Seis mil razones para casarse Capítulo 7
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Capítulo 7

La semana antes de la llamada de Fermín ya venía torcida de por sí, con Verónica paseándose por la oficina enseñando fotos de la bodega de Rioja Alavesa donde va a casarse en septiembre, deteniéndose exactamente el tiempo necesario en mi mesa para asegurarse de que las veo bien.

—Es preciosa, ¿verdad? —me dice, sin que yo le haya preguntado nada—. Aunque imagino que la tuya también lo fue, a su manera. El juzgado tiene su encanto, si te gusta lo sencillo.

—Me gusta lo sencillo, sí.

—Ya se nota.

Se va sin esperar respuesta, dejándome con la sensación de que cada conversación con Verónica desde la boda tiene un doble fondo que no consigo terminar de identificar, como si supiera algo que yo todavía no sé, y esa sensación se me queda pegada el resto del día, incluso durante la reunión de la tarde con Fermín, que empieza con buenas palabras y termina con una advertencia disfrazada de consejo amistoso.

—El comité está siendo especialmente riguroso este año —me dice, sin mirarme del todo a los ojos—. No es nada personal, Olalla, pero con la nueva política hay mucho ojo puesto en que todo se haga correctamente. Cualquier irregularidad, por pequeña que sea, podría generar dudas.

—Entiendo, Fermín. No hay ninguna irregularidad.

—Seguro que no. Aun así, no estaría de más que fuerais reforzando la parte, digamos, visible del matrimonio. Fotos, presencia en actos de empresa, ese tipo de cosas. Ayuda a que no haya... malentendidos.

Salgo de su despacho con la certeza incómoda de que alguien, en algún sitio, está sembrando dudas de manera muy concreta, y esa misma noche, cuando llamo a Roque para contarle lo de la visita del jueves, decido no contarle todavía la parte de Fermín y las «dudas», porque no quiero que se preocupe más de lo necesario antes de que sepamos si hay algo real de lo que preocuparse.

·  ·  ·

Lo de «reforzar la parte visible» se concreta antes de lo esperado: el viernes, Fermín anuncia que la empresa organiza una cena de verano para todo el departamento, con parejas incluidas, «una oportunidad estupenda para conoceros todos mejor fuera del entorno de oficina», y por su manera de mirarme al decirlo sé perfectamente que la invitación no es tan general como suena.

Se lo cuento a Roque esa noche, mientras cenamos en su piso por una vez, con Peio desterrado al cuarto para dejarnos «intimidad matrimonial», según sus propias palabras dichas con un guiño que a mí me hizo mucha gracia y a Roque ninguna.

—¿Una cena de empresa? ¿Con corbata y esas cosas?

—Con corbata, sí. Y con Verónica sentada previsiblemente cerca, mirando cada cosa que hagamos con lupa.

—Genial. Mi ambiente favorito.

—Roque, es importante. Si aparecemos como una pareja normal, relajada, eso juega a nuestro favor delante de todo el departamento, que al final también opina, aunque no de manera oficial.

Se queda pensativo un momento, jugando con el tenedor sobre el plato, y cuando habla de nuevo lo hace con una seriedad que no esperaba en mitad de una cena tan informal como esta.

—¿Y si simplemente vamos y somos nosotros? Sin plan, sin numeritos ensayados. A estas alturas creo que se nos da mejor no actuar que actuar, ¿no te parece?

Tiene razón, aunque tardo un segundo en admitirlo, porque llevo tanto tiempo pensando en esto como una representación que se me olvida, a ratos, que ya no hace falta actuar casi nada.

—Vale. Vamos y somos nosotros.

—¿Sin libreta de coartadas?

—Sin libreta de coartadas.

Brindamos con las copas de vino que Peio nos ha dejado, a escondidas, en la nevera «para la ocasión», y por primera vez en semanas la idea de una cena de empresa, generalmente mi peor pesadilla, me hace sentir casi tranquila, porque sé que esta vez no voy a ir sola a defenderme de las miradas de Verónica, sino con alguien que, contrato aparte, se ha convertido en la persona con la que mejor me siento en cualquier sitio, incluido un salón lleno de compañeros de trabajo dispuestos a juzgar cada uno de nuestros gestos.

