—¿Que ha dicho qué? [...] No, Sagrario, eso no tiene ningún sentido. [...] Vale. Vale, gracias por avisarme. Voy para allá.
Sale del dormitorio ya vestida, con el pelo recogido a toda prisa y una expresión que no le había visto todavía, una mezcla de rabia y pánico que le tensa toda la cara.
—¿Qué pasa?
—Verónica ha ido a Recursos Humanos a preguntar por qué la visita del inspector se ha cancelado. Y le han dicho que se ha cancelado porque ya tenían pruebas suficientes de convivencia. Fotos. De la cena en casa de tu madre, del parque, de tu piso.
—¿Qué fotos? Nadie nos ha sacado fotos.
—Alguien sí, Roque. Alguien nos ha estado sacando fotos durante semanas y se las ha mandado a Fermín, anónimamente, junto con un mensaje que dice, cito textualmente según Sagrario, que "convendría investigar la legitimidad de este matrimonio antes del comité de julio".
El café se me olvida en la cafetera, todavía sin hacer. Me quedo con las manos apoyadas en la encimera, notando cómo la mañana que hace un minuto era perfecta se desmorona a la misma velocidad con la que ha empezado.
—¿Verónica?
—No lo sé. Tiene sentido que sea ella, es la única que pierde algo si a mí me sale bien la jugada. Pero no tengo pruebas, solo sospechas.
—¿Y ahora qué?
—Ahora tengo que ir a la oficina un domingo, algo que no he hecho en mi vida, a intentar averiguar hasta dónde ha llegado esto antes de que Fermín decida abrir una investigación formal.
Se acerca a darme un beso rápido, distraído, con la cabeza ya puesta en la oficina y en Verónica y en fotos que ninguno de los dos sabíamos que existían, y antes de irse se para un segundo en la puerta, mirándome con una expresión que no consigo descifrar del todo.
—Roque. Pase lo que pase hoy, lo de anoche fue real. Que no se te olvide eso pase lo que pase con la empresa.
Se va antes de que pueda contestarle nada, dejándome solo en su cocina con un café a medio hacer y la sensación fría de que algo que llevaba semanas construyéndose despacio, con cuadros feos y libretas de coartadas y cenas familiares, está a punto de estallarnos en la cara por culpa de alguien que ni siquiera conozco en persona.
· · ·
Peio me encuentra sentado en su sofá tres horas después, todavía con la misma camiseta puesta del revés, mirando el móvil por si Olalla escribe algo.
—Tienes una cara de funeral que no es normal en alguien que se supone que anoche folló como Dios manda, que se te nota en la cara, para que lo sepas.
—Alguien nos está espiando, Peio. Fotos, semanas de fotos, mandadas anónimamente a la empresa de Olalla para hundir el matrimonio.
Se sienta a mi lado, esta vez sin bromas, con esa seriedad suya que solo saca cuando de verdad hace falta.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—No lo sé. Esperar a que Olalla me diga algo. Sentirme como una mierda porque en el fondo esto empezó siendo un curro y ahora...
—Ahora es otra cosa.
—Ahora es otra cosa, sí.
Peio no dice nada más, se limita a levantarse y volver con dos cervezas, dejando una delante de mí sin comentario, y los dos nos quedamos mirando la pantalla del móvil en silencio, esperando una noticia que no sabemos todavía si va a ser buena o si va a ser el principio del final de algo que, sin que ninguno de los dos lo planeara, se ha convertido en lo más importante que me ha pasado en mucho tiempo.
A las seis, cansado de esperar sin hacer nada, cojo el coche prestado de Peio y me planto en la puerta del edificio de Gestesa, donde sé que Olalla sigue encerrada intentando averiguar algo, con una idea que seguramente sea mala pero que en ese momento me parece la única posible.
Verónica sale del edificio a las seis y media, con un maletín de piel y esas gafas de sol que no necesita porque ya está anocheciendo, y me reconoce enseguida, deteniéndose en seco al verme apoyado contra la pared junto a la puerta.
—Tú eres el marido.
—Y tú eres la que ha estado sacando fotos.
Lo digo a bocajarro, sin ningún plan mejor preparado, y por su cara, por ese segundo de sorpresa que no consigue disimular del todo antes de recomponerse, sé que he acertado.
—No sé de qué me hablas.
—Las fotos del parque. De la cena en casa de mi madre. Alguien las ha mandado a Recursos Humanos con un mensaje muy concreto sobre la legitimidad de mi matrimonio, y da la casualidad de que la única persona a la que le interesa que ese matrimonio no sea legítimo eres tú.
Se ríe, una risa corta y nada divertida, y se ajusta el maletín en el hombro con un gesto que quiere parecer despreocupado y no lo consigue del todo.
—Mira, no sé qué te habrá contado tu mujer, pero yo llevo dos años currándome esa promoción honestamente. Si alguien está haciendo trampas aquí, no soy yo la que se casó de la noche a la mañana con un desconocido veinte años más joven.
—Diez años. Y no te he preguntado tu opinión sobre nuestro matrimonio, te he preguntado por las fotos.
—Pues no tengo nada que decir sobre unas fotos que no he hecho.
Se aleja calle abajo con paso firme, sin mirar atrás, y me quedo ahí plantado con la sensación incómoda de no haber conseguido nada salvo confirmar mis propias sospechas sin ninguna prueba real que llevarle a Olalla, que es exactamente lo que ella misma llevaba horas diciéndome que pasaría si intentaba algo así por mi cuenta.
Subo al piso de Olalla de todas formas, porque no se me ocurre otro sitio donde estar, y la encuentro saliendo del ascensor en el mismo momento, con la cara pálida de quien lleva todo el día sin comer bien.
