Capítulo 5
—Esto no puede quedarse aquí.
Sujeto en alto la camiseta de un equipo de fútbol que no sabía ni que existía, encontrada debajo de mi sofá tres días después de que Roque empezara a traer «cosas sueltas, para que parezca de verdad», que es la expresión que ha usado él mismo, como si estuviera describiendo un decorado de teatro y no mi salón.
—¿Por qué no? Es mía.
—Porque parece que vive aquí un veinteañero, y se supone que aquí vive una pareja adulta y estable, no un piso de estudiantes.
—Técnicamente soy un veinteañero, Olalla. Tengo veinticuatro.
—Ese es justo el problema.
Se ríe desde la cocina, donde lleva media hora intentando entender por qué mis cajones están organizados por «frecuencia de uso» y no por tipo de utensilio, un sistema que a mí me parece perfectamente lógico y que a él le parece, según sus palabras exactas, «una cosa de persona que necesita controlarlo todo o se le cae el mundo encima».
—Lo dice el que guarda los calcetines en la nevera de su piso.
—Eso fue una vez y fue un despiste, no un sistema.
Llevamos cuatro días con esto, desde que Fermín me confirmó que Recursos Humanos hace comprobaciones aleatorias del padrón antes del comité de julio, «nada personal, Olalla, es el procedimiento estándar desde el año pasado», y desde entonces mi piso ha empezado a llenarse poco a poco de objetos que no son míos: una maquinilla de afeitar en el estante del baño, dos camisetas en el armario que antes solo tenía mi ropa, un cargador de móvil enredado con el mío en el enchufe de la mesilla.
—A ver, enséñame el certificado que tienes que entregar —dice, sentándose en la encimera de la cocina con la confianza de quien ya se ha adueñado del sitio, aunque lleve solo cuatro días viniendo por las tardes.
Le paso el papel. Lo lee con esa concentración suya que ya no me sorprende, aunque al principio me pareciera raro que alguien tan desastre para unas cosas fuera tan meticuloso para otras.
—Aquí pone que puede haber una visita presencial del gestor de RRHH para comprobar la convivencia. ¿Eso es normal?
—Es nuevo. Desde que empezaron con la política esta, dicen que han tenido casos de gente que se casaba de mentira solo para la promoción.
—No me digas.
—Cállate.
Se ríe, y por un segundo, viéndolo ahí sentado en mi encimera con esa camiseta que ya no pienso devolverle porque me gusta cómo huele después de haber estado él en casa, tengo la sensación extraña de que esta mentira se está pareciendo cada vez más a una vida de verdad, y no sé si eso me tranquiliza o me asusta más.
—Vale, plan de choque —digo, sacando una libreta que ya empieza a parecerse sospechosamente a la suya—.
Si viene alguien a comprobar, necesitamos que esto parezca habitado por los dos.
Ropa tuya en el armario, de verdad, no cuatro camisetas de emergencia.
Cepillo de dientes fijo. Y algo de comida que a ti te guste en la nevera, porque si abren la nevera y solo hay yogures de proteína y verdura, no cuela.
—¿Y si vienen y no estoy? Yo tengo turnos rotativos, Olalla, no puedo estar aquí de guardia esperando a un inspector de RRHH.
—Por eso vamos a dejar dicho a los vecinos que trabajas de noche. Es mentira encima de mentira, pero funciona.
—Esto se está complicando más de la cuenta.
—Todo esto se complicó el día que casi te atropello. Ya íbamos tarde para lo de "sencillo".
· · ·
Esa misma noche, con la excusa de «hacer que parezca de verdad», acabamos los dos colgando un cuadro que él ha traído de su piso, uno horrible, de un atardecer con delfines, que según Peio le hace mucha gracia regalar a la gente como broma y que Roque, sin ningún pudor, ha decidido colgar en mi pasillo como si fuera un Rembrandt.
—No pienso dejar esto ahí.
—Es un detalle personal. Los inspectores se fijan en los detalles personales.
—Es horrible, Roque.