—Va a venir alguien de RRHH el jueves.

Se lo digo a Roque por teléfono nada más salir de la reunión con Fermín, caminando rápido por el pasillo hacia mi despacho con el corazón todavía acelerado, porque hasta ahora todo esto había sido teórico, una posibilidad lejana, y de golpe tiene fecha y hora.

—¿El jueves de esta semana?

—El jueves de esta semana, a las siete de la tarde, en mi casa. Dice Fermín que es una visita «informal y breve», que no me preocupe, cosa que dicha por Fermín significa exactamente lo contrario.

—Vale. Tranquila. Lo tenemos todo preparado, ¿no? La ropa, el cuadro feo, el cepillo de dientes...

—Roque, falta lo importante. Falta que tú y yo sepamos comportarnos como una pareja de verdad delante de un desconocido durante el tiempo que dure la visita, y eso no lo hemos ensayado nunca.

Se hace un silencio al otro lado de la línea, uno de esos silencios suyos que ya sé reconocer, y que normalmente preceden a una idea que no me va a gustar del todo pero que voy a terminar aceptando de todas formas.

—Podemos practicar antes.

—¿Practicar el qué exactamente?

—Ya sabes. Los gestos. Cómo nos tocamos, cómo nos miramos. Si llevamos semanas fingiendo delante de mi familia y de tus compañeros sin ensayar nada y ha colado, imagino que un rato de práctica lo hace todavía más creíble.

Cuelgo sin comprometerme a nada, aunque durante el resto de la tarde, entre informes y llamadas de clientes, la idea se me queda rondando de una manera que no tiene nada que ver con la logística del asunto.

·  ·  ·

Roque llega el miércoles por la noche con una botella de vino y una tranquilidad que a mí me falta por completo, porque llevo todo el día imaginando escenarios catastróficos con el inspector de Recursos Humanos descubriéndolo todo y Fermín usándolo como excusa perfecta para darle la subdirección a Verónica sin discusión posible.

—Estás muy nerviosa para ser tú.

—Es que soy yo, Roque, solo que con más motivos de los normales para estarlo.

·  ·  ·

El jueves de la visita, Roque llega dos horas antes de lo previsto, cargado con una bolsa de plástico que resulta contener, para mi sorpresa, un delantal doblado y una caja de huevos.

—¿Qué es esto?

—Vamos a hacer tortilla. De patata, con cebolla, como Dios manda. Si el inspector viene y huele a comida casera, va a dar mil puntos más que si huele a plástico de sofá nuevo.

—No sabía que supieras cocinar.

—No sé. Por eso he traído el delantal, para que no se me note tanto el desastre en la ropa.

Nos pasamos la hora siguiente en la cocina, con Roque pelando patatas con una técnica que solo puede describirse como agresiva y yo intentando salvar lo que se pueda del desaguisado, entre risas y algún que otro corte de dedo que no llega a sangre de verdad pero que él exagera de todas formas para ganarse mi compasión.

—Au. Au, en serio, creo que me he cortado un tendón.

—Te has cortado la piel, Roque, no seas exagerado.

—Es que duele mucho.

—Ven aquí.

Le cojo la mano y se la examino bajo el grifo, un rasguño pequeño que no necesita ni tirita, y cuando levanto la vista para decírselo me lo encuentro mirándome con una expresión que no tiene nada que ver con el dedo cortado, algo más quieto, más serio, que me hace sentir de repente muy consciente de lo cerca que estamos el uno del otro frente al fregadero.

—Olalla.

—¿Sí?

—Nada. Da igual.

Vuelve a la tortilla como si no hubiera pasado nada, y yo me quedo un segundo de más con la sensación de haber estado a punto de escuchar algo que todavía no estoy segura de querer oír, aunque una parte de mí, cada vez más grande, sospeche que sí quiere, y mucho.

