Seis mil razones para casarse Capítulo 6 #2
32%

Capítulo 6 #2

—Le suena la cara, Uxue, no seas dura con ella —intervengo, aunque la verdad es que a mí también me suena solo de verlo en la tele en casa de mi madre.

—Es que sois muy mayores los dos.

—Gracias por la puntualización —dice Olalla, sentándose en la cama de mi hermana con una naturalidad que hace que se me encoja algo en el pecho, viéndola ahí, en la habitación donde crecí yo mismo antes de mudarme, hablando de música con Uxue como si llevara conociéndola de toda la vida.

—¿Y es verdad que trabajas en una oficina con jefe y todo, de esos que llevan traje?

—Es verdad. Aunque el jefe últimamente me cae peor de lo normal.

—¿Por qué?

—Porque a veces los jefes deciden cosas injustas y hay que aguantarse.

Uxue asiente con esa seriedad de los doce años que se toman las injusticias del mundo adulto más en serio que muchos adultos, y durante un rato las dos se enfrascan en una conversación sobre el colegio de Uxue y sus propias injusticias, un profesor de mates que pone deberes todos los findes, que a Olalla parece interesarle de verdad, sin fingir ni un poco, y verla así, prestándole a mi hermana pequeña la misma atención que le presta a los informes de su trabajo, me confirma algo que llevo días sospechando y que todavía no sé cómo decir en voz alta sin que suene a que me he vuelto loco en un tiempo récord.

Al despedirnos, ya en el portal, mi madre me retiene un segundo con la mano en el brazo mientras Olalla se adelanta a buscar el coche.

—Roque.

—Dime, ama.

—Cuídala. Se nota que finge menos de lo que cree que finge.

No sé qué contestarle a eso, y me quedo en el portal un rato después de que ella cierre la puerta, viendo a Olalla esperarme junto al coche con las llaves en la mano y una sonrisa cansada que, por primera vez desde que la conozco, no parece fingida en absoluto.

En el coche, de vuelta a su piso, conduce ella porque yo todavía no me he sacado el carné —otra cosa más en la lista de pendientes que llevo posponiendo desde hace años— y durante un rato ninguno de los dos dice nada, con la radio puesta muy baja y las calles de Vitoria vacías a esas horas de la noche.

—Tu familia es simpática —dice al fin, parada en un semáforo.

—Mi tío Koldo es un pesado.

—Tu tío Koldo es entrañable. Y tu madre es maja de verdad, no maja de mentira para la ocasión.

—Le has caído bien. Eso no es fácil, para que lo sepas. A la novia de mi primo la sometió a un interrogatorio de dos horas antes de aceptarla.

—Puede que sepa reconocer cuándo alguien no está fingiendo tanto como debería.

Lo dice mirando hacia delante, sin darle demasiada importancia, pero la frase se me queda rondando durante el resto del trayecto, porque coincide exactamente con lo que me ha dicho mi madre en el portal, y empiezo a sospechar que las dos han llegado a la misma conclusión sobre algo que yo mismo todavía no me atrevo a nombrar en voz alta.

—Olalla.

—¿Qué?

—Da igual.

—No, dime.

Dudo un segundo, con la ciudad pasando despacio al otro lado de la ventanilla, y al final decido que no es esta noche, en un semáforo en rojo, el momento de decir lo que llevo semanas pensando.

—Nada. Que gracias por venir. Sé que no era lo que tenías pensado hacer un domingo.

Ella sonríe, sin apartar la vista de la carretera cuando el semáforo se pone verde, y no dice nada más, aunque durante el resto del trayecto conduce con una mano en el volante y la otra apoyada, sin ningún motivo aparente, sobre mi rodilla, como si necesitara ese punto de contacto tanto como yo.

·  ·  ·

El lunes, Sagrario me arrincona en la máquina de café con esa expresión de quien lleva todo el fin de semana esperando el momento de soltar algo.

—¿Qué tal la cena con la familia?

—¿Cómo sabes tú lo de la cena?

—Porque tu marido es majo pero es un desastre con la privacidad de las redes sociales, y su hermana ha subido una foto de los tres con un pie de foto que dice «bienvenida a la familia, cuñada» con quince corazones.

Me atraganto un poco con el café, porque no tenía ni idea de que esa foto existiera, y me hago mentalmente una nota para hablarlo con Roque en cuanto lo vea.

