Seis mil razones para casarse Capítulo 6
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Capítulo 6

Vuelvo a casa de Olalla al día siguiente, después de una noche entera dándole vueltas en mi cama hundida por el centro, con la sensación clara de que la marcha de anoche fue más una pataleta que una decisión de verdad.

Ella me abre la puerta todavía en pijama, con una taza de café en la mano y ojeras que delatan que ha dormido tan mal como yo.

—Vengo a pedir perdón por lo de la tele. Y por lo demás.

—Yo también tengo que pedir perdón. Por lo del comité. Por hacer que todo gire siempre alrededor de mi trabajo.

Nos quedamos los dos en el rellano, sin decidirnos a entrar en el tema de verdad, hasta que ella se aparta de la puerta para dejarme pasar, un gesto pequeño que a mí me alivia más de lo que estoy dispuesto a admitir en voz alta.

—Roque. Lo que dijiste anoche, de si eres solo la solución al problema...

—Da igual, Olalla. Fue la rabia hablando.

—No, espera. Quiero contestarte bien, porque llevo toda la noche pensando la respuesta y merece que te la diga con la cabeza fría, no a gritos en mitad de una discusión por el mando de la tele.

Se sienta en el sofá, junto al hueco donde anoche estaba yo, y me hace sitio con una palmadita en el cojín que acepto sentándome más cerca de lo que la discusión de ayer haría suponer.

—No eres la solución al problema. Eres el problema que no sabía que necesitaba tener. —Sonríe un poco, avergonzada de la frase en cuanto la dice—. Eso ha sonado fatal.

—Ha sonado perfecto, para que lo sepas.

Nos quedamos ahí, hombro contra hombro, sin necesidad de decir mucho más, y aunque la discusión de anoche no ha desaparecido del todo —seguirá ahí, en el fondo, como un asunto pendiente que en algún momento habrá que resolver del todo—, por ahora nos basta con este armisticio silencioso, con su cabeza apoyada en mi hombro y el café ya frío olvidado sobre la mesa.

·  ·  ·

—Así que ahora vives con tu mujer.

Peio lo dice sin levantar la vista del videojuego, con ese tono suyo que finge indiferencia y en realidad está esperando que yo muerda el anzuelo, cosa que hago igualmente porque llevo todo el día de mal humor.

—No vivo con ella. Tengo cosas allí por si viene un inspector.

—Ya. Y duermes allí tres noches por semana por si acaso el inspector viene de madrugada.

—Duermo allí porque el sofá de Olalla es mejor que mi cama, que es de cuando tenía dieciséis años y se hunde por el centro.

—Ya, claro. Es solo por el colchón.

No le contesto, porque en el fondo sé que tiene razón y prefiero no dársela en voz alta.

Llevo dos semanas repartiendo mi vida entre este piso, donde pago doscientos euros de alquiler por una habitación con ventana a un patio interior, y el piso de Olalla, donde no pago nada pero cada vez paso más tiempo, aunque los motivos que me doy a mí mismo para justificarlo cambian según el día: que si el certificado de convivencia, que si de camino al curro me pilla mejor, que si tiene mejor wifi.

Ninguno de esos motivos es el verdadero, y lo sé, aunque no pienso reconocerlo delante de Peio, que ya me tiene suficiente material de burla para los próximos diez años.

Mi madre me llama el sábado, y en cuanto contesto sé, por el tono, que viene con curiosidad acumulada.

—¿Cuándo la vamos a conocer?

—¿A quién?

—A tu mujer, Roque. Llevas semanas casado y ni una foto decente nos has mandado. Tu hermana dice que es simpática, pero tu hermana también dijo que el chico ese del gimnasio era simpático y luego resultó que le debía dinero a media Vitoria.

—No es lo mismo, ama.

—Pues demuéstralo. Cena el domingo, en casa. Tu tío Koldo ya está preguntando cuándo la conoce, y ya sabes cómo se pone si se siente el último en enterarse de algo.

Cuelgo con la sensación de que acabo de meterme en un lío mayor que el original, porque una cosa es fingir delante de un inspector de Recursos Humanos que ni siquiera conoce nuestras caras, y otra muy distinta es sentar a Olalla en la mesa de mi madre, con mi tío Koldo preguntando cosas incómodas después de la segunda copa de vino y mi hermana Uxue mirándolo todo con esos doce años que no se les escapa nada.

Se lo cuento a Olalla esa noche, mientras ella prepara la cena y yo pongo la mesa, tarea que se me ha asignado por decreto propio suyo porque, según ella, «lo único que sabes hacer en una cocina es estorbar».

—¿Una cena familiar? —Se para con la sartén a medio camino, y por su cara veo que le hace tanta ilusión como a mí que le den una notificación de Hacienda—. Roque, eso es subir mucho el nivel de mentira.

—Ya lo sé. Le he dicho que sí antes de pensarlo, lo siento.

—¿Y qué se supone que hago yo? ¿Fingir que sé cosas de ti que no sé?

—Sabes lo de la libreta. Sabes lo del curso de electricidad. Sabes que odio las películas y que mi comida favorita son las patatas. Vas sobrada.

—Eso es para tu tía Braulia, no para tu madre. Tu madre te ha parido, Roque. Va a notar las mentiras a kilómetros.