—Es sentimental. Me lo regaló mi madre.
Me quedo con el martillo a medio camino, sin saber si creerle o no, porque tiene una cara de póker que últimamente se me hace cada vez más difícil de descifrar.
—Mentira.
—Mentira —confirma, sonriendo—. Me lo regaló Peio de coña las Navidades pasadas. Pero cuélgalo, que hace bulto y parece que llevamos aquí una vida entera acumulando cosas feas juntos.
Lo cuelgo. Torcido, porque ninguno de los dos ha usado un nivel en la vida, y cuando nos apartamos a mirarlo desde el sofá, con dos cervezas que él ha traído de su piso porque «las tuyas son sin alcohol y eso, Olalla, en una casa de verdad no se permite», me doy cuenta de que llevamos riéndonos casi una hora seguida sin que ninguno de los dos lo haya planeado.
—Esto es de las cosas más raras que he hecho en mi vida —digo, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá—, y eso que una vez perseguí a un desconocido por la calle ofreciéndole dinero.
—Ese fue tu mejor momento, para que lo sepas.
—Fue mi momento más desesperado.
—Los mejores momentos casi siempre lo son.
Me giro a mirarlo. Está mirando el cuadro torcido de los delfines con una media sonrisa que no sé si es por el cuadro o por lo que acaba de decir, y durante un segundo, sentados los dos en mi sofá con la casa oliendo a pintura fresca de la pared que hemos tenido que tapar con el cuadro precisamente para esconder un agujero que él mismo hizo mal al colgarlo la primera vez, pienso que no recuerdo la última vez que me sentí tan cómoda sin estar sola.
· · ·
Nekane viene a verme el sábado con la niña dormida en el carrito y una excusa que no se cree ni ella misma sobre que «pasaba por aquí», y en cuanto entra al salón se para en seco delante del cuadro de los delfines con una cara que no sé si es de horror o de fascinación.
—¿Qué es esto?
—Un regalo de la suegra de Roque a Peio. O algo así. Es una historia larga.
—¿Y esto? —Levanta del sofá una sudadera gris que reconozco perfectamente porque se la he visto puesta a Roque al menos diez veces—. Olalla. Esto es de talla de hombre. Y no es tuya, porque tú no tienes los hombros de un jugador de balonmano.
—Es de Roque. Se queda cosas aquí, para el tema del padrón, ya sabes.
Nekane deja la sudadera donde estaba, despacio, y se sienta en el sofá con los brazos cruzados y esa cara suya que ya conozco de toda la vida, la que pone cuando está a punto de decir algo que yo no quiero oír pero que necesito oír de todas formas.
—Olalla, cariño. Yo no he visto una sudadera de hombre en tu sofá desde que rompiste con Javier, y eso fue hace cuatro años.
—No es lo mismo.
—Ya lo sé que no es lo mismo. Con Javier ponías la misma cara que si te tocara hacer la declaración de la renta. Con esto de ahora... —Se calla un segundo, estudiándome la cara con una atención que me incomoda—. Con esto de ahora pones otra cara.
—Es el estrés del comité de julio, Nekane, no es nada más.
—Ya. Claro.
No insiste más, aunque durante el resto de la visita me sorprende un par de veces mirándome de reojo con una sonrisa pequeña que no me gusta nada, porque sé exactamente lo que significa, y no estoy preparada todavía para darle la razón en voz alta, ni siquiera a mí misma.
· · ·
La tercera semana de padrón compartido, descubro que Roque tiene la costumbre de dejar notas pegadas en la nevera, breves, absurdas, del estilo «hoy no hay leche, culpa tuya por bebértela toda» o «si friegas los platos antes que yo, técnicamente ganas, pero no sé qué», y que cada vez que llego a casa después de un día largo de oficina, antes incluso de quitarme los zapatos, ya estoy buscando la nota nueva con una ilusión que me da vergüenza reconocer.
El sistema de las notas se complica cuando empiezo a contestarlas yo también, dejando las mías propias al lado de las suyas, y en menos de una semana la puerta de la nevera se ha convertido en una especie de conversación paralela a la que tenemos en persona, hecha de post-its de colores y letras torcidas, mucho más sincera, curiosamente, que muchas de las cosas que nos decimos cara a cara.
«Si vuelves a dejar el bote de la leche vacío en la nevera, te desahucio», escribe él un martes.
«Técnicamente esta es mi casa, no puedes desahuciarme de mi propia casa», contesto yo.
«Técnicamente soy tu marido. Algo de autoridad doméstica tendré.»
«Cero. Tienes cero autoridad doméstica.»
Se lo comento un domingo, mientras él dobla ropa —suya, mía, ya no distinguimos del todo bien de quién es cada cosa— sentado en el borde de mi cama.
—¿Por qué dejas notas?
—Porque parece que llevamos aquí toda la vida, y las parejas de verdad dejan notas. Es de manual.
—¿Qué manual?
—El manual imaginario que me he inventado para que esto cuele delante del inspector.
—Ya no viene el inspector, Roque. Se canceló, ¿recuerdas?
Se queda parado un segundo, con un calcetín en cada mano, y por su cara veo que se le ha escapado algo que no pensaba decir en voz alta.
—Ya. Bueno. La costumbre.
No insisto, aunque me quedo con la sospecha, cada vez más difícil de ignorar, de que las notas de la nevera dejaron de ser parte de la actuación hace ya algún tiempo, igual que el cuadro de los delfines, que sigue torcido en el pasillo porque ninguno de los dos, en el fondo, quiere ser quien proponga enderezarlo del todo.
· · ·
Discutimos por primera vez en serio un martes cualquiera, por un motivo tan tonto que después, cuando lo pienso en frío, me cuesta hasta recordar cómo empezó exactamente: algo sobre si él tenía derecho a decidir qué serie ver en mi propia televisión, un tema que en cualquier pareja normal duraría treinta segundos y que en la nuestra, por algún motivo, se convierte en la primera grieta seria.
—Es que no es solo la tele, Roque. Es que llevas semanas actuando como si esto fuera tu casa sin que en ningún momento hayamos hablado de qué es esto exactamente.
—¿Y de quién es la culpa de que no lo hayamos hablado? Porque yo lo he intentado sacar un par de veces y siempre encuentras una excusa para cambiar de tema.
—Porque tengo un comité de evaluación encima, Roque, perdona si no tengo la cabeza para definir relaciones en mitad de la peor semana de mi carrera profesional.
—Siempre es la peor semana de tu carrera profesional. Últimamente parece que no exista nada más en tu vida.
Eso me sienta como un golpe, porque tiene algo de razón y algo de injusticia a la vez, y me quedo callada un momento, sujetando el mando de la tele con más fuerza de la necesaria.
—Eso no es justo.
—Puede que no. Pero es lo que siento cuando llevo semanas viviendo a medias en tu casa sin saber si soy tu marido de mentira o algo más, y tú sigues hablando del comité como si fuera lo único importante de tu vida.
—Es importante. Llevo dos años trabajando para esto.
—Ya lo sé. Y yo llevo dos meses intentando averiguar si para ti también soy importante, o si sigo siendo solo la solución al problema del comité.
Se hace un silencio denso, de esos que pesan físicamente en el aire de un salón pequeño, y por primera vez desde que nos conocemos ninguno de los dos sabe cómo dar el siguiente paso sin que suene a rendirse.
—No eres solo la solución al problema, Roque.
—¿Entonces qué soy?
No le contesto enseguida, porque la respuesta que tengo en la cabeza me asusta más que cualquier comité de evaluación, y ese silencio, alargándose de más, hace que él coja la chaqueta del respaldo del sofá con una brusquedad que no le había visto nunca.
—Me voy a dormir a mi piso esta noche. Necesito pensar.
Se va sin dar un portazo, cosa que de alguna manera me duele más que si lo hubiera dado, y me quedo sola en el salón con el cuadro torcido de los delfines mirándome desde la pared, preguntándome si acabo de estropear, por cobarde, lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.