—Fue bien. Su madre es maja.

—¿Y él? ¿Cómo va lo vuestro?

—Sagrario.

—Es una pregunta inocente, Olalla. Llevo ocho años aguantando tus rachas de estar soltera por elección propia y ahora resulta que te casas de la nada con un chico majo que cuelga cuadros feos en tu casa, según he visto en la misma foto, y perdona que insista, pero algo me dice que aquí hay más de lo que cuentas.

No le contesto enseguida, dándole vueltas al café, porque llevo días sin ponerle nombre a lo que siento y hacerlo en voz alta, delante de la máquina de café de la oficina, entre el ruido de fondo de las impresoras y las conversaciones ajenas, me parece un sitio poco apropiado para una confesión de este calibre.

—Está pasando algo que no estaba en el plan —digo al final, en voz baja.

Sagrario sonríe, esa sonrisa de quien lleva razón desde el principio y no necesita restregarlo más de la cuenta.

—Ya lo sabía. Se te nota en la cara desde la boda, aunque tú digas que es solo papeleo.

—No se lo digas a nadie de la oficina. Todavía no.

—Mis labios están sellados. Aunque, para que lo sepas, si Fermín se entera de que esto es más que un contrato, el comité de julio se te puede complicar mucho más de lo que ya está.

Es exactamente el pensamiento que llevo evitando toda la semana, y oírselo decir a Sagrario en voz alta, con esa naturalidad suya, me deja el resto de la mañana con un nudo en el estómago que ni tres cafés más consiguen deshacer.

·  ·  ·

Roque me llama esa noche, tarde, cuando ya estoy en la cama con la luz apagada y el nudo del estómago todavía sin deshacer del todo.

—¿Sigues despierta?

—Sí. Dándole vueltas a cosas que no debería.

—¿Qué cosas?

Dudo un segundo, con el teléfono pegado a la oreja y la habitación a oscuras, y decido que ya no tiene sentido seguir midiendo tanto las palabras con él, no después de la cena con su familia, no después de todo lo que llevamos compartido sin habérnoslo propuesto del todo.

—Sagrario se ha dado cuenta de que esto ya no es solo un contrato.

—¿Y eso es malo?

—No sé si es malo. Es peligroso, para el trabajo. Si Fermín se entera de que esto es real, puede pensar que lo real es peor que lo falso, que hay algo raro en que me haya enamorado del hombre con el que me casé por conveniencia.

Se hace un silencio breve al otro lado de la línea, y cuando Roque vuelve a hablar lo hace más despacio, con una voz distinta a la de hace un momento.

—¿Y qué se supone que hay de real, según Sagrario?

—No hace falta que lo diga ella para que yo lo sepa, Roque.

No añado nada más, porque hay cosas que todavía no me atrevo a decir en voz alta por teléfono, a oscuras, sin verle la cara, y prefiero guardármelas para el momento en que sí pueda mirarle a los ojos al decirlas.

—Sea lo que sea eso real —dice él, al fin—, a mí también me está pasando. Por si te sirve de algo saberlo.

Me quedo callada un momento, con el corazón yendo más rápido de lo que debería a estas horas de la noche, y me limito a sonreír contra la almohada, sin decir nada más, porque de repente decirlo en voz alta me da tanto vértigo como alivio.

—Duérmete, Roque.

—Duérmete tú, casada.

Colgamos poco después, sin resolver nada del problema real —Fermín, Verónica, el comité de julio siguen ahí, esperando—, pero con algo más resuelto entre nosotros que antes no lo estaba, y me quedo dormida esa noche con una sonrisa que, si alguien me la viera, sería completamente imposible de fingir.

A la mañana siguiente, todavía con esa sonrisa medio dormida en la cara, encuentro una nota nueva pegada a la nevera, con la letra apretada de siempre, que no estaba ahí la noche anterior porque Roque, evidentemente, ha entrado en algún momento con su propia llave para dejarla antes de irse a su turno.

«Buenos días, casada. Que sepas que lo de anoche, en persona, pienso repetirlo mirándote a los ojos. R.»

Me quedo con la nota en la mano más tiempo del necesario, sonriendo como una idiota en mitad de mi propia cocina, sin ninguna prisa por quitarme esa cara de encima antes de irme a trabajar.