Tiene razón, aunque no pienso decírselo así de claro, porque llevo toda la semana con el estómago encogido pensando en lo mismo: que mi madre, que me conoce mejor que nadie en el mundo, va a mirar a Olalla a los ojos durante la cena y va a saber, con esa intuición que tienen las madres para estas cosas, que hay algo raro en toda esta historia que no cuadra con un matrimonio relámpago por amor verdadero.

—Podemos decir que estás enferma.

—No pienso empezar esto fingiendo una enfermedad, eso trae mala suerte.

—¿Desde cuándo eres supersticiosa?

—Desde ahora mismo, que me interesa.

Me río, a mi pesar, y ella también, y entre risas terminamos aceptando que no hay escapatoria posible, que el domingo toca cena familiar de verdad, con mi madre calculándolo todo desde la cabecera de la mesa y mi tío Koldo preguntando lo que a nadie más se le ocurriría preguntar en una primera cena con la familia.

·  ·  ·

El domingo llega demasiado rápido. Olalla se presenta en la puerta de casa de mi madre con un ramo de flores —de verdad esta vez, no de las de mentira del juzgado— y una botella de vino que seguramente cuesta más que la cena entera, y en cuanto mi madre abre la puerta, se queda mirándola un segundo de más, calculando, con esa mirada que a mí me pone siempre nervioso desde pequeño.

—Así que tú eres la famosa Olalla.

—Y usted debe de ser la famosa ama de Roque. Me ha hablado mucho de usted.

Es mentira, no le he hablado casi nada de mi madre, pero lo dice con tanta naturalidad que hasta a mí me lo creo por un segundo, y mi madre sonríe, ese tipo de sonrisa que todavía no sé si es de aprobación o de estar tomando notas para después.

La cena transcurre mejor de lo que había imaginado, con mi tío Koldo preguntando lo esperado —cómo nos conocimos, por qué tanta prisa, si pensamos tener hijos pronto, pregunta que hace que me atragante con el vino y que Olalla resuelve con un «cada cosa a su tiempo, Koldo, que acabamos de empezar» tan natural que nadie en la mesa sospecha nada— y Uxue, sentada a su lado, bombardeándola a preguntas sobre su trabajo con una curiosidad que a Olalla, para mi sorpresa, no parece incomodarle en absoluto.

—¿Y de verdad te gusta mi hermano? —le pregunta Uxue en un momento en que cree que nadie más la escucha, aunque yo esté sentado justo enfrente y lo oiga perfectamente.

Antes de eso, ya durante el segundo plato, mi tío Koldo ha tenido tiempo de hacer gala de su nula capacidad para el tacto en sociedad, algo que toda la familia da ya por asumido y hasta cierto punto celebra, porque sin sus meteduras de pata las comidas serían menos entretenidas.

—Y decidme, ¿cómo fue la pedida? Porque pedida hubo, ¿no? Con anillo y rodilla en el suelo y todo.

Olalla y yo cruzamos una mirada rápida, la mirada de dos personas que no habían preparado esa pregunta concreta en la libreta de coartadas, aunque a estas alturas ya deberíamos haber aprendido que con mi tío Koldo hay que estar preparado para cualquier cosa.

—Fue más informal —dice Olalla, recuperándose con una rapidez que a mí me sigue impresionando—. Roque me lo propuso casi sin querer, en mitad de una conversación normal, y a mí me pareció tan sincero que dije que sí antes de que le diera tiempo a arrepentirse.

—Qué romántico —dice mi madre, con un suspiro que suena completamente genuino, cosa que a mí me hace sentir fatal por la mentira, aunque la mentira, en el fondo, no se aleje tanto de lo que de verdad pasó aquel día en el semáforo.

—¿Y el anillo? —insiste Koldo, que no suelta un hueso fácilmente—. Porque anillo lleva, que lo he visto.

—El anillo lo elegimos juntos, en una joyería pequeña del centro —miento yo esta vez, aunque en realidad el anillo lo compró Olalla sola, con la misma eficiencia con la que resuelve todo lo demás en su vida, un mediodía entre reunión y reunión.

—Pues qué bien, qué bien —dice Koldo, sirviéndose más vino, satisfecho por fin con las respuestas—. Se os ve compenetrados. Eso es lo importante, que se note que os entendéis, que hoy en día hay mucha gente que se casa y no se aguanta ni la mirada.

Bajo la mesa, Olalla me busca la mano y me la aprieta un segundo, un gesto pequeño que nadie más ve y que a mí se me queda instalado en el pecho durante el resto de la cena, mucho después de que la conversación haya pasado a otro tema completamente distinto.

Olalla se queda un segundo callada, mirándome de reojo antes de contestar, y ese segundo se me hace más largo de lo que debería.

—Me gusta más de lo que esperaba, la verdad.

No sé si lo dice por la actuación o porque es verdad, y esa duda se me queda clavada durante el resto de la cena, mientras mi madre sirve el postre y mi tío Koldo cuenta por tercera vez la misma batallita de su época en la mili, y Olalla se ríe en el momento justo, como si llevara toda la vida formando parte de esta familia y no cuatro horas.

Uxue insiste en enseñarle su cuarto antes de irnos, un despliegue de pósters de cantantes que a mí me suenan vagamente y a Olalla, para mi sorpresa, no le suenan nada, cosa que Uxue encuentra escandalosa.

—¿No conoces a Rauw Alejandro?