La tortilla sale quemada por un lado y cruda por el otro, un desastre que ninguno de los dos se atreve a servir al hipotético inspector, y que terminamos comiéndonos directamente de la sartén, de pie en la cocina, riéndonos de lo mala que ha salido mientras fuera empieza a anochecer y la hora de la visita se acerca sin que ninguno de los dos, extrañamente, esté ya tan nervioso como antes.

·  ·  ·

Nayara me pilla dos días antes con una sonrisa rara mientras limpio la freidora, la sonrisa de quien lleva tiempo callándose algo y ya no aguanta más.

—Estás raro.

—No estoy raro.

—Llevas dos semanas sonriendo al móvil como un idiota cada vez que te llega un mensaje, y el otro día te pillé cantando en la cocina, Roque. Tú. Cantando. Eso no es normal en ti.

—Estoy de buen humor, ¿qué problema hay?

—El problema es que el buen humor tuyo antes duraba lo que un turno de fin de semana con buenas propinas, y este lleva ya semanas. Eso no es buen humor de propinas, eso es otra cosa.

Sigo fregando la freidora sin contestarle, aunque sé que tiene razón, porque llevo días notando algo instalado en el pecho que no reconozco del todo, una tranquilidad rara que no tiene que ver con el dinero ni con el contrato ni con nada que pueda explicarle a Nayara sin que suene como el argumento de una película de las que a Olalla, según ella misma, no le gustan.

—¿Es por la casada?

—Se llama Olalla.

—Ya sé cómo se llama, llevo meses oyéndote hablar de ella, aunque tú creas que no hablas de ella todo el rato.

—No hablo de ella todo el rato.

—Roque, ayer me contaste durante diez minutos una anécdota sobre cómo dobla las camisetas, con detalles. Nadie cuenta eso de alguien que solo le importa por el sueldo.

No tengo una respuesta que rebatir eso, así que me limito a seguir fregando, y Nayara, satisfecha de haber ganado la discusión sin necesidad de que yo lo reconozca en voz alta, vuelve a la freidora con esa sonrisa de quien sabe que tiene razón y puede permitirse el lujo de no restregarlo más de lo necesario.

·  ·  ·

Nos sentamos en el sofá, cada uno en un extremo, con el vino sirviendo de excusa para las manos, y durante un rato ninguno de los dos dice nada, hasta que él rompe el silencio con esa naturalidad suya que a estas alturas ya no me sorprende tanto.

—A ver. Empecemos por algo sencillo. Dame la mano.

Se la doy, sintiéndome ridícula, como una adolescente en su primera clase de teatro. Él la sujeta con cuidado, entrelazando los dedos despacio, y el gesto, tan simple, me recorre el brazo entero con una corriente que no tiene nada de fingido.

—¿Ves? No es tan difícil.

—No es difícil porque no significa nada.

—¿Ah, no?

Me mira, con esa media sonrisa que ya conozco bien, y no contesta enseguida, dejando la pregunta suspendida en el aire el tiempo suficiente para que los dos sepamos que estamos mintiendo, aunque ninguno lo diga en voz alta.

—Vale, siguiente ejercicio —digo, apartando la mano antes de que la situación se complique más de lo que ya está—. Cómo nos miramos cuando alguien nos observa. Tiene que parecer natural, no una obra de teatro mala.

—¿Y cómo se hace eso?

—No lo sé, Roque, por eso estamos practicando.

Nos giramos a la vez para mirarnos, y durante un segundo entero nos quedamos así, cara a cara, más cerca de lo que la práctica en teoría requería, con esa tensión que llevamos semanas fingiendo no notar y que en este salón, con el cuadro torcido de los delfines de testigo, ya no hay manera de seguir fingiendo.

—Olalla.

—¿Qué?

—Esto se nos ha ido de las manos hace tiempo. Lo sabes, ¿no?

No le contesto con palabras, porque cualquier palabra que use en este momento va a sonar más pequeña que la verdad, y en vez de eso soy yo la que acorta la distancia que queda entre los dos, y el beso que sigue no tiene nada de práctica ni de ensayo, tiene la urgencia de dos semanas de fingir que no pasa nada cuando pasa exactamente lo contrario.

Roque me sujeta la cara con las dos manos, como si tuviera miedo de que me fuera a apartar, y cuando finalmente nos separamos, sin aliento los dos, apoya la frente contra la mía con los ojos todavía cerrados.

—Esto no estaba en el plan de práctica.

—No. Esto tampoco.

—¿Seguimos practicando?

Por toda respuesta, le desabrocho el primer botón de la camisa, y él entiende la señal enseguida, levantándome del sofá con una facilidad que no encaja con lo flaco que parece con la ropa puesta, y me lleva hasta el dormitorio a oscuras, tropezando los dos con el marco de la puerta y riéndonos contra la boca del otro por el golpe, porque hasta en esto seguimos siendo nosotros, torpes y discutiendo hasta en el momento menos indicado.

En la cama, sin la urgencia del coche ni el frío de la lluvia, todo va más despacio, más deliberado, y cuando me quita el vestido con una lentitud que me desespera a propósito, me doy cuenta de que esto ha dejado de ser un contrato hace ya bastante tiempo, aunque ninguno de los dos lo hubiera puesto en palabras hasta esta noche.

Le recorro la espalda con las manos, sintiendo cómo se le tensa la piel bajo los dedos, y cuando por fin estamos el uno encima del otro, piel contra piel, sin nada de por medio salvo la respiración entrecortada de los dos, Roque se detiene un segundo, mirándome a los ojos con una seriedad que no le conocía.

—Oye.

—¿Qué?

—Esto es real para mí. Quiero que lo sepas antes de seguir.

—Para mí también —digo, y es la primera vez que lo digo en voz alta, y la sensación de decirlo es aterradora y a la vez el mayor alivio que he sentido en semanas.

No hablamos más después de eso. El resto de la noche transcurre entre sábanas revueltas y una intimidad que no tiene nada que ver con la practicada, con Roque murmurándome cosas contra el cuello que no voy a repetir ni a mí misma al día siguiente, y con una ternura entre acometida y acometida que contradice por completo la imagen del chaval maleducado que casi atropellé hace dos meses en un semáforo cualquiera de esta ciudad.

Cuando por fin nos quedamos quietos, agotados, con las piernas todavía entrelazadas y su mano dibujándome círculos distraídos en la espalda, me quedo mirando el techo de mi habitación pensando que mañana viene un inspector de Recursos Humanos a comprobar si esto es un matrimonio de verdad, y que por primera vez desde que empezó todo esto, no voy a tener que fingir absolutamente nada.

·  ·  ·

Bajo a tirar la basura al amanecer, con una de las camisetas de Roque puesta encima del pijama porque hace fresco y la mía está hecha una bola en el suelo del dormitorio, y me cruzo en el portal con la vecina del segundo, que saca a pasear al perro a estas horas todos los días y que me mira con una sonrisa cómplice que no sé si me merezco tan temprano.

—Buenos días. Vaya cara de felicidad que trae usted hoy.

—Buenos días, Presentación. Es solo el sueño, que todavía no se me ha ido del todo.

—Ya, ya. El sueño. —Sonríe, tirando de la correa del perro, que insiste en olisquearme los pies—. Antes se la veía a usted siempre seria, subiendo y bajando con esa cara de estar resolviendo problemas del mundo. Ahora se le ve otra cara. Otra cara completamente distinta.

Subo de vuelta al piso con esa frase repitiéndome en la cabeza —otra cara completamente distinta— y pensando que si hasta Presentación, que apenas me conoce más allá del ascensor, se ha dado cuenta del cambio, es que ya no hay manera de seguir fingiendo delante de nadie, ni siquiera delante de mí misma, que esto dejó de ser un contrato hace ya bastante tiempo.