—¿De dónde vienes? —me pregunta, extrañada de verme en el portal.
—De hacer una tontería. Luego te cuento.
—Roque, ¿qué has hecho?
—Nada irreversible. Creo.
Subimos juntos, y mientras ella abre la puerta con las manos todavía temblando un poco por los nervios del día, decido que ya habrá tiempo de contarle lo de Verónica, porque ahora mismo lo único que me importa de verdad es la expresión de su cara, agotada y asustada, y las ganas que tengo de arreglar esto de la manera que sea, aunque implique hacer más tonterías todavía.
Dentro, Olalla se deja caer en el sofá con un suspiro largo, sin ni siquiera quitarse los zapatos, y por primera vez en todo el día parece permitirse estar tan cansada como en realidad está, sin la coraza de ejecutiva que lleva puesta desde por la mañana.
—Cuéntame lo de la tontería que has hecho.
—La he esperado a la salida del trabajo. Le he preguntado directamente por las fotos.
—Roque, dime que no has hecho eso.
—Lo he hecho.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que no sabe de qué le hablo. Pero se le ha notado que sí sabe, Olalla, se le ha notado en la cara durante medio segundo antes de que se recompusiera.
Se frota la cara con las dos manos, entre el agotamiento y algo parecido a la exasperación cariñosa que ya reconozco cuando hago algo impulsivo sin consultárselo antes, y entonces saca del bolso una carpeta de papeles impresos y la deja sobre la mesa de la cocina, capturas de pantalla y notas escritas con esa letra apretada suya que ya reconozco de la libreta de coartadas.
—Eso no nos sirve de nada legalmente, pero ya que estamos los dos jugándonosla por impulsos, te cuento lo que he averiguado yo. Fermín me ha enseñado una de las fotos. Es del parque de la Florida, del día que hablamos de lo del empadronamiento.
Se me hiela algo por dentro, porque esa tarde en el banco fue una de las conversaciones más normales, menos actuadas, que hemos tenido nunca, precisamente porque creíamos que nadie nos observaba.
—¿Cómo es la foto?
—Somos nosotros, sentados, hablando. No nos tocamos ni nada raro.
Pero se ve perfectamente que no estamos actuando para nadie, Roque, se ve que es una conversación real entre dos personas que se conocen bien.
Y eso, según Fermín, es sospechoso, porque «las parejas de conveniencia recientes no suelen tener esa complicidad tan natural tan pronto».
Me siento a su lado, intentando procesar la ironía de que lo único que podría delatarnos no sea una mentira mal contada, sino la parte que dejamos de fingir sin darnos cuenta.
—¿Sabes con certeza que ha sido ella?
—No con certeza. Pero he estado mirando los metadatos de una de las fotos que ha circulado, la del parque, y la hora coincide con la hora de salida de Verónica de una reunión externa esa misma tarde.
No es una prueba, es una coincidencia. Pero es la coincidencia más sospechosa que he visto en mi vida.
—¿Y si es ella? ¿Qué gana con esto, aparte de fastidiarnos?
—Gana que, si consigue que se abra una investigación formal antes del comité, automáticamente quedo descalificada del proceso de promoción hasta que se resuelva, y para cuando se resuelva, si se resuelve a mi favor, el comité ya habrá decidido. Es jugar sucio, pero es efectivo.
—He estado mirando las opciones legales con Iratxe por teléfono, mientras tú hacías tu numerito de justiciero de barrio —añade, con media sonrisa que le suaviza un poco la cara cansada—.
Dice que, si conseguimos demostrar quién está detrás del acoso, podemos presentar una queja formal contra Verónica antes de que ella consiga presentar la suya contra nosotros. Es una carrera contrarreloj.
—¿Y cómo lo demostramos?
—Ni idea todavía. Pero algo se nos ocurrirá. Siempre se nos ocurre algo, para bien o para mal.
Me quedo mirando los papeles esparcidos por la mesa, y por primera vez desde que empezó todo esto siento algo parecido a la rabia, no por mí, sino por ella, por lo injusto que es que dos años de trabajo de verdad puedan írsele al garete por una foto de un banco de un parque.
—Olalla.
—¿Qué?
—Lo siento. Si no me hubiera puesto a perseguirte por la calle aquel día, nada de esto te estaría pasando.
Levanta la vista de los papeles, y por un segundo su cara pierde toda la tensión acumulada de las últimas horas y se queda solo con algo más simple, más cansado, más honesto.
—No te disculpes por eso. Es lo único de todo este lío que no me arrepiento de haber hecho.
Nos quedamos en silencio un momento, con la cocina en penumbra porque ninguno de los dos se ha molestado en encender más luz que la de la lámpara de la mesa, y entonces ella se acerca y apoya la cabeza en mi hombro con un gesto que ya no tiene nada de actuado, un gesto que ha dejado de necesitar ensayo desde hace semanas.
—Roque.
—Dime.
—Pase lo que pase con el comité, con Verónica, con todo esto... me alegro de haberte perseguido aquel día por la calle.
—Yo me alegro de que casi me atropellaras. Suena raro decirlo así, pero es la pura verdad.
Se ríe, esa risa que ya no le cuesta nada sacar, y por un momento, con su cabeza en mi hombro y el peso entero del día por fin aflojando un poco, tengo la sensación clara de que, pase lo que pase con el trabajo de Olalla, con el dinero, con el contrato que empezó todo esto, hay una parte de lo que tenemos que ya no depende de nada de eso, y que pienso pelear por conservar cueste lo que cueste.
Entonces ella se separa un poco, lo justo para mirarme a la cara, y cierra los ojos un segundo antes de hablar, como si necesitara ese gesto para poder decir lo que